Algunas veces fracasamos en algunas cosas; pero eso no es el problema: el problema es cuando, después del fracaso, ya no tienes ganas de volver a empezar.
Veamos en qué cosas fracasamos: en algún trabajo, en el hogar, en la educación de algún hijo, en el matrimonio, en algún experimento personal, etcétera. ¿En qué has fracasado?
Nadie nació pensando en el fracaso. Nadie nació sabiendo todo. Todo lo tenemos que aprender. Pero, ¿verdaderamente queremos aprender de los fracasos?
Como en todas las cosas de nuestra vida, ¿de qué dependen los éxitos y los fracasos? Yo creo que dependen de cómo llevamos la más importante relación de amor; esa relación es la que llevamos con Dios.
Tenemos que depender de Jesús en todas las circunstancias, ¿por qué?:
Porque somos sus hijos. Así lo dice el libro de Romanos: El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16).
Dios nunca nos lleva a fracasos, Dios nos da oportunidades: Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7).
El único fracaso que existe es el de no volver a intentarlo de nuevo. La única derrota es la interna. No hay barreras inalcanzables para Dios. Cuando nuestra propia debilidad de ánimo se apodera de todo, es cuando nos sentimos fracasados. Tenemos que renovar nuestra manera de pensar.
Veamos qué dice la Biblia en Gálatas 5:16: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. La Biblia dice que no satisfagamos los deseos de la carne; no dice que no tengamos deseos. Una cosa es tener un deseo y otra muy distinta es ceder (satisfacer) el deseo. Cuando cedemos al deseo, no pensamos en las consecuencias; y es entonces cuando viene el fracaso; un fracaso trae consigo desilusión, el desánimo y todo lo demás.
Por eso tenemos que poner a trabajar nuestra fe.
Cuando pasan todas las cosas que son consecuencia de ceder a nuestros deseos carnales, siempre recordemos que podemos ser justificados si activamos nuestra fe: Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 5:1). Dios no derrama su gracia donde no hay fe que la reciba, porque la Escritura dice: Pero sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay y que es galardonador de los que le buscan (Hebreos 11:6).
Podríamos evitar muchos de nuestros fracasos o desilusiones, si tan sólo recordáramos que al recibir a Cristo hemos sido santificados por El y que tenemos que vivir una vida nueva en Él , con Él y para Él.
Cristo ya me libró del poder del pecado y del diablo. Ahora, ¿qué tengo que hacer? Mandar al diablo a que se entienda con Jesús. Jesús es mi dueño, el dueño de mi vida; él pagó por mí, y pagó el precio más alto: pagó con su propia vida, con su sangre preciosa.
Cristo es el que me protege, es el que me cuida, es el que me aleja de ceder a las tentaciones. Todos sabemos que las tentaciones vienen del diablo. Dios nunca tienta a nadie: Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios, porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni Él tienta a nadie, sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido (Santiago 1:13,14).
Así que, si te sientes que has fracasado a causa de alguna tentación, recuerda siempre esto:
Eres hijo de Dios
Anda en el Espíritu
Mantén firme tu fe
No cedas a las tentaciones
Sé feliz, si soportas la tentación.
Santiago 1:12 dice: Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman.
Si fracasaste, no importa. Lo importante es VOLVER A EMPEZAR.
Gracias, Señor, por todo tu amor y por tus cuidados. Líbranos del mal por Cristo Jesús. Amén.
Marilú Martínez
Agosto de 2003
