Boletín de oración de la Unión Nacional de Traductores Indígenas, A.C.
Estimados hermanos, les invitamos a conocer y participar en los motivos de oración de esta organización que, entre otras cosas, se encarga de traducir las Escrituras la las lenguas indígenas en nuestro país.
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Zaqueo entiende que Cristo es un modelo digno de ser imitado. Sabe que después de ese encuentro con el Maestro no puede seguir viviendo de la misma forma.
Jacqueline Alencar (adaptación)
Comparto una breve reflexión y lectura de la palabra basada en Lucas 19. Con el título: ‘Un recaudador de impuestos encuentra una mina de oro’, nos acerca a la impactante historia de Zaqueo, aquel jefe de los recaudadores de impuestos de toda la zona de Jericó, quien seguro tenía una gran cantidad de subordinados bajo su mando, y era respetado por el temor que generaba; tenía gran poder adquisitivo que aumentaba gracias a las prácticas fraudulentas ejercidas con total impunidad y gracias al cargo que ostentaba.
Zaqueo y otros cobraban impuestos para Roma, por ello, los publicanos no gozaban de una buena reputación ante el pueblo judío, evidentemente. Pero en esta historia Jesús, una vez más, trastoca todos nuestros patrones humanos.
Quizá alguno de nosotros no le hubiera dado una oportunidad; jamás lo habríamos invitado a nuestra casa o caminado con él por las calles de nuestra ciudad para no dañar nuestra reputación. Y si alguien nos pidiera referencias suyas, habríamos dado las peores, sin compasión. Ni siquiera por las ascuas sobre su cabeza.
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Autoridad: Jesucristo, la Escritura, el Espíritu Santo
Jesucristo se presenta deliberadamente como el Maestro autoritativo: “Oísteis que fue dicho a los antiguos […]. Pero yo os digo”.
Martyn Lloyd-Jones
La autoridad de Jesucristo: el testimonio de los Evangelios
Permítaseme recordar brevemente el alegato que se presenta en el Nuevo Testamento en defensa de esta gran aseveración de la autoridad definitiva y suprema del Señor Jesucristo. Es interesante advertir cómo el Nuevo Testamento asevera ese hecho al comienzo de todas sus afirmaciones. Lo hace en el mismísimo comienzo de los Evangelios. Pensemos en Mateo 1:23. Esto sucederá —se nos dice— a fin de que se verifique la siguiente afirmación: “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros”. Ahí lo tenemos, al comienzo, justo en la mismísima introducción del Evangelio.
De la misma forma, el ángel que se apareció a María y le anunció esto hace la siguiente afirmación extraordinaria con respecto a este ser “santo”, a este niño que habría de nacerle: “Y su reino no tendrá fin”, el Señor eterno y universal. Luego, recordemos que el ángel que habló a los pastores dijo: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”. Ahora bien, esa clase de afirmación se hace al mismísimo comienzo. ¡Qué trágica es la frecuencia con que, debido a nuestra gran familiaridad con las Escrituras, pasamos por alto cosas como esta! Los Evangelios se escribieron con un propósito muy claro y deliberado en mente. No fueron unos simples testimonios escritos, una mera recopilación de hechos. No, no cabe la menor duda de que tenían la intención de presentar las cosas desde un punto de vista concreto. Todos ellos presentan al Señor Jesucristo como el Señor, como esta Autoridad última.
El mensaje de Juan el Bautista fue esencialmente el mismo. Ahí lo tenemos solo, tras haber predicado y bautizado al pueblo en el Jordán, cuando oye las murmuraciones de la multitud. Hablan entre ellos y dicen: “Sin duda, este ha de ser el Cristo. Nunca hemos oído una predicación como esta. Cuando vemos su rostro, ¿acaso no se percibe su autoridad? Este tiene que ser el Mesías que esperábamos”. Pero Juan se dirige a ellos burlándose y dice: “No soy el Cristo”. “Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en su mano, y limpiará su era, y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará” (Lucas 3:16-17). ¡Observa la aseveración! “Yo no soy el Cristo, no soy quien posee la autoridad. Preparo el camino; soy el precursor, el heraldo. Él es la autoridad y está aún por venir”. Nuevamente, toda la idea gira en torno a aseverar la autoridad de Nuestro Señor. ¡Con cuánto cuidado estos Evangelios hacen esa afirmación una y otra vez!
Boletín de Oración de la Unión Nacional de Traductores Indígenas, A.C.
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Nuestra forma de leer la Biblia viene condicionada por nuestra cultura y nuestro estilo de vida, lo que impide que nos demos cuenta de muchas cuestiones que tratan del reinado de Dios y la atención a los pobres. Soares Prabhu ha llegado a decir que: “La exégesis occidental, que forma parte de la inmensa producción ideológica de una sociedad opulenta e intensamente consumista basada en principios diametralmente opuestos a los de Jesús, […] Ha intentado sistemáticamente espiritualizar la comprensión evangélica de pobre…”.[1] Para ilustrar esta idea, quisiera rescatar una brevísima reflexión que me publicaron en la web de Los sermones de Gotinga y que trata sobre la parábola del rico y Lázaro.[2]
La parábola del rico y Lázaro no está diseñada para defender la existencia del infierno como un lugar físico. Quienes centran aquí su atención en hacer una apología del infierno, solo desfigurarán el contenido del mensaje. En teología se utiliza un dicho que nos llama precisamente a esta cautela: theologia parabolica non est argumentativa. Aquí simplemente tenemos a Jesús utilizando una retórica y un imaginario bien conocido en el judaísmo tardío que le tocó vivir y, desde ahí, va a configurar una narración que apunta al verdadero corazón de su enseñanza.[3] Como recurso pedagógico, las parábolas de Jesús siempre toman elementos conocidos y propios de su entorno, en este caso el recurso que hace distinción entre “el seno de Abraham” y el “Abismo-Hades”.
¿Entonces qué nos quiere enseñar Jesús con esta parábola? Primero nos presenta el desequilibrio que impera en el mundo, donde hay personas muy ricas y otras que son muy pobres. El evangelio de Lucas hace muchísimo hincapié en el asunto de la pobreza y la riqueza.[4] El reino de Dios, de justicia, paz y gozo (Ro 14,17) no aprueba la injusticia del desequilibrio. El rico de la parábola que vivía con ostentación (v.19) tenía la realidad misma de la pobreza muy cerca, justamente en la puerta de su casa (v.20).
Creo en Dios Todopoderoso,
quien guió a su pueblo en el exilio y en el éxodo,
el Dios de José en Egipto y de Daniel en Babilonia,
el Dios de los extranjeros e inmigrantes.
Creo en Jesús Cristo un desplazado de Galilea, quien nació lejos de su gente de su casa, quien tuvo que huir del país con sus padres cuando su vida estuvo en peligro, y quien al volver a su propio país tuvo que sufrir la opresión del tirano Poncio Pilato, el sirviente de un potencia extranjera. Fue perseguido, golpeado, torturado, y finalmente acusado y condenado a muerte injustamente. Pero que en el tercer día, este Jesús rechazado resucitó de la muerte, no como un extranjero sino para ofrecernos la ciudadanía celestial.
Creo en el Espíritu Santo, el inmigrante eterno del Reino de Dios entre nosotros/as, quien habla todos los idiomas, vive en todos los países y une a todas la razas.
La sorprendente estructura de los Diez mandamientos
Los diez mandamientos curiosamente empiezan y terminan en el mismo lugar: amar a Dios y al prójimo desde el corazón.
Andrés Messmer
Introducción Muchos ya conocemos los Diez mandamientos de Éxodo 20 y Deuteronomio 5, pero por si acaso, aquí los tienen en forma resumida:
No tener dioses ajenos
No hacer imágenes
No tomar el nombre de Dios en vano
Guardar el sábado
Honrar a tus padres
No matarás
No cometerás adulterio
No hurtarás
No mentirás
No codiciarás
Hasta aquí, todo bien, pero surge la pregunta: ¿por qué están estructurados así, y cuál es su lógica? Aunque los Diez mandamientos juegan un papel central en la catequesis cristiana, muchos no profundizan más que observar que algunos mandamientos hablan de nuestra relación con Dios (normalmente los 1–4), mientras que otros hablan de nuestra relación con los hombres (normalmente los 5–10). En este artículo, me gustaría profundizar en la estructura y lógica de los Diez mandamientos. (Como comentario parentético, permítanme reconocer mi deuda con la comunidad judía al respecto, y sobre todo a los sefardí de la Edad media).
La estructura de los Diez mandamientos Cuando consideramos la estructura de los Diez mandamientos, el tema más importante es cómo los podemos dividir para que nos ayude a entenderlos mejor. Los cristianos solemos dividirlos en dos grupos, con los primeros tres o cuatro hablando de nuestra relación con Dios, y los últimos seis o siete de nuestra relación con los hombres. Sin embargo, me gustaría sugerir que hay otra manera —quizá mejor— de dividirlos: en dos grupos de cinco mandamientos que hablan de nuestra relación con Dios y nuestras autoridades y los otros cinco de nuestra relación con nuestros iguales.