EDITORIAL

EDITORIAL

¿Qué tal cuidamos la herencia?

El mejor juguete de un hijo son sus padres.
Autor desconocido

Ante la llegada del Día del Niño, que en nuestro país se celebra el 30 de abril, la visión de lo que esas criaturitas del Señor representan para nosotros refiere al hecho de que son, como dice el Salmo 127, una herencia del Señor. “Cosa de estima el fruto del vientre”, dice este salmo. La estima, el aprecio, el cuidado que tengamos por ese tesoro que Dios nos ha legado habla del respeto que tenemos por el ser que nos confió esa herencia bendita.

Viene a mi mente el día en que nació nuestra primogénita. En el hospital público donde me atendieron, estaba acostada en una camilla muy estrecha, sin barandal de protección. En determinado momento, luego del parto, una enfermera me pidió que cruzara los pies y sentí que depositó entre ellos un pequeño bultito: era nuestra hija. Todavía cansada por el proceso que acababa de pasar, y con el temor de no poder retener con seguridad a mi pequeña, se me ocurrió preguntarle a la enfermera: “Señorita, ¿y si la niña se me cae?”; sin inmutarse, ella respondió: “Pues usted sabrá si se le cae o no (sic). No, señora, si los hijos cuestan”. Esa frase, dicha quizá por la enfermera sin mucha consideración por mi estado, tuvo sin embargo en mi mente un gran impacto, porque el Espíritu Santo me hizo recordar precisamente esa gran verdad, que el salmo 127 enfatiza: los hijos cuestan, son cosa de estima.

Nuestros hijos no pidieron venir al mundo, y tampoco pidieron que nosotros fuéramos sus padres. Si hubieran tenido ocasión de elegir, ¿nos habrían escogido a nosotros? Esta es una pregunta que nos puede ubicar en la perspectiva de nuestra calidad como padres de nuestros hijos. En el diario ir y venir de la familia, el trabajo, la escuela, podemos adoptar actitudes evasivas en el cuidado de esa herencia, tales como las siguientes afirmaciones: 

Amo a mis hijos, pero:

  • Llego muy cansado(a) del trabajo y no me quedan fuerzas para ponerle atención. Mejor le doy dispositivos electrónicos para que se entretenga.
  • Nunca he sido bueno para eso de la comunicación. Mejor que mi esposa (o) atiendan los asuntos de mi hijo, y me comenten cómo les fue.
  • El domingo es el único día que tengo para descansar/hacer el quehacer/ comprar la despensa. Llevar a mi hijo a la iglesia me quita tiempo para hacer esas cosas.
  • Me desesperan con su ruido, travesuras o preguntas. Lo que quiero es: sentarme a ver la televisión/sentarme a ver la computadora/platicar un rato con un amigo.
  • No sé cómo es eso de hacer un devocional. Mejor que mi esposa (o) vean eso; después de todo, ellos están más cerca del Señor que yo.
  • No entiendo mucho eso de los juegos que les gustan, así que dejo que los practiquen sin entrometerme mucho.
  • No me gusta mucho eso de involucrarme con sus amigos. No sé quiénes son, ni dónde viven, ni quiénes son sus padres. Es algo complicado para mí.
  • Los dejo al cuidado de mis padres, así puedo emprender cosas que me ayuden a mi propia realización. Después de todo, así les doy a mis hijos ejemplo de superación personal. 
  • No sé qué es lo que le gusta comer, o ver en la televisión, o qué música les gusta escuchar. Ando muy ocupado para andar detrás de ellos buscando saber esas cosas.
  • Tratar temas difíciles como la sexualidad, el duelo por la muerte de un ser amado, o los miedos que les aquejen a mis hijos, no se me da, simplemente no se me da. Prefiero que en la iglesia, o la escuela, les mencionen sobre esos temas.
  • No se me da tampoco eso de preparar comidas nutritivas; mi trabajo es muy demandante y prefiero darles algo rápido para que coman o lleven de lonche a la escuela.

¿Alguna de esas afirmaciones nos es familiar? Expresar desgano en la crianza de los hijos es despreciar el don que representan ellos de parte de Dios en nuestra vida. ¿Con cuál de esas afirmaciones le vamos a dar la cara a Dios el día en que nos pida cuentas de lo que hemos hecho con ellos? ¿Habrá alguna excusa que nos exima de la responsabilidad si esos hijos llegan a descarriarse del propósito eterno que el Señor tuvo al darles la vida? En este Día del Niño, y en el próximo Día de la Madre, y aún en el no tan cercano Día del Padre, es bueno reflexionar sobre la manera como estamos administrando -en el sentido espiritual de la palabra- la vida de nuestros hijos. Ya sea que hayan sido nacidos de nuestro vientre, o nacidos en el corazón por adopción, su valor sobrepasa al de las piedras preciosas y merece la pena toda la inversión de tiempo que pongamos en ellos.

La frase del epígrafe no se refiere a que los hijos “jueguen” con sus padres, manipulándolos. Más bien significa que lo más preciado para un pequeño no son los juguetes que sus padres puedan darles, sino el tiempo  que esos padres inviertan en convivir con ellos. Ese es uno de los mayores bienes que podamos darle a nuestros descendientes: la transferencia de vida a través de la diaria convivencia. Es a través del contacto continuo que podemos legarles el tesoro de la fe en Cristo, el mayor de todos los bienes.

En esta edición del día 30 de abril, tenemos entre otras publicaciones textos poéticos, reflexiones sobre el papel de la inteligencia artificial en el quehacer ministerial, y un panorama de lo que es la reunión máxima de nuestra Iglesia Metodista de México, es decir, la Conferencia General. Invitamos a nuestros lectores a revisar estas colaboraciones y compartirnos la opinión que les merezcan, la cual es muy valiosa para nosotros.

Un saludo fraternal de,
María Elena Silva Olivares
Directora de El Evangelista Mexicano.

Deja un comentario