Editorial

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BIBLIA Y TRADICIÓN

2016, y de nuevo agosto es celebrado en México como el Mes de la Biblia, y el domingo 28 como el Día de la Biblia. Los metodistas mexicanos tenemos a la Biblia como fuente teológica principal entre otras tres. Y especificamos “mexicanos”, porque otros metodismos han aceptado cinco fuentes de información teológica, apertura a la que no nos hemos aún atrevido, quizá por algo de timidez teológica o cultural. La quinta fuente, que nos suena extraña, es la creación a través de la cual, dice San Pablo, Dios se da a conocer al mundo entero; intención divina que a Wesley no le fue desconocida. Pero donde coincidimos como metodismo universal es en el acuerdo común de que la Biblia contiene la máxima revelación de los eternos propósitos de Dios para la humanidad.

Llegamos a saber que la Biblia contiene un determinado número de libros que constituyen el canon oficial, a través de otra de las fuentes de información teológica, que es la tradición de la iglesia. Por ella es que admitimos una revelación escrita cerrada en 27 libros para completar  de manera definitiva el Nuevo Testamento. Ya no podemos aumentar un libro más, ni retirar ninguno. Este hecho, entre muchos más, nos hace ver la sinrazón en la ingenuidad de muchas iglesias, especialmente de corte independiente, cuando se ufanan en que no reconocen sino únicamente a la Biblia como fuente de información doctrinal. Repudian a la tradición cristiana como inservible, irrelevante, e inclusive, como enemiga de las Sagradas Escrituras. Si preguntáramos a alguno de estos buenos creyentes, ¿Cuántos libros deben integrar el Nuevo Testamento? Contestarán: Veintisiete. Preguntaríamos de nuevo, ¿Y en cuál parte de la Biblia se dice que deben ser 27? Y si en la Biblia no se menciona ese dato, entonces, ¿de dónde lo sacan? No hay otro camino que recurrir a la tradición histórica para saberlo y aceptarlo, pues la selección de los 27 libros para constituir el canon del Nuevo Testamento fue un proceso largo y bastante accidentado, que culminó con la resolución final tomada en el Concilio de Calcedonia, en el año 451. 

La Biblia es la reina de nuestras fuentes teológicas. La tradición, la razón y la experiencia se sujetan a ella y dejan de lado todo lo que ofrezcan, pero que no se conforme a ella. Pero a la vez, la Biblia siempre ha necesitado del auxilio de esos tres medios para hacernos llegar su mensaje de salvación. Esta interacción se describe de una manera madura en las palabras del teólogo lingüista argentino José Severino Croatto, al decir: “Afirmamos por lo tanto la existencia de una historia como “medio ambiente” de la revelación de Dios. No interesa entonces la historia sólo como “historia”, sino en cuanto portadora de una idea religiosa. En el mismo sentido, también las tradiciones populares o folklóricas pueden ser incorporadas a la Biblia como vehículo de una verdad… La tradición hebrea del Diluvio no tiene más valor que la tradición babilónica de una inundación. Pero los hebreos, en un punto determinado de su experiencia religiosa cargaron aquella tradición histórico-folklórica con una nueva significación: Dios castiga a los malos y bendice a los justos; como Creador y Omnipotente, se sirve de los fenómenos naturales para el logro de sus fines…” (*)

Es decir, no sólo la tradición es dama de compañía de la Biblia, sino que también hay mucha tradición dentro de la misma Biblia, pero obedeciendo a la finalidad de la Palabra escrita, que es transmitirnos la realidad de que en este universo hay un Dios procurando salvar a su creación, designio encumbrado en la persona y obra de Jesucristo.

Pbro. Bernabé Rendón M.
Director 

(*) Croatto, J. Severino, Historia de la Salvación, Librería San Pablo, Santiago de Chile, 1995, pág. 11.

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