
La ciencia y la necesidad de Dios
La creencia de que la ciencia contradice al teísmo o a la fe cristiana no es cierta y responde más bien a ignorancia o a intereses ideológicos.
Antonio Cruz
La mayoría de los científicos que integraron la Revolución científica del siglo XVII, en la que se creó el modelo moderno de la ciencia occidental, fueron personas que creían en un Dios creador. Científicos como Copérnico, Galileo, Kepler, Newton, Torricelli y pensadores como Descartes, Leibniz o Pascal. Todos estaban convencidos de que estudiar la naturaleza era como escudriñar la “otra” revelación de Dios.
Sin embargo, el racionalismo, el naturalismo y el darwinismo que vinieron después motivaron que las personas empezaran a dudar de la realidad de Dios y a creer que la ciencia hacía innecesaria su existencia. Durante mucho tiempo se creyó que la ciencia era enemiga de la fe. Incluso todavía hoy algunas personas piensan que existe un conflicto entre lo que la ciencia descubre y lo que dice la Biblia.
Es verdad que puede haber discrepancias, en cuanto a la interpretación de los hechos científicos, pero no en cuanto a los hechos mismos. Pueden existir diferencias entre cosmovisiones (por ejemplo, entre evolucionismo naturalista o materialista, evolucionismo teísta o creacionismo teísta, tanto de la Tierra joven como de la Vieja). Sin embargo, la creencia de que la ciencia contradice al teísmo o a la fe cristiana no es cierta y responde más bien a ignorancia o a intereses ideológicos, porque lo cierto es que los últimos descubrimientos científicos apoyan la creencia en un Diseñador del universo. Tanto es así, que hasta algunos pensadores ateos famosos se han visto obligados a cambiar su cosmovisión y aceptar la existencia de un Dios creador. Tal como ocurrió, por ejemplo, con el famoso filósofo inglés, Anthony Flew.
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