Aquí estoy, envíame a mí.

Aquí estoy, envíame a mí.

Mi experiencia como seminarista.

«Su voz lanzó el Señor: ¿A quién envio? Y dije: Aquí estoy, envíame a mí; y un día cuando el sol brillaba pleno, llegué a ese lugar lleno de fe…»

Este himno era uno de esos cantos que conocía de memoria. Durante mucho tiempo fue simplemente una melodía familiar, una de esas que terminas aprendiendo casi sin darte cuenta. Nunca imaginé que, años después, esas mismas palabras dejarían de ser solamente la letra de un himno para convertirse en mi propia oración cantada. Jamás pensé que Dios me permitiría responder esa misma pregunta: «¿A quién enviaré?». Y mucho menos imaginé que parte de esa respuesta comenzaría al cruzar las puertas del Seminario Juan Wesley.

Hoy, después de casi tres años de formación y a las puertas de iniciar mi último año, puedo decir que entrar al seminario ha sido una de las decisiones más importantes que he tomado. No porque el seminario haya cambiado quién es Dios para mí, sino porque, durante este tiempo, Dios ha cambiado profundamente quién soy yo. Entré pensando que iba a aprender a servir mejor a Dios. Hoy descubro que, antes de enseñarme a servir, Él quiso enseñarme a caminar con Él.

Cuando alguien me pregunta cómo es vivir en un seminario, normalmente espera que le hable de clases, tareas, exámenes o libros. Y sí, todo eso existe; pero si tuviera que resumir mi experiencia en una sola frase, diría esto: el seminario no ha sido únicamente un lugar donde aprendí acerca de Dios; ha sido el lugar donde Dios me ha formado mientras aprendía de Él.

He vivido momentos hermosos donde la presencia y el amor de Dios parecían palpables. Clases que terminaron convirtiéndose en motivos de adoración. Conceptos que, lejos de quedarse en un cuaderno, transformaron mi manera de ver a Cristo. Conversaciones que fortalecieron mi llamado. Profesores y compañeros que Dios puso en mi camino para recordarme que servirle sigue valiendo la pena. Pero también he vivido momentos difíciles, momentos en los que una materia confrontó todo lo que pensaba saber. Días en los que terminé agotado física y emocionalmente. Temporadas donde tuve que enfrentar preguntas que jamás me había atrevido a formular y en las que, por un instante, parecía que el suelo debajo de mis pies se movía.

Sé que a algunos les asusta escuchar eso. Existe la idea de que hacer preguntas demuestra poca fe. Sin embargo, mi experiencia ha sido completamente distinta. Cada duda me obligó a buscar más profundamente a Dios. Cada pregunta me llevó nuevamente a las Escrituras. Y cada crisis terminó convirtiéndose en una oportunidad para descubrir que mi fe no descansaba únicamente sobre emociones, sino sobre la fidelidad de un Dios que nunca cambia.

Con el paso del tiempo comprendí que a Dios no le molestan nuestras preguntas. Él sigue siendo Dios cuando entendemos muchas cosas y también cuando apenas alcanzamos a comprender una pequeña parte de su majestad y soberanía. La fe no se debilita por buscar respuestas; muchas veces se fortalece cuando descubrimos que Cristo permanece firme aun en medio de nuestras preguntas.

Por eso puedo decir con toda sinceridad que estudiar teología pesa. Pesa porque descubres la enorme responsabilidad que existe al enseñar la Palabra de Dios. Pesa porque entiendes que detrás de cada sermón, cada estudio bíblico y cada conversación pastoral hay personas que necesitan escuchar la verdad con fidelidad. Pesa porque comprender más acerca de Dios también implica vivir de una manera digna de ese conocimiento. Pesa porque por un momento te pones en los zapatos de Pedro y respondes: «Si Señor, tu sabes que te amo» y recibes la enorme tarea de apacentar sus ovejas.

Cuando ese amor se convierte en el motor de tus estudios, cada libro deja de ser una obligación para convertirse en una respuesta de gratitud. Cada clase se transforma en una oportunidad para conocer mejor a Aquel que decidió revelarse a nosotros. Cada tarea deja de ser simplemente una calificación y comienza a formar parte de un proceso mucho más grande: amar más a Cristo para servir mejor a su Iglesia.

Durante estos años también entendí algo que quisiera compartir con cualquiera que esté leyendo esto: Dios no dejó a su Iglesia sin herramientas. Así como nos regaló las Escrituras, también permitió que, a lo largo de los siglos, hombres y mujeres dedicaran su vida a estudiar, enseñar y defender la fe para que así, desde una clase de Escuela Dominical hasta una materia de Teología Sistemática un miércoles por la mañana, todo pueda convertirse en un instrumento que Dios use para equipar a sus hijos.

A veces pensamos que prepararnos demuestra poca dependencia del Espíritu Santo, como si estudiar y confiar en Dios fueran caminos opuestos. Mi experiencia ha sido exactamente la contraria. Cuanto más conozco a Dios, más consciente soy de cuánto lo necesito. Tal vez por eso una de las mayores bendiciones del seminario ha sido descubrir que estudiar nunca tuvo como propósito hacerme sentir más inteligente. Su propósito siempre ha sido aprender para amar mejor a Dios y servir mejor a la iglesia. 

Y aquí quisiera hablar de una idea que durante mucho tiempo escuché repetirse: «el seminario es para quienes serán pastores.» Claro que muchos llegamos con un llamado pastoral, pero las aulas también deberían estar llenas de maestros, evangelistas, misioneros, líderes de alabanza, plantadores de iglesias, consejeros y hombres y mujeres que simplemente desean servir con mayor fidelidad. Prepararse nunca ha sido un privilegio reservado para unos cuantos. Es una oportunidad para cualquiera que anhela responder con excelencia al llamado que Dios ha puesto en su vida.

El seminario no sólo me enseñó entre salones y libros. Gran parte de las lecciones que más marcaron mi vida ocurrieron fuera de clases: en una habitación compartida con otros jóvenes que también respondieron al llamado de Dios, en las iglesias que me abrieron sus puertas como si fueran mi hogar, en las correcciones que, aunque en el momento parecían duras, terminaron formando mi carácter, y en los kilómetros recorridos cada domingo para servir donde he tenido la bendición de ser asignado en estos años. Fue ahí donde comprendí que el seminario no sólo forma estudiantes. Forma siervos; Y esa ha sido, quizá, la lección más valiosa de todas.

Lo más interesante es que esa formación no termina cuando un maestro termina su clase. De hecho, podría decir que ahí apenas comienza.

Cada domingo, muy temprano, cada seminarista toma camino hacia la iglesia donde ha sido asignado. Mientras algunos predican, otros enseñan a niños. Mientras algunos dirigen la alabanza, otros discipulan, evangelizan, apoyan en consejería o sirven simplemente donde la iglesia los necesita. Es ahí donde los apuntes dejan de ser teoría y comienzan a convertirse en vidas transformadas.

Creo que una de las mayores bendiciones del Seminario Juan Wesley es que no nos prepara únicamente para conocer la Iglesia, sino para vivir en ella. Desde el primer día entendemos que el ministerio no ocurre solamente detrás de un púlpito. El ministerio sucede cuando acompañas a una familia en medio de una pérdida, cuando oras por un joven que está luchando con su fe, cuando enseñas a un grupo de adolescentes inquietos o cuando visitas a alguien que necesita recordar que Dios sigue siendo fiel y ves como Dios le responde a ambos, porque  tu mismo te preguntabas eso horas antes de platicar con esa persona.

Durante estos años he tenido el privilegio de servir en diferentes iglesias. Cada una tenía una personalidad distinta, necesidades diferentes y formas particulares de vivir su fe. Pero aún así, había algo que todas compartían: el profundo amor por Cristo y el enorme deseo de verlo transformar vidas. Con el paso del tiempo dejé de sentir que eran solamente iglesias donde estaba «asignado». Poco a poco comenzaron a sentirse como casa. Encontré pastores que me aconsejaron como a un hijo o hermano menor, hermanos que oraron por mí sin conocer toda mi historia y congregaciones que me permitieron crecer mientras aprendía a servirlas. Si hoy miro hacia atrás, puedo decir que no sólo fui enviado a esas iglesias para servirlas; ellas también fueron enviadas por Dios para formar mi corazón. Y es precisamente ahí donde comprendí mejor uno de los pasajes que más me han impactado de las Escrituras: Hechos 17.

Cuando Pablo llega a Atenas encuentra una ciudad llena de conocimiento, filosofía e ideas. No reacciona con miedo ni desprecio sino que observa, escucha, aprende. Conoce la cultura que tiene delante y desde ahí, anuncia a Cristo.

Siempre me ha impresionado que Pablo no improvisó su mensaje. Su profundo conocimiento de las Escrituras, de la cultura y de las personas le permitió presentar el evangelio con claridad sin cambiar el mensaje. El Dios que anunció en el Areópago era el mismo Dios que había predicado en las sinagogas. Lo único que cambió fue la manera de construir el puente hacia quienes necesitaban escucharlo. Pienso que esa sigue siendo una de las necesidades más grandes de la Iglesia de nuestros días.

Vivimos en una generación hiperconectada, hipercomunicada y saturada de información. Hoy cualquiera puede encontrar cientos de opiniones sobre la fe con sólo sacar un celular del pantalón. En medio de ese panorama, la Palabra de Dios sigue siendo la misma. No ha cambiado, no cambiará y continúa siendo suficiente. Sin embargo, nosotros sí vivimos en un contexto distinto. Los desafíos son diferentes y las preguntas también.

Por eso necesitamos creyentes que amen profundamente las Escrituras, pero que también sepan conversar con el mundo al que Dios los envía. Hombres y mujeres que conozcan la verdad para comunicarla con gracia, humildad y sabiduría. Prepararnos no significa hacer el evangelio más relevante. El evangelio ya es relevante. Prepararnos significa estar listos para compartir esa verdad con fidelidad dondequiera que Dios nos coloque. Y eso aplica para todos, no solamente para quienes ocupan un púlpito cada domingo:

Aplica para el maestro que discipula una generación de niños. Para el líder de alabanza que guía a la iglesia a exaltar a Cristo. Para el misionero que cruza países. Para el joven universitario que responde preguntas difíciles en un salón de clases. Para el profesionista que vive su fe en medio de un ambiente donde nadie más conoce a Jesús. Todos necesitamos seguir aprendiendo de Cristo para asi cumplir la mision que se nos ha encomendado.

Con todo esto, hay algo que guardaré para siempre en mi corazón, y no serán sólo las clases o los libros, serán las personas.

Los desvelos estudiando mientras alguien ponía música para que nadie se durmiera. Las conversaciones profundas que comenzaban hablando de una tarea y terminaban hablando del llamado de Dios y alguna que otra queja respecto a la humanidad de la iglesia y su imperfección. Las risas en el cuarto. Los regaños del “dire” Gabriel que agradezco porque moldearon mi carácter. Las oraciones espontáneas antes de un examen o antes de salir a predicar un domingo por la mañana.

Estoy convencido de que esos jóvenes que hoy llamo compañeros serán los mismos que, dentro de algunos años, levantarán mis manos cuando el ministerio se vuelva pesado. Y espero hacer lo mismo por ellos. Porque el seminario no sólo forma ministros: también forma una familia que aprende a caminar en la misión de Dios.

Cuando pienso en todo lo que ha significado esta etapa, no puedo evitar regresar al himno con el que comenzó esta historia. Aquellas palabras que escuché cantar durante tantos años dejaron de ser solamente una melodía para convertirse en una declaración personal.

No sé cuál sea el llamado específico que Dios ha puesto sobre tu vida. Tal vez te esté llamando al pastorado o las misiones, a la enseñanza, a la plantación de iglesias o simplemente a servir con mayor fidelidad en tu congregación local. Tampoco sé si el siguiente paso para ti sea un seminario. Lo que sí sé es que Dios continúa llamando personas dispuestas. Y cuando Él llama, también provee las herramientas necesarias para cumplir la misión.

Si desde hace tiempo hay un deseo en tu corazón por conocer más de Cristo, por amar mejor su Palabra y por servir con mayor fidelidad a su Iglesia, no tengas miedo de prepararte. Permite que Dios forme tu mente, pero sobre todo tu corazón porque, al final, el mayor aprendizaje que me dejó el seminario no fue un concepto teológico ni una fecha de la historia de la Iglesia. Fue descubrir que vale la pena responder al Señor con las mismas palabras que un día canté casi sin pensar y que hoy puedo decir con plena convicción:

«Aquí estoy, envíame a mí.”


Salvador González es escritor, seminarista, pastor y músico originario de Río Bravo, Tamaulipas. Colabora como escritor para YouVersion, es creador de los proyectos Faros de Gracia y Dios de Pasillos. En 2026 fue seleccionado como uno de los representantes de México para participar en el Encuentro Global de Líderes Jóvenes del Movimiento de Lausana. 

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