La tristeza que es según Dios
Mañana, día 1° de marzo de 2017, Miércoles de Ceniza, da inicio la estación de la Cuaresma en el calendario de los cristianos, con toda la fuerza de su convocatoria a observar un tiempo de tristeza deliberada, enfocada a condolernos no sólo por nuestros pecados, sino también de una manera empática por los pecados de nuestro pueblo. En algún comentario editorial anterior nos referimos a la inexplicable pérdida que sufrimos los evangélicos mexicanos al rechazar la práctica de la imposición de ceniza durante el primer día de la Cuaresma, sólo porque, sin tener ninguna razón ni sustento, identificamos esa práctica como un ritual de origen exclusivamente católico. La significativa acción de usar ceniza en nuestro cuerpo es vista por Dios desde remotas épocas bíblicas como una señal de tristeza. Nuestro Salvador acusó a aquellos que se abstenían de modo irreverente tanto del arrepentimiento de corazón, como de la ceniza que era la señal exterior que reflejaría su penitencia: “¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza” (Mt. 11:21).
Por supuesto que no queremos decir que la ceniza asegure el arrepentimiento, ni que lo valide, ni que lo inicie, y menos que lo sustituya, sino sólo que lo simboliza. En el aspecto práctico, siguiendo la saludable costumbre de otras iglesias evangélicas y de los metodistas de otros países, la colocación de la ceniza, ya sea mediante la figura de una cruz o de cualquier otra manera, ayuda a darle un arranque formal a la Cuaresma. Hace que los discípulos de Cristo vayamos a un templo ese día y que tomemos conciencia de que hemos iniciado la cuenta regresiva hacia la fecha de la Resurrección del Señor, a la vez que entendamos que se trata de un lapso de dolor, de búsqueda de un perdón de Dios para nosotros, de una contrición por los pecados sociales.
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