Comunicado del obispo de la Conferencia Anual de México
Dr. Moisés Morales Granados
Ciudad de México, a 28 de agosto de 2019.
A LAS AUTORIDADES CIVILES Y A LA OPINIÓN PÚBLICA, La Iglesia Metodista de México, perteneciente a la tradición cristiana y con presencia en nuestro país desde hace 146 años, tiene como principio básico la búsqueda de la paz con justicia. Sin el desarrollo justo y pacífico del ser humano y los ecosistemas resulta imposible la vida plena, objetivo común para la mayoría de todos los credos e ideologías.
Vemos con preocupación la degradación del tejido social en nuestro país traducido en constantes actos de criminales, los cuales, muchas veces y de manera trágica, terminan con la muerte violente de hombres, mujeres, jóvenes e infantes.
En días pasados se dio a conocer el asesinato del Pastor de la Iglesia Fraternidad Cristiana, Alfrery Cruz Canseco, en plena reunión con sus congregación en Tlalixtac de Cabrera, Oaxaca. Si bien el presunto asesino ya se encuentra bajo custodia de las autoridades, el móvil del crimen se desconoce.
La justificación es un acto, la santificación es un proceso.
Tomás Gómez Bueno
La salvación es todo lo que el Señor hace por nosotros cuando vamos ante su presencia y reconocemos que somos pecadores y necesitamos aceptarle para gozar de su comunión plena. La salvación implica la liberación del pecado, de la muerte eterna, además de la culpa sicológica que deriva de quebrantar los mandamientos divinos.
Ser salvo es ser una nueva criatura, es iniciar una nueva vida en la que reconocemos a Jesús como nuestro Señor. Se trata de un hecho recordable que se produce en un tiempo concreto en la vida de cada creyente. El impacto y realidad de la salvación es lo que nos da conciencia de que estábamos perdidos, de que estábamos alejados de Dios y de sus promesas; sin embargo, ya salvos somos reconciliados con Él y reconocidos como sus hijos con pleno derecho a todas sus bendiciones y promesas.
El creyente recibe el testimonio de la salvación a través del Espíritu Santo que mora en su vida. Este mismo Espíritu es el que motiva ese gozo inefable que acompaña a cada cristiano. Existe la plena certeza en el cristiano que los males de este mundo serán un día erradicados; incluso, los tormentos de la vida personal se sufren en la esperanza de que pronto serán felizmente superados.
Para aspirar a tener una ciudadanía crítica, la educación ha de poder librarse de las disfunciones de sesgo marcadamente ideológico.
Xavier Pericay
A Marta Martín
Resulta hasta cierto punto natural tomar a Francia como arranque de este artículo. Una palabra como ciudadanía remite inevitablemente a ella. Y luego está Jules Ferry, aquel ministro de Instrucción Pública de la Tercera República que allá por 1880, año más, año menos, empezó a poner los cimientos de la educación gratuita y obligatoria, esa de la que todavía gozamos en los países económicamente desarrollados. No lo tuvo fácil, Ferry. Hasta entonces, y a pesar de algunos vaivenes en tiempos revolucionarios y posrevolucionarios, la instrucción –que así es como se llamaba lo que luego se conoció como enseñanza y luego aún como educación– había estado en manos de la Iglesia y sus beneficiarios. Ferry, pues, le dio carácter universal mediante la gratuidad y la obligatoriedad, a las que unió, last but not least, la laicidad.
Un carácter universal cuya plasmación más límpida acaso sea la famosa circular que el político republicano dirigió a los maestros en noviembre de 1883, al abandonar el Ministerio de Instrucción Pública para hacerse cargo del de Asuntos Exteriores. En ella, tras aludir a las ventajas que, a su juicio, iba a reportar en el futuro el que la enseñanza de una forma cualquiera de dogma particular hubiera sido excluida del programa obligatorio y sustituida por una enseñanza moral y cívica –en otras palabras, que el ámbito de las creencias, libres y personales, estuviera por fin separado del de los conocimientos, comunes e imprescindibles–, Ferry recurría a un ejemplo para que ningún maestro se llamara a engaño respecto a la naturaleza de esa nueva enseñanza:
Si en alguna ocasión no supiera hasta dónde le está permitido llegar en su enseñanza moral, he aquí una regla práctica a la que puede ceñirse. Al proponer a los alumnos un precepto, una máxima cualquiera, pregúntese si conoce un solo hombre honesto al que pueda ofender lo que va a decir. Pregúntese si un padre de familia, uno solo, insisto, presente en su clase y a la escucha, podría negar su asentimiento a lo que le oiría decir. Si es así, absténgase de decirlo; de lo contrario, hable sin tapujos: porque lo que le va a comunicar al niño no es su propia sabiduría; es la sabiduría del género humano, es una de esas ideas de orden universal que varios siglos de civilización han incorporado al patrimonio de la humanidad.
“Y este es el amor, que andemos según sus mandamientos. Este es el mandamiento: que andéis en amor, como vosotros habéis oído desde el principio”.
2 Jn. 1:6
Si yo fuera un creyente que perteneciera al grupo LGTB [1] (no lo soy y lo menciono solo para posicionamiento y no a manera de discriminación) y quisiera buscar consejo en las Escrituras para poder llevar mi relación de una manera que agrade a Dios, con sentimientos y compromisos reales con una persona de mi propio sexo, de entrada encuentro un problema: ¡Tristemente no encuentro consejo de parte de Dios ni instrucciones al respecto!
Y pensaría tal vez, ¿en dónde quedo yo? ¿En dónde está el consejo para mi relación? ¿Cómo mejoro de manera escritural mi relación homosexual?
Ya son varios años en los cuales la inclusión o exclusión en la vida activa de los grupos LGTB son agenda de discusión en nuestras denominaciones. Tenemos biblistas e intérpretes a favor o en contra de la traducción e interpretación correcta de los diferentes pasajes alusivos al tema pero POCO o NADA se ha dicho de la AUSENCIA de instrucciones escriturales acerca del comportamiento de estos grupos dentro de la iglesia o de la manera de relacionarse y mejorar una relación como ésta.
Cualquier acto que busque la justicia debida para agradar a Dios debe estar asociado al bienestar de las personas en última instancia.
Noa Alarcón Melchor
Algunos que buscaban un motivo para acusar a Jesús no le quitaban la vista de encima para ver si sanaba al enfermo en sábado.
Marcos 3:2
El que sigue la justicia y la misericordia, hallará la vida, la justicia y la honra.
Proverbios 21:21
Resulta muy sorprendente la disparidad de traducciones que existen para un proverbio tan aparentemente sencillo. Aparentemente, claro está. La estructura sintáctica de Proverbios 21:21 no es complicada. Podría valer como ejercicio para estudiantes de hebreo básico. La frase está dividida en dos predicados bajo un único sujeto; los verbos están en la forma activa, o qal, que sugiere que el sujeto (“aquel que…”) es el que actúa; es decir: no se encuentra con ello, sino que lo provoca. Después pasamos a los objetos en sí, aquello que se persigue y que se encuentra, que son conceptos abstractos y no sustantivos concretos. Es decir, el sujeto de este proverbio no está buscando manzanas u ovejas, sino principios que son inasibles materialmente, pero que existen en un plano que todos compartimos. Está el concepto de misericordia, que otras versiones traducen también por amor, porque la misericordia hebrea es la compasión que experimenta el que ama; está la vida como ese soplo que provoca la existencia, un concepto muy abstracto en el imaginario hebreo. La vida hebrea no tiene exactamente el mismo significado que ahora en castellano, pero sí se tocan en algunos puntos. Para los hebreos, la vida es el bien máximo al que aspirar, abundancia, plenitud, conciencia de la propia existencia como el mejor de los regalos, algo que proviene de Dios y que no se puede recibir de nadie más. También se habla de la honra. Literalmente, en hebreo honra está emparentado con peso. La honra pesa, pero no en un sentido negativo de carga, sino en el sentido, por ejemplo, de una piedra preciosa: cuanto mayor es su peso, mayor es su valor.
Por si este breve repaso lingüístico no fuera ya hermoso, nos encontramos con que dentro de este proverbio hay escondido un principio irreducible: el que busca justicia, encuentra justicia. También encuentra otras cosas, pero la justicia, si se busca (deja claro) se encuentra; pero no de una manera pasiva, porque en ese caso utilizaría otra forma verbal. No: la justicia se busca activamente, y se encuentra activamente. Es causa y consecuencia. Repite dos veces esa justicia en el original, aunque algunas traducciones al castellano hayan preferido traducir la segunda ocasión como prosperidad. No es mala traducción, pero hay que explicarla.
Dios está en movimiento: un llamado a ser la Iglesia de una manera nueva
Declaración del Concilio Mundial Metodista en su consulta sobre la Diáspora e Iglesias Migrantes
“Es nuestra oración que este documento inspira iglesias locales a participar en el ministerio de la migración en un nuevo camino para que podamos vivir más plenamente en el reino de la justicia y la paz de Dios”.
Creemos que, en este momento particular, Dios nos está llamando a ser la iglesia de una manera nueva. En el espíritu de Pentecostés, iglesias de la tradición metodista se reunieron recientemente fuera de Londres. Fuimos llamados en conjunto por el Consejo Metodista Mundial (WMC, por sus siglas en inglés) para explorar las preocupaciones entre las iglesias que se estaban formando los migrantes en sus nuevas tierras y las preocupaciones de las iglesias de larga data en los países de acogida. En esencia, nos llamaron para explorar lo que John Wesley en realidad quería decir cuando dijo: “El mundo es mi parroquia”. Juntos, este grupo poco probable de personas de la familia metodista global con diferentes roles de diferentes países llegó a estar abierto a la circulación de El espíritu santo. Lloramos juntos, reímos juntos, y escuchábamos juntos para nuestras historias de la migración.
Pronto nos dimos cuenta que todos teníamos historias de migración. Y nos dimos cuenta de que todos teníamos historias de ministerio con los inmigrantes. Afirmamos que la migración es difícil, pero que la migración también trae nuevas ideas, posibilidades y oportunidades, para inmigrantes y de acogida por igual. El dolor y el sufrimiento y la pérdida que todo el mundo siente por la migración, también puede convertirse en la curación y la esperanza e incluso alegría. En nuestro tiempo juntos, nos dimos cuenta de que todo el mundo, incluso si nunca hemos dejado nuestro país de nacimiento, tiene un anhelo para el hogar – el lugar que fuimos, el lugar en el que estamos ahora, o un nuevo lugar seguro.
Nos dimos cuenta de que las historias que estaban diciendo eran historias de transformación por el Espíritu Santo.
“Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios”.
Colosenses 1:9-10
Nuestras Conferencias Anuales han clausurado sus periodos de sesiones correspondientes a 2019. Al momento de cerrar esta edición, se habrán celebrado las asambleas de la CAM, CANCEN, CASE, CAO, CAS y CANO. En todas ellas se habrán evaluado los programas de trabajo y planteado los lineamientos para el año conferencial 2019-2020. Se habrá escuchado, argumentado, debatido y aprobado lo que habremos de enseñar y predicar en los siguientes meses, asignando obreros pastorales en las más de 500 congregaciones de la Iglesia Metodista de México en todo el territorio nacional. Bajo la conducción del Espíritu Santo y la convicción de ser un instrumento del Señor para Reformar a nuestro amado México, nos hemos comprometido con predicar el Evangelio del Reino en toda la Nación.
Uno de los temas que se tocó permanentemente fue el arrepentimiento como base de la santificación. El énfasis en el arrepentimiento supone la humildad para reconocer que no hemos actuado de manera pertinente ni eficaz en algunos aspectos, desde lo espiritual hasta lo administrativo. Algunas veces, anquilosamiento de estructuras administrativas que no coadyuvan a la misión de la iglesia, y otras, descuido en nuestra vida devocional como iglesia, nos han debilitado. Por ello, aunque el camino a la santificación verdadera comienza con el arrepentimiento, sigue quedando pendiente la reconciliación y la restauración, como asuntos medulares en los que debemos restituir a quien hemos dañado y debemos hacer lo que debíamos o hemos dejado de hacer.
Cometemos un craso error cuando en nuestro deseo de combatir la falta de conocimiento bíblico, convertimos el conocimiento en un fin y no en un medio.
José Daniel Espinosa Contreras
El título de este artículo, a priori, puede ser confuso. ¿Cómo el conocimiento teológico podría ser peligroso? ¿No sé supone más bien que este conocimiento es beneficioso e imprescindible? ¿No reside el verdadero peligro en la falta de este conocimiento teológico en las iglesias? Ciertamente, la falta de conocimiento bíblico y teológico es uno de los grandes males que afecta a muchas iglesias cristianas, dando lugar a toda clase de herejías, sectas y prácticas vergonzosas. En otro contexto, el profeta Oseas escribió: «Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento» (Oseas 4,6). El conocimiento es indispensable. El apóstol Pablo oraba por sus hermanos en Colosas para que fuesen: «Llenos del conocimiento de su voluntad» (Colosenses 1,9). Pero tal conocimiento no es un fin en sí mismo, sino que es un medio que persigue un fin mayor: la transformación integral de nuestras vidas a la imagen de Jesucristo, de modo que nos convirtamos en verdaderos adoradores del Dios verdadero. De modo que cometemos un craso error cuando en nuestro deseo de combatir la falta de conocimiento bíblico, convertimos el conocimiento en un fin y no en un medio. Y sí, este es un peligro real que amenaza a la Iglesia en Occidente.
Sabemos que el conocimiento teológico se ha convertido en un fin cuando los Seminarios Bíblicos y Facultades Teológicas pierden su dimensión práctica y se enfocan únicamente en el conocimiento; cuando se evalúa el conocimiento del estudiante, pero no su carácter o vida devocional; cuando el estudio de la Palabra de Dios te lleva a hincar los codos, pero no a hincar las rodillas en actitud de adoración; cuando las iglesias miden el grado de madurez de sus miembros por su conocimiento de los conceptos teológicos de la Sagrada Escritura y no tanto por su piedad o poder espiritual, cuando nos es fácil aprender teología, pero nos resulta complicado vivirla.
Debería resultarnos aleccionador el hecho de que los mayores conocedores del Texto Sagrado en tiempos de Jesucristo –fariseos, escribas y doctores de la Ley–, fuesen los que recibiesen las críticas más duras por parte de Jesús (Mateo 23,13-33). ¿De qué les sirvió su conocimiento? Sus vidas giraban en torno al estudio e interpretación de la Ley, pero sus vidas no habían sido afectadas por la misma. Y algo anda mal, muy mal, cuando puedes pasar horas de estudio alrededor del texto bíblico, pero su mensaje no te conmueve de manera personal y auténtica a cada momento.