EDITORIAL

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Siempre reformándose… conforme a la Palabra

El 31 de octubre de 2021 se cumplen 504 años del inicio simbólico de la Reforma Protestante, con la publicación en 1517 de las 95 tesis de Martín Lutero en la puerta de la capilla del castillo de Wittenberg. En aquella víspera del Día de Todos los Santos, convocando a una discusión académica que cuestionaba las indulgencias como medio para lograr el acceso a la vida eterna, pero, sobre todo, cuestionando la posibilidad de que hubiese un medio diferente a la fe para acceder a la gracia inmerecida de Dios.

Fue el inicio de un proceso que influyó no sólo la esfera religiosa, sino también los ámbitos social, político, económico y, en general, la cosmovisión de una sociedad que requería del cuidado del Gran Pastor de las ovejas en las crisis generadas por las grandes pandemias, colapsos económicos, guerras y reacomodos políticos de los siglos XV y XVI, alentados por una era de descubrimientos, desarrollo tecnológico, redescubrimiento humanista y nuevos medios de comunicación. Ese proceso ha continuado a lo largo de los siglos y, por qué no decirlo, continúa hasta nuestros días de acuerdo a la propia guía del Espíritu Santo.

Con el paso de las décadas y de los siglos, la teología desarrollada por aquel monje agustino alemán en los años siguientes a 1517, que lo llevó a realizar diversos escritos, argumentaciones, disputas y discusiones, ante colegas, superiores, prínicipes, emperadores y el propio Papa, fue sistematizada por sus discípulos y estudiosos del tema. Uno de los productos más conocidos de esa sistematización teológica son las conocidas 5 “solas” de la teología protestante que son un compendio contemporáneo del pensamiento luterano: Sola scriptura (“solo por medio de la Escritura”), Sola fide (“Solo por la fe Dios salva”), Sola gratia (“solo por la gracia”), Solus Christus o Solo Christo (“solo Cristo” o “solo a través de Cristo”), y Soli Deo gloria (“la gloria solo para Dios”). Es decir, aunque resumen el pensamiento de Lutero y los primeros reformadores, no son autoría de ellos, pero ayudan a comprender sus conceptos de manera concisa.

Del mismo modo, es muy común entre los protestantes escuchar o leer la frase “Ecclesia reformata semper reformanda est secundum verbum Dei” (Iglesia reformada siempre reformándose conforme a la Palabra de Dios). No se sabe con exactitud quién la dijo primero, pero se estima que el teólogo holandés Jodocus van Lodenstein (1607-78), la expresó inicialmente.

En semanas pasadas, en la Iglesia Metodista de México se han realizado magnos eventos que han reunido a un gran números ministros y laicos, para disertar sobre temas que plantean los retos actuales de la realidad espiritual de nuestro país, de acuerdo a la visión de la propia Iglesia. En primer lugar, se realizó el Seminario Virtual “Todos caben en la misión de Dios” que, encabezado por el área nacional de Testimonio Cristiano, replanteó paradigmas como el del sacerdocio universal en el que todos somos parte del llamado conocido como la Gran Comisión. Otro de los grandes retos que se ha planteado, es la visión que debemos de tener de “pensar globalmente”. No solamente en la localidad o en el grupo social en el que nos movemos a diario, sino como una comunidad que se mueve transculturalemente a lo largo y ancho de nuestro planeta. El mundo interconectado e interrelacionado de hoy día, nos llama a nuevas formas de expandir el Reino de Dios, a través de la misión de la Iglesia Metodista. Eso conlleva nuevos retos en formación, capacitación, formación y reclutamiento de ministros del Reino.

El segundo evento, fue el Encuentro Nacional de Pastores que, bajo el tema de “unidad, diversidad y límites en el siglo XXI”, nos introduce en las perspectivas y desafíos del ministerio en este momento. Este encuentro nos ha llevado a la reflexión de temas tan variados como actuales, como los principios rectores de nuestra unidad ministerial; el ejercicio pastoral ante temas como la bioética, la atención a grupos sociales vulnerables, la salud integral y todos aquellos temas que confluyen en la realidad social, política y económica del México del siglo XXI. 

También, se disertó sobre el equipamiento jurídico a los pastores para la prevención a delitos sexuales y la violencia de género. Además, de un importante segmento de ponencias sobre la diversidad sexual, siempre con puntos de vista para la construcción de relaciones humanas más saludables, enriquecidos por diversas experiencias que hicieron una realidad el apotegma wesleyano de que “en lo esencial, unidad; en lo no esencial, libertad; pero en todo, amor”.

En estos eventos, lo más importante, fue el ambiente unidad en la idea de que toda acción debe provenir de una interpretación de la Palabra basada en la compasión que encontramos en la mente y carácter de Jesucristo. No en la fe irracional que puede llegar ser muy opresiva; se generaron consensos sobre la necesidad de que el lenguaje pastoral debe ser grato y digno. Los ministros, pastores y laicos, deben ser agentes de la Gracia, donde la diferencia no se convierta automáticamente en juicio. Jesús nos llama a ser compasivos, antes que oprimir al discriminado.

En la Reforma del siglo XVI, el principio básico del acceso a las Sagradas Escrituras influyó de manera determinante para modificar progresivamente las conciencias y las mentalidades. En la reforma permanente, de este siglo XXI, ya no debiese ser un problema el acceso a la Escritura ni al conocimiento. Ahora debemos ser más inteligentes para llevar esa Palabra a las conciencias y mentes que requieren urgentemente la presencia de Dios en sus vidas.

En aquellos tiempos, volvió a salir a la luz la inmensa realidad bíblica del sacerdocio universal de cada creyente, hombre y mujer, que puede interactuar directamente con Dios, sin olvidar la dimensión comunitaria de la fe y la espiritualidad. El día de hoy, se hace nuevamente presente esta gran necesidad y aspiración de la humanidad.

Que hoy, como ayer y como siempre, que nuestra convicción sea que sólo la Palabra nos puede llevar a Dios. Pero no la “simple palabra”, sino la Palabra: el Verbo Encarnado de Dios, el mismo Jesucristo. Esa Palabra que se hizo carne y habitó –y habita- entre nosotros. Sólo Dios nos puede llevar a Dios. Ninguna institución eclesiástica, ningún clérigo, sacerdote o pastor nos puede conducir a Él: porque, en primer lugar, Dios es quien viene a nuestro encuentro a través de su Gracia amorosa. Ninguna confesión de fe, ningún compromiso en la Iglesia, ninguna acción humana nos puede atraer la benevolencia de Dios: sólo su gracia nos salva. Ningún dogma, ninguna predicación, ninguna confesión de fe pueden hacernos conocer a Dios: sólo su Palabra nos lo revela.

No habrá reforma permanente, si no es conforme a Su Palabra. Si no es conforme a la mente y carácter de nuestro Señor Jesucristo.