En nuestra vida diaria, usamos expresiones como “buen padre” y “padre bueno” como si fueran sinónimos. Sin embargo, al observarlas detenidamente —y a la luz de las Escrituras— descubrimos que encierran significados distintos, pero profundamente complementarios. En ellas se refleja no sólo una función humana, sino también una dimensión espiritual que nos invita a imitar el carácter de nuestro Padre celestial.
Un buen padre, en términos humanos, es aquel que cumple con sus responsabilidades: trabaja, provee, disciplina con amor, orienta a sus hijos y los guía en el camino correcto. Este rol está reflejado en pasajes como Proverbios 22:6, que nos exhorta a “Instruir al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. Ser un buen padre, entonces, implica obediencia, compromiso y fidelidad en la tarea que Dios ha encomendado.
Pero ser un padre bueno va aún más allá. Implica reflejar la bondad y la gracia del Dios al que servimos. La Palabra nos dice que Dios es “bueno para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras” (Salmo 145:9). Un padre bueno es paciente, compasivo, cercano y dispuesto a perdonar. Es aquel que, como enseña Colosenses 3:21, no exaspera a sus hijos, para que no se desanimen, sino que los levanta en amor y verdad.
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