Pbro. Rafael G. Murillo Paniagua.
57 años en la pastoral Iglesia Metodista de México;
Psicólogo clínico UNAM;
Licenciado en Teología, Seminario Bautista de México;
Master of Theology, Doctor in Ministry: Consejo y cuidado Pastoral, manejo y resolución de conflictos, Prevención al suicidio. Southern Methodist University
Uno de los problemas más constantes, crueles y enfermizos en todo grupo social es la intolerancia.
¿De dónde surge? Generalmente de la debilidad de lo que se tiene, y la inseguridad de perderlo o/y como resultado de una vida solitaria a causa de su egocentrismo ocasionado por traumas no resueltos.
Cuando nos volvemos intolerantes caemos en el alto riesgo de enojarnos y el enojo es hermano gemelo de «la locura»: el enfermo mental pierde consciencia de realidad y control de voluntad. No se es objetivo, su verdad es una fantasía, padece el síndrome del eunuco etíope que se encontró con Felipe camino a Candace «lee pero no entiende» (Hch. 8: 30). Piensa, dice y se conduce de manera que su capacidad volitiva (Libre albedrío) no le funciona, a tal grado que no puede reconocer como propio sus palabras y conducta.
¿Qué resulta? Pérdida de capacidad de relacionarse socialmente. Diría Erik Berne (padre del análisis transaccional):» yo estoy bien, todos están mal»
Su pensamiento, estado emocional y vida afectiva se encuentra en conflicto, no tiene estabilidad y busca afirmarse buscando aliados a «su verdad», cuando lo logra se fortalece su soberbia y su criterio de que posee la «verdad absoluta». Cuando alguien no coincide, es su enemigo y acusa una conducta conflictiva, antisocial.
Qué bendición que Dios ha hecho nuestro mundo con tanta riqueza en la ¡diversidad!
Veamos, reflexionemos, valoremos, disfrutemos la topografía geográfica, las flores, la fauna, y sobre todo nuestros congéneres. Aun en cada familia, cuan diferentes somos los hermanos, «como los dedos de una mano», pero unidos ¡cómo se complementan y son útiles!
En la Palabra de Dios aprendemos de lo necesario que es cada parte del cuerpo humano, no puede, no funciona si alguna descalifica a otra. (I Cor. 12:14-31). Dios nos acepta como somos, respeta nuestra personalidad, Dios no quiere un Cuerpo de sólo cabezas o dedos, quiere un cuerpo para que cada parte realice su función.
Los tiempos más terribles de la historia son cuando somos intolerantes, sobre todo cuando se involucran elementos religiosos.
Es por ello que Dios nos insiste en la importancia de la unidad en medio y sobre la diversidad, clama Jesús: «Padre te ruego que sean uno, como Tu y yo, para que el mundo crea» (Jn. 17:21). Mi libertad termina donde se inicia la de mi prójimo, no me pueden, ni puedo obligar que los demás tengan la misma perspectiva que yo tengo, no puedo permitir que otros piensen por mí, ni imponer mis pensamientos, ni afectos o conductas. «Entre los individuos… El respeto al derecho ajeno, es La Paz « – Benito Juárez García –
Jesús nos insiste: «no juzguen, no juzguen, no juzguen» (Mt. 7:1; Lc. 6:37; Jn. 8:15) el intolerante juzga, da su veredicto, condena, descalifica, desahucia y segrega. El que es guiado por el Espíritu, ama, conoce, entiende, comprende, confía, integra, disciplina.
Podemos vencer el riesgo de ser intolerantes, propiciando el conocimiento de nosotros mismos analizando nuestra estabilidad integral y si con honestidad detectamos conductas conflictivas, clamar a Dios nos bendiga con una personalidad sólida, sana, amorosa. Solicitar nos provea de «ángeles», profesionistas en la pastoral, o/y psicología y/o psiquiatría.
Cuidado, los problemas espirituales, emocionales y religiosos, NO se curan con «el remedio de no te hago caso» Siempre crecen, se agravan y se contagian.
La disciplina de nuestra Iglesia nos alerta contra conductas cismáticas (quebrantan la unidad) y marca su corrección para bien de los individuos y de la Iglesia.
Gracias a Dios por la Iglesia Metodista, que históricamente y a nivel mundial siempre se ha caracterizado por su apotegma wesleyano: «en lo esencial unidad, en lo no esencial libertad… Y en todo, amor” (caridad). Amén, amén, amén.


