Reflexión sobre la caravana migrante de origen hondureño
Pbro. Iván Jiménez
San Pedro Sula es calor y humedad. Situada en la región caribeña de Honduras, se encuentra a pocos kilómetros de Puerto Cortés, el más grande puerto de Centroamérica, y a 200 kilómetros de La Ceiba, entrada a un paraíso terrenal lleno de turistas extranjeros que buscan una de las mejores zonas para practicar buceo. Caminar por las calles de San Pedro Sula significa muchas cosas. Primero, saber que uno se encuentra en la segunda ciudad más violenta del mundo (en primer lugar está Alepo, Siria), con índices de criminalidad y homicidios que supera la ficción. Segundo, saber que el color de tu ropa sí importa: cada banda (ya sean Maras u otros) se identifican por un color de playera, por lo que si llevas –por ejemplo- playera blanca en una calle de playeras rojas, lo más probable es que te golpeen o te maten al pasar por ahí. Tercero, que debes estar adentro de la casa antes de que caiga la noche.
Llegué a San Pedro Sula solo, como último destino de un viaje de “mochilazo” por Centroamérica para tomar el vuelo de regreso a México. La belleza de Honduras contrasta de manera trágica con la vida en San Pedro. Aquella vez, visité el mercado de artesanías, con objetos de increíble belleza, caminé por sus calles, pero no pude hacer más. El ambiente es complicado, duro violento. No son los prejuicios o el miedo: en verdad se siente la pesadez en la ciudad. La pobreza es fuerte. Aun así, en una paradoja sorprendente, tiene un buen número de migrantes haitianos que encuentran en San Pedro Sula un mejor lugar para vivir.

20 de octubre de 2018.
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