La senda que tenemos por delante
Tus ojos miren lo recto,
y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante.
Proverbios 4:25
Está en proceso en nuestra iglesia la realización de asambleas anuales, al final de las cuales se anuncia a ministros que son cambiados de la iglesia en donde han estado, para ser enviados a otra congregación. Estos cambios generan emociones encontradas en ellos, sus familias y la congregación donde han trabajado, por implicar un desarraigo de un lugar para ser “plantados” en otro.
Hace años escuché a un obispo en una predicación externar la inquietud que hay sobre si la itinerancia es buena o no lo es. Para quienes están en una comunidad donde perciben más retos que ventajas, la itinerancia es buena, decía él; pero para quienes están en una iglesia con una situación agradable -una verdadera “tierra prometida”- la itinerancia no es buena. En fin, que los que van “peregrinando” a un lugar “mejor” piensan que la itinerancia es útil, mientras que quienes han llegado a una “tierra prometida” no lo es. Y concluía el obispo afirmando que sí, la itinerancia es buena, y debe ser conservada en nuestra Iglesia Metodista.
En el caso particular de mi propia vida, he sido esposa de pastor por más de 37 años, siendo mi marido un ministro itinerante de la iglesia. Y al aproximarse el tiempo de su jubilación, puedo afirmar que, en definitiva, la itinerancia ha sido algo bueno para mi propia vida, por varias razones, algunas de las cuales son:
En primer lugar, me ha hecho reflexionar en que somos peregrinos y extranjeros en esta tierra; y el cambio de una colonia a otra, de una ciudad a otra, o de un estado a otro, es un recordatorio de lo que la Biblia afirma acerca de que vamos caminando por la senda de la vida eterna. El mismo término “itinerante” nos ilustra esta verdad: la palabra viene del latín tardío itinĕrans, -antis ‘viajero’, y este de itinerāri ‘viajar’, derivado de iter, itinĕris ‘camino, viaje’. Un ministro itinerante -y su familia con él- aprende de primera mano lo que es pensar en que no va a estar siempre en un mismo sitio; de hecho, en cada lugar a donde hemos llegado, me acostumbré a pensar: “cualquiera que sea la circunstancia que encuentre aquí, un día me voy a ir”, y eso me permitió ubicarme en el sitio donde iba a estar.
En segundo lugar, la itinerancia me ha ayudado a “soltar” afectos o circunstancias para poder abrazar las nuevas relaciones o circunstancias que nos han aguardado como familia en cada lugar donde a mi esposo le ha tocado atender a una congregación. He aprendido que aferrarse a las cosas o a la gente no nos hace poseerlos y sí acarrea frustración o amargura; y que al dejarlos, en realidad convierto esas relaciones en un lazo de amor que no se deshace con la distancia, sino que se mantiene y afirma con el tiempo.
La itinerancia ha ayudado a nuestros hijos a ser adaptables a los cambios, y eso les ha permitido enfrentar nuevos retos confiando en que el Señor que estuvo con ellos en un lugar, lo estará también en el nuevo donde van a vivir; sí han sufrido por dejar atrás amistades o lugares; pero en cada cambio nosotros hemos estado junto a ellos, y les hemos recordado que, lo más importante, Dios está con ellos, y han podido comprobar que ahora, esos afectos se suman a los nuevos que encuentran en la iglesia en donde vamos a estar. Para eso me sirvió la experiencia de una compañera de ministerio, cuya hija estaba batallando para ir a la nueva escuela primaria donde debía asistir, y la maestra la invitó, le permitió, estar sentada en el salón de clase con su hijita por unos días para luego irse retirando, y eso ayudó a la niña a adaptarse; desde luego que no siempre se podrá hacer esto, pero lo importante es ACOMPAÑAR a los hijos en el proceso de cambio, haciéndoles sentir que sí, hay muchas cosas nuevas, pero papá y mamá siguen con ellos, y sobre todo Dios siempre estará con ellos. Una vez escuché a una buena amiga psicóloga comentar que entre las personas más adaptables a los cambios se encontraban los hijos de los diplomáticos, los hijos de militares, y también los hijos de pastores; “necesitas promoverles a tus hijos el cambio como algo bueno”, me dijo. Y, la verdad, el consejo me ha funcionado.
La itinerancia también me ha permitido enriquecer mi vida con la cultura de los lugares donde nos ha tocado estar. En cada congregación he encontrado personas valiosas que me han enseñado, desde cómo elaborar diversos platillos, hasta lugares dignos de conocer y disfrutar en esa zona. Mi horizonte cultural se ha ampliado gracias a estas valiosas relaciones.
He comprobado, reitero, que las personas y lugares cambian, pero el Señor que nos ha llamado es el mismo. Así que, en el fondo de pantalla de cada lugar de residencia siempre está la mano amorosa del Señor, que anima, guía, disciplina y sustenta.
Ser esposa de un ministro itinerante me ha permitido vivir la realidad de que lo mejor no es lo que dejo atrás, sino lo que está por delante, como dice el verso de Proverbios 4:25 en el epígrafe. Así que, si suelto lo que ya pasó, puedo tomar lo que viene a continuación. El pan rico de las bendiciones pasadas, con todo lo hermosas que puedan ser, se convierte en pan duro y frío si me aferro a ellas, en lugar de esperar por el pan calentito de las nuevas bendiciones que hay para mí en el lugar a donde voy.
Por ello, ahora que pasaré a ser “esposa de pastor jubilado”, saludo a la nueva normalidad que se aproxima, dando gracias por lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que viene por delante, que siempre será bueno, agradable y perfecto, conforme a la voluntad de Dios.
En este número del 15 de julio tenemos valiosas colaboraciones de tipo histórico y teológico, que invitamos a examinar y comentar en los espacios que tenemos para ustedes. Un saludo afectuoso este inicio de la segunda mitad de 2026.
Sinceramente,
María Elena Silva Olivares
Directora de El Evangelista Mexicano
