EDITORIAL

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Reforma de la Iglesia, celebración de la vida

Cuando en Deuteronomio capítulo 18 encontramos una amonestación hacia el Pueblo de Israel contra costumbres “paganas”, como el sacrificio de hijos ante dioses ajenos, o quien practicase actividades como la adivinación, augurios, sortilegios, hechicerías, encantamientos, adivinaciones o consulta a los muertos, no sólo se refiere a evitar ciertas prácticas que pudieran parecernos, todavía hoy, como esotéricas. No es, particularmente, un mensaje de prohibición.

Es, fundamentalmente, un mensaje de exhortación a un sector elegido para un ministerio: los levitas, quienes estaban llamados a prestar un servicio especial al pueblo en el nombre de Dios. Es un mensaje para ser cuidadosos, evitando prácticas que cedan la voluntad de la persona a cosas, eventos o personas ajenos a Dios. Es un llamado a ser perfectos: la perfección que sólo puede dar la comunión cercana con Dios.

La celebración de “Todos los Santos” se realiza en la Iglesia Cristiana de occidente desde el siglo VIII de nuestra era y fue establecido para el 1 de noviembre por el Obispo de Roma conocido como Gregorio III, a diferencia de la tradición del cristianismo de oriente, que celebra lo mismo, pero en fechas posteriores al Pentecostés. A esta festividad posteriormente, se le uniría la fiesta por “los fieles difuntos” que tradicionalmente se hace en muchos países occidentales el 2 de noviembre.

En nuestro México, el Día de Muertos fue impuesto por la Conquista Española a través de la conquista espiritual. En realidad, nunca fueron prácticas prehispánicas como las conocemos hoy y menos en las fechas 1 y 2 noviembre. Estas celebraciones, se consolidaron y se difundieron como parte del proyecto cultural ideológico nacional posrevolucionario, ya en el siglo XX. Por supuesto, los medios masivos de comunicación han influenciado en los últimos 50 años para fines comerciales, aun incorporando festividades de otras latitudes.

En la Edad Media, en Europa era tal la importancia de la festividad de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, que se convertía en un verdadero espacio social de convivencia y de actividad económica. El monje agustino Martín Lutero lo sabía. Y es por ello que, ante el llamado del Espíritu de Dios a su conciencia para cuestionar las prácticas religiosas de su época por el menosprecio de la fe y la venta de indulgencias, decide llamar a un debate teológico y aprovechar la concurrencia de mucha gente del pueblo, justamente, para el día de Todos los Santos de 1517. Es por eso mismo que clava sus famosas 95 tesis “por amor a la verdad y en el afán de sacarla a la luz”, a decir del mismo Lutero, en la puerta del castillo de Wittemberg, en Alemania. No se proponía en modo alguno crear una nueva iglesia, sino debatir sobre estas cuestiones y reformar las prácticas que le parecían condenables y alejadas del mensaje del Evangelio. Aquel acto comenzó todo un proceso de transformación conocido como la Reforma Protestante y que impactaría todos los ámbitos de la sociedad occidental y que tiene repercusiones en nuestra vida hasta el día de hoy.

Nuestro Señor Jesucristo nos trae, hoy, un mensaje de vida. En dónde Él mismo es el motor y centro de la misma. No solamente es el Buen Pastor, que la vida da por sus ovejas, que las conoce por su nombre y las llama. Es también, la Puerta del Redil, que significa el paso a la protección, al hogar y a la seguridad eterna. Cualquier cosa que nos distraiga de ello, es como la voz del ladrón que viene a disponer de lo ajeno.

“El ladrón solo viene para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10), dice el Señor.

Jesús nos llama, hoy como entonces, a preparar la mente para la acción; a estar atentos y poner toda nuestra esperanza en Él. A portarnos como hijos obedientes, a no seguir los dictados de sus anteriores malos deseos, de cuando vivíamos en la ignorancia. En suma, a vivir una vida completamente santa: «Sean santos, porque yo soy santo» (1 Pedro 1:13-15).