EDITORIAL

La reconciliación que nos hace falta

“Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios”.

Colosenses 1:9-10

Nuestras Conferencias Anuales han clausurado sus periodos de sesiones correspondientes a 2019. Al momento de cerrar esta edición, se habrán celebrado las asambleas de la CAM, CANCEN, CASE, CAO, CAS y CANO. En todas ellas se habrán evaluado los programas de trabajo y planteado los lineamientos para el año conferencial 2019-2020. Se habrá escuchado, argumentado, debatido y aprobado lo que habremos de enseñar y predicar en los siguientes meses, asignando obreros pastorales en las más de 500 congregaciones de la Iglesia Metodista de México en todo el territorio nacional. Bajo la conducción del Espíritu Santo y la convicción de ser un instrumento del Señor para Reformar a nuestro amado México, nos hemos comprometido con predicar el Evangelio del Reino en toda la Nación.

Uno de los temas que se tocó permanentemente fue el arrepentimiento como base de la santificación. El énfasis en el arrepentimiento supone la humildad para reconocer que no hemos actuado de manera pertinente ni eficaz en algunos aspectos, desde lo espiritual hasta lo administrativo. Algunas veces, anquilosamiento de estructuras administrativas que no coadyuvan a la misión de la iglesia, y otras, descuido en nuestra vida devocional como iglesia, nos han debilitado. Por ello, aunque el camino a la santificación verdadera comienza con el arrepentimiento, sigue quedando pendiente la reconciliación y la restauración, como asuntos medulares en los que debemos restituir a quien hemos dañado y debemos hacer lo que debíamos o hemos dejado de hacer.

En la redacción de El Evangelista Mexicano, constantemente recibimos opiniones que recogen una genuina preocupación por la mala imagen de algunos de nuestros pastores, su falta de preparación, su negligencia administrativa o lo inmoral de sus actos. Estas opiniones generalmente proceden de hermanos laicos. Y por otro lado, también con mucha frecuencia, escuchamos a los pastores que se quejan del poco compromiso de los no-clérigos. Y aunque unos y otros tuviesen cierto grado de razón, todos somos partes del mismo Cuerpo. No podemos seguir así, debemos ser humildes, volver a nuestro primer amor, orar y buscar el rostro de Dios y convertirnos de nuestros malos caminos: este es el principio para la sanidad de nuestra tierra. Esto aplica para toda nuestra tierra: nuestro entorno inmediato, nuestra familia, nuestra iglesia, nuestra comunidad, nuestro país.

No dejemos que nuestra irresponsabilidad y nuestra negligencia nos acabe, ni reaccionemos como el hijo mayor en la parábola que no estaba dispuesto a abrazar a su hermano cuando regresó. A veces no actuamos como el hijo pródigo, sino como el hijo envidioso. La Iglesia, está llamada a hacer el trabajo del padre que ama a todos sus hijos. Allí comienza la reconciliación, con la restauración del daño causado y la decisión de rectificar el camino: en lo espiritual, en lo organizacional y en lo administrativo.

Para ello se necesita espíritu, voluntad y conocimiento en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para andar como es digno del Señor. Porque Él no nos dio espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Y algo anda mal cuando podemos hasta presumir de nuestro “conocimiento” y erudición intelectual, pero el mensaje de Jesús no te conmueve de manera personal y auténtica a cada momento. En resumen, es imposible crecer en la vida cristiana sin un verdadero conocimiento que debe reflejarse en el carácter del individuo y abundar en frutos en toda buena obra, porque “somos hechura suya creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Él preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. El conocimiento teológico, cuando no transforma el carácter de la persona que lo posee, no sirve en absoluto sino para endurecer el corazón del individuo.

El metodismo en México está comprometido con esta visión. Por eso, en esta edición también hacemos un reconocimiento a las generaciones de egresados de las escuelas metodistas que son un testimonio a la sociedad del evangelio del Reino.

Estemos atentos a la voz del Señor que habla a través de muchas fuentes, pero fundamentalmente a través de la Escritura, pero también a través de la fe, la razón, la experiencia, la tradición histórica y de su creación. Seamos sensibles a las necesidades de nuestras regiones, en cada Conferencia Anual se han planteado ya. Seamos humildes y reconozcamos nuestra soberbia e ignorancia. Y pongamos manos a la obra: la restauración y la reconciliación son procesos que requieren trabajo, paciencia, fe, mansedumbre, templanza y dominio propio.

Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos y los que tienen hambre y sed de justicia, pero también los misericordiosos, los pacificadores, los de limpio corazón y los que sufren persecución por causa de Su Nombre. Seamos inteligentes espirituales y llevemos fruto en toda buena obra, creciendo en el conocimiento de Dios.