Salmo 91 en Tiempos del Coronavirus

El salmo 91 en tiempos del coronavirus

Juan Ramón Junqueras Vitas

Es curioso el apego que le tenemos los creyentes cristianos y judíos al Salmo 91. Ha sido invocado en el pasado por millones de fieles, lo es ahora y seguirá siéndolo en el futuro, sobre todo en momentos de angustia, miedo a lo que está por venir, y aflicción. Hasta a aquellos que no consultan su Biblia, o a los que ni siquiera la tienen, les sonará su comienzo:

“El que habita al abrigo del Altísimo se acoge a la sombra del Todopoderoso. Yo le digo al Señor: «Tú eres mi refugio, mi fortaleza, el Dios en quien confío»”.

Salmo 91:1-2

Ha sido utilizado en novelas, series de televisión y películas. Muchos soldados lo han rezado antes de salir a la batalla. Infinidad de enfermos lo han invocado buscando curación. Por supuesto, también desde los estrados de iglesias y sinagogas se ha oído, a veces con estrépito. Mi madre nos lo leía en el coche antes de salir de viaje, con voz suave pero repleta de confianza y de fe. Era uno de sus favoritos.

Todos los seres humanos, incluidos los creyentes, necesitamos sentirnos seguros, protegidos. Esta sensación aparece en el segundo lugar de la pirámide de necesidades humanas de Maslow. Según él, solo las prioridades fisiológicas —respirar, comer, etcétera— son más básicas que el sentimiento de seguridad. Orar con el Salmo 91, efectivamente, puede proporcionarlo.

Sin embargo, ¿qué ocurre cuando, después de invocar la protección de Dios con este salmo, el soldado muere, el enfermo expira su último aliento pronunciando sus palabras, o el coche se estrella? ¿En las manos de quién confiaron sus vidas? ¿Falló de nuevo el sortilegio, como tantas veces parece fallar? Da miedo hasta siquiera plantear esta última pregunta.

Hubo un tiempo durante el que yo también creí que este salmo era un ensalmo. Suenan parecido, pero no son lo mismo. Ni mucho menos. Más tarde descubrí su versículo 15 —a veces corremos el riesgo de entusiasmarnos tanto que no seguimos leyendo hasta el final—. Es Dios quien habla: “Él me invocará, y yo le responderé. Estaré con él en los momentos de angustia”. Y uno, cuando lee este par de frases, tiene derecho a plantearse esta pregunta: ¿cómo puede alguien pasar por momentos de angustia, si sabe que Dios desvía las flechas (v. 5), la enfermedad no puede dañarlo (v. 6), o ningún mal ha de sobrevenirle ni a él ni a su hogar (v. 10)?

Los seres humanos necesitamos seguridad. El problema es que, a veces, colocamos nuestras expectativas en seguridades que se ven defraudadas con mucha facilidad. La vida demuestra que lo normal es que, si es lanzada contra ti con puntería, la flecha te atraviese y te mate (v. 5); que, si contraes una enfermedad mortal, mueras (v. 6); que tú y tu hogar estáis expuestos a males parecidos a los de los demás (v. 10). Sin embargo, la vida del creyente demuestra también que, cuando invoca a Dios, lo siente con él en los momentos de angustia, y es capaz de captar su presencia de una forma misteriosa (v. 15).

No digo que no se tenga derecho a esperar que la flecha se desvíe, que la enfermedad desaparezca, o que el mal pase de largo. La esperanza es lo último que se pierde, o al menos lo último que uno debería perder. Se han producido finales sorprendentes a lo largo de toda la historia, conclusiones extraordinarias donde sólo se esperaba dolor y muerte. Y tenemos derecho a esperarlos con humildad sabiendo, de todas formas, que el mayor milagro no se encuentra en eso. He conocido a personas curadas de enfermedades atroces, para seguir siendo infelices y malgastar el resto de su vida haciendo lo mismo que los llevó a la cama del hospital; a conductores borrachos que se salvaron de un accidente mortal, y siguen bebiendo y condenando a sus familias a un sufrimiento permanente; a ricos que, a punto de perderlo todo, fueron capaces de rehacer su fortuna, para seguir explotando a quienes trabajan con ellos. ¿No les falta algo a los presuntos milagros que disfrutaron?

Lo que digo, esto sí, es que hay una expectativa que jamás se verá defraudada, una oración que siempre será respondida: “Él me invocará, y yo le responderé. Estaré con él en los momentos de angustia”. Este es el mayor milagro de todos. Y no es que solo tengamos derecho a esperarlo. Es que sabemos con absoluta certeza que se producirá. Esta presencia misteriosa, invocada desde el vacío existencial y la angustia humana, es capaz de producir cambios para la felicidad propia y ajena: el enfermo puede contagiar su nueva alegría a quienes lo visitan; el borracho puede dejar de beber y abrirse un futuro nuevo; el rico puede compartir su fortuna y convertirse en una nueva criatura. Todo es nuevo —milagroso— cuando Dios es invocado en momentos de angustia. Y esta novedad milagrosa nos abrirá a la mejor promesa que nuestro Padre del Cielo puede hacerle a un ser humano: “Y le haré gozar de mi salvación” (v. 16).

Así acaba el Salmo 91. Es como si lo mejor se lo hubiese guardado para el final. Es el Salmo 91 en tiempos del coronavirus…