“No temeremos, aunque la tierra sea removida…”
La magnitud de los terremotos en Venezuela el pasado 24 de junio nos recuerda el impacto de los que sufrimos en México en 1985 y 2017. Nadie está preparado para una tragedia así. La solidaridad de diferentes países, incluyendo el nuestro, se ha hecho sentir, pero la destrucción es de tal magnitud que aún hará falta mucha ayuda material y acompañamiento a ese pueblo hermano. Los mexicanos sabemos del dolor de estas experiencias, y también de sentir cómo llega apoyo del exterior. Que podamos ahora, como individuos o congregaciones, orar, sí, y también acudir a los centros de apoyo que hay en todo el país para hacernos presentes; o enviar donativos a través de instituciones como la Cruz Roja, UNICEF u otras; que nuestra compañía pueda ser sentida a la distancia por los venezolanos en esta hora de sufrimiento.
Traemos a la memoria aquel pasaje del salmo 46:1-2:
Dios es nuestro amparo y fortaleza,
Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida,
Y se traspasen los montes al corazón del mar;
Aunque bramen y se turben sus aguas,
Y tiemblen los montes a causa de su braveza.
Recordamos ahora esos tiempos en la vida cuando sentimos que, en un sentido figurado, el suelo se hunde bajo nuestros pies. Esos momentos en que la muerte de un ser querido, la pérdida de un empleo, algún problema legal o financiero, u otras experiencias desgarradoras nos hacen experimentar una agitación total. Y es en esos instantes cuando el Espíritu Santo nos invita a recordar la permanencia de su acompañamiento en nuestra vida, proporcionándonos la seguridad de que, ni el fenómeno natural más increíble opaca la realidad de que Dios está presente, amparándonos y dándonos dirección.
Frente a la inestabilidad de una situación, la estabilidad de Dios; frente al desamparo en que podamos estar, el amparo y la protección del Señor; frente a la confusión y desesperanza, la certeza de que el Dios fuerte nos guiará, aún más allá de la muerte. Como débiles seres humanos, somos llevados de aquí para allá por las circunstancias; pero afirmados en la Roca Eterna que es Cristo, podemos seguir adelante con esperanza en que Dios tiene para nosotros un futuro y una esperanza.
Pero nosotros tenemos también la oportunidad, no sólo de experimentar la fortaleza del Señor, sino de ser para otros una manifestación de su gracia al actuar bajo la guía del Espíritu Santo apoyando y acompañando a quienes sufren algún “terremoto” en su vida. Cuando eso pasa, no es necesario hablar tanto con nuestra boca, como con nuestras manos: el consuelo de Dios puede venir a otros a través de nosotros, no por lo que hablemos o digamos, sino por lo que con nuestras manos podamos expresar: un gesto de abrazo, un servicio, compartir los alimentos. No ser como los amigos de Job, que en su insensatez buscaron explicar lo inexplicable, sino más bien como lo dice el libro de Hechos: En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir (Hechos 20:35).
En tiempo de necesidad, que el consuelo de Dios a otros venga, no de nuestra boca, sino de nuestras manos, a aquellos que lo requieren.
Saludamos afectuosamente a nuestros lectores en esta edición del 30 de junio. Dios les bendiga y guarde.
María Elena Silva Olivares
Directora de El Evangelista Mexicano.
