Podemos contrastar el “cómo fue hecho al principio” con cómo fueron las cosas tras la caída, hallando que la mujer siempre ha sido considerada inferior al hombre.
Angel Bea
En relación con el tema que encabeza el título de este artículo, cada vez que me han preguntado si yo estoy de acuerdo con que una mujer sea “pastora” siempre he contestado lo mismo: “No. No estoy de acuerdo”. A esa respuesta casi siempre le sigue otra pregunta: “¿Por qué?”. “Pues por la misma razón por la que no estoy de acuerdo con que un hombre sea el pastor de una iglesia”.
A continuación, siempre tengo que explicar que el modelo de gobierno moderno (entre otras modalidades) que establece que “un pastor” debe ser el líder máximo para gobernar la iglesia, no nos parece que sea el bíblico. Basta leer el libro de Hechos y las llamadas “epístolas pastorales” para ver que eso no era así. (Hch.14.23; 20.17,28; 1ªTi.3.1-7; Tito 1.1-9).
Por tanto, aquellos hombres denominados “pastores” que ejercen su ministerio fuera del orden que marca la Escritura, pero se permiten criticar e invalidar el ministerio pastoral de la mujer en la iglesia, deberían juzgarse a sí mismos primero y ajustar su situación a la luz de la Palabra. De otra forma su juicio carecería de valor alguno.
En mis años en el ministerio me han hecho comentarios como “¿Y dónde está el pastor principal?”, “¿A poco eres tú?”, “Pastora, la gente dejó de venir porque… pues, no quieren a una pastora; es que, la verdad, no esperábamos a una mujer como nuestra líder”, “¿Ya te diste cuenta que eres mujer?”, “¡N’ombre! En cuanto te cases o tengas hijos vas a dejar el ministerio, por eso las autoridades no les apuestan mucho a las mujeres”. Incluso escuché que, hace muchos años, a una pastora le preguntaron si no le era incomodo impartir la Santa Cena en su período (¿O sea?). Y la lista continúa.
Mi comentario no es para hacer una exégesis bíblica (que sí hay tela de donde cortar) o para convencer que somos mejores, es sólo que me llama la atención que nuestras acciones son incongruentes con lo que decimos creer. ¡A mí me impresiona ver que las mujeres pueden cantar (que por cierto es una forma de predicar), pueden cuidar niños (que también es ejercer autoridad y exposición de la palabra), pueden ser misioneras y arriesgar sus vidas (que eso es ejercer una función pastoral)! Y claro, también pueden diezmar. ¡Ah¡, pero el púlpito…, el púlpito es de varones. Definitivamente, creo que como dijo una buena amiga, somos el producto de una mala exégesis.
No me considero una feminista, creo que hay conceptos básicos en su ideología que no abrazo ni comparto. Pero en el tema que hoy nos atañe a todos, siento una admiración y gran lección.
De acuerdo a los opositores de Jesús, su interpretación de las Escrituras no solamente iba en contra de la Ley de Moisés, sino que resultaba una burla. El maestro, con autoridad enseñaba: “Oísteis que fue dicho a los antiguos […] ojo por ojo y diente por diente […], amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”, y añadía: “Pero yo os digo […] cualquier que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio […]. Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen […]”.
Hoy, hemos caído en el error de defender “la sana doctrina” y el cumplimiento de la Ley a costa de casi todo. Olvidamos que el fin de ésta es el amor, cuando enjuiciamos a uno de los nuestros que ha caído; cuando pedimos cuentas a la chica que “salió embarazada”; o cuando un pastor o pastora tiene crisis de fe a pesar de que, se supone, “está más cerca de Dios”. Aquél “Pero” de Jesús nos enseña que no debemos adelantarnos a juzgar sólo porque aquello va “en contra” de la Ley/doctrina sino abrazar a aquel y a aquella que, cuando han caído, no desea sentir el juicio de una ley de hombres mas que del amor de Dios.
Tomado del boletín dominical de la Iglesia Metodista El Divino Redentor de San Vicente Chicoloapan, Mex. Febrero 16, 2020.
Estaba leyendo a Nadia Bolz-Weber, cuando cuatro palabras, entre otras, quedaron grabadas a fuego en mi “aposento interior”: “algo mejor es posible”. Algo mejor es posible para nuestras comunidades de seguidores y seguidoras de Jesús de Nazaret, el “Señor de la gloria” (1 Cor. 4:8).
Y ese “algo mejor” guarda relación con la experiencia de comunidad como huella visible de la gracia de Dios para todas las personas que participan de ella. Ya que decir “gracia”, es decir acogida, abrazo y perdón incondicional. Decir “gracia” es decir encuentro con personas ante las cuales puedo mostrarme desnudo, vulnerable, sin vergüenza para mostrarnos tal como somos, y no vivir ocultando nuestra desnudez con el delantal de hojas de las convenciones religiosas y de la “santidad” que las acompaña, tal y como se espera de nosotros. Solamente así podremos ser comunidades donde las personas puedan sentirse realmente conectadas unas con otras.
Pero no, entendemos la vida como un “Facebook” gigante, anhelando llenarla de cientos “me gusta”, convirtiéndonos en una parodia humana, ocultándonos en nuestro simulacro existencial de cara a la galería. Sin embargo, detrás del simulacro se encuentran las lágrimas y el dolor, y como “la Zarzamora” de la copla, andamos llorando por los rincones de nuestra interioridad, allí donde nadie nos ve. Y así, la comunidad, en lugar de ser una huella de la gracia de Dios, se convierte en una no-comunidad, en un espacio que añade más dolor al dolor al exigir, de facto, el ocultamiento de nuestra vulnerabilidad*.
Autoridad: Jesucristo, la Escritura, el Espíritu Santo
Jesucristo se presenta deliberadamente como el Maestro autoritativo: “Oísteis que fue dicho a los antiguos […]. Pero yo os digo”.
Martyn Lloyd-Jones
La autoridad de Jesucristo: el testimonio de los Evangelios
Permítaseme recordar brevemente el alegato que se presenta en el Nuevo Testamento en defensa de esta gran aseveración de la autoridad definitiva y suprema del Señor Jesucristo. Es interesante advertir cómo el Nuevo Testamento asevera ese hecho al comienzo de todas sus afirmaciones. Lo hace en el mismísimo comienzo de los Evangelios. Pensemos en Mateo 1:23. Esto sucederá —se nos dice— a fin de que se verifique la siguiente afirmación: “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros”. Ahí lo tenemos, al comienzo, justo en la mismísima introducción del Evangelio.
De la misma forma, el ángel que se apareció a María y le anunció esto hace la siguiente afirmación extraordinaria con respecto a este ser “santo”, a este niño que habría de nacerle: “Y su reino no tendrá fin”, el Señor eterno y universal. Luego, recordemos que el ángel que habló a los pastores dijo: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”. Ahora bien, esa clase de afirmación se hace al mismísimo comienzo. ¡Qué trágica es la frecuencia con que, debido a nuestra gran familiaridad con las Escrituras, pasamos por alto cosas como esta! Los Evangelios se escribieron con un propósito muy claro y deliberado en mente. No fueron unos simples testimonios escritos, una mera recopilación de hechos. No, no cabe la menor duda de que tenían la intención de presentar las cosas desde un punto de vista concreto. Todos ellos presentan al Señor Jesucristo como el Señor, como esta Autoridad última.
El mensaje de Juan el Bautista fue esencialmente el mismo. Ahí lo tenemos solo, tras haber predicado y bautizado al pueblo en el Jordán, cuando oye las murmuraciones de la multitud. Hablan entre ellos y dicen: “Sin duda, este ha de ser el Cristo. Nunca hemos oído una predicación como esta. Cuando vemos su rostro, ¿acaso no se percibe su autoridad? Este tiene que ser el Mesías que esperábamos”. Pero Juan se dirige a ellos burlándose y dice: “No soy el Cristo”. “Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en su mano, y limpiará su era, y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará” (Lucas 3:16-17). ¡Observa la aseveración! “Yo no soy el Cristo, no soy quien posee la autoridad. Preparo el camino; soy el precursor, el heraldo. Él es la autoridad y está aún por venir”. Nuevamente, toda la idea gira en torno a aseverar la autoridad de Nuestro Señor. ¡Con cuánto cuidado estos Evangelios hacen esa afirmación una y otra vez!
Cuando hablamos de las personas con discapacidad, nos encontramos con una deshumanización, justo cuando ésta se convierte en una razón para la exclusión y para la discriminación. El texto bíblico no puede ser un pretexto para la perpetuación de estructuras opresoras, sino una oportunidad para la liberación.
Juan Calvin Palomares
Mientras escribía estas palabras me sentía enormemente tentado a criticar las teologías que enfatizan luchas espirituales contra el mal, contra satanás, y particularmente contra la enfermedad. Sólo diré, al hilo de N. Wright [1], que los resultados de investigaciones en torno a movimientos neo-carismáticos son contradictorios con los discursos de quienes lideran dichas corrientes: los registros empíricos sobre supuestas sanaciones no corresponden con lo que se dice desde los púlpitos, ni con los espectáculos que se originan. Considerar a una persona con Síndrome de Down una manifestación de satanás, algo que algunos de estos grupos han promovido, merece un calificativo que me voy a ahorrar por convicción pacífica. Personalmente, siendo parapléjico desde hace veinte años a causa de un accidente de tráfico, he sufrido el acoso de personas que han querido orar para que salga caminando de mi silla de ruedas. Algunas veces ha supuesto una humillación pública hacia mi persona, acusándome de mi falta de fe. Paradójicamente, doy gracias a Dios por no levantarme de dicha silla y fallar así a mi convicción pacífica.
Zanjaré este asunto con una sentencia de puro sentido común, y pasaré a otras cuestiones, a mi juicio, mucho más interesantes: quién se sienta llamado a sanar a enfermos debería saber que nunca es tarde para formarse en medicina, enfermería, en primeros auxilios, en psicología, y tantas disciplinas que pueden nutrir la sociedad, y también la Iglesia. Las personas con discapacidad no deberían pagar las frustraciones de las vocaciones pérdidas.
Bonhoeffer: «Tu sí a Dios requiere tu no a toda injusticia, a todo mal, a todas las mentiras»
Jim Gordon
La vida y el pensamiento de Dietrich Bonhoeffer persiste como una voz esencial y crítica, incluso setenta y cinco años después de su muerte. Hay muchas razones para prestar atención a los escritos y discursos ocasionales de Bonhoeffer; pero en nuestro tiempo de política frenética, toma de poder lenta y a veces descarada, creciente apoyo al populismo de derecha y adulación acrítica del líder fuerte, es el llamado radicalmente inflexible y el costo del discipulado en seguir a Jesús lo que desafía a las comunidades cristianas a decidir dónde La lealtad miente. Este es el pastor Bonhoeffer, predicando un sermón de confirmación en 1938. La fecha es un contexto esencial, y las palabras son explosivas en sus reverberaciones políticas, teológicas y espirituales:
«Ahora solo tienes un maestro … Pero con este ‘sí’ a Dios pertenece tan claramente un ‘no’. Su ‘sí’ a Dios requiere su ‘no’ a toda injusticia, a todo mal, a todas las mentiras, a toda opresión y violación de los débiles y pobres, a toda impiedad y a toda la burla de lo que es santo. «a Dios requiere un» no «a todo lo que intente interferir con su servicio a Dios solo, incluso si ese es su trabajo, sus posesiones, su hogar o su honor en el mundo. Creer significa decisión».
Predicado a los jóvenes cristianos que enfrentan lo que ahora conocemos como la vida en uno de los regímenes más violentos, letales y despiadados de la historia europea. El uso de la palabra «maestro» también está cargado de contraste intencional, e implica una o una de las cuales no puede haber una tercera opción comprometedora. Un maestro ¿Quién es ser? Sí a Dios significa ‘no’ a todos los demás poderes que exigen lealtad final de mente, corazón, alma y cuerpo. Creencia significa decisión, no solo una sola decisión, después de lo cual es lo de siempre; pero una decisión de confirmación que significa que todas las demás decisiones toman su dirección de ese compromiso vivo y central con Jesucristo.
La publicación de la presente reflexión aparece un tanto extemporánea por razones fortuitas. Un servidor está compartiendo estas ideas a raíz de la consulta que le hizo una maestra de Escuela Dominical de la IMMAR Agua de Vida, en la zona de Monterrey. Ella se refirió a la guía de estudio para el Evangelio según San Juan que se nos ha provisto a la IMMAR, por medio de su página web (www.iglesia-metodista.org.mx). Hubiera sido mejor elaborar este artículo antes de enero para ofrecer puntos de vista oportunos que pudieran ayudar a nuestros maestros en su ministerio de enseñanza sobre este Evangelio que nos será libro de estudio para el primer semestre de 2020, pero las cosas se dieron ya a camino andado. Nos referiremos solamente a la Introducción de la guía citada, con el ánimo de hacer algunas precisiones que esperamos provean pautas para la investigación propia de cada lector de El Evangelista Mexicano.
En la pág. 5 de la guía dice, “Regeneración es el acto de Dios en el alma que se hace de una vez para siempre, lo que Dios hace lo hace para siempre”. Esta idea no va de la mano con la doctrina arminiana del metodismo. Dado que creemos en la posibilidad de la apostasía, afirmamos que la regeneración o nuevo nacimiento podría perderse. Nuestros hermanos calvinistas señalan que la calidad de ser hijos, ya se trate de una filiación terrenal, o de la filiación divina, es imposible que desaparezca. Razonan que así como un mal hijo podría alejarse al máximo de su padre, pero no dejaría de ser su hijo, del mismo modo nadie puede dejar de ser hijo de Dios. Y citan Juan 3:3,5, que se refiere al nuevo nacimiento que nos hace hijos de Dios. Sin embargo, no se percatan de que ese símil no está permitido en Juan 3, puesto que en el v. 6 se aclara que “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”. No se puede echar mano de un nacimiento en la carne para ilustrar literalmente un nacimiento en el Espíritu. Un hijo natural goza de vida independiente de sus padres, la recibe de ellos y la disfruta como algo suyo; pero el hijo de Dios no tiene vida independiente, participa de la vida de Dios y debe permanecer en él para seguir recibiéndola.
Luego, en las págs. 6,7, dice, “los pasos por los cuales el creyente transita hasta alcanzar la plenitud de la salvación, Juan Wesley tenía bien definido éstos”, y en seguida enlista y explica la justificación, regeneración, adopción, redención, reconciliación y santificación inicial. Aquí tenemos dos problemas. El primero consiste en llamar “pasos” a los aspectos de la salvación que allí se enlistan, como si se tratara de un proceso que se va dando gradualmente. Y, por cierto, Juan Wesley jamás definió tales “pasos”. Los reformadores, cuando exponían su soteriología, no hablaban de pasos sino de un “ordo salutis” (orden de la salvación), que es muy distinto. La Iglesia Católica no había definido antes ningún “ordo salutis”, pero los reformadores lo hicieron para describir la apropiación subjetiva (personal) de los beneficios del sacrificio objetivo de Jesucristo. Propusieron que la justificación y la regeneración son instantáneas, que suceden al mismo tiempo, pero discutían en qué orden debían colocarse en el terreno de las ideas, ¿iba primero la justificación o la regeneración? Wesley, en esa misma línea, dijo textualmente que eran simultáneas, pero que la justificación precede a la regeneración.(1) En otro momento dijo que la santidad inicial también sucede a la vez que la justificación y la regeneración.(2) Si estos componentes de la salvación son coincidentes, entonces no podemos hablar de pasos. Y, por supuesto, la reconciliación no es tampoco un paso posterior, pues fue una obra objetiva consumada por Cristo desde su cruz (2 Corintios 5:19); aunque, subjetivamente, podría ser no otra cosa que la misma justificación. La redención tampoco es otro paso, sino una forma de referirse a la salvación. La visión wesleyana de la salvación perfila sólo dos etapas, la inicial (justificación, regeneración, santidad inicial) y la subsecuente (santidad progresiva). La glorificación puede ser vista, si lo deseamos, como la etapa final, pero no fue parte de las definiciones soteriológicas de Wesley.