Editorial

EDITORIAL
El protestante que protesta

“Más el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace. Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana. La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo”.

Santiago 1:25-27

El 31 de octubre es una fecha emblemática para las iglesias herederas de la tradición histórica nacida de la Reforma Protestante iniciada por Martín Lutero en 1517 con la publicación de sus famosas –pero quizás no tan conocidas- noventa y cinco tesis cuestionando el statu quo de la Iglesia de su tiempo. Lutero eligió esa fecha porque sabía la trascendencia en la cultura local de su tiempo. Era una fecha sensible al pueblo, era un día de anhelo por la búsqueda de Dios, era el día de Todos los Santos.

Pero la Reforma no sucedió ese día, la verdadera reforma sólo se sembró allí; la germinación de esa semilla sería –y sigue siendo- un camino largo y sinuoso. Fue un proceso que comprendió muchos episodios en la vida de Lutero y de muchos otros reformadores de su tiempo, que implicó décadas de búsquedas, contratiempos y recovecos, los más de ellos complejos, rebuscados, inesperados y, algunos, bastantes sangrientos. Proceso tan complejo que sigue hasta nuestros días como una búsqueda constante de la voluntad de Dios para nosotros: aquí y ahora. En el “aquí y ahora” de aquellos hombres. Sin embargo, en todas las reflexiones, debates, disputas y rebeliones siempre estuvieron presentes dos puntos en común: el deseo genuino de reencuentro con el Señor y su voluntad, y el escrutinio serio, profundo y contextualizado, de la Escritura.

En las últimas semanas hemos escuchado y visto episodios de descontento social ante la situación actual que priva en varios países de América Latina y el mundo. En nuestro país, la violencia generada por la descomposición del tejido social ha tenido tintes dramáticos. Manifestaciones públicas multitudinarias; reacciones y contra-reacciones; múltiples y febriles discursos “liberalistas” y reaccionarios; infinidad de comentarios en medios sociales. Todo ello alimenta con suma facilidad la polarización. ¿Qué haría Jesús en un entorno como el actual?

Podemos caer en el error de polarizar discursos, de la simple “protesta” política, pública y multitudinaria, que manifiesta un descontento con la situación actual. En vez de eso, debemos adoptar la estrategia “samaritana” de Cristo, viendo a los demás a través de los ojos de Dios y construyendo relaciones de compasión, amistad y apoyo mientras amamos a nuestro prójimo, tal como Jesús lo hizo. En esto tenemos una gran oportunidad al ver como a iguales a nosotros sean cuales sean las circunstancias, y actuar con compasión hacia ellos. Esa es la “verdadera religión” que se menciona en Santiago 1:27. La persona encomendada por Jesús como verdadero prójimo no fue el sacerdote respetable o el maestro de la ley; el héroe inesperado, que superó enconos religiosos y culturales para hacer lo que glorificaba a Dios fue… ¡un extranjero, un paria, un marginado!

Nuestro Señor desafió los prejuicios de sus oyentes. Esto debe ser una inspiración para tener más respeto y civismo con “los demás”, con aquellos que tienen puntos de vista completamente opuestos a los nuestros. Construyendo relaciones que se centren en las experiencias humanas que son comunes en todos nosotros, como ser padre o madre, tener una discapacidad o estar pasando por un duelo. Reformemos y reformémonos, emprendamos la verdadera Reforma.

La verdadera “reforma” es la que genera “protestantes”. No los que están en contra de algo, sino aquellos que “protestan” cumplir con fe con el compromiso del proyecto de Jesús, plasmado en sus parábolas, combatiendo los valores de un mundo injusto. Los que están dispuestos a hacer Su voluntad sirviendo a marginados y vulnerables. Sirviendo a los que históricamente han sido vulnerabilizados.

Los protestantes verdaderos no sólo son inconformes protestatarios, no sólo son “protestantes que protestan”. Son inconformes que hacen cosas de acuerdo al proyecto del Reino que han protestado seguir extender. Son aquellos que protestan cumplirlo, hoy y siempre, en donde viven y con quienes conviven. Así como aquellos heroicos reformadores del siglo XVI, en el aquí y ahora de ellos; en el aquí y ahora de nosotros.

En nuestro “aquí y ahora”, seamos verdaderos protestantes, de esos que sí protestan.