La Biblia dice: “¡Te alabaré, porque formidable y maravillosamente me formaste; maravillosas son tus obras, y mi alma lo sabe muy bien! Por ti he sido sustentado desde el vientre; de las entrañas de mi madre tú fuiste el que me sacó; y de ti será siempre mi alabanza” (Salmo 139: 14; y 71:6).
¿Cómo le comunica un organismo a su descendencia toda la información que necesita para desarrollarse, madurar, y multiplicarse? ¿Cómo sabe el organismo qué proteínas necesita fabricar para poder respirar, alimentarse, funcionar, y reproducirse? ¿Cómo es que un ser vivo inicia, controla, y sabe cuando finalizar, la producción de sus proteínas?
Toda la información necesaria, equivalente a unos 500 libros enciclopédicos, está detalladamente codificada en el ADN (ácido desoxirribonucleico) del núcleo celular, mediante un lenguaje especial, escrito en dos renglones paralelos, y con una infinidad de combinaciones de sus únicas cuatro letras o nucleótidos (A,T,G,C), que son comunes a todas las especies, y que a manera de letras de un abecedario, programan en un lenguaje específico para cada especie, todas las funciones necesarias para que una célula funcione, se conserve sana, y se reproduzca antes de morir.
Por eso es que aunque muchos animales tienen los códigos o programas (y miles de genes), que en forma extraordinariamente coordinada, ordenan y controlan la formación del ojo y sus anexos (huesos, músculos, nervios, vasos sanguíneos, párpados, pestañas, glándulas lagrimales, etc., etc., nunca, a un perro le sale un ojo de mosca, porque, aunque su código usa el mismo alfabeto, la información en cada ser vivo, está escrito en un “idioma” diferente, de tal manera que la prueba de paternidad del ADN, comprueba que no son parientes.
Por eso, aunque las miles de millones de letras del ADN de un ratón, un chango, y un humano, por ser las mismas 4 comunes a todos los seres vivos (Adenina, Timina, Guanina, y Citosina), hagan que el ADN de todos ellos se parezca en 90% o más, la información codificada en cada uno, no es intercambiable, como no son intercambiables las hojas de un libro en inglés con las de uno escrito en español, aunque usen un abecedario 95% igual. Que algunos usen el argumento del parecido que hay en el ADN de las diversas especies, para decir que todas están emparentadas, que los humanos proceden de los changos, y que ambos son producto de la evolución a partir de un ancestro común, con los conocimientos actuales, no es otra cosa que ignorancia y miopía científica.
Otros, ante la ausencia de evidencias científicas, usan argumentos simplistas, y dicen que los millones de animales actuales y extintos (sean insectos o mamíferos) con cabeza, tronco y extremidades, y proteínas formadas por iguales aminoácidos, debieron tener como ancestro común a una bacteria formada por casualidad, y a partir de lodo de mar. Pero como cualquier otro idioma, la extraordinaria complejidad del lenguaje de la vida y sus mecanismos de transcripción, traducción, y transformación en acciones concretas como la complicadísima formación de proteínas específicas para cada ser vivo, comprueban que necesariamente, el ancestro común a todos los seres vivos, no fue una bacteria, sino un ser extraordinariamente inteligente: el Omnisciente Diseñador y Programador de tal lenguaje, al que la Biblia llama Dios.
El proceso por medio del cual, los genes del ADN, determinan la formación de proteínas, es
extraordinariamente complejo, e incluye desde la identificación, transcripción, y traducción de la información, hasta la iniciación, síntesis, y finalización de la secuencia necesaria para producir cada una de sus miles de proteínas diferentes. “Las células y los organismos son sistemas bien informados y capacitados para la preservación de la vida. El componente básico de cualquier sistema con información, es su plan. Aquí, arguye el creacionista, un círculo impenetrable, excluye al evolucionista, pues cualquier intento de proponer un modelo o teoría de la evolución del código genético, es inútil, ya que ese código no funciona, a menos que, y hasta que, es traducido y conduce a la síntesis de las proteínas. Pero la maquinaria por la que la célula traduce el código, consiste de alrededor de setenta componentes que son en sí mismos, productos del mismo código.” J, Monod, Chance and Necessity 1971, p. 143.
En otras palabras, todas las funciones celulares, son interdependientes y requieren que tanto el código genético del ADN contenido en los cromosomas y genes, como los organelos necesarios para que las órdenes que salen desde el núcleo celular, se lleven a cabo sin error alguno, debieron estar presentes desde la primera parición de cada una de los billones de células, de todas y cada una de los millones de plantas y animales diferentes.
La única explicación razonable es que todas y cada una de las partes de la célula, fueron diseñadas, y creadas completas; y colocadas y puestas en funcionamiento instantánea y simultáneamente, pues cualquier paso intermedio, supondría un sistema incompleto, y como en el reloj que le falta un solo engrane, sería totalmente incapaz de cumplir sus funciones vitales mínimas, y con ello, incapaz de sobrevivir, reproducirse, y evitar así, la extinción de su especie en la primera generación.
Todo mecanismo y función celular, se inicia cuando, habiendo recibido el mensaje de la necesidad de por ejemplo, sintetizar una proteína, el ADN nuclear, transfiere la información necesaria y específica, a un ARN (ácido ribonucleico) mensajero, que previa maduración y programación dentro del núcleo, pasa a través de los poros de la membrana nuclear, hasta el citoplasma. En el citoplasma, a manera de fábricas de la más alta tecnología, se encuentran los organitos u organelos celulares responsables de producir la energía (ATP en la mitocondria) y demás sustancias, como las enzimas (catalizadores), indispensables para que armónicamente se lleven a cabo todas las funciones celulares. Ahí, el ARN mensajero lleva su plantilla, al organito celular sintetizador de proteínas, llamado Ribosoma.
En el Ribosoma, la información recibida, es traducida y transformada en acciones concretas, iniciándose así, bajo un estricto control de calidad, la formación sobre la plantilla traída por el ARN mensajero, de la proteína solicitada. Para este sofisticado proceso, el Ribosoma requiere de los servicios y participación de otro ARN llamado de transferencia. El ARN de transferencia (ARNt) es el que habiendo recibido la orden del Ribosoma, a razón de unos 20 aminoácidos por segundo, busca, atrapa, transporta, y eslabona, en una secuencia lineal específica, su aminoácido.
Hay un ARN de transferencia para cada uno de los 20 diferentes aminoácidos que se usan. T. M. Devlin, Bioquímica, 4ª ed., 2004. No se toleran ni corrigen errores. La proteína con el más mínimo defecto, es destruida. Una vez completada la secuencia específica de cientos a miles de aminoácidos, el Ribosoma finaliza la tarea (nunca produce de más), y libera la proteína que es almacenada para su uso posterior, o expulsada al torrente sanguíneo, para su inmediata utilización.
“Se cree que muchas de las bases nitrogenadas del ADN, están involucradas no en la producción de ARN o proteínas, sino en el control sobre dicha producción, o sea, en cambiar las secuencias correctas, y en el ‘apagado o encendido’ del proceso, en el momento preciso” Michael Pitman, Adam and Evolution, 1984, p. 124.
Ahora se sabe que hay grupos de tres nucleótidos o bases nitrogenadas que se llaman codones, y que son los que determinan el punto de inicio y el final de cada una de las larguísimas cadenas de aminoácidos, que forman las proteínas. Los codones son específicos para que un anticodón, parte del ARNt, al acoplarse al codón, programe el acoplamiento, en su secuencia específica, de un
aminoácido de la proteína, por ejemplo. Todos los procesos biológicos dependen de la presencia o la actividad de las proteínas, y cada proteína tiene una o más funciones determinadas por su estructura. Son ejemplos de proteínas bien conocidas, las enzimas, la hemoglobina, las hormonas (insulina, estrógenos, etc.), los anticuerpos; el colágeno, queratina, y miosina (de huesos, uñas y músculos).
Al conjunto de proteínas de un ser vivo se le llama Proteoma. Aún no se sabe el número exacto de proteínas que hay por organismo; pero puede ser hasta ocho veces mayor al de los genes (unos 40 mil en el humano), pues hay genes que programan más de una proteína. Además, se descubrió que una proteína puede cambiar de función de acuerdo al pH y otras variantes en el medio en que se encuentre.
Lo inmensamente sofisticado de todas estas funciones y mecanismos, está más allá de nuestra comprensión. “La evolución de la maquinaria genética, es el paso para el cual no hay modelos de laboratorio; por lo que podemos especular hasta el infinito, mientras somos desmentidos por inconvenientes evidencias.” R. Dickerson, Scientific American, Septiembre 1978, p. 70.
Pero si consideramos que muchos de estos mecanismos están eslabonados en cadenas de secuencia de eventos estrictamente ordenados (“en cascada,” como en la coagulación de la sangre), la complejidad de todas las funciones celulares, se hace realmente abrumadora, y necesariamente se tiene que aceptar que lo único razonable, es que todas las funciones relacionadas con la vida tanto de una célula como de un organismo multicelular, son obligadamente el producto de un diseño inteligente exquisito, sofisticado, armónico, y maravilloso, y que cada vez suena más ridículo e infantil creer que alguno, o uno sólo de estos mecanismos celulares, haya sido producto de la casualidad.
¡Qué preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! Si los contara, serían más numerosos que la arena. Porque tú formaste mis entrañas en el vientre de mi madre; mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas. ¡Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí! Alto es, y no lo puedo comprender (Salmos 139:6-18).


Al leer el escrito del hermano Contreras Pulido, pienso que se necesita más fe para creer en los argumentos anticreacionistas que para, sencillamente, aceptar la verdad de que hay un Dios creador y sustentador de todas las cosas.
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María Elena, tu comentario es simpático, pero a la vez tiene mucha seriedad y mucha razón. Te compartimos el aforismo de San Agustín: «Si la cosa creída es increíble, también es increíble que lo increíble sea creído». Y la ciertísima conclusión del filósofo Ralph W. Emerson, «Todas las épocas de fe han sido grandiosas; todas las de incredulidad han sido mezquinas». Bendiciones.
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