Vida en Comunidad

vida en comunVIDA EN COMUNIDAD
(Parte 16)

Proseguimos con la publicación de su obra más conocida entre laicos, pastores y teólogos, VIDA EN COMUNIDAD. Consta de cinco capítulos. Estamos compartiendo parte del tercer capítulo, El Día en Soledad, donde el tercer subcapítulo es Escuchar a Dios y el cuarto es La meditación diaria.  

  1. El día en soledad

Escuchar a Dios

Existe una actitud de indiferencia y hasta de rechazo que ve en los momentos de silencio el menosprecio de la palabra en la que Dios ha querido revelarse. Esto sucede cuando se interpreta el silencio como una actitud ficticia o como un intento místico de elevarse más allá de la palabra. No se le ve más que como una exigencia del recogimiento.

Callamos antes de escuchar porque nuestros pensamientos ya están dirigidos hacia el mensaje, al igual que calla un niño cuando entra en la habitación de su padre. Callamos después de oír la palabra de Dios, porque ella resuena, vive y quiere permanecer en nosotros. Callamos al levantarse la mañana y callamos al caer la noche porque es a Dios a quien corresponde la primera y última palabra del día. Callamos, por tanto, únicamente por causa de la palabra, y esta actitud no significa que la despreciemos, sino que deseamos honrarla y recibirla como es debido. Callar, en definitiva, no significa otra cosa que estar atentos a la palabra para poder caminar con su bendición. La necesidad de aprender a callar en una época donde lo que priva es el ruido es algo que cualquiera puede ver; en este sentido, sólo el acto espiritual del silencio puede lograr un resultado positivo.

El silencio observado antes de escuchar la palabra de Dios repercutirá sobre toda la jornada. Nos enseñará a vivir midiendo nuestras palabras. Sin embargo, existe un silencio indebido, un silencio que se complace en sí mismo, orgulloso y agresivo, que viene a demostrar que lo que importa no es el silencio en sí mismo. El silencio del cristiano es un silencio expectante, humilde y que, por esto, acepta ser interrumpido. Es un silencio que está en comunicación con la palabra. Así lo interpreta Tomás de Kempis: «Nadie habla con más seguridad que quien sabe callar». Existe en el silencio un poder de clarificación, de purificación y de comprensión de lo esencial. Y esto ya en el terreno meramente profano. Saber callar ante la palabra de Dios, en cambio, hace que la entendamos mejor y la pronunciemos adecuadamente. Así se evitan muchas palabras inútiles. Lo esencial, lo que conviene, puede decirse en pocas palabras.

Cuando una comunidad doméstica se ve obligada a convivir en un lugar reducido y no puede, por lo tanto, asegurar a cada uno de sus miembros la tranquilidad exterior necesaria, es indispensable establecer horas fijas de silencio que renueven la actitud de unos para con otros. En muchos casos, sólo una fuerte disciplina podrá asegurar al individuo ese recogimiento, preservando así la integridad de la comunidad.

No es nuestro propósito enumerar aquí todos los frutos excelentes que la soledad y el silencio pueden reportar a los cristianos. Es muy fácil que nos extraviásemos por derroteros de experiencias un tanto dudosas. El silencio puede no ser más que un horrible desierto lleno de terror, o bien un paraíso artificial, pero lo uno no es mucho mejor que lo otro. Sea como fuere, nadie debe esperar del silencio otra cosa que el sencillo encuentro con la palabra de Dios, razón por la cual se ha refugiado en el silencio. Pero este encuentro es un don. Ningún cristiano debe poner condiciones a cómo ha de producirse este encuentro; ha de aceptarlo como se produzca y, así, su recogimiento silencioso tendrá amplia recompensa.

Existen tres cosas para las que el cristiano necesita de un tiempo aparte a lo largo de la jornada: la reflexión bíblica, la oración y la intercesión. Las tres constituyen lo que se conoce por meditación diaria.  Esta expresión no debe asustarnos pues es un término antiguo tomado del lenguaje de la Iglesia y de la Reforma.

La meditación diaria

Podría preguntarse por qué se necesita para ella un tiempo especial, siendo así que todos sus elementos están incluidos ya en el culto común. Intentaremos explicarlo.

El tiempo de la meditación diaria debe estar dedicado exclusivamente a la reflexión bíblica personal, a la oración personal y a nuestra intercesión personal. Los experimentos espirituales no tienen cabida aquí. Pero debemos dar a esas tres cosas el tiempo necesario ya que Dios mismo nos lo exige. Aunque durante largo tiempo la meditación no fuese otra cosa que un rendir cuentas de la pobreza de nuestro culto, ya sería suficiente.

Este tiempo de meditación personal no es un salto en el vacío sin fondo de la soledad, sino una ocasión de encontrarnos a solas con la palabra de Dios. Se nos ofrece así una base sólida sobre la que afirmarnos y una pauta segura para el camino.

Mientras que en el culto comunitario leemos de forma continuada un texto largo, aquí nos contentamos con un texto breve, seleccionado, y que puede ser el mismo a lo largo de toda la semana. Si la lectura en común nos lleva a conocer la sagrada Escritura en toda su totalidad y amplitud, aquí descendemos a la profundidad insondable de cada frase «para que podáis comprender, en unión de todos los santos, cuál es la anchura, la longitud, la profundidad y la altura» (Ef 3, 18).

En la lectura del texto de nuestra meditación diaria contamos con la promesa de que tiene algo muy personal que decirnos hoy para nuestra vida cristiana, y de que es palabra de Dios no solamente para la comunidad sino también para cada uno de nosotros. Nos exponemos a la frase o a la palabra que leemos hasta que nos llega al corazón. Con esto no hacemos sino lo que hace a diario el cristiano más sencillo y menos instruido: leer la palabra de Dios como palabra de Dios para nosotros. Así no nos preguntamos qué puede decir tal texto a otras personas, qué uso podemos hacer de él en la predicación o en la enseñanza, sino qué nos dice personalmente a nosotros. Es cierto que antes debemos haberlo comprendido en su contexto, pero no se trata de hacer aquí exégesis o un estudio bíblico, ni una preparación para la predicación, sino de conocer lo que la palabra de Dios quiere decirnos. Este intento no es una esperanza vacía, se funda en una promesa clara de Dios. Sin embargo, a veces estamos tan invadidos y desbordados de pensamientos, imágenes y preocupaciones, que ha de pasar un tiempo hasta que la palabra de Dios logre abrirse paso hasta nuestro corazón. Pero su llegada es tan cierta como lo fue y sigue siéndolo la de Dios entre los hombres. Por eso debemos comenzar nuestra meditación diaria pidiendo a Dios que nos envíe su santo Espíritu para que nos revele la Escritura y nos ilumine.

No es necesario que lleguemos siempre al final del texto del día. Con frecuencia tendremos que detenernos en una frase o incluso en una palabra, que nos retendrá con tal fuerza que nos será difícil desasirnos. ¿Acaso no bastan a menudo las palabras «padre», «amor», «misericordia», «cruz», «santificación», para llenar de sobra el breve espacio de nuestra meditación?

No es necesario que en la meditación nos esforcemos en pensar y orar con palabras. A veces son preferibles la reflexión y la oración silenciosas, frutos de una actitud receptiva.

Tampoco es preciso que nos empeñemos en descubrir pensamientos originales; no harían sino distraernos y halagar nuestra vanidad. Basta con que la palabra de Dios penetre y haga su morada en nosotros tal como nos llega al leerla y comprenderla. De la misma manera que María «guardaba en su corazón» la palabra de los pastores, y la palabra de un hombre nos persigue a veces durante mucho tiempo, habitándonos y trabajando en nosotros, inquietándonos o haciéndonos feliz, sin que podamos hacer nada para impedirlo, así también la palabra de Dios intenta penetrar y permanecer en nosotros, para actuar en nuestro corazón, de modo que en todo el día no podamos desprendemos de ella: así es como lleva a cabo frecuentemente su obra sin que nosotros seamos conscientes de ello.

En fin, tampoco es necesario que nuestra meditación sea para nosotros ocasión de tener todo tipo de experiencias inesperadas y extraordinarias. Ciertamente pueden presentarse, pero su ausencia no significa que la meditación haya sido inútil. Frecuentemente -y no sólo al principio- experimentaremos gran sequedad interior, indiferencia, falta de alegría, incluso la incapacidad para meditar. No debemos permitir que estas experiencias nos detengan o nos hagan desistir de nuestra paciencia y fidelidad. Por eso no debemos darles una importancia excesiva. Nuestro antiguo orgullo y nuestra pretensión sacrílega de poner a Dios a nuestro servicio están siempre al acecho: nos persuaden de que tenemos derecho a toda una serie de experiencias siempre beneficiosas y entusiastas, y que nuestra pobreza espiritual es indigna de nosotros. Con este piadoso pretexto se infiltran en nosotros, impidiéndonos avanzar.

La impaciencia, los auto-reproches, no hacen sino fomentar nuestra arrogancia y hundirnos, cada vez más profundamente, en la trampa de la introspección. Pero lo que vale para la vida cristiana en general, también es válido para la meditación personal: ésta no es tiempo para la introspección. Sólo la palabra debe retener nuestra atención y  debemos someter todo a su eficacia. Es posible que Dios mismo nos envíe esas horas de vacío y aridez espiritual para que aprendamos a esperarlo todo de su palabra. «Busca a Dios, no la alegría», es la regla fundamental de la meditación personal. Y su promesa, ésta: es buscando únicamente a Dios como tú encontrarás la alegría.

Dietrich Bonhoeffer