¡VERDADES DE POTENCIA…!. EN RUTA AL PENTECOSTÉS…

¡VERDADES DE POTENCIA…!. EN RUTA AL PENTECOSTÉS…

EL PASTOR Y SU COMPROMISO CON DIOS Y LA SOCIEDAD

Conferencia sustentada por su autor
En el Tercer Encuentro Nacional de Pastores.

“No me escogieron ustedes a mí, sino que los escogí a ustedes y los comisione para que vayan y den fruto, un fruto que perdure, así el Padre les dará todo lo que pidan en mi nombre”.-  Juan 15:16.

A vosotros, sobre cuyos hombros descansa la responsabilidad de la atención del pueblo de Dios, es mi mensaje. Un mensaje que pretende trascender las fronteras de lo meramente académico, para llegar al plano de la experiencia y el humanismo de la práctica Pastoral; y de esa manera analizar factores y elementos que constituidos en un todo se conviertan en este humilde material que presento a vosotros con todo respeto. He de suplicar vuestra indulgencia, pues debo advertir que de ninguna manera pretendo llegar a vosotros con el membrete de erudito; acaso con el de aficionado sobre estos temas cuya trascendencia tienen su origen en el ministerio que he desempeñado al servicio de Dios y de mi iglesia, desde hace 57 años.

El estar ante vosotros, pretendo llenar un espacio del programa que gracias a la invitación de Organización Cultural Maranta, A. C., ha recaído en su servidor. Agradezco dicha deferencia que trataré de honrar debidamente, con la presentación de este trabajo, resultado de la experiencia y de una vasta investigación documental. ¡A Dios sea la gloria! Para ubicarnos dentro de nuestra pretensión temática, nos auxiliaremos de San Pablo apóstol, que señala con toda propiedad: “proclama el mensaje, insiste a tiempo y a destiempo, usando la prueba, el reproche, y la exhortación, con la mayor comprensión y competencia; porque va a llegar el momento en que la gente no soportará la sana doctrina; no, según sus propios caprichos, se rodearán de maestros que le halaguen el oído; se harán sordos a la verdad y darán oídos a las fábulas. Tú no pierdas nunca el control, soporta lo adverso, trabaja en propagar la buena noticia, y desempeña bien tu servicio. “.- 1a. Timoteo 4:2-5.

Sigamos con San Pablo: “Y uno que sirve al Señor no debe pelearse, sino ser amable con todos; debe ser hábil para enseñar, sufrido, suave para corregir a los contradictorios; puede que Dios les conceda enmendarse y comprender la verdad” (2ª. Timoteo 2:24,25). “Porque Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino un espíritu de valentía, de amor y de dominio propio” (2ª. Timoteo 1:7,8). Evidentemente, el apóstol, hace planteamientos que ennoblecen la profesión del ministro, pero también delega una responsabilidad que grava sustancialmente nuestra acción, porque incide en el eterno destino de quienes nos escuchan y a quienes ministramos.

LOS IDEALES ÉTICOS DE JESÚS. Finquemos nuestra disertación, sobre el entendido valor, de que somos discípulos del supremo Maestro, el carpintero de Galilea; y para un mejor desempeño de nuestro ministerio, debemos conocer cuáles fueron los principios morales sobre los cuales el fundador del cristianismo partió, para dejar instituida una forma superior de vida, la que nosotros deben os predicar. El hombre, no las cosas, es la preocupación de Jesús. Jesús creía que la personalidad del hombre es de importancia suprema. La cuestión del bien o del mal, lo justo y lo que yerra se decide con referencia a su apreciación del valor de las personas. Enriquecer la personalidad es hacer el bien; destruirla es errar.

Infinito es el valor humano. Creía en la solidaridad de la familia humana. Jesús dijo: “Padre nuestro”. Creía en la paternidad de Dios por lo que aclamaba la hermandad del hombre. Por otra parte, Jesucristo estaba convencido de la supremacía del bien común. Jesús sabía, que un individuo sin control interior y exterior puede volverse animal. Instituye lo que se cómo ce como la regla de oro. Tiene conciencia de que en la expresión del bien común radica la expresión del hombre y de su verdadera libertad. San Pablo lo ilustra cuando dice: “Todo lo puedo hacer mas no todo me conviene”.

Por otra parte, el mensaje de Jesucristo constituye una igualdad de derechos incluso para la mujer, que era vista por el judío como un mero objeto. En la sociedad que Jesús contemplaba a futuro no había clases privilegiadas, ni opción preferencial. Para Jesús, la cooperación y no la competencia egoísta constituye la base del verdadero progreso. Jesucristo nos induce a pensar en términos de “nosotros” y olvidar el “yo”. Finalmente para Jesús el amor y no la fuerza, es el lazo de la unión permanente para nuestra sociedad; sin que la fuerza carezca de sitio en una sociedad organizada.

LA CRUZ: DEL SUPLICIO A LA REDENCIÓN. En un mensaje que ubica en donde debe estar nuestro ministerio, San Pablo enfatiza:”Lejos esté de mi gloriarme sino en la cruz de nuestro señor Jesucristo” Gálatas 6:14. Antonio Caso, por su parte afirma: “Los brazos de la cruz son todavía bastante fuertes para que suspendamos en ellos destinos:” Por su parte, Pedro Gringoire, destacado laico metodista sentencio: “El símbolo de mi patria es tan mío, y seguirá siendo tan mío, a pesar de todo. Como de cualquier otro mexicano. El símbolo de mi redención es tan mío, y seguirá siendo tan mío, como de cualquier otro cristiano”.. La cruz -que es el símbolo de la ignominia, humillación, vejación y muerte- adquiere dimensión de grandeza cuando para nosotros se convierte a su vez en símbolo de redención. Sin embargo para nosotros, siervos de Dios, adquiere matiz significativo cuando Jesucristo dice: “Si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”.

Por lo tanto para nosotros, la cruz, no sólo es símbolo de suplicio y redención, sino que estará recordándonos que es la condición sine qua non para ser discípulos del Señor. La cruz, símbolo universal del cristianismo, debe recordarnos el llamamiento divino del cual estamos investidos cuando Jesucristo mismo precisa: “No me eligieron ustedes a mí, les elegí yo a ustedes y los destine a que se marchen, produzcan fruto y su fruto dure; así, cualquier cosa que le pidan al padre en unión conmigo, se les dará”: esto les mando: que se amen unos a otros.- Juan 16:16,17.

UN CUERPO, UN EVANGELIO, UN MUNDO. Qué simple es entender nuestra misión como siervos de Dios. La iglesia no tiene otra misión que la de llevar adelante la misión de Jesucristo: “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Juan 20:21). Debemos de entender que, al igual que como sucediese con Jesucristo, pesa sobre nosotros la responsabilidad evangélica: “El espíritu del Señor es sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres: me ha enviado para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad, y a los ciegos la vista; para poner en libertad a los quebrantados: para predicar el año agradable del Señor”(Lucas 4:18-19).

De manera que debemos estimar en su exacta dimensión el ministerio que desarrollamos, puesto que uno sólo es el evangelio que debemos presentar al mundo, buscando la necesaria unidad que le permita ser a la manera paulina un cuerpo bien coordinado entre sí. UN cuerpo, un evangelio, un mundo, en donde el siervo de Dios es responsable en la continuación de la obra de Cristo por medio del espíritu Santo. El amor de Dios abarca al mundo entero y ese hecho necesita adquirir su expresión en forma de comunión cristiana. La iglesia y su misión son coexistentes en forma indisoluble con el ministerio de los pastores.

La iglesia es una parte del evangelio. La oferta de reconciliación con Dios por medio de Jesucristo, incluye como elemento esencial ser admitido en la comunión de los creyentes que ya han recibido la reconciliación y se hallan anticipadamente gozando de la nueva era.

LAS MANOS DE CRISTO.- En Cristo se nos revela un Dios trabajador. Estas manos fuertes y encallecidas de Cristo obrero, son un llamado en primer lugar, a cooperar con El. Jesucristo habría de clamar: “La mies es mucha y los obreros pocos”. El mundo es vasto taller en donde el divino carpintero trabaja día y noche, reparando lo que el hombre destruye; construyendo lo que ha de ser para el bien del hombre, edificando el Reino de Dios. Cuando el maestro y Señor trabaja ¿cómo puede haber junto a las suyas manos laboriosas, manos inertes y flojas de discípulos? Las manos poderosas de Cristo son el secreto de la fuerza del cristianismo.

El Credo, afirmación teológica de nuestra fe, señala: “Que Jesucristo ascendió al cielo y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso”; luego entonces, ¿quiénes están colocados para hacer la tarea de Dios? ¿Quiénes son las manos de Cristo? Sin duda, ustedes y yo no podemos eludir nuestra responsabilidad, pues somos llamados a la acción; Jesucristo nos increpa el día de hoy como lo hiciera antier, con sus discípulos al decirles: “Dadles vosotros de comer”. Es decir, delega en nosotros el privilegio de ser sus manos, para servir al mundo. Salud, prosperidad y larga vida, para ustedes los siervos de Dios.

CON MI AFECTO Y RESPETO
SILVANO MARES 

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