El precio de la Gracia (Parte 27)

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Hoy finalizamos la publicación de su obra más difundida, El Precio de la Gracia. Vamos en la Segunda Parte de la obra, La Iglesia de Jesucristo y el Seguimiento, de donde entregamos ahora el último capítulo, que es la parte final del libro. Se trata del Capítulo 6, La imagen de Cristo.

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  1. La imagen de Cristo

A los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducirla imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos (Rom 8, 29).

La promesa inmensa e inconcebible hecha a los que han sido llamados al seguimiento de Jesucristo es que serán semejantes a él. Llevarán su imagen como hermanos del Hijo unigénito de Dios. Este es el último rasgo del discípulo: debe ser «como Cristo».

La imagen de Jesucristo que el seguidor tiene incesantemente ante los ojos, frente a la cual desaparecen todas las otras, penetra en él, le inunda, le transforma, para que el discípulo se vuelva semejante, e incluso idéntico, a su Señor. En la comunión diaria, la imagen de Jesucristo esculpe la imagen del discípulo. El seguidor no puede contentarse con mirar la imagen del Hijo de Dios en una contemplación muerta y pasiva; de esta imagen brota una fuerza transformadora. El que se entrega plenamente a Jesucristo, llevará necesariamente su imagen. Se convierte en hijo de Dios, se mantiene junto a Cristo como su hermano visible, semejante a él, como imagen de Dios.

Al principio Dios creo a Adán a imagen suya. En Adán, plenitud de su creación, Dios buscaba complacerse en su propia imagen; «y he aquí que estaba muy bien». En Adán, Dios se reconoció a sí mismo. Desde el comienzo, el misterio insoluble del hombre consiste en ser una criatura y, sin embargo, debe asemejarse al Creador. El hombre creado debe llevar la imagen del Dios increado. Adán es «como Dios». Debe llevar, con gratitud y obediencia, su misterio de ser criatura y, no obstante, semejante a Dios. La mentira de la serpiente consistió en insinuar a Adán que aún debía hacerse como Dios, precisamente por medio de su propia acción y decisión. Entonces Adán rechazó la gracia y eligió la acción personal. Quería resolver por sí mismo el misterio de su esencia, consistente en ser a la vez criatura y semejante a Dios. Quería convertirse por sí mismo en lo que ya era por obra de Dios. Esta fue la caída en el pecado. Adán se hizo «como Dios», sicut Deus, a su manera. Se había convertido a sí mismo en dios y ya no tenía Dios. Reinaba solo, como dios creador de un mundo privado de Dios y sometido.

Pero el enigma de su existencia sigue sin resolver. El hombre ha perdido su esencia propia, semejante a Dios, que antes tenía. Ahora vive privado de su carácter peculiar, el de ser imagen de Dios. El hombre vive sin ser hombre. Debe vivir sin poder vivir. Es la contradicción de nuestra existencia, la fuente de todas nuestras miserias. Desde entonces, los orgullosos hijos de Adán intentan restaurar en ellos, con sus propias fuerzas, la imagen de Dios que han perdido. Pero precisamente cuanto más serios e intensos son sus esfuerzos por reconquistar lo que han perdido, cuanto más convincente y grandioso parece ser el éxito, tanto más profunda es la contradicción con Dios. Esta falsa imagen que acuñan a semejanza del dios que se han creado les lleva cada vez más, sin saberlo, a convertirse en imagen de Satanás. La tierra sigue desprovista de la imagen de Dios, en cuanto gracia del Creador.

Pero Dios no aparta su mirada de la criatura perdida. Por segunda vez quiere crear en ella su imagen. Dios quiere complacerse de nuevo en su criatura. Busca en ella su propia imagen para amarla. Pero sólo la encuentra de una forma: tomando él mismo, por pura misericordia, la imagen y la forma del hombre perdido. Puesto que el hombre no puede asemejarse ya a la imagen de Dios, es preciso que Dios se asemeje a la imagen del hombre.

La imagen de Dios debe ser restaurada en el hombre de forma plena. El fin pretendido no es que el hombre vuelva a tener ideas correctas sobre Dios, ni que vuelva a situar sus actos aislados bajo la palabra de Dios, sino que totalmente, en cuanto criatura viva, sea imagen de Dios. El cuerpo, el alma y el espíritu, la persona entera del hombre debe llevar la imagen de Dios en la tierra. El beneplácito de Dios sólo descansa en su imagen perfecta.

La imagen brota de la vida, del modelo vivo. La forma se configura por la forma. O bien es una forma imaginaria de Dios la que modela la forma humana, o bien es la forma de Dios mismo, verdadera y viva, la que acuña la forma del hombre para convertirlo en imagen de Dios. Es preciso que se realice una transformación, una «metamorfosis» (Rom 12,2; 2 Cor 3, 18), una modificación de la forma, para que el hombre caído vuelva a ser imagen de Dios. El problema consiste en saber cómo es posible tal transformación del hombre en imagen de Dios.

Puesto que el hombre caído no puede reencontrar ni tomar la forma de Dios, sólo queda un camino. Dios mismo toma la forma del hombre y viene a él. El Hijo de Dios, que vivía junto al Padre en la forma de Dios, se despoja de esta forma y viene a los hombres en forma de siervo (Flp 2, Ss). Esta transformación, que no podía producirse en los hombres, se realiza en el mismo Dios. La imagen de Dios, que había permanecido junto a él desde toda la eternidad, toma ahora la imagen del hombre caído y pecador. Dios envía a su Hijo en una carne semejante a la del pecado (Rom 8, 2s).

Dios envía a su Hijo; sólo en esto puede consistir la ayuda. No es una idea nueva ni una religión mejor lo que puede conseguir el fin. Un hombre viene hacia el hombre. Todo hombre lleva una imagen.

Su cuerpo y su vida aparecen en forma visible. Un hombre no es sólo una palabra, un pensamiento, una voluntad, sino antes que todo esto, y en todo esto, un hombre, una persona, una imagen, un hermano. Así, 10 que surge con él no es sólo un pensamiento nuevo, una voluntad nueva, una acción nueva, sino una imagen, una forma nuevas. En Jesucristo, la imagen de Dios ha venido a nosotros bajo la forma de nuestra vida humana, perdida en una carne semejante a la del pecado. En su doctrina y sus hechos, en su vida y su muerte, se nos ha revelado su imagen. En él Dios ha recreado su imagen sobre la tierra. La encarnación, la palabra y la acción de Jesús, su muerte en la cruz, forman parte de esta imagen de manera inalienable. Es una imagen diferente de la de Adán en la gloria primera del paraíso. Es la imagen del que se sitúa en medio del mundo del pecado y de la muerte, toma sobre sí la miseria de la carne humana, se somete humildemente a la cólera y al juicio de Dios sobre los pecadores y permanece obediente a la voluntad divina en la muerte y los sufrimientos; la imagen del que nació en la pobreza, fue amigo de los publicanos y pecadores, con los que comía, y se vio recha zado y abandonado por Dios y por los hombres en la cruz. Es Dios en forma humana, el hombre, nueva imagen de Dios. Sabemos que las huellas del sufrimiento, las heridas de la cruz, son ahora los signos de la gracia en el cuerpo de Cristo glorificado y resucitado, que la imagen del crucificado vive ahora en la gloria del sumo y eterno sacerdote, que intercede por nosotros ante Dios en los cielos. En la mañana de Pascua la forma de siervo de Jesús se transformó en un cuerpo nuevo de aspecto y claridad celestes.

Pero quien quiere participar, según la promesa de Dios, en la claridad y la gloria de Jesús, debe asemejarse primero a la imagen del siervo de Dios, obediente y sufriente en la cruz. Quien desea llevar la imagen glorificada de Jesús debe haber llevado la imagen del crucificado, cargada de oprobio en el mundo. Nadie encontrará la imagen perdida de Dios si no se configura a la persona de Jesucristo encarnado y crucificado. Dios sólo se complace en esta imagen. Por eso, sólo puede agradarle quien se presenta ante él con una imagen semejante a la de Cristo. Asemejarse a la forma de Jesucristo no es un ideal que se nos haya encomendado, consistente en conseguir cualquier parecido con Cristo. No somos nosotros quienes nos convertimos en imágenes; es la imagen de Dios, la persona misma de Cristo, la que quiere configurarse en nosotros (GaI4, 19). Es su propia forma la que quiere hacer brotar en nosotros. Cristo no descansa hasta habernos transmitido su imagen. Debemos asemejarnos a la persona entera del encarnado, crucificado y glorificado.

Cristo ha tomado esta forma humana. Se hizo un hombre como nosotros. En su humanidad, en su anonadamiento, reconocemos nuestra propia figura. Se hizo semejante a los hombres para que estos fuesen semejantes a él. Por la encarnación de Cristo, la humanidad entera recibe de nuevo la dignidad de ser semejante a Dios. Ahora quien atenta contra el hombre más pequeño atenta contra Cristo, que ha tomado una forma humana y ha restaurado en él la imagen de Dios. En la comunión del encarnado se nos devuelve lo que es característico de nuestra esencia de hombres. Con ello somos arrancados del aislamiento del pecado y devueltos a la humanidad. En la medida en que participamos del Cristo encarnado, participamos de toda la humanidad, acogida por él. Sabiéndonos acogidos y llevados en la humanidad de Jesús, nuestra nueva forma de ser hombres consistirá en llevar la falta y la miseria de los otros. Cristo encarnado convierte a sus discípulos en hermanos de todos los hombres. La «filantropía» (Tit 3, 4) de Dios, que se manifestó en la encarnación de Cristo, fundamenta el amor fraternal que los cristianos experimentan para con todos los hombres de la tierra. Es la persona del encarnado la que transforma a la comunidad en cuerpo de Cristo, este cuerpo sobre el que recaen el pecado y la miseria de toda la humanidad.

La forma de Cristo en la tierra es la forma de muerte del crucificado. La imagen de Dios es la imagen de Jesucristo en la cruz. La vida del discípulo debe ser transformada en esta imagen. Es una vida configurada a la muerte de Cristo (Flp 3, 10; Rom 6, 4s). Es una vida crucificada (Gal 2, 19). Por el bautismo, Cristo esculpe la forma de su muerte en la vida de los suyos. Muerto a la carne y al pecado, el cristiano ha muerto a este mundo y el mundo ha muerto para él (Gal 6, 14). Quien vive de su bautismo, vive de su muerte.

Cristo marca la vida de los suyos con la muerte diaria en el combate del espíritu contra la carne, con el sufrimiento diario de la agonía, infligido al cristiano por el diablo. En la tierra todos los discípulos deben padecer el sufrimiento de Jesucristo. Cristo sólo concede a un pequeño número de discípulos el honor de la comunión más íntima con su sufrimiento, el martirio. En él, la vída del discípulo ofrece la más profunda semejanza con la forma de la muerte de Jesucristo. En el oprobio público, en el sufrimiento y la muerte a causa de Cristo es como Cristo se forma visiblemente en su Iglesia. Pero desde el bautismo hasta el martirio es el mismo sufrimiento, la misma muerte. Es la nueva creación de la imagen de Dios por el crucificado.

Quien está en la comunión del encamado y crucificado, habiéndose configurado a él, se asemejará también al glorificado y resucitado. «Revestiremos también la imagen del hombre celeste» (l Cor 15,49). «Seremos semejantes a él porque le veremos tal cual es» (l Jn 3, 2). La imagen del resucitado, igual que la del crucificado, transformará a los que la vean. Quien vea a Cristo, será incorporado a su imagen, identificado a su forma, e incluso se convertirá en espejo de la imagen divina. Ya en esta tierra se reflejará en nosotros la gloria de Jesucristo. De la forma de muerte del crucificado, en la que vivimos en la miseria y la cruz, brotarán la claridad y la vida del resucitado; cada vez será más profunda nuestra transformación en imágenes de Dios, y cada vez será más clara la imagen de Cristo en nosotros. Es un progreso de conocimiento en conocimiento, de claridad en claridad, hacia una identidad cada vez más perfecta con la imagen del Hijo de Dios. Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen, de gloria en gloria (2 Cor 3,18).

Es la presencia de Jesucristo en nuestros corazones. Su vida no ha terminado en la tierra. Continúa en la vida de los que le siguen. Ya no debemos hablar de nuestra vida cristiana, sino de la verdadera vida de Jesucristo en nosotros. «Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). Cristo encamado, crucificado, glorificado, ha entrado en mí y vive mi vida; «Cristo es mi vida» (Flp 1, 21). Pero con Cristo es el Padre quien vive en mí, y el Padre y el Hijo por el Espíritu santo. La santa Trinidad ha establecido su morada en el cristiano, le llena y transforma en su imagen.

Cristo encamado, crucificado y glorificado toma forma en los individuos porque son miembros de su cuerpo, la Iglesia. La Iglesia lleva la forma humana de Jesucristo, la forma de su muerte, la forma de su resurrección. Ella es su imagen (Ef 4, 24; Col 3, 10) y, por ella, también lo son todos sus miembros. En el cuerpo de Cristo nos hemos vuelto «como Cristo».

Ahora comprendemos que el Nuevo Testamento repita continuamente que debemos ser «como Cristo». Habiéndonos convertido en imágenes de Cristo, debemos ser como él. Puesto que llevamos la imagen de Cristo, solamente él puede ser nuestro «modelo». Y dado que él vive en nosotros su verdadera vida, podemos «vivir como él vivió» (1 Jn 2,6), «hacer lo que él hizo» (Jn 13, 15), «amar como él amó» (Ef 5,2; Jn 13,34; 15, 12), «perdonar como él perdonó» (Col 3, 13), «tener en nosotros los sentimientos que tuvo Cristo» (Flp 2, 5), «seguir el ejemplo que nos dejó» (1 Pe 2, 21), «dar nuestra vida por los hermanos como él la dio por nosotros» (l Jn 3, 16).

Lo único que nos permite ser como él fue es que él fue como nosotros somos. Lo único que nos permite ser «como Cristo» es que nos hemos vuelto semejantes a él. Ahora que nos hemos convertido en imágenes de Cristo, podemos vivir según el modelo que nos ha dado. Ahora es cuando actuamos como debemos; ahora, en la sencillez del seguimiento, vivimos una vida semejante a la de Cristo. Ahora obedecemos con sencillez a su palabra. Ninguna mirada se dirige a mi propia vida, a la nueva imagen que llevo. En cuanto desease verla, la perdería. Por eso sólo contemplo fijamente el espejo de la imagen de Jesucristo. El seguidor sólo mira a aquel a quien sigue. Pero del que lleva en el seguimiento la imagen de Jesucristo encamado, crucificado y resucitado, del que se ha convertido en imagen de Dios, podemos decir, por último, que ha sido llamado a ser «imitador de Dios». El seguidor de Jesús es el imitador de Dios. «Haceos imitadores de Dios como hijos queridísimos» (Ef 5, 1).