En Busca de Cielos Nuevos y Tierras Nuevas

En Busca de Cielos Nuevos y Tierras Nuevas

Málenny Cruz *

“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más”.

Apocalipsis 21:1

Definimos a la eternidad como lo perpetuo, sin sucesión ni fin. La eternidad unida a la vida tiene como resultado el pleno desarrollo lo que se perpetua, una -vida eterna-. El máximo ideal, el preciado regalo que todos anhelamos, pero por el que pocos luchamos y defendemos. Una idea de salvación individual nos ha alejado de la solidaridad, de la koinonía y nos hunde cada vez más en el individualismo. Pareciera que la humanidad se aleja de la posibilidad de perpetuarse a sí misma y al planeta que la alberga. Ninguna persona que conozca un poco sobre los acontecimientos en nuestro país y el mundo entero podría negarse a esto. La ola de violencia por la que estamos viviendo nos aqueja, nos carcome, nos destruye. Sistemas de violencia se replican una y otra vez de forma directa o indirecta.

Observamos esta violencia con distintos rostros, no solo de quien la ejerce sino también de quien la fomenta: respuestas esperadas ante acontecimientos incómodos; lo que se espera culturalmente; lo socialmente aceptable; lo que no se sale o debe salir de la norma. Se ejerce violencia al impedir que se levante la voz, al acallar al que quiere justicia. Una interpretación errada de la escritura nos ha llevado a justificarla y “entenderla” como parte de la voluntad de Dios, in embargo, es ella la que nos conduce a la búsqueda de un cielo nuevo y tierra nueva evitando continuar en la espiral destructiva y encontrar un mundo con futuros esperanzadores. 

La violencia en la que vivimos es tan cotidiana que la gente se ha acostumbrado a escuchar de ella, normaliza estos acontecimientos y se muestra indiferente. Noticas nacionales e internacionales llenas de imágenes violentas, muertes, enfrentamientos, guerra, pobreza y hambre son con las que nos seducen cada día. En medio de todo ello es pertinente preguntarse ¿hasta cuándo, oh Dios, veremos cielos y tierras nuevas?

Al respecto y con una visión reduccionista de la Biblia podríamos decir que, según Mateo 24:6, “Ustedes oirán de guerras y de rumores de guerras, pero procuren no alarmarse. Es necesario que eso suceda, pero no será todavía el fin”(NVI), y asi justificar  la violencia que permea en nuestras vidas, pensando que es el camino que habremos de seguir para que el –Reino de Dios- se haga presente en nuestras vidas, que al terminar el sufrimiento que nos tocó vivir veremos nuestros esfuerzos y fe recompensados. Pero con tal propuesta no hay mayor responsabilidad en el ser humano que la de observar cómo estos acontecimientos lastiman a otros y otras, a los que conocemos y a los que no. Nos volvemos ajenos al dolor del otro, haciéndonos poco empáticos, afirmando que “viven así porque quieren”; “que son pobres porque no trabajan”; que a las mujeres que sufren violencia “les gusta la mala vida” o que si alguien es asesinado “es porque ellos o ellas se lo buscaron”. Lo cierto es que la violencia no está lejana, es el pan de cada día y está como león rugiente buscando a quién devorar.

Tomando en cuenta varios de estos acontecimientos como las muertes a causa del crimen organizado, la trata de personas, la violencia intrafamiliar y los feminicidios ¿es posible vislumbrar un futuro diferente? si como menciona Romanos 8:17 que somos herederos y coherederos de un reino que parece lejano ¿Será entonces, que los tiempos que vivimos representen la falta de amor, empatía, tolerancia, igualdad, etc., al no asumir nuestra responsabilidad como hijos e hijas de Dios?

Walter Kaspers (1984) escribe:

Nadie experimenta la plenitud de la humanidad hasta que ha experimentado su finitud y su sufrimiento. Y esa experiencia se convierte en un modo de entrar en una inmensidad abierta, en un misterio que se aun mayor y que nunca sondeamos del todo”.

Como cristianos hemos aprendido a lidiar y aceptar el sufrimiento, es más, en ocasiones hasta lo consideramos necesario. El Libro del Profeta Isaías en el Capítulo 53, presenta las cualidades que deben considerarse en un buen siervo de Dios, entonces, ¿diríamos que el sufrimiento es enviado por Dios de manera que debemos soportarlo, o que Dios no puede evitar que suframos, con lo cual afirmaríamos que no es Todopoderoso?

Al respecto, teologías como la Feminista y de la Liberación plantean que esto no puede asumirse como el cumplimiento de un “plan diseñado por Dios” de modo que tengamos que aceptar sin más lo que nos tocó vivir. La Teología de la Liberación sostiene que el problema es mucho más profundo, que debemos hablar de –pecados estructurales– en la sociedad que produce y reproduce la violencia. 

Hay quienes consideran que la violencia es parte de un mandato divino porque pertenece al “plan de Dios” de ahí que se piense que nadie puede evitarla, se cae en el juego que nos conduce a creer que esa condición es inamovible dejando de lado toda fe viva, cayendo en la cómoda opción por la gracia barata. 

En la figura central de cristianismo hallamos la respuesta. A Jesús se le vio enfrentarse a los principios de la violencia que oprime, que mata, que abandona. En la Carta a los Colosenses Capitulo 2, versículo 15, el apóstol Pablo, hablando de Jesús, escribe: Desarmó a los poderes y a las potestades, y por medio de Cristo los humilló en público al exhibirlos en su desfile triunfal (NVI) Lo que indica que la muerte de cruz es la que evidencia toda potestad de un sistema corrupto que saltan a la luz. La cruz entonces es la forma visible de la maldad de la humanidad. Demuestra hasta donde somos capaces de llegar por egoísmo, envidia, falta de amor y empatía y, sobre todo, evidencia la injusticia. 

¿Cómo responder ante estos acontecimientos opresivos? 

La Teología Pública ofrece una reflexión que gira en torno a la resignificación del sentido de lo público “como un espacio que conlleva diversas dinámicas -sociales, discursivas, simbólicas e institucionales-” (Panotto, 2015) Por lo que reconoce la diversidad de espacios y promueve la diferencialidad inherente de lo identitarioen busca de una mejor comprensión del otro. Debido a que la violencia tiene lugar en los espacios públicos, debe ser tarea de la política [1] evitar que ella se convierta en algo cotidiano y normal, de tal forma que cada individuo pueda, desde sus propias experiencias y expectativas, responder a los sistemas de violencias por medio de su participación en los espacios que comparte con las demás personas. Para que, por medio de la participación comunitaria se pueda ir erradicando cualquier sistema de violencia, sin importar el contexto en que se ubique.

La violencia podrá ser erradicada cuando los sujetos religiosos muestren su fe no solo en sus lugares específicos de liturgia, sino cuando esa fe impacte en la esfera de lo público, haciéndose personajes que muestren con sus actos su fe, pues son las acciones que tomamos las que tendrán una repercusión en la salvación del aquí y el ahora.

Los problemas sociales que hoy en día sacuden a nuestro país son el resultado de una indiferencia social que carcome como gangrena. Una indiferencia entre los individuos que permea los diferentes espacios incluida la iglesia. Nos hemos conformado solo con orar, pero el apóstol Santiago instaba a ser hacedores de la palabra y no solo oidores; a mostrar la fe por las obras. 

En un mundo que enseña que las necesidades individuales están por encima de las demás personas y un discurso religioso que somete a todos a creer por medio del dolor y sufrimiento, no resulta difícil comprender el porqué de la ola de violencia. Es la última parte del texto de Mateo 24:6 lo que debe llamar la atención “pero no será todavía el fin”, porque las cosas no pueden terminar ahí, aceptando la injusticia y la sangre que se derrama, de ahí que la resurrección represente una victoria porque se constituye en un acto que además expone todos los sistemas opresivos y de muerte, aquellos que evitan que nos veamos como iguales creados a su imagen y semejanza.

En los tiempos que vivimos ya no podemos admitir ser solo observadores de los conflictos, las palabras de Dios a Josué resuenen en la mente y corazón diciendo que debemos esforzarnos y ser valientes para hacer aquello a lo que fuimos llamados. Si somos herederos y coherederos del reino, entonces solo queda avanzar y luchar para construir el Reino de Dios en la tierra; una tierra nueva con cielos esperanzadores.

NOTA

[1] Entendiendo a la política no como la “búsqueda de un ordenamiento sino, por el contrario, una instancia de litigio que permite el cuestionamiento constante de los órdenes que regulan lo social. Es la búsqueda del desacuerdo y la distorsión de lo establecido como mecanismo de cambio”. Panotto, Nicolás. Teología y espacio público. p. 14.


* Prob. Málenny Cruz, pastora de la Iglesia Metodista de México Conferencia del Sureste, licenciada en Lingüística y literatura hispánica (BUAP), licenciada en Teología (SMJW) y Candidata al grado de Maestra en Teología por la Comunidad Teológica de México.


BIBLIOGRAFÍA