Categoría: Reflexiones

El amor en familia: conocer, confiar y exigir

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Por Francisco Castañera

Formar a nuestros hijos en la afectividad es ayudarlos a desarrollar su capacidad de amar. El amor se transmite principalmente en la familia. LA FAMILIA “La familia es una íntima comunidad de vida y amor” cuya misión es “custodiar, revelar y comunicar el amor” con cuatro cometidos generales. *Formación de una comunidad de personas: *Servicio a la vida *Participación en el desarrollo de la sociedad *Participación en la vida y misión de la iglesia Aprender a Amar La capacidad de amar es resultado del desarrollo afectivo del ser humano durante los primeros años de su vida.

El desarrollo afectivo es un proceso continuo y secuencial, desde la infancia hasta la edad adulta. La madurez afectiva es un largo proceso por el que el ser humano se prepara para la comunicación íntima y personal con sus semejantes como un Yo único e irrepetible; y que debe desencadenarse al primer contacto del niño con el adulto perpetuándose a lo largo de su existencia. A pesar de que el hombre fue creado por Dios con (una necesidad de amar y ser amado, y), una capacidad innata para amar, el crecimiento y la vivencia del amor se realiza a través de la experiencia que el hombre va adquiriendo a lo largo de toda su vida. En el contexto individual de cada persona, esta experiencia se ubica en su familia. En la familia es donde se hace posible el amor, el amor sin condiciones; los padres que inician la familia con una promesa de amor quieren a sus hijos porque son sus hijos, no en razón de sus cualidades. “La familia es un centro de intimidad y apertura”.

Es en el seno familiar donde cultivamos lo humano del hombre, que es el enseñarlo a pensar, a profundizar, a reflexionar. Es en el ámbito de la familia donde el hombre aprende el cultivo de las virtudes, el respeto que es el guardián del amor, la honradez, la generosidad, la responsabilidad, el amor al trabajo, la gratitud, etc. La familia nos invita a ser creativos en el cultivo de la inteligencia, la voluntad y el corazón, para poder contribuir y abrirnos a la sociedad, preparados e íntegros. El amor de la familia debe trasmitirse a la sociedad. La familia es el primer ambiente vital que encuentra el hombre al venir a este mundo y su experiencia es decisiva para siempre. La familia, es la primera y más importante escuela de amor. La grandeza y la responsabilidad de la familia están en ser la primera comunidad de vida y amor, el primer ambiente en donde el hombre puede aprender a amar y a sentirse amado, no sólo por otras personas, sino también y ante todo por Dios. Todo se relaciona con el misterio del Buen Padre Celestial que nos ha creado por amor y para que amemos. Nos ha hecho a su imagen y semejanza, todos somos creaturas suyas, iguales en dignidad. Para revelarnos su paternidad de amor “nos hace nacer del amor” de un hombre y de una mujer, e instituye la familia; ella es el lugar del amor y de la vida, o dicho de una mejor manera: “el lugar donde el amor engendra la vida”. Amor conyugal, modelo de amor para los hijos.

La familia es la primera y fundamental escuela de sociabilidad, como comunidad de amor encuentra en el don de sí misma la ley que le rige y le hace crecer. El don de sí que inspira el amor mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí que debe haber en las relaciones entre hermanos y hermanas y entre las diversas generaciones que conviven en la familia. La comunión y la participación vivida cotidianamente en la casa, en los momentos de alegría y de dificultad representan la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa, responsable y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad. Alguien dijo que “se puede procrear fuera de la familia, pero sólo en familia se puede educar”, y educar para amar sólo se puede en el ámbito de la familia: amando. El ejemplo es el mejor método para educar; hay una frase que dice “Lo que eres y haces habla tan fuerte, que no oigo lo que me dices con tus palabras”.

Qué nos ganamos con decir, o pretender demostrar, amor a nuestros hijos, lo que importa es lo que ellos ven en la forma como tratamos a nuestro cónyuge. Tenemos que entender claramente que no hay nada que eduque más y mejor a los hijos que el ejemplo de amor que ven en sus padres como pareja. Para realmente poder amar a nuestros hijos tenemos primero que amar a nuestro cónyuge. El amor, factor de desarrollo de los hijos El otro aspecto fundamental de la influencia del amor, dentro de la familia lo encontramos en el desarrollo de la persona, más particularmente, de los hijos. Cada familia, aun sin pretenderlo crea un ambiente (de amor o de despego y egoísmo, de rigidez o de ternura, de orden o de anarquía, de trabajo o de pereza, de ostentación o de sencillez, etc.) que influye en todos sus miembros, pero especialmente en los niños y en los más jóvenes.

CONOCER Amar es buscar el bien integral del otro. El que ama y sólo el que ama, conoce bien a la persona amada, porque la conoce no sólo como aparece sino como es por dentro, y más aún conoce “su potencial”, aquello que puede y “debe” llegar a ser. Como dice Paul Valéry “lo que es más verdadero de un individuo, lo más de él mismo, es su posible, lo que puede llegar a ser”. Partiendo del hecho de que el hombre “es un ser en proceso” pensemos que es en la familia donde más va a avanzar dentro de este proceso. Así podremos valorar la trascendencia de nuestro amor a los hijos. Nuestro amor será responsable de que ellos alcancen la estatura que deben llegar a tener, en todos los aspectos de su persona. El que ama no sólo conoce lo que la persona amada puede llegar a ser, sino que “le ayuda a alcanzarlo”, le ayuda a que desarrolle todas las potencialidades que tiene y que muchas veces ignora, le ayuda a que sea lo que puede llegar a ser.

CONFIAR La psicología afirma que el afecto estimula el aprendizaje y desarrolla la inteligencia gracias a la sensación de seguridad y confianza que otorga y que se desarrolla lentamente a través de la infancia, la niñez y la adolescencia. La persona humana que está siempre en proceso de irse haciendo, es un ser con cierta dosis de inseguridad. El que se siente amado experimenta dentro de sí una fuerza que incrementa su seguridad. Sentir la confianza de las personas queridas es, no sólo de gran ayuda, sino en muchas ocasiones “vital”. Confiar no significa hacerse de la vista gorda, consentir, ceder. Confiar significa creer en la persona a pesar de que los hechos estén en su contra. Confiar en alguien implica ser paciente, saber esperar. ¿Cómo podemos infundir confianza en nuestros hijos? Ayudándoles a que descubran sus cualidades, limitaciones y defectos. Ayudándoles a que desarrollen cualidades, animándoles y aplaudiendo sus logros por pequeños que sean, ayudándoles a que descubran a dónde pueden llevarles sus inclinaciones si no las dominan y sobre todo, haciéndoles sentir nuestro cariño. Para esto necesitamos no sólo paciencia, sino también tiempo. Lo contrario de la confianza es descargar sobre nuestros hijos nuestro coraje e impaciencia, echar en cara sus torpezas, fallas y malas acciones, sin transmitirles la seguridad que tenemos de que pueden cambiar. El decirles “eres malo” en lugar de “lo que hiciste” es una acción mala.

EXIGIR es un ingrediente esencial del amor. Sólo quién en nombre del amor sabe ser exigente consigo mismo puede exigir por amor a los demás; porque el amor es exigente. Lo es en cada situación humana. El amor, al que Pablo dedicó un himno en la Carta a los Corintios, es ciertamente exigente “amor paciente, servicial, comprensivo…”. Amar a los hijos no significa evitarles todo sufrimiento. Amar es buscar el bien para el ser amado en última instancia y no la complacencia momentánea. Es posible que algunas veces por amor a un hijo le generemos una frustración momentánea que en realidad lo prepara para un bien más grande. El amor necesita disciplina. Citamos a Ignace Lepp. En su libro Psicoanálisis del amor, nos dice: “El amor auténtico es el más eficaz creador y promotor de la existencia. Si tantas personas – bien o mejor dotadas – siguen siendo tan mediocres, se debe a menudo, a que nunca han sido amadas con un amor tierno y exigente.” Trascendencia del amor El amor auténtico vivido en la familia debe alcanzar a la sociedad, la familia debe salir de sí misma y compartir esta vivencia profunda del amor entre ellos, que es un reflejo del amor de Dios Padre. Los Apóstoles comprendieron que el matrimonio y la familia es una verdadera vocación que proviene de Dios, un apostolado, Estos ayudan a la transformación de la tierra y a la renovación del mundo, de la creación y de toda la humanidad. A este respecto se nos dice: “Queridas Familias: ustedes deben ser también valientes, dispuestas siempre a ser testimonio de la esperanza que tienen y que ha sido depositada en sus corazones por el Buen Pastor, mediante el Evangelio. Deben estar dispuestas a seguir a Cristo, hacia aquellos pastos que dan la vida, y que Él mismo ha preparado con el misterio pascual de su muerte y resurrección.”

El amor en la familia tiene dos cometidos fundamentales: 1. Enseñar el amor, aprender a amar. Revelar, custodiar y comunicar el amor, y proyectarlo a la sociedad. 2. Ayudar a cada uno de sus miembros, especialmente a los hijos, a que desarrollen todas sus potencialidades, que lleguen lo más cerca posible, a lo que deben llegar a ser; que alcancen la vocación a la que han sido llamados por su Creador.

  • Artículo seleccionado y enviado por el Dr. Ernesto Contreras Pulido

Un padre y su hijo

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No se preocupe, su hijo va a soltar el chupón.

Va a dejar de usar pañales, va a salir de su cama.

Su hijo se va a destetar, del pecho y/o de la mamila.

Su hijo va a dejar de querer «dormir» en la noche con usted.

Él va a aprender a hacer su propio pan con mantequilla.

Va a dejar de llorar cuando usted lo deje en la escuela.

Su hijo va a querer que usted lo deje en paz, así como muchas veces usted desea silencio.

Su hijo va a dejar de hablar como bebé y usted va a dejar de corregirlo.

Va a dejar de garabatear las paredes.

Va a hacer acciones que usted no cree correctas,

Y usted no va a poder ponerlo en el rincón del pensamiento por eso.

Su hijo va a parar de llorar en público, de hacer berrinche por el juguete de la tienda.

Su hijo va a amar a otras personas en la vida, y tal vez usted sienta celos.

Un día él va a lavar calcetines más grandes que los suyos,

Un día la falta de sueño tendrá otro significado para usted.

Un día verá que la universidad es más cara que los pañales, aunque sean de tela.

Un día será usted quién necesitará un abrazo.

No tenga tanta prisa de que crezca.

Puede ser que un día extrañe todo eso.

Disfruten del amor recíproco entre ustedes,

En todas sus formas de demostración, en todas sus fases.

Disfrute de la vida.

Disfrute de sus hijos.

Adaptación del Pbro. Bernabé Morán Barrios a un poema anónimo.

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La falacia de los dos libros

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Adjuntamos documento que comparte con nosotros el Dr. Ernesto Contreras. Esperamos que sea de bendición para ustedes.

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No nos postraremos

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Permaneciendo fieles mientras el país se opone a Dios
Por John MacArthur

En nuestro país se habla mucho acerca de los ataques terroristas, y con justa razón. Casi nadie en la nación puede enumerar todos los actos destructivos de terror que han sucedido en nuestro territorio. Pero déjenme sugerirles esto: Los dos ataques terroristas más grandes que se han dado en nuestra nación han sido perpetuados por la Suprema Corte.

El primer ataque fue la legalización del aborto en 1973. Siguiendo a eso, millones de bebés han sido sacrificados en los vientres de sus madres. El número es incomprensible. La sangre de esos bebés clama desde el suelo por venganza divina en esta nación. El segundo gran acto terrorista perpetrado por la Suprema Corte fue la legalización de los matrimonios del mismo sexo en junio de 2015.

Primeramente vimos la destrucción de la vida humana en el vientre, en un sentido, es la destrucción de la maternidad, y ahora, la destrucción a propósito de la familia misma. Ningún vientre, ninguna explosión, ningún ataque físico sobre la gente puede venir de un lugar más cercano que estos actos de terrorismo. Nuestro país está siendo aterrorizado por la gente que se supone que debe ser la responsable de protegerla, por aquellos que han jurado defender la ley.

Ninguna corte tiene la autoridad de redefinir la moralidad. Pero esta corte ha dicho que el asesinato no es asesinato, que el matrimonio no es matrimonio y que la familia no es familia. Sus miembros han usurpado la autoridad que le pertenece únicamente a Dios, quien es el creador de la vida, el matrimonio y la familia.

Desde los capítulos iniciales de Génesis, Dios lo dejó claro: El hizo al hombre y a la mujer y definió el matrimonio como una unión entre lo masculino y lo femenino, creando una unión de por vida, y teniendo hijos. Pero allá por el capítulo 19, mucho después da la caída, hubo poligamia, incesto, prostitución y homosexualidad desenfrenada. Éstas siempre han sido las corrupciones que han marcado a la sociedad humana.

Yo creo que por algunos cientos de años, Estados Unidos y el mundo occidental tuvieron un raro respiro de estos males debido a la prevaleciente influencia del evangelio en el mundo evangélico occidental. Pero ese respiro ha llegado a un final. Nuestra nación, en su estado más elevado, ha tomado ahora una posición en contra de Dios. Esa rebelión blasfema es alimentada por la corrupción de la totalidad de corazones pecadores que hacen esta nación, y cada nación.

EL ESQUEMA DE SATANÁS

Pero, detrás de esta colección de corazones pecadores y corruptos, que hacen esta clase de conducta posible y aceptable, está el reino de Satanás y sus demonios. La Biblia dice que Satanás sostiene en sus manos al mundo entero y rige al reino de las tinieblas. Dios, Cristo, el Espíritu Santo, la Biblia, la Iglesia y la Verdad son todos enemigos de Satanás. Cualquier blasfemia en contra de Dios procede de los aborrecedores de Dios, los aborrecedores de Cristo, los aborrecedores de la Biblia y los aborrecedores del evangelio. Y ellos son estimulados por el aborrecedor número uno, Satanás mismo.

El objetivo de Satanás y de sus demonios, y consecuentemente el propósito de todos sus demonios, que son llamados hijos de Satanás en las Escrituras, no es solamente destruir el género o el matrimonio; Satanás busca destruir todo lo que Dios ha diseñado. Eso incluye todo lo que es verdad, puro, santo, virtuoso y bueno.

Su meta incluye aniquilar el matrimonio y destruir toda huella de la familia. Las familias proveen una unidad pequeña y soberana que actúa como una barrera contra la corrupción que busca dominar a los pueblos y a las culturas.

Destroza a la familia, y esa pequeña y soberana unidad que actúa como barrera contra la corrupción se desintegra. Y cuando tú eliminas esa pequeña y soberana unidad, tú remueves la barrera que protege a tus hijos de la corrupción que está al acecho en el exterior; y repentinamente, ellos ya no son tus hijos. Ellos son hijos públicos que pertenecen al sistema de educación, al pueblo y al país, pero no a ti.

Este asunto no es acerca de matrimonios del mismo sexo. Esto es acerca de la total destrucción de la institución familiar para que ya no haya más familia, no más pactos, no más unidades soberanas y privadas que se pongan de pie contra la corrupción.

Si vamos de regreso hasta el inicio del uso extendido de los anticonceptivos, llegamos hasta atrás al inicio de la revolución sexual. Cuando eso sucedió, la más grande restricción contra el sexo promiscuo fue eliminada.

Pero eso no fue suficiente, por eso legalizamos el aborto. Y ahora tú ya podías tener sexo sin hijos, y si un hijo era concebido, tú simplemente lo podías matar.

Hoy, el asunto va aún más lejos. Nosotros hemos recorrido todo el camino desde tener sexo sin hijos hasta tener hijos sin sexo. Una lesbiana puede tener un ser vivo plantado en su vientre. Consecuentemente, una de las razones para casarse, un hombre y una mujer juntándose para producir hijos, ha sido oscurecida y eliminada.

Así que ahora tú puedes tener sexo sin hijos, y también puedes tener hijos sin sexo. ¿Para qué necesitas a una familia? ¿Para qué necesitas un esposo? ¿Por qué necesitas una esposa? Cerca del 50 por ciento de los niños en nuestro país nacen hoy sin padres casados. Y esto simplemente se va poniendo peor conforme el matrimonio va desapareciendo. Esta desviación de los papeles sexuales no es nueva. Es Génesis 19, Dios destruyó Sodoma y Gomorra por el pecado de corrupción en homosexualidad.

El Antiguo Testamento no es oscuro en este asunto. Deuteronomio 22:5 dice: “No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera que esto hace”. El hebreo puede traducirse así: “No es correcto ponerse o llevar lo que corresponde a un hombre”. Cada cosa masculina una mujer no debe adoptarlo; cada cosa que es de mujer, un hombre no debe adoptarlo.

Ningún aspecto de la sociedad pagana en tiempos ancestrales llenó a los judíos con más grande aborrecimiento que la tolerancia o admiración a la homosexualidad. Ellos entendieron que el Antiguo Testamento lo prohíbe. Levítico 18:22 dice: “No te echarás con varón como con mujer; es abominación”.  En 1 Corintios 6:9-10, el Nuevo Testamento dice lo mismo: Los homosexuales no heredarán el reino de Dios.

Esto no es un estilo de vida alterno; es una desviación. Es una perversión. Es una corrupción. Los hombres malvados llegan a ser peor y peor.

Tú dices: “Bueno, algunas de estas personas se sienten fuertes acerca de la atracción de sexo con personas del mismo sexo”. Por supuesto que ellos lo hacen; vivimos en un mundo caído y corrupto. Y más y más gente está sintiendo menos y menos culpa porque nosotros hacemos posible que ellos sientan menos y menos culpa.

IRA DESATADA

Creo que estamos viviendo en Romanos 1. ¿Cómo sabes cuando la ira de Dios es desatada contra una sociedad? Primero, en base a Romanos 1:24, hay una revolución sexual. Tuvimos esa revolución en la década del 60. Luego viene la revolución liderada por las lesbianas. Las mujeres son mencionadas primero en Romanos 1:26. Y luego viene una mente reprobada, y cuando la mente está muy corrompida no podemos encontrar el camino de regreso.

La gente clave en nuestro país se apropió la responsabilidad de pensar por todos los demás. Desde el presidente hasta la Suprema Corte, literalmente todos no pueden pensar rectamente y con claridad.

Recientemente recibí una carta de un importante juez en una muy significativa corte. El escribió: “Uno de los deberes de un juez es casar a la gente. Ahora yo estoy bajo mandato gubernamental para casar a gente del mismo sexo. Yo no puedo hacer eso. No puedo hacerlo”. El perderá su puesto. Pero él no está solo. Muchos clérigos cristianos en todo el país enfrentarán la posibilidad de perder sus licencias para casar o mantenerlas si deciden violar sus conciencias.

El relevo va a ser extensivo. Cristianos en puestos altos serán reemplazados por gente que hará cualquier cosa que esta corte te diga que hagas. Pero yo le respondí a este juez y le dije: “Yo lo honro, señor, le honro porque usted ha ascendido a ese nivel de responsabilidad. Usted ha mostrado sentido común, sabiduría y astucia y esplendor en su campo de las leyes. Y usted ha dado la confianza a la gente por lo que ha demostrado, y ahora, debido a la calidad y carácter de su virtud, usted será reemplazado, esencialmente, por alguien sin virtud alguna”.

La mente reprobada ha alcanzado los niveles más altos. Y donde este tipo de pensamiento domina, cualquier cosa que es impropia comienza a suceder.¡

Como Romanos 1:28-32 enseña:  “Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia; quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican”.

No hay un solo juez en funciones en la Suprema Corte que no sepa lo que la Biblia dice acerca de la homosexualidad. Pero ellos aprueban la práctica de cualquier manera. Esa es la mente reprobada. Y va a dominar nuestra sociedad.

En nuestro seminario, difundimos un artículo acerca de la homosexualidad y en pocas, horas, recibimos una carta ordenándonos detener y desistir inmediatamente o enfrentaríamos una muy severa demanda.

¿Podemos ser demandados por tomar esta postura? Absolutamente. Las compañías que proveen seguros de riesgo a las iglesias para que seamos protegidos contra litigios están comenzando a decir: “No aceptaremos responsabilidad por demandas respecto a la homosexualidad o matrimonios del mismo sexo”.

A propósito, tener libertad religiosa no es prometida a los cristianos, pero sí la persecución. Los enemigos de la cruz vendrán a nosotros desde múltiples direcciones. De hecho ya hay un movimiento bastante fuerte para quitar el privilegio que  exenta de impuestos a las iglesias. También hay organizaciones que demandarán y traerán a las iglesias a las cortes por sus puntos de vista bíblicos contra la homosexualidad.

La iglesia de Jesucristo hoy por hoy es el blanco. Estamos en el ojo del huracán. Pero para que quede claro: Nosotros no nos postramos ante César. Nosotros nos postramos ante nuestro Rey.

Yo busqué en toda mi Biblia en busca de todas las referencias sobre postrarse, y encontré que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento están llenos con ejemplos. La gente infiel se inclinaba ante los ídolos, ante monarcas, ante reyes impíos. Pero los fieles rehusaron inclinarse, desde Mardoqueo y Daniel hasta el apóstol Pablo e incluso el mismo Jesús.

Días con grandes retos y desafíos están por venir, y habrá un bombardeo de persecución. Pero nosotros mostraremos gracia y amor, pero al mismo tiempo entregaremos a Dios lo que es de Dios.

Sí, necesitamos ser compasivos hacia la gente atrapada en la homosexualidad, pero lo más compasivo que podemos hacer, en amor, es advertirles de la condenación eterna. Debemos predicar el evangelio con corazones amorosos a una nación de pecadores y a un mundo de pecadores. Pero al mismo tiempo, debemos proclamar el juicio.

¡Que Dios nos dé valor, valentía y firmeza!

La resurrección de Jesús

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¡Gloria a Dios! ¡Cristo resucitó! Prácticamente todos los cristianos festejan el domingo de Resurrección, uno de los más trascendentales y fabulosos sucesos de la historia.

En los días llamados por los cristianos Semana Santa o Semana Mayor, recordamos los tremendos sucesos de la última semana del ministerio terrenal de nuestro Señor Jesucristo: La última cena en el aposento Alto, la agonía del huerto de los Olivos, la terrible experiencia de la traición de Judas, la burla del juicio somero a que fue sometido Jesús; y el martirio de la tortura y la crucifixión, seguida por la dolorosa experiencia del descenso del cuerpo de la cruz, y la sepultura. Pero ¡Gloria a Dios! También recordamos, y celebramos que ¡Cristo resucitó!

¡Cristo vive, y los cristianos alabamos a Dios por ello! La resurrección de Jesucristo es un hecho histórico y no una fábula, un cuento de hadas, o el producto de una mitología. No es el invento de la mente engañada, enferma, o mentirosa de un pseudo-profeta. ¡Es un hecho histórico!

Los Evangelios, que son considerados documentos históricos de indiscutible autenticidad, relatan este hecho histórico así: Después del sábado, al amanecer del primer día de la semana, muy de madrugada, siendo aún oscuro, María Magdalena y la otra María fueron al sepulcro llevando las especias aromáticas que habían preparado. Y he aquí, hubo un gran terremoto; porque el ángel del Señor descendió del cielo, y al llegar, removió la piedra, y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago, y su vestidura era blanca como la nieve. Los guardias temblaron por miedo de él y quedaron como muertos.

Y respondiendo el ángel dijo a las mujeres: No teman ustedes, porque sé que buscan a Jesús, quien fue crucificado. No está aquí, porque ha resucitado, así como lo dijo. Vengan y vean el lugar donde estaba puesto; y al entrar en el sepulcro, no hallaron el cuerpo de Jesús. Y aconteció que estando perplejas por esto, se pusieron de pie junto a ellas dos hombres con vestiduras resplandecientes y como ellas les tuvieron temor y bajaron la cara a tierra, ellos les dijeron: ¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, más ha resucitado. Acuérdense de lo que les habló cuando estaba aún en Galilea, como dijo: «Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día.» ¡Vayan de prisa y díganle a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos! Y que he aquí, que va delante de ustedes a Galilea, y allí le verán.

Entonces Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Los saludo! Y acercándose ellas, abrazaron sus pies y le adoraron. Entonces Jesús les dijo: No teman. Vayan a dar las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea. Allí me verán. Entonces ellas se acordaron de sus palabras, y salieron a toda prisa del sepulcro con temor y gran gozo, y corrieron a dar las nuevas a sus discípulos, y volviendo del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los once y a todos los demás.

Entonces, María Magdalena, Juana, María madre de Jacobo, y las demás mujeres que estaban con ellas, dijeron a los apóstoles que habían visto visión de ángeles, los cuales les dijeron que Cristo está vivo, pero sus palabras les parecían a ellos locura, y no las creyeron, pues aún no entendían la Escritura, que le era necesario resucitar de entre los muertos.

Sin embargo, Pedro se levantó y corrió junto con Juan, el otro discípulo, y fueron al sepulcro, y llegando Simón Pedro, entró en el sepulcro y cuando miró adentro, vio los lienzos solos, y el sudario que había estado sobre su cabeza, no puesto con los lienzos, sino doblado en un lugar aparte, pero a Él (Jesucristo), no le vieron. Y en la misma hora se levantaron y se volvieron a Jerusalén asombrados de lo que había sucedido, y hallaron reunidos a los once y a los que estaban con ellos, quienes decían: ¡Verdaderamente el Señor ha resucitado y ha aparecido a Simón!

Las evidencias sobre la resurrección de Jesucristo fueron muchas. La Biblia, y que es la Palabra de Dios, nos dice: Mientras hablaban estas cosas, Jesús se puso en medio de los apóstoles y les dijo: “Paz a ustedes.” Entonces ellos, aterrorizados y asombrados, pensaban que veían un espíritu. Pero Él les dijo: “¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y que entrara en su gloria?”

Y comenzando desde Moisés y todos los profetas, les interpretaba en todas las Escrituras lo que decían de Él. Entonces les dijo: “¿Por qué están turbados, y por qué suben tales pensamientos a sus corazones? Miren mis manos y mis pies, que yo mismo soy. Palpen y vean, pues un espíritu no tiene carne ni huesos como ven que yo tengo.” Y al decir esto, les mostró las manos y los pies.

Y como ellos aún no lo creían por el gozo que tenían y porque estaban asombrados, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?” Entonces le dieron un pedazo de pescado asado, y lo tomó y comió delante de ellos, y les dijo: “Estas son las palabras que les hablé, estando aún con ustedes: Que era necesario que se cumpliera todas estas cosas que están escritas de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas, y en los Salmos.” Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras (Mt 28:1-10; Lc 24:1-12; 22-45;Jn 20:1-10).

Pablo, bajo inspiración del Espíritu Santo, resume las evidencias del hecho histórico de la resurrección de Cristo así: “Además, hermanos, les declaro el evangelio que les prediqué y que recibieron, y en el cual también están firmes; por el cual también son salvos, si lo retienen como yo se los he predicado. De otro modo, creyeron en vano. Porque en primer lugar, les he enseñado lo que también recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; que apareció a Pedro y después a los doce; y luego apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven todavía y otros ya duermen; y luego apareció a Jacobo, y después a todos los apóstoles. Y al último de todos, como a uno nacido fuera de tiempo, me apareció a mí. Pues yo soy el más insignificante de los apóstoles, y no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios.”

La diferencia fundamental entre los líderes de todas las demás religiones y filosofías, y Jesucristo, es que Cristo resucitó y está vivo hasta ahora, a diferencia de los demás que como mártires de su causa, todos murieron y permanecen en sus sepulcros. El cristianismo es superior a todas las demás creencias porque Cristo resucitó. ¡Cristo vive! ¡Nuestro Señor y Dios, reina por los siglos de los siglos!

Sólo Cristo puede ofrecer vida eterna a los que le aceptan por Salvador y Señor, porque es el único que triunfó sobre la muerte, y resucitó con un cuerpo glorificado, incorruptible, perfecto, y eterno. Jesucristo dijo: “Por esto me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre» (Jn 10:17-18).

Pablo escribe en cuanto a lo trascendental de la resurrección de Cristo así: “Ahora bien, si Cristo es predicado como que ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo es que algunos entre ustedes dicen que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación; vana también es nuestra fe, y somos hallados falsos testigos de Dios, porque hemos atestiguado de Dios que resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si se toma por sentado que los muertos no resucitan.

Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana; y todavía estamos en nuestros pecados. En tal caso, también los que han dormido en Cristo, han perecido. Y si en esta vida solo hemos tenido esperanza en un Cristo que no resucitó, ¡somos los más miserables y dignos de conmiseración de todos los hombres! Pero ahora, ¡Gloria a Dios! Cristo sí resucitó de entre los muertos, como primicias (el primero resucitado con cuerpo glorificado), de los que durmieron.

Puesto que la muerte entró por medio de un hombre (Adán), también por medio de un hombre (Jesucristo), ha venido la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida; y después, el fin, cuando Él (Jesucristo), entregue el reino al Dios y Padre, y cuando haya anulado todo principado, autoridad, y poder. Porque es necesario que Él reine hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el último enemigo que será destruido es la muerte.”

Habiendo agotado las evidencias y los argumentos divinos en cuanto a la resurrección, Pablo, bajo inspiración del Espíritu Santo, escribe: “Si como hombre batallé en Éfeso contra las fieras, ¿de qué me aprovecha? Si los muertos no resucitan, ¡comamos y bebamos, que mañana moriremos!

Pero no se dejen engañar. Y por lo tanto, no tienes excusa, oh hombre, no importa quién seas tú (pues sabemos que el juicio de Dios es según verdad). ¿Supones que escaparás del justo juicio de Dios? ¿O menosprecias las riquezas de su bondad, paciencia, y magnanimidad, ignorando que la bondad de Dios te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, acumulas sobre ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” (Ro 2:1-11).

Gracias a los avances de la ciencia, actualmente muchas personas son resucitadas en los hospitales con medicamentos especiales, equipos de alta tecnología, y maniobras sofisticadas hechas por médicos altamente capacitados, pero todos los que resucitan, lo hacen con su mismo cuerpo deteriorable, enfermizo, y mortal, que a final de cuentas se volverá a morir. En cambio, Cristo fue el primero en resucitar con un cuerpo glorificado, perfecto, e inmortal.

Jesús dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá.

Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?” ¡Bienaventurados los muertos que de aquí en adelante mueren en el Señor! Sí, dice el Espíritu, para que descansen de sus arduos trabajos; pues sus obras les seguirán (Jn 11:25-26; Ap 14, 13).

En cuanto a la resurrección de los salvos, ese portentoso acontecimiento que todos los hijos de Dios esperamos con ansia, las Sagradas Escrituras dicen: ¡Gloria a Dios por la bendita esperanza de la resurrección que nos sostiene como firme columna, durante nuestra peregrinar terrenal y pasajero! Porque sabemos que si nuestra casa terrenal, esta tienda temporal, se deshace, tenemos un edificio de parte de Dios, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos. Pues en esta tienda gemimos deseando ser revestidos de nuestra habitación celestial.

Porque los que estamos en esta tienda gemimos agobiados, porque quisiéramos ser revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Pues el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado la garantía (las arras o primicias) del Espíritu. Así vivimos, confiando siempre y consideramos que presentes o ausentes, nuestro anhelo es serle agradables. Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho estando en su cuerpo, sea bueno o malo (2ª Co 5:1-10).

He aquí, les digo un misterio: No todos dormiremos (o moriremos temporalmente), pero todos seremos transformados en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final. Porque sonará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles. Y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y que esto mortal sea vestido de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se vista de incorrupción y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ¡Sorbida es la muerte en victoria!

Demos honra, gloria y alabanza a Jesucristo resucitado: Nuestro gran Dios y Salvador (Tit 2:13).

Y con todos los redimidos digamos: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” Pues el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley.

¡Gracias sean dadas a Dios, quien nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! Así que, hermanos míos amados, permanezcamos firmes y constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que nuestro arduo trabajo en el Señor no es en vano.

Estemos firmes y retengamos las doctrinas en que hemos sido enseñados, sea por palabra o por la Sagrada Escritura. Y el mismo Señor nuestro Jesucristo, y nuestro Padre Dios quien nos amó y por gracia nos dio eterno consuelo y buena esperanza, anime nuestros corazones y nos confirme en toda obra y palabra buena. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos nosotros (1ª Co 15:1-58; 1ª Ts 2:15-16; 3:18). ¡Gloria a Dios! AMEN. ¡ALELUYA!

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Pecador ven a Cristo Jesús

pecador

“Erais como ovejas descarriadas” (I Pedro 2:25)

Por: Obispo Juan Pluma M.

Pedro Castro Iriarte (1840–1887). El joven trabajaba como cajista en una imprenta cuando llegó un pedido de imprimir los primeros folletos evangélicos en Madrid. Mientras armaba cada frase, letra por letra, el mensaje de la literatura le llamó la atención a Pedro Castro. Por ese tiempo Antonio Carrasco y dos ingleses empezaron a tener reuniones evangelísticas en la imprenta todas las mañanas. Contestaron las inquietudes del joven con respuestas bíblicas. Así, Pedro conoció el Evangelio y empezó una vida de servicio al Señor.

Fue un hombre de letras, pasando del oficio de imprenta a ser un escritor y poeta muy respetado. Fue, además, autor y traductor de mucho himnos favoritos en España y las Américas. Tradujo el himno «Santa Cena» y compuso los himnos «Despertad» y «Pecador, ven a Cristo Jesús». Sirvió fielmente como pastor durante una época difícil de persecución y revolución. Dios lo usó para organizar la primera iglesia en Valladolid y nuevas congregaciones en Madrid.

HIMNO

Pecador, ven a Cristo Jesús,

Y feliz para siempre serás,

Que si tú le quisieres tener,

Al Divino Señor hallarás.
Ven a Él, ven a Él,

Que te espera tu buen Salvador.

Ven a Él, ven a Él,

Que te espera tu buen Salvador.
Ovejuela que huyó del redil,

He aquí tu benigno Señor,

Y en los hombros llevada serás,

De tan dulce y amante Pastor.
Si cual hijo que necio pecó,

Vas buscando a Sus pies compasión,

Tierno padre en Jesús hallarás,

Y tendrás en sus brazos perdón.
Si de enfermo te sientes morir,

Él será tu Doctor celestial,

Y hallarás en su sangre también,

Medicina que cure tu mal.

CONTEXTO DEL TEXTO

Al estar con Jesús, Pedro había aprendido acerca del sufrimiento. Sabía que el sufrimiento de Cristo era parte del plan de Dios, y que su propósito era salvarnos. Nosotros éramos como ovejas descarriadas y también sabía que el que sigue a Cristo debe estar preparado para sufrir. Pedro aprendió esas verdades de Jesús y nos las transmitió a nosotros.

ENSEÑANZA

  1. Sí, en verdad éramos como ovejas sin rumbo.
  2. Jesús le dio dirección a nuestra vida.
  3. Ahora estamos viviendo y luchando en la justicia, en el amor y en la verdad por un mundo mejor en Jesús.

ORACIÓN

Señor Jesús, gracias por venir a redimir nuestras vidas, gracias porque tu sacrificio nos convenció para venir a tus pies. Permite que nuestras vidas sean vidas convincentes para quienes viven igual que nosotros antes, descarriados y lejos de ti. Impúlsanos para ser atrevidos y enseñar a la gente que tú eres la respuesta a un mundo desordenado e injusto. En el nombre de tu Hijo, Amén.

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Las espigas y el trigo

trigo

Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6)

 Iba un labrador a visitar sus campos para ver si estaba en sazón la cosecha. Había llevado consigo a su pequeña hija, Luisita. Mira, papá — dijo la niña sin experiencia—, cómo algunas de las cañas de trigo tienen la cabeza erguida y altiva; sin duda serán las mejores y las más distinguidas: esas otras de su alrededor, que la bajan casi hasta la tierra, serán seguramente las peores. El padre tomó algunas espigas y dijo:

— Mira bien, hija mía: ¿ves estas espigas que con tanta altivez levantan la cabeza? Pues están enteramente vacías. Al contrario, estas otras que la doblan con tanta modestia, están llenas de hermosos granos. El sabio y el bueno son humildes: la soberbia es propia del ignorante y del malo.

CONTEXTO DEL TEXTO

El escritor de esta carta, un líder de la iglesia de Jerusalén (Hechos 12:17 y 15:13), no fue Santiago el apóstol, sino Santiago el hermano de Jesús. La Epístola de Santiago fue una de las primeras, escrita probablemente antes del año 50 d.C. Después del martirio de Esteban (Hechos 7.55-8.3), aumentó la persecución y los cristianos de Jerusalén fueron esparcidos por todo el mundo romano. Hubo comunidades judías cristianas florecientes en Roma, Alejandría, Chipre y ciudades de Grecia y de Asia menor. Debido a que estos nuevos creyentes no tuvieron el apoyo para establecer iglesias cristianas, Santiago les escribió como un líder interesado en el bienestar de ellos a fin de animarlos en la fe durante ese período difícil.

ENSEÑANZA

La cura para los malos deseos es la humildad (Proverbios 16:18-19; 1Pedro 5:5-6). El orgullo nos hace egocéntricos y nos lleva a pensar que tenemos derecho a todo lo que podemos ver, tocar o imaginar. Crea apetitos codiciosos de obtener más de lo que necesitamos. Podemos ser librados de nuestros deseos egocéntricos al humillarnos delante de Dios, tomando conciencia de que lo único que necesitamos es su aprobación. Cuando su Espíritu Santo nos llena, nos damos cuenta de que las atracciones seductoras del mundo son solo sustitutos baratos en comparación con lo que Dios nos ofrece. Así como Pablo en su primera carta a Timoteo dice que la raíz de todos los males es el amor al dinero, Santiago dice que el orgullo es una de las pasiones que nos llevan a pleitos y guerras entre nosotros. Y la cura de todo ello, someternos a Dios en la humildad.

ORACIÓN

Señor, gracias porque proseguimos en este año en tu nombre, danos sabiduría, danos dirección de tu Espíritu y tómanos de la mano para caminar por caminos espinosos y pedregosos, peligrosos y riesgosos, y úsanos igualmente en lugares tranquilos y apacibles y danos convicción y pasión para seguir extendiendo tu Reino en medio del reino del mal y la maldad. Ayúdanos para luchar por la justicia, la paz y el amor, las cuales son características de tu Reino, y permítenos ver días mejores. En el nombre de tu Hijo, Amén.

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El discípulo de Jesús

discipulado

Hermano(a) metodista tal ves pregunte ¿Y qué es un discípulo? Trataremos de responderle desde las páginas de las Escrituras. Ser un discípulo de Jesús, como se decía entre los primeros discípulos, es ser uno de los del Camino (Juan 14:6; Hechos 9:2). En los Evangelios encontramos que Jesús convivía con un grupo escogido de hombres y mujeres que tomaron la decisión de seguirlo y les enseñaba y explicaba las parábolas y tenía una comunión profunda que les permitía experimentar en su propia vida y persona las grandezas de Dios. El apóstol Pablo, Juan Wesley y el hermano Cuau declaramos: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.”

Recuerdo un himno que cantabamos en mi iglesia y en la liga de intermedios y jovenes: “Quiero seguir las pisadas del Maestro”, la única manera de enseñarles a andar por el camino de la voluntad de Dios, a nuestros hermanos en la fe, es ayudarles a entrar en un contacto directo y personal con nuestro Dios y Señor y con su Palabra; por medio de la iluminación que solo trae consigo el Espíritu Santo. Tenemos la obligación y responsabilidad de darles a conocer con nuestra manera de vivir, con nuestras actitudes y obras, y hasta con nuestras palabras, esa verdad que los hará libres, Jesús lo resumió de manera magistral: “Si vosotros permanecieréis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31,32). Después de todo esto volvemos a preguntar ¿Qien es un discípulo? El que, ayudado por sus hemanos en la fe, y en especial por aquellos que Jesús ha puesto en la iglesia para formación de discípulos espirituales, se ha entregado por completo en espíritu, alma y cuerpo a la Palabra de Dios, y se ha consagrado a una única meta que se halla por encima de todas las metas humanas: Seguir a Jesús dondequiera que lo lleve, pagando el precio que sea necesario pagar y buscando la forma de ser cada vez más semejante a ÉL.

No somos discípulos por tener una especie de póliza de seguro eterno en la que Dios promete que viviremos siempre en un lecho de rosas, aquí y mas allá de nuestra muerte física. Somos discípulos para continuar haciendo y enseñando lo que comenzó a hacer y enseñar nuestro Maestro de maestros (Hechos 1:1); porque es necesario que prediquemos el Evangelio del Reino hasta los confines de la tierra “para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14).

FE EN ACCIÓN: Los tiempos que nos ha tocado vivir exigen más que nunca a nuestra querida Iglesia Metodista que retome el principio básico del sacerdocio universal de los fieles, y forme discípulos con una mentalidad firme y una consagración absoluta. Siempre han sido esas la misión y la mentalidad del cuerpo de Cristo, y podemos declarar bajo la autoridad de la Palabra profética más segura: que el futuro de nuestra Iglesia, y el de la humanidad entera dependerá de una intensa labor de multiplicación de discípulos que continuen la obra que nos encomendo nuestro Señor Jesucristo, en el amor y poder de Cristo, guiados por el Espíritu Santo y con una mentalidad para impactar y tranformar a un mundo lleno de maldad en que vivimos. (Continuara).

(Tomado de la Biblia del Discípulo, y de mi experiencia personal con Dios).

Hno. Cuau

 

cuau

El Dios Fuerte

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Una de las doctrinas cardinales o fundamentales del cristianismo evangélico, es creer en la deidad de Jesucristo. La Biblia dice: Muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo (Dios Hijo) ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo. Cualquiera que se extravía y no persevera en la doctrina de (la deidad encarnada en) Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo (como perfecto Dios y perfecto humano), ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene y no trae esta doctrina, no lo recibas en casa ni le digáis:¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras (2ª Jn 1:7-11).

La Biblia claramente enseña que en Jesucristo, desde el momento en que fue concebido por el Espíritu Santo, (y no por José su padre legal pero no biológico), habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad, y que por lo tanto desde el principio, el Verbo (Jesucristo) es el verdadero Dios, y nuestro Gran Dios y Salvador; y que ese Verbo (Dios Hijo), se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Lc 1: 31-35; Col 2:9; Jn 1:1-14).

Jesucristo durante su ministerio terrenal, dijo que era Dios, cuando dijo que Él y el Padre son uno, y cuando múltiples veces usó el nombre de Dios: YO SOY. Y les dijo: Ustedes son de abajo, yo soy de arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Por eso les dije que morirán en sus pecados, si no creen que YO SOY. Por esto, dicen los evangelios que los judíos aún más intentaban matarlo, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios (Jn 8:23-25 y 5:18).

Además, Jesucristo demostró su deidad cuando perdonó pecados (pues sólo Dios puede perdonar pecados), le dio nueva vida a los muertos (sólo Dios puede dar vida); y cuando milagrosamente demostró su soberanía y omnipotencia sobre los demonios, las tempestades, la enfermedad, la naturaleza (al transformar el agua en vino, por ejemplo). Sus palabras tenían la autoridad que sólo Dios tiene. Las gentes que le escuchaban estaban maravilladas, y se decían unos a otros: ¿Qué palabra es ésta, que con autoridad y poder, manda a los espíritus impuros, y salen? Y se admiraban de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas (Lc 4:36; Mr 1:22).

En este mundo tan lleno de circunstancias, situaciones, diagnósticos adversos, y mil problemas más, que frecuentemente son imposibles de resolver sin la ayuda de Dios, ¡Que bendición tan grande es ser cristianos! y tener de nuestro lado a Jesucristo, el Dios Fuerte. En la Sagrada Escritura dice: Hijitos, ustedes son de Dios y los han vencido, porque mayor es el que está en nosotros (Jesucristo), que el que está en el mundo (satanás).

¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas que Él considere buenas, necesarias, y de bendición? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro o espada? ¡Simplemente nada! Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó (Jesucristo). Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados ni potestades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro (1ªJn 4:4; Ro 8:31-38).

Isaías nos consuela y fortalece al escribir 700 años antes de que Jesucristo naciera en el establo de Belén: Porque un niño nos ha nacido, hijo nos ha sido dado, y el principado será sobre su hombro. Y se llamará su nombre Admirable consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz (Is 9:6). ¡Gloria a Dios! porque Él es el único Admirable Consejero y Dios Fuerte, capaz y especialista, en resolver nuestros problemas imposibles, en dos formas principales: Siendo el que nos aconseja, convence de pecado, e invita a creer, aceptar, recibir y confesar a Jesucristo como nuestro único y suficiente Salvador; y siendo el Dios Fuerte y el Victorioso Conquistador del enemigo de nuestras almas que vive en nosotros, y que finalmente, vencerá y eliminará al dolor, el llanto, la enfermedad, y la muerte.

Nuevamente, recordemos que el contexto en que Isaías escribió sus consoladoras palabras, era cuando los Israelitas por causa de su idolatría, estaban a punto de caer en cautiverio por los crueles y depravados Asirios. Dice la Biblia: Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo en que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin se llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles (Is 9:1).

¡Bendita esperanza del cristiano! Pues aún en medio de las calamidades que por el solo hecho de ser humanos y vivir en este mundo gobernado temporalmente por el usurpador príncipe satanás (a quién nuestro ancestro Adán prefirió obedecer y darle así la autoridad sobre su vida, la de su descendencia, y la naturaleza, en vez de quedarse sumiso y sujeto a Dios), podemos vivir confiados en que a final de cuentas, a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.

Y podemos tener por cierto que las aflicciones del tiempo presente, no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse, cuando dice la Biblia que nuestro Dios Fuerte, a los que por la gracia de Jesucristo, hayan salido salvos y victoriosos de la gran tribulación, les permita estar delante del trono de Dios, habiendo lavado y blanqueado sus ropas en la sangre del Cordero. Será entonces que el Dios Fuerte que está sentado sobre el trono extenderá su tienda junto a ellos, y ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno, porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará y los guiará a fuentes de aguas vivas. Y nuestro Dios Fuerte, enjugará toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor. ¡Bendito sea Dios! (Ro 8:18 y 28; Ap 7:14-16 y 21:4).

¡Gloria a Dios! porque el escritor de la epístola a los hebreos, escribe: Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (He 4:15-16). Jesucristo puede compadecerse de nosotros, porque padeció Él mismo, como perfecto humano. Refiriéndose proféticamente a Jesucristo, dice la Sagrada Escritura: No fue encubierto de ti mi cuerpo, aunque en oculto fui formado y entretejido en lo más profundo; mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar ni una de ellas. Me vestiste de piel y carne, me tejiste con huesos y nervios, me concediste vida y misericordia, y tu cuidado guardó mi espíritu (Sal. 139; Job 10:11-12).

Y es que contrario a la forma ‘color de rosa’ que frecuentemente se nos narra, la historia de la primera navidad, es la de una adolescente embarazada de otro que no era su prometido; de un pobre carpintero que gracias a que el ángel le aclaró que había sido escogido para ser el padre legal y terrenal del Hijo de Dios, estuvo dispuesto a casarse con María, quien dio a luz al niño Jesús en un ambiente totalmente insalubre, en un establo, y en medio de sucios animales; y que esa misma noche fue visitado por un grupo de devotos, pero harapientos y apestosos pastores, que vieron al Hijo de Dios, envuelto en pañales, pero recostado en un pesebre, que es el cajón donde se le da de comer a los animales que comen paja. Como si esas fueran pocas vicisitudes, además fue amenazado de muerte por un rey Herodes, que se puso paranoico y mandó matar a todos los niños de la región, menores de dos años, al escuchar de los sabios de oriente, que en Belén de Judea había nacido uno que sería el rey de los judíos.

Dice la epístola a los Hebreos, que Jesucristo debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.

Solo el Dios Fuerte, pudo librar a Jesucristo de los múltiples riesgos de muerte que enfrentó desde que fue dado a luz; y sólo Jesucristo, nuestro Dios Fuerte, puede librarnos de todos los ataques de nuestro enemigo el diablo, que no tiene otro propósito, que hurtar, matar, y destruir nuestra integridad, felicidad, y vida, con el fin de mandarnos al infierno. Sólo Jesucristo, el Dios Fuerte, puede librarnos de la esclavitud del pecado, de la condenación, y de la muerte eterna.

Así, debemos reconocer que si logramos nacer, y vivimos un día o 100 años, es por la pura misericordia de Dios, que nos prolonga la vida, y nos da la capacidad y poder necesarios para que llevemos a cabo, con éxito, las buenas obras, tareas, y ministerios que nos encarga, dentro y fuera del hogar. Dice la Biblia: Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas. Jesús dijo: Para los hombres esto es imposible, pero no para Dios, porque todas las cosas son posibles para Dios. Por eso Pablo escribió: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece; y ¡Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! (Ro 8:37; Ef 2:10; Mr 10:27; Fil 4:13; 1a Co 15:57).

Que Dios nos conceda valorar en toda su magnitud, la bendición de que a Jesús se le llamara Dios Fuerte. AMEN.

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Tal como soy

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Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25)

Fue en 1836 que una joven británica hacía preparativos para asistir a un baile a celebrarse en su pueblo. Se llamaba Carlota Elliot, y era de buena preparación y presentación. Salió muy entusiasmada para encomendar a su costurera hacerle el traje de gala para esa ocasión especial.

En el camino la joven se encontró con un señor cristiano, amigo de la familia, y hombre fiel y sincero. Carlota le saludó y le manifestó el propósito de su diligencia. El varón le comentó que tuviera cuidado con la vanidad de la vida.

La joven, muy enojada, le contestó, “esto no es asunto tuyo” y siguió. El baile se realizó. La dinámica Carlota fue una de las jóvenes más alegres y elogiadas. Pero al acostarse, sintió decepción; no estaba cansada, se encontraba vacía. Una espina se hincaba en su mente. Su conciencia le perturbaba.

Ese señor siempre se había mostrado cariñoso, y la manera ruda en que ella le había tratado llenó su pecho de pesar. Ella no quería reconocerlo, pero estaba viendo que él tenía razón. El brillo de este mundo es engañoso y es vanidad.

Al cabo de tres días de reflexión dolorosa. Carlota visitó al amigo. Le dijo “por días he sido la joven más decepcionada, ahora anhelo encontrar la verdad que usted tiene, ¿qué debo hacer?”

Por supuesto, el hombre no perdió el tiempo en perdonar la conducta tan contraria con la que la joven lo había ofendido. Con toda sencillez y cariño, ese señor le dirigió a la fuente de paz. Simplemente entrégate, hija, a Cristo Jesús, el que murió por ti en la cruz, tal como eres. Eso le pareció extraño, ella nunca había entendido que la salvación fuera tan accesible. ¿Tal como soy? Pero soy mala, indigna, ¿cómo puede Dios aceptarme?

Esto es precisamente lo que tú has tenido que reconocer, fue la respuesta del varón, puedes venir a Cristo “tal como eres”. La joven se sintió abrumada al asimilar la verdad sencilla de esas palabras, fue a su habitación, dobló sus rodillas y ofreció a Dios su corazón indigno. Pidió el perdón de su pecado y puso su fe en Jesús. La dama vivió más y más el gozo de la salvación. Pensando en su experiencia, empleó su talento de escritora, y así nació el himno TAL COMO SOY.

CONTEXTO DEL TEXTO

Como nuestro Sumo Sacerdote, Cristo es nuestro abogado, el mediador entre nosotros y Dios. El cuida de nuestros intereses e intercede por nosotros ante Dios. El sumo sacerdote del Antiguo Testamento se presentaba delante de Dios una sola vez al año para interceder por el perdón de los pecados de la nación; Cristo intercede por nosotros, delante de Dios, de modo permanente. La presencia de Cristo en el cielo con el Padre nos asegura que nuestros pecados han sido pagados y perdonados (véase Ro. 8:33,34; He. 2:17,18; 4:15,16; 9:24). Esa maravillosa seguridad nos libra de condenación y del temor a fracasar.

LO QUE ME DICE EL TEXTO

  1. Que Cristo Jesús es nuestro sacerdote quien intercede por nosotros
  2. Que sólo debeos acercarnos y pedirle perdón, y hará la obra maravillosa
  3. Al mismo tiempo que nos ha perdonado, continúa intercediendo por nosotros ya que no basta darnos la salvación, sino que busca que la ejerzamos.

ORACIÓN

Señor, gracias porque sin merecerlo, quienes nos hemos acercado a ti para pedirte perdón de todas las faltas y fallas, nos has perdonado; pero al mismo tiempo, gracias por interceder por nosotros para continuar en el mismo camino. Gracias por aceptarnos tal como somos. Te ruego, Señor, que sigas trabajando con vidas alejadas de ti, vidas decepcionadas, quebradas y casi destruidas, e igualmente por corazones duros y necios, orgullosos y soberbios, muchos de ellos son los que tienen el poder y el dinero y manipulan a la gente, la engañan y destruyen vidas. Ven, Señor Jesús, y manifiesta tu amor y poder en todos nosotros, en el nombre de tu Hijo, Amén.

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El precio de la gracia (Parte 23)

 

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Dietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

Continuamos con la publicación de su obra más difundida, El Precio de la Gracia. Vamos en la Segunda Parte de la obra, La Iglesia de Jesucristo y el Seguimiento, de donde entregamos ahora la primera fracción del Capítulo 5, Los Santos.


  1. Los Santos (primera fracción)

La ekklesía de Cristo, la comunidad de los discípulos, está sustraída a la soberanía del mundo. Vive en medio del mundo, pero ha sido transformada en un único cuerpo, constituye una esfera de soberanía autónoma, un espacio propio. Es la Iglesia santa (Ef 5, 27), la comunidad de los santos (l Cor 14, 33), sus miembros son los llamados a ser santos (Rom 1, 7), que han sido santificados en Jesucristo (l Cor 1, 2), elegidos y segregados antes de la fundación del mundo (Ef 1, 4). El fin de su vocación en Jesucristo, de su elección antes de la fundación del mundo, es que sean santos e irreprensibles (Ef 1,4); Cristo ofreció su cuerpo a la muerte para que los suyos apareciesen ante él santos, inmaculados e irreprensibles (Coll, 22); el fruto de la liberación del pecado por la muerte de Cristo consiste en que, los que antes entregaban sus miembros a la iniquidad, los pongan ahora al servicio de la justicia para la santificación (Rom 6, 19-22).

Sólo Dios es santo. Lo es por su separación total del mundo pecador y por el establecimiento de su santuario en medio del mundo. Así lo dice el cántico de alabanza entonado por Moisés y los hijos de Israel, después del desastre de los egipcios, al Señor que los liberó de la esclavitud del mundo:

¿Quién como tú, Yahvé, entre los dioses? ¿Quién como tú, glorioso en santidad, terrible en prodigios, autor de maravillas? Tendiste tu diestra y los tragó la tierra. Guiaste en tu bondad al pueblo rescatado. Tu poder los condujo a tu santa morada… Tú le llevas y le plantas en el monte de tu herencia, hasta el lugar que tú te has preparado para tu sede, ¡oh, Yahvé! (Ex 15, 11-13.17).

La santidad de Dios consiste en establecer su morada, su santuario, en medio del mundo, y en hacer brotar de este santuario el juicio y la redención (Sal 99 y passim). Pero en el santuario, el Dios santo se une a su pueblo, por medio de la reconciliación que sólo es obtenida en el santuario (Lv 16, 16s).

Dios pacta una alianza con su pueblo. Lo segrega, lo convierte en propiedad suya y se da a sí mismo en garantía de esta alianza. «Sed santos porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,2), Y «santo soy yo, Yahvé, el que os santifico» (Lv 21, 8). Tal es el fundamento sobre el que se basa esta alianza. Todas las otras leyes dadas al pueblo, y que este debe observar en la justicia, tienen por presupuesto y fin la santidad de Dios y de su Iglesia.

Igual que Dios, por ser santo, está separado de lo que es malo, del pecado, también lo está la Iglesia en su santuario. Él la ha escogido. La ha convertido en la Iglesia de su alianza. La ha reconciliado y purificado en el santuario. Ahora bien, el santuario es el templo, y el templo es el cuerpo de Cristo. En el cuerpo de Cristo se cumple la voluntad de Dios de tener una Iglesia santa. Separado del mundo y del pecado, convertido en propiedad de Dios, el cuerpo de Cristo es el santuario de Dios en el mundo. Dios habita en él por el Espíritu santo.

¿Cómo es esto? ¿Cómo puede convertir Dios a unos hombres pecadores en una Iglesia de santos, totalmente separada del pecado? ¿Cómo puede Dios alejar de sí la acusación de ser injusto cuando se une a los pecadores? ¿Cómo puede ser justo el pecador sin que Dios deje de ser justo?

Dios se justifica a sí mismo, establece la prueba de su justicia. En la cruz de Jesucristo se produce el milagro de la autojustificación de Dios ante sí mismo y ante los hombres (Rom 3, 21s). El pecador debe ser separado del pecado y vivir ante Dios. Ahora bien, para el pecador no hay separación del pecado fuera de la muerte. Su vida es pecado hasta tal punto que, para verse libre de él, debe morir. Dios sólo puede ser justo matando al pecador. Sin embargo, es preciso que el pecador viva y sea santo ante Dios. ¿Cómo es esto posible?

Dios mismo se hace hombre; toma nuestra carne en Jesucristo, su Hijo, y en su cuerpo carga con nuestra carne hasta la muerte de cruz. Dios mata a su Hijo, cargado con nuestra carne, y con su Hijo mata también a todo lo que es carne sobre la tierra. Desde entonces resulta evidente que nadie es bueno sino sólo Dios, que nadie es justo sino sólo Dios. Con la muerte de su Hijo, Dios ha dado la prueba terrible de su propia justicia (Rom 3, 26). Dios debía entregar a la muerte a toda la humanidad en el juicio de su cólera en la cruz para demostrar que sólo él es justo. La justicia de Dios se revela en la muerte de Jesucristo. La muerte de Jesucristo es el lugar en que Dios da prueba de su justicia, el único lugar donde reside la justicia divina. Quien pudiese participar de esta muerte, participaría con ello de la justicia de Dios. Ahora bien, Cristo tomó nuestra carne y en su cuerpo llevó nuestros pecados en el madero (l Pe 2, 24).

Lo que sucedió en él, sucedió en todos nosotros. Participó de nuestra vida y de nuestra muerte y, con ello, nosotros podemos participar de su vida y de su muerte. Si era preciso que la justicia de Dios se manifestase en la muerte de Cristo, nosotros estamos con él allí donde reside la justicia de Dios, en la cruz, porque él llevó nuestra carne. De forma que, habiendo muerto, conseguimos participar de la justicia divina en la muerte de Jesús. La justicia propia de Dios, que nos mata a nosotros, los pecadores, es en la muerte de Jesús su justicia para nosotros. La justicia de Dios, por hallarse establecida en la muerte de Jesús, se halla también establecida para nosotros, que estamos incluidos en la muerte de Jesús.

Dios muestra su justicia «para ser él justo y justificador del que cree en Jesús» (Rom 3, 26). La justificación del pecador consiste, pues, en el hecho de que sólo Dios es justo y él, el pecador, completamente injusto, no en el hecho de que el pecador sea justo igual que Dios. Todo deseo de ser justos por nosotros mismos nos separa radicalmente de ser justificados por la justificación exclusiva de Dios. Sólo Dios es justo. Esto es reconocido en la cruz como un juicio que ha sido pronunciado sobre nosotros, los pecadores.

Pero quien se sitúa junto a la cruz por la fe en la muerte de Jesús recibe, en el mismo lugar en que es condenado a muerte como pecador, la justicia de Dios que triunfa en la cruz. Al no querer ni poder ser justo por sí mismo, admitiendo que sólo Dios lo es, recibe su justificación. Porque el hombre no puede ser justificado ante Dios más que reconociendo que sólo él es justo, y que el hombre es totalmente pecador. El problema de saber cómo nosotros, pecadores, podemos ser justos ante Dios es, en el fondo, el problema de saber cómo Dios es hacia nosotros sólo justo. Nuestra justificación sólo se funda en la justificación de Dios «para que seas (Dios) justificado en tus palabras y triunfes al ser juzgado» (Rom 3, 4).

No se trata más que de la victoria de Dios sobre nuestra injusticia, para que sólo Dios sea justo ante sí mismo. Esta victoria de Dios fue conseguida en la cruz. Y esta cruz no es sólo el juicio, sino también la reconciliación (Rom 3, 25) para todos los que creen que, en la muerte de Jesús, sólo Dios es justo y reconocen su pecado. La justicia de Dios crea la reconciliación (Rom 3, 25). «Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo» (2 Cor 5, 19s). «No tomando en cuenta sus transgresiones», las llevó sobre sí mismo y sufrió por esto la muerte del pecador. «Puso en nuestros labios la palabra de la reconciliación».

Esta palabra quiere encontrar la fe, la fe en que sólo Dios es justo y que en Jesucristo se ha convertido en nuestra justicia. Pero entre la muerte de Jesús y el mensaje de la cruz está su resurrección. Sólo en calidad de resucitado es aquel cuya cruz tiene poder sobre nosotros. El mensaje del crucificado es ya para siempre el mensaje de aquel que no permaneció prisionero de la muerte. «Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2 Cor 5, 20).

Este mensaje de la reconciliación es la palabra propia de Cristo. Él es el resucitado que se nos muestra como el crucificado en la palabra del apóstol: Encontraos por la muerte de Jesucristo en la justicia de Dios que nos ha sido dada. Quien se encuentra en la muerte de Jesús, se encuentra en la justicia exclusiva de Dios. «A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Cor 5, 21). El inocente es muerto porque lleva nuestra carne pecadora, es odiado y maldecido por Dios y por el mundo, es hecho pecado a causa de nuestra carne. Pero nosotros, en su muerte, encontramos la justicia de Dios.

Estamos en él en virtud de su encarnación. Murió por nosotros, a fin de que nosotros, los pecadores, viniésemos a ser justicia de Dios en él, en cuanto pecadores absueltos de sus pecados por la justicia exclusiva de Dios. Si Cristo es ante Dios nuestro pecado, que debe ser condenado, nosotros somos en él justicia, pero no nuestra propia justicia (Rom 10, 3; Flp 3, 9) sino, en sentido estricto, la justicia única de Dios. La justicia de Dios consiste, pues, en que nosotros, pecadores, llegamos a ser su justicia; y nuestra justicia, es decir, la suya (Is 54, 7) consiste en que sólo Dios es justo, y nosotros los pecadores acogidos por él. La justicia de Dios es Cristo mismo (l Cor 1, 30). Ahora bien, Cristo es «Dios con nosotros», «Emmanuel» (Is 7, 4), el Dios de nuestra justicia (Jr 33, 16).

(Continuaremos con la segunda fracción de este Capítulo 5 sobre Los Santos).

Himno «Firmes y Adelante»

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Y dijeron a Moisés: ¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto? ¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: Déjanos servir a los egipcios? Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto.  Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis, Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos.  Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen” (Éxodo 14:11-15).

El autor de este himno marcial, el reverendo Sabino Baring-Gould, fue miembro prominente de la Iglesia Romana en Inglaterra, y se distinguió mucho por el gran número de poesías religiosas que preparó y dio a la circulación. Su fecundidad imaginativa y su estilo poético se manifestaron en esas poesías, algunas de las cuales eran magnificas por todos conceptos, dando a su autor fama y renombre. De entre todas ellas ninguna llegó a tener la aceptación de su marcha «Firmes y Adelante». Esta poesía, que con el tiempo ha llegado a ser famosa en todo el mundo, y muy principalmente en el mundo evangélico, originalmente fue una «marcha procesal», y como es natural, tenía un sabor marcadamente romanista. Al ser castellanizado el himno, se ha evangelizado también, en gran manera.

La música marcial con que es generalmente conocido, y la que ha contribuido en gran parte a hacerlo tan famoso, fue preparada por Sir Arturo Seymour Sullivan, eminente músico inglés a quien, por sus relevantes servicios en este arte, la reina Victoria dio título de nobleza. Esta música es tan marcial, que si la letra inspira y alienta, ella inflama el entusiasmo en el corazón, haciéndonos sentir realmente que nos encontramos «en marcha hacia la victoria», cada vez que lo cantamos.

CONTEXTO DEL TEXTO

Aunque no fue el texto lo que motivó al autor a escribir el himno, pero nos recuerda uno de los momentos más difíciles del pueblo de Israel, cuando se encontraba en proceso de formación, y huía de un enemigo cruel que se proponía destruirlo, tropieza en su camino con una barrera que le detiene y llena de terror, el miedo a morir. Es entonces, cuando más angustiado se encuentra el pueblo, sin saber qué camino tomar, cuando Dios dice a Moisés: «Manda a los hijos de Israel que marchen”. El pueblo, obediente al mandato divino, siguió adelante y aquella barrera que parecía infranqueable, el mar Rojo, abrió paso al pueblo que iba a la conquista de Canaán.

Sin duda, como el pueblo de Israel, en ocasiones nosotros nos encontramos con miedo, con gran temor y angustia por el peligro que corre nuestra vida. Es en ese momento cuando Dios el Señor nos dice que marchemos, que caminemos, que continuemos, El pelea por nosotros la batalla, cuando obedecemos, entonces Él toma el control de todo y nos bendecirá, ese es nuestro Dios y esa es la fe que nos sostiene. Amén

ENSEÑANZA

  1. Que en varias ocasiones nos hemos encontrado en riesgo y peligro de muerte.
  2. Que Dios está allí a nuestro lado y nos dice que él pelea por nosotros.
  3. Que no importa lo que pase, estamos en sus manos poderosas y en completa seguridad.

ORACIÓN

Señor, en muchas ocasiones hemos estado en peligro, pero tu amor incomparable nos ha salvado, no lo merecemos pero gracias por tu bondad, danos ahora el valor para compartirlo. Nuestra oración es también por quienes sufren por vivir en maldad en su familia, en su trabajo, en sí mismos, e igualmente oramos por todos aquellos que sufren por causa de la injusticia, por la avaricia y por la voracidad de otros, y lloran por haber perdido su trabajo, sus recursos, su familia, pelea por ellos y dales tranquilidad. Permíteles marchar firmes y adelante. En el nombre de tu Hijo. Amén.

juan_pluma