Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 19
Chihuahua, Chih., 31 de mayo, 2015
Pentecostés
El nombre de esta fiesta agrícola judía pasó al dominio cristiano a partir de aquel día domingo cuando, a las 9:00 hrs., la tercera persona de la Trinidad descendió para llenar con la gloria de Dios el nuevo templo: la iglesia de Jesucristo. Desde entonces, la iglesia se distinguirá por ser la Comunidad del Espíritu, y se dio inicio a la era denominada como “los postreros tiempos” (Hch. 2:17). Jamás se había derramado el Espíritu de Dios como en aquel día; ahora el Espíritu, que fue enviado antes a pocas personas y para propósitos temporales, se derramará “sobre toda carne”, sin distinción de sexos, ni de edades, ni de clases sociales (Hch. 2:17,18). Lo que sucede a partir de aquel día hasta hoy, es algo enteramente nuevo.
El derramamiento del Espíritu Santo por vez primera debe ser visto desde un punto de vista soteriológico, es decir, explicado a partir de la experiencia de la salvación en Cristo. Fue un hecho grandioso porque fue el inicio de la salvación en la modalidad cristiana, misma que ahora ofrecemos al mundo como un acontecimiento revolucionario que origina vidas nuevas y comunidades nuevas, hasta el día en que toda la creación sea hecha también nueva. El Pentecostés fue, por tanto, no una segunda experiencia posterior a la salvación, sino la salvación misma.
La conclusión anterior es el resultado de la armonía que hay entre Juan y Lucas sobre este asunto. Juan fue bautizado con el Espíritu en Pentecostés, y por eso sabía de qué hablaba cuando muchos años después escribió el Evangelio. Fue comentario suyo, y no de Jesús, el que interpola en las palabras del Señor, en Jn. 7:38.39, “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado”.
El apóstol nos explica su entendimiento de que mientras Jesús no fuera glorificado, nadie, ni los que creyesen en él, podría recibir la presencia del Espíritu en su vida. Cuando él mismo relata en Jn. 20:22 que nuestro Salvador sopló en los apóstoles, diciéndoles, “Recibid el Espíritu”, no podía referirse literalmente a recibir el Espíritu Santo, pues Juan sabía que su Maestro no había sido glorificado aún. Por tanto, eran palabras que simbolizaban algo, como tampoco eran literales las palabras que siguieron, “A quienes remitiereis los pecados…”
En seguimiento a la idea juanina, Lucas nos explica, mediante el discurso cristiano de Pedro en Pentecostés, que ahora sí, el Espíritu podía venir poderosamente sobre los seguidores de Jesús, porque él ya había sido glorificado, “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hch. 2:32,33).
El punto es sencillo, pero muy fino, y necesitamos verlo con cuidado. ¿Eran salvos los apóstoles antes de Pentecostés? Sí, pero de manera incompleta, lo eran a la manera judía, pero no cristiana. Eran salvos por creer, del mismo modo como fueron salvas personas de la era del Antiguo Testamento. Pero ahora Cristo había ofrecido su muerte como ofrenda expiatoria ante su Padre, se había levantado de la tumba con gran poder, y había sido exaltado en los cielos y hecho Sacerdote sobre los que creyesen. Ahora la salvación sería otra cosa. La salvación incluiría un nuevo nacimiento (no contemplado para la era del antiguo pacto), la justificación de los pecados sería seguida instantáneamente por una obra sobrenatural del Espíritu llamada regeneración. Y este aspecto fundamental, propio de la era cristiana, les fue dado a los 120 que estaban en el Aposento Alto, por primera vez en toda la historia de los tratos de Dios hacia el hombre.
El bautismo con el Espíritu Santo y fuego puede ser administrado sólo por Jesucristo desde su trono glorioso, y es la marca de la nueva era de la gracia, para distinguirse del bautismo que ofrecía Juan el Bautista y que pertenecía a la era del antiguo pacto, sólo para arrepentimiento, pero sin el nuevo nacimiento (Mt. 3:11). El bautismo con el Espíritu Santo es, por tanto, lo mismo que la salvación cristiana. No tendría sentido que Dios concediera un poco de su Espíritu en la salvación, y otro poco o mucho en una segunda ocasión. Separar la salvación del bautismo con el Espíritu Santo es algo que la Biblia no hace, y podemos constatarlo si leemos con cuidado los textos bíblicos. La idea wesleyana de la segunda obra de gracia, nada tiene qué ver con la separación un tanto ociosa que hemos mencionado. Su idea era que, de la misma manera como somos justificados por la fe, deberíamos procurar ser también santificados por la fe.
Por supuesto que lo anterior no intenta limitarnos de esa otra realidad considerada en el Nuevo Testamento, consistente en ser continuamente llenos del Espíritu Santo (Ef. 5:18), para crecer en el poder de Dios actuando en nuestra vida, para llegar a ser perfeccionados en santidad, para fructificar cada día mejor.


