Editorial

 

mesa-fraternidadPor: Pbro. Bernabé Rendón Morales

El primer domingo de octubre próximo, día 02, nos reuniremos en nuestros templos para celebrar de nuevo el Día Mundial de Comunión, a través del sacramento de la Santa Cena. Esto obedece a una iniciativa creciente que originó en 1936 la separación del primer domingo de octubre de cada año, para tomar conciencia de la cristiandad distribuida por todo el mundo, sin tomar en cuenta diferencias raciales, de idioma o de denominación. La iglesia metodista se ha agregado desde hace varias décadas a esta fiesta fraternal anhelando una iglesia y un mundo más reconciliados. Desde tiempos tempranos el cristianismo se ha definido como una religión que promueve la unidad hacia dentro y hacia afuera. Tenemos, por ejemplo la carta anónima a Diogneto, tutor de Marco Aurelio antes que éste ascendiera al trono imperial de Roma. La carta no tiene fecha, pero los analistas la ubican en algún tiempo antes del año 150. Podemos destacar frases empleadas por el cristiano anónimo que la redactó en defensa del cristianismo:

Porque los cristianos no se distinguen del resto de la humanidad ni en la localidad, ni en el habla, ni en las costumbres… aman a todos los hombres, y son perseguidos por todos… Son escarnecidos, y ellos bendicen; son insultados, y ellos respetan… En una palabra, lo que el alma es en un cuerpo, esto son los cristianos en el mundo. El alma se desparrama por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos por las diferentes ciudades del mundo… así los cristianos aman a los que los aborrecen… Porque la felicidad no consiste en enseñorearse del prójimo, ni en desear tener más que el débil, ni en poseer riqueza y usar fuerza sobre los inferiores.”(1)

En la carta a Diogneto se defiende que los cristianos no intentan vivir aislados del mundo, sino procurando hacerle el mayor bien posible, a pesar de ser perseguidos. Es cierto que vivimos en sociedades fragmentadas por las guerras, el terrorismo, los fundamentalismos, las tiranías, la injusticia; pero los cristianos vivimos en medio de la sociedad humana con la misión de, primero, nosotros mismos ser como uno, y enseguida de ser eco de la visión de Jesús como cuando dijo “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt. 5:9).

Esta es una de las razones por la que la Cena del Señor es denominada “la comunión”. Ella nos lleva a una experiencia real de comunión con Cristo. Nuestra doctrina nos coloca en el centro de los enfoques en pugna sobre el significado de este sacramento. Ni nos dejamos ir en la dirección que lleva a suponer que el pan y el vino se transforman literalmente en el cuerpo y la sangre físicos del Señor, ni en la dirección contraria que lleva a suponer que se trata de un simple memorial o recordatorio de un hecho pasado. Nosotros creemos que la celebración de la Santa Cena, aunque no registra ninguna transubstanciación, tampoco se queda en un memorial, sino que provee un encuentro real, una comunión poderosa y a la vez íntima entre el creyente y su Redentor.

Pero se llama “comunión” también porque “El pan que bendecimos, ¿no es la comunión con el cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1ª Co. 10:16,17). A pesar de la diversidad, quiere decirnos el apóstol, la Cena del Señor nos provee una unidad semejante a la de los miembros que están en un cuerpo. Es decir, el sacramento es también comunión con nuestros hermanos. Resulta sorprendente que el sacramento que nos fue dado para conmemorar nuestra unidad, fue el que más divisiones causó entre los reformadores del siglo XVI. Creemos en “la comunión de los santos”, dice el Credo, y el Día Mundial de Comunión debe, entonces, acercarnos a todos los cristianos del mundo, superando las distancias mientras hacemos un voto conjunto cuando participemos de la mesa que nos provee fraternidad.

Por procurar la fraternidad cristiana es que los metodistas acostumbramos la “comunión abierta”, dejamos el camino libre para todo aquel que, una vez se haya probado a sí mismo, quiera comulgar con nosotros en el banquete de Jesucristo. Sabemos bien que desde el siglo II, prácticamente al inicio de la historia de la iglesia, las congregaciones comenzaron a celebrar sus reuniones dominicales en dos partes, primero la liturgia de la Palabra, para todos los asistentes, y luego la liturgia de la mesa, sólo para los bautizados. No obstante, Jesús fue inclusivo aquella noche cuando celebró por vez primera su cena sacramental, tanto que no la negó a Judas el traidor. La responsabilidad de tomarla adecuadamente le fue dejada a la voluntad de Judas. Es la idea de San Pablo cuando advierte que el que toma la Santa Cena, debe antes probarse a sí mismo, dejando a cada quien la responsabilidad (1ª Co. 11:28). Juan Wesley, en su sermón “Los medios de gracia”, asegura que éstos pueden ser recibidos aun por la persona que no haya llegado todavía al convencimiento de su salvación, ya que no encuentra en la Biblia un orden acerca de qué debe ir antes y qué después.(2) El beneficio de que una persona que busca, pero no ha encontrado a su Salvador, tome la Cena, podría ser que el sacramento, como medio de gracia que es, propicie que Dios derrame su bendita gracia en aquel comulgante para acercarlo o definitivamente llevarlo a su salvación. La mesa de la comunión debe ser, por tanto, lo más inclusiva que sea posible.

Y, por supuesto que no podríamos estar en la mesa de la comunión reconociendo la vastedad del pueblo cristiano sobre la tierra, sin recapacitar sobre la necesidad de una fraternidad humana más allá de los límites eclesiásticos. El reino de Jesucristo es necesariamente más grande que la iglesia, los intereses de nuestro Señor van muy lejos más allá de los límites de su pueblo redimido. Su amor y propósitos son para el mundo completo. En la mesa tenemos que pensarlo, y tenemos que suspirar junto con él por un mundo más hermanado.

(1) Lightfoot, J. B., Los Padres Apostólicos, Ed. CLIE, Barcelona, 1990, pág. 618, 619, 624.

(2) Wesley, Juan, Sermones, Tomo I, Casa Nazarena de Publicaciones, Kansas City, s/f, pág. 262.

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