EDITORIAL

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La santidad que genera justicia en el Reino

Terminaron los trabajos de la Conferencia General. Los obispos, representantes laicos, delegados y funcionarios hicieron un gran esfuerzo por alcanzar los objetivos trazados. Pero lo más importante, es que el Señor sigue estando con la Iglesia Metodista de México. Con nuevos retos, sin duda; pero con toda la esperanza de que todo lo que hacemos en Su Nombre no es en vano. En esta edición de El Evangelista Mexicano, querido/a lector/a, encontrarás toda la información de lo sucedido en nuestra magna asamblea nacional.

Durante las sesiones, gravitaron preocupaciones sobre algunos indicadores, como la baja en membresía y aún la desaparición de algunas congregaciones producto de la pandemia; o aquellos inmuebles que se han perdido en los últimos años, rebasando la notable cifra de 46, como se informó. Pero la Esperanza subyace y permanece.

Se planteó el reto de la santidad para los metodistas mexicanos, llamando al compromiso de trabajar en la próxima generación (25 años, hasta el 2047), para formar a nuestros niños y jóvenes en una cultura del cuidado de nuestro entorno y su preservación desde un punto de vista sostenible. No sólo es una agenda de moda, sino es la voz de la Creación del Señor que nos llama a tomar acciones decididas. A hacer de la Esperanza, algo visible como testimonio de Él.

Nuestro Obispo Rodolfo Rivera nos acercó a la visión wesleyana de la transformación concreta y evidente en la vida de las personas. Es decir, la Esperanza sublime de que el Evangelio de la Verdad es la expresión máxima del amor de Dios, por medio de Jesucristo redentor. Y también, de nuestro compromiso de ser evidencia palpable de “la verdad del Evangelio”. La Esperanza subsiste y se multiplica.

Por tanto, para nosotros como Iglesia, es muy importante la transformación visible en la vida del cristiano. Y el enfoque wesleyano en el proceso de transformación de la vida personal del cristiano es una gran contribución a la expresión del cristianismo, lo que nos debe distinguir como denominación histórica.

El Evangelio de Cristo, por eso mismo, no solamente debe asumir la gran noticia de la salvación –si bien es fundamental y primaria esa Gran Noticia-, sino también la realización práctica de este mensaje. De lo contrario, estamos en riesgo de ser incoherentes y abonar al rechazo de muchos hacia el mensaje espiritual que permea ampliamente en nuestra sociedad contemporánea. Ser simples metales que resuenan o címbalos que retiñen; sin amor hacia el prójimo, nada somos.

Nuestra evangelización debe tener visos proféticos de denuncia, a la vez que se muestra el compromiso con la humanidad, fundamentalmente aquella que sufre. Jesús nos enseñó: siempre evangelizando desde los pobres y débiles del mundo, identificándose con su dolor por las injusticias, con el sufrimiento del mundo. Levantando la voz contra los abusos de los fuertes y de los que se enriquecen injustamente. Contra los que hacen de la espiritualidad un negocio, empezando desde adentro. No olvidemos esta segunda parte tan esencial del mensaje de nuestro Señor Jesucristo. No demos preferencia al mensaje ultramundano que, ante tantas incoherencias de las iglesias en el ámbito interconfesional, nos aleja de quiénes realmente están ávidos del mensaje de Dios. Necesitamos una santidad “intramundana” que transforme mediante el Evangelio de la Verdad. El Evangelio no es simple comunicación de una salvación gozosa y despreocupada del sufrimiento del prójimo, del destino de las personas sufrientes en el mundo. No se trata de llevar personas hacia nuestra iglesia, al ritual, a la práctica de una piedad sin compromiso alguno, a la liturgia, por más hermosa o “espiritual” que parezca. 

Es alentador saber que Dios se mueve aún a través de la Iglesia Metodista de México. Ya hemos incorporado a nuestros documentos básicos que “Dios ha dado la responsabilidad al ser humano de cuidar a la creación, haciéndolo parte de todo lo que existe”. Pero también reconocemos que la humanidad ha fallado en esta responsabilidad al contaminar, permitir la destrucción de ecosistemas y confiar en sistemas que privilegian las ganancias económicas a la vida. Y que ese deterioro ambiental recae en decisiones irresponsables por parte de gobiernos, empresas y grupos de poder, potenciando la crisis climática que provoca el sufrimiento, migración forzada, desastres naturales, enfermedad y muerte a millones de personas, principalmente las más pobres.

La Conferencia General pasada nos ha marcado lineamientos para trabajar por la justicia climática: “El cambio climático y el calentamiento global no es voluntad de Dios, sino responsabilidad humana que requiere tomar acciones urgentes para levantar la voz en contra de quienes destruyen los ecosistemas y dar testimonio con nuestras acciones de que hay otras posibilidades de relaciones entre seres humanos entre sí y entre los seres humanos y la creación. Podremos, en la medida de lo posible, sembrar semillas de esperanza y cambio por el bienestar de la creación, bajo la máxima wesleyana de la vida en equilibrio”.

Sigamos construyendo el Reino en esta parroquia que Dios nos ha heredado, guíados por el Espíritu Santo, escudriñando la Escritura y retomando las experiencias de quienes nos han precedido. Escuchemos las palabras de John Wesley:

“Esforcémonos, pues, por establecer su ley en nosotros. No pequemos porque estamos bajo la gracia (Ro 6:15), sino por el contrario, utilicemos el poder que ella nos da para cumplir toda justicia (Mt 3:15). Teniendo siempre presente la luz que recibimos de Dios cuando su Espíritu nos convenció de nuestro pecado, estemos alerta para no permitir que esa luz se apague. Aferrémonos a lo que ya hemos conseguido. 

Que nada pueda persuadirnos de volver a construir lo que logramos destruir; volver a caer en algo, grande o pequeño, cuando ya hemos visto que no es para gloria de Dios ni para beneficio de nuestra alma. 

No ignoremos las cosas, grandes o pequeñas, que no podríamos haber ignorado en aquel primer momento sin sentir el reproche de nuestra conciencia. A fin de aumentar y perfeccionar la luz que antes teníamos, agreguemos ahora la luz de la fe. 

Confirmemos el don que recibimos de Dios comprendiendo más profundamente lo que él entonces nos mostró, y teniendo mayor conciencia y sensibilidad hacia el pecado. Ahora podemos caminar en el gozo y no en el temor. Viendo con claridad las cosas eternas delante nuestro, consideramos que el placer, la riqueza, los halagos, todas las cosas terrenales, no tienen más valor que burbujas en el agua. 

Nada hay importante, nada deseable, nada en lo que valga la pena pensar excepto aquello que está dentro del velo (He 6:19), donde Cristo está sentado a la diestra de Dios (Col 3:1)”.

“La ley confirmada mediante la fe”, Sermón 36, Tomo II, John Wesley.

La santidad de la Iglesia Metodista de México debe ser prueba histórica del Evangelio de Cristo encarnado en cada metodista mexicano que, necesariamente debe llevar frutos de amor, solidaridad y justicia, manifestado en acciones concretas, visibles al prójimo y a la sociedad.

Para que permanezcan la fe, la esperanza y el amor. Estos tres, pero el más importante es el amor.