Categoría: Reflexiones

Las espigas y el trigo

trigo

Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6)

 Iba un labrador a visitar sus campos para ver si estaba en sazón la cosecha. Había llevado consigo a su pequeña hija, Luisita. Mira, papá — dijo la niña sin experiencia—, cómo algunas de las cañas de trigo tienen la cabeza erguida y altiva; sin duda serán las mejores y las más distinguidas: esas otras de su alrededor, que la bajan casi hasta la tierra, serán seguramente las peores. El padre tomó algunas espigas y dijo:

— Mira bien, hija mía: ¿ves estas espigas que con tanta altivez levantan la cabeza? Pues están enteramente vacías. Al contrario, estas otras que la doblan con tanta modestia, están llenas de hermosos granos. El sabio y el bueno son humildes: la soberbia es propia del ignorante y del malo.

CONTEXTO DEL TEXTO

El escritor de esta carta, un líder de la iglesia de Jerusalén (Hechos 12:17 y 15:13), no fue Santiago el apóstol, sino Santiago el hermano de Jesús. La Epístola de Santiago fue una de las primeras, escrita probablemente antes del año 50 d.C. Después del martirio de Esteban (Hechos 7.55-8.3), aumentó la persecución y los cristianos de Jerusalén fueron esparcidos por todo el mundo romano. Hubo comunidades judías cristianas florecientes en Roma, Alejandría, Chipre y ciudades de Grecia y de Asia menor. Debido a que estos nuevos creyentes no tuvieron el apoyo para establecer iglesias cristianas, Santiago les escribió como un líder interesado en el bienestar de ellos a fin de animarlos en la fe durante ese período difícil.

ENSEÑANZA

La cura para los malos deseos es la humildad (Proverbios 16:18-19; 1Pedro 5:5-6). El orgullo nos hace egocéntricos y nos lleva a pensar que tenemos derecho a todo lo que podemos ver, tocar o imaginar. Crea apetitos codiciosos de obtener más de lo que necesitamos. Podemos ser librados de nuestros deseos egocéntricos al humillarnos delante de Dios, tomando conciencia de que lo único que necesitamos es su aprobación. Cuando su Espíritu Santo nos llena, nos damos cuenta de que las atracciones seductoras del mundo son solo sustitutos baratos en comparación con lo que Dios nos ofrece. Así como Pablo en su primera carta a Timoteo dice que la raíz de todos los males es el amor al dinero, Santiago dice que el orgullo es una de las pasiones que nos llevan a pleitos y guerras entre nosotros. Y la cura de todo ello, someternos a Dios en la humildad.

ORACIÓN

Señor, gracias porque proseguimos en este año en tu nombre, danos sabiduría, danos dirección de tu Espíritu y tómanos de la mano para caminar por caminos espinosos y pedregosos, peligrosos y riesgosos, y úsanos igualmente en lugares tranquilos y apacibles y danos convicción y pasión para seguir extendiendo tu Reino en medio del reino del mal y la maldad. Ayúdanos para luchar por la justicia, la paz y el amor, las cuales son características de tu Reino, y permítenos ver días mejores. En el nombre de tu Hijo, Amén.

juan_pluma

El discípulo de Jesús

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Hermano(a) metodista tal ves pregunte ¿Y qué es un discípulo? Trataremos de responderle desde las páginas de las Escrituras. Ser un discípulo de Jesús, como se decía entre los primeros discípulos, es ser uno de los del Camino (Juan 14:6; Hechos 9:2). En los Evangelios encontramos que Jesús convivía con un grupo escogido de hombres y mujeres que tomaron la decisión de seguirlo y les enseñaba y explicaba las parábolas y tenía una comunión profunda que les permitía experimentar en su propia vida y persona las grandezas de Dios. El apóstol Pablo, Juan Wesley y el hermano Cuau declaramos: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.”

Recuerdo un himno que cantabamos en mi iglesia y en la liga de intermedios y jovenes: “Quiero seguir las pisadas del Maestro”, la única manera de enseñarles a andar por el camino de la voluntad de Dios, a nuestros hermanos en la fe, es ayudarles a entrar en un contacto directo y personal con nuestro Dios y Señor y con su Palabra; por medio de la iluminación que solo trae consigo el Espíritu Santo. Tenemos la obligación y responsabilidad de darles a conocer con nuestra manera de vivir, con nuestras actitudes y obras, y hasta con nuestras palabras, esa verdad que los hará libres, Jesús lo resumió de manera magistral: “Si vosotros permanecieréis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31,32). Después de todo esto volvemos a preguntar ¿Qien es un discípulo? El que, ayudado por sus hemanos en la fe, y en especial por aquellos que Jesús ha puesto en la iglesia para formación de discípulos espirituales, se ha entregado por completo en espíritu, alma y cuerpo a la Palabra de Dios, y se ha consagrado a una única meta que se halla por encima de todas las metas humanas: Seguir a Jesús dondequiera que lo lleve, pagando el precio que sea necesario pagar y buscando la forma de ser cada vez más semejante a ÉL.

No somos discípulos por tener una especie de póliza de seguro eterno en la que Dios promete que viviremos siempre en un lecho de rosas, aquí y mas allá de nuestra muerte física. Somos discípulos para continuar haciendo y enseñando lo que comenzó a hacer y enseñar nuestro Maestro de maestros (Hechos 1:1); porque es necesario que prediquemos el Evangelio del Reino hasta los confines de la tierra “para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14).

FE EN ACCIÓN: Los tiempos que nos ha tocado vivir exigen más que nunca a nuestra querida Iglesia Metodista que retome el principio básico del sacerdocio universal de los fieles, y forme discípulos con una mentalidad firme y una consagración absoluta. Siempre han sido esas la misión y la mentalidad del cuerpo de Cristo, y podemos declarar bajo la autoridad de la Palabra profética más segura: que el futuro de nuestra Iglesia, y el de la humanidad entera dependerá de una intensa labor de multiplicación de discípulos que continuen la obra que nos encomendo nuestro Señor Jesucristo, en el amor y poder de Cristo, guiados por el Espíritu Santo y con una mentalidad para impactar y tranformar a un mundo lleno de maldad en que vivimos. (Continuara).

(Tomado de la Biblia del Discípulo, y de mi experiencia personal con Dios).

Hno. Cuau

 

cuau

El Dios Fuerte

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Una de las doctrinas cardinales o fundamentales del cristianismo evangélico, es creer en la deidad de Jesucristo. La Biblia dice: Muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo (Dios Hijo) ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo. Cualquiera que se extravía y no persevera en la doctrina de (la deidad encarnada en) Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo (como perfecto Dios y perfecto humano), ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene y no trae esta doctrina, no lo recibas en casa ni le digáis:¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras (2ª Jn 1:7-11).

La Biblia claramente enseña que en Jesucristo, desde el momento en que fue concebido por el Espíritu Santo, (y no por José su padre legal pero no biológico), habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad, y que por lo tanto desde el principio, el Verbo (Jesucristo) es el verdadero Dios, y nuestro Gran Dios y Salvador; y que ese Verbo (Dios Hijo), se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Lc 1: 31-35; Col 2:9; Jn 1:1-14).

Jesucristo durante su ministerio terrenal, dijo que era Dios, cuando dijo que Él y el Padre son uno, y cuando múltiples veces usó el nombre de Dios: YO SOY. Y les dijo: Ustedes son de abajo, yo soy de arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Por eso les dije que morirán en sus pecados, si no creen que YO SOY. Por esto, dicen los evangelios que los judíos aún más intentaban matarlo, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios (Jn 8:23-25 y 5:18).

Además, Jesucristo demostró su deidad cuando perdonó pecados (pues sólo Dios puede perdonar pecados), le dio nueva vida a los muertos (sólo Dios puede dar vida); y cuando milagrosamente demostró su soberanía y omnipotencia sobre los demonios, las tempestades, la enfermedad, la naturaleza (al transformar el agua en vino, por ejemplo). Sus palabras tenían la autoridad que sólo Dios tiene. Las gentes que le escuchaban estaban maravilladas, y se decían unos a otros: ¿Qué palabra es ésta, que con autoridad y poder, manda a los espíritus impuros, y salen? Y se admiraban de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas (Lc 4:36; Mr 1:22).

En este mundo tan lleno de circunstancias, situaciones, diagnósticos adversos, y mil problemas más, que frecuentemente son imposibles de resolver sin la ayuda de Dios, ¡Que bendición tan grande es ser cristianos! y tener de nuestro lado a Jesucristo, el Dios Fuerte. En la Sagrada Escritura dice: Hijitos, ustedes son de Dios y los han vencido, porque mayor es el que está en nosotros (Jesucristo), que el que está en el mundo (satanás).

¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas que Él considere buenas, necesarias, y de bendición? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro o espada? ¡Simplemente nada! Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó (Jesucristo). Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados ni potestades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro (1ªJn 4:4; Ro 8:31-38).

Isaías nos consuela y fortalece al escribir 700 años antes de que Jesucristo naciera en el establo de Belén: Porque un niño nos ha nacido, hijo nos ha sido dado, y el principado será sobre su hombro. Y se llamará su nombre Admirable consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz (Is 9:6). ¡Gloria a Dios! porque Él es el único Admirable Consejero y Dios Fuerte, capaz y especialista, en resolver nuestros problemas imposibles, en dos formas principales: Siendo el que nos aconseja, convence de pecado, e invita a creer, aceptar, recibir y confesar a Jesucristo como nuestro único y suficiente Salvador; y siendo el Dios Fuerte y el Victorioso Conquistador del enemigo de nuestras almas que vive en nosotros, y que finalmente, vencerá y eliminará al dolor, el llanto, la enfermedad, y la muerte.

Nuevamente, recordemos que el contexto en que Isaías escribió sus consoladoras palabras, era cuando los Israelitas por causa de su idolatría, estaban a punto de caer en cautiverio por los crueles y depravados Asirios. Dice la Biblia: Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo en que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin se llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles (Is 9:1).

¡Bendita esperanza del cristiano! Pues aún en medio de las calamidades que por el solo hecho de ser humanos y vivir en este mundo gobernado temporalmente por el usurpador príncipe satanás (a quién nuestro ancestro Adán prefirió obedecer y darle así la autoridad sobre su vida, la de su descendencia, y la naturaleza, en vez de quedarse sumiso y sujeto a Dios), podemos vivir confiados en que a final de cuentas, a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.

Y podemos tener por cierto que las aflicciones del tiempo presente, no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse, cuando dice la Biblia que nuestro Dios Fuerte, a los que por la gracia de Jesucristo, hayan salido salvos y victoriosos de la gran tribulación, les permita estar delante del trono de Dios, habiendo lavado y blanqueado sus ropas en la sangre del Cordero. Será entonces que el Dios Fuerte que está sentado sobre el trono extenderá su tienda junto a ellos, y ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno, porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará y los guiará a fuentes de aguas vivas. Y nuestro Dios Fuerte, enjugará toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor. ¡Bendito sea Dios! (Ro 8:18 y 28; Ap 7:14-16 y 21:4).

¡Gloria a Dios! porque el escritor de la epístola a los hebreos, escribe: Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (He 4:15-16). Jesucristo puede compadecerse de nosotros, porque padeció Él mismo, como perfecto humano. Refiriéndose proféticamente a Jesucristo, dice la Sagrada Escritura: No fue encubierto de ti mi cuerpo, aunque en oculto fui formado y entretejido en lo más profundo; mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar ni una de ellas. Me vestiste de piel y carne, me tejiste con huesos y nervios, me concediste vida y misericordia, y tu cuidado guardó mi espíritu (Sal. 139; Job 10:11-12).

Y es que contrario a la forma ‘color de rosa’ que frecuentemente se nos narra, la historia de la primera navidad, es la de una adolescente embarazada de otro que no era su prometido; de un pobre carpintero que gracias a que el ángel le aclaró que había sido escogido para ser el padre legal y terrenal del Hijo de Dios, estuvo dispuesto a casarse con María, quien dio a luz al niño Jesús en un ambiente totalmente insalubre, en un establo, y en medio de sucios animales; y que esa misma noche fue visitado por un grupo de devotos, pero harapientos y apestosos pastores, que vieron al Hijo de Dios, envuelto en pañales, pero recostado en un pesebre, que es el cajón donde se le da de comer a los animales que comen paja. Como si esas fueran pocas vicisitudes, además fue amenazado de muerte por un rey Herodes, que se puso paranoico y mandó matar a todos los niños de la región, menores de dos años, al escuchar de los sabios de oriente, que en Belén de Judea había nacido uno que sería el rey de los judíos.

Dice la epístola a los Hebreos, que Jesucristo debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.

Solo el Dios Fuerte, pudo librar a Jesucristo de los múltiples riesgos de muerte que enfrentó desde que fue dado a luz; y sólo Jesucristo, nuestro Dios Fuerte, puede librarnos de todos los ataques de nuestro enemigo el diablo, que no tiene otro propósito, que hurtar, matar, y destruir nuestra integridad, felicidad, y vida, con el fin de mandarnos al infierno. Sólo Jesucristo, el Dios Fuerte, puede librarnos de la esclavitud del pecado, de la condenación, y de la muerte eterna.

Así, debemos reconocer que si logramos nacer, y vivimos un día o 100 años, es por la pura misericordia de Dios, que nos prolonga la vida, y nos da la capacidad y poder necesarios para que llevemos a cabo, con éxito, las buenas obras, tareas, y ministerios que nos encarga, dentro y fuera del hogar. Dice la Biblia: Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas. Jesús dijo: Para los hombres esto es imposible, pero no para Dios, porque todas las cosas son posibles para Dios. Por eso Pablo escribió: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece; y ¡Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! (Ro 8:37; Ef 2:10; Mr 10:27; Fil 4:13; 1a Co 15:57).

Que Dios nos conceda valorar en toda su magnitud, la bendición de que a Jesús se le llamara Dios Fuerte. AMEN.

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Tal como soy

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Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25)

Fue en 1836 que una joven británica hacía preparativos para asistir a un baile a celebrarse en su pueblo. Se llamaba Carlota Elliot, y era de buena preparación y presentación. Salió muy entusiasmada para encomendar a su costurera hacerle el traje de gala para esa ocasión especial.

En el camino la joven se encontró con un señor cristiano, amigo de la familia, y hombre fiel y sincero. Carlota le saludó y le manifestó el propósito de su diligencia. El varón le comentó que tuviera cuidado con la vanidad de la vida.

La joven, muy enojada, le contestó, “esto no es asunto tuyo” y siguió. El baile se realizó. La dinámica Carlota fue una de las jóvenes más alegres y elogiadas. Pero al acostarse, sintió decepción; no estaba cansada, se encontraba vacía. Una espina se hincaba en su mente. Su conciencia le perturbaba.

Ese señor siempre se había mostrado cariñoso, y la manera ruda en que ella le había tratado llenó su pecho de pesar. Ella no quería reconocerlo, pero estaba viendo que él tenía razón. El brillo de este mundo es engañoso y es vanidad.

Al cabo de tres días de reflexión dolorosa. Carlota visitó al amigo. Le dijo “por días he sido la joven más decepcionada, ahora anhelo encontrar la verdad que usted tiene, ¿qué debo hacer?”

Por supuesto, el hombre no perdió el tiempo en perdonar la conducta tan contraria con la que la joven lo había ofendido. Con toda sencillez y cariño, ese señor le dirigió a la fuente de paz. Simplemente entrégate, hija, a Cristo Jesús, el que murió por ti en la cruz, tal como eres. Eso le pareció extraño, ella nunca había entendido que la salvación fuera tan accesible. ¿Tal como soy? Pero soy mala, indigna, ¿cómo puede Dios aceptarme?

Esto es precisamente lo que tú has tenido que reconocer, fue la respuesta del varón, puedes venir a Cristo “tal como eres”. La joven se sintió abrumada al asimilar la verdad sencilla de esas palabras, fue a su habitación, dobló sus rodillas y ofreció a Dios su corazón indigno. Pidió el perdón de su pecado y puso su fe en Jesús. La dama vivió más y más el gozo de la salvación. Pensando en su experiencia, empleó su talento de escritora, y así nació el himno TAL COMO SOY.

CONTEXTO DEL TEXTO

Como nuestro Sumo Sacerdote, Cristo es nuestro abogado, el mediador entre nosotros y Dios. El cuida de nuestros intereses e intercede por nosotros ante Dios. El sumo sacerdote del Antiguo Testamento se presentaba delante de Dios una sola vez al año para interceder por el perdón de los pecados de la nación; Cristo intercede por nosotros, delante de Dios, de modo permanente. La presencia de Cristo en el cielo con el Padre nos asegura que nuestros pecados han sido pagados y perdonados (véase Ro. 8:33,34; He. 2:17,18; 4:15,16; 9:24). Esa maravillosa seguridad nos libra de condenación y del temor a fracasar.

LO QUE ME DICE EL TEXTO

  1. Que Cristo Jesús es nuestro sacerdote quien intercede por nosotros
  2. Que sólo debeos acercarnos y pedirle perdón, y hará la obra maravillosa
  3. Al mismo tiempo que nos ha perdonado, continúa intercediendo por nosotros ya que no basta darnos la salvación, sino que busca que la ejerzamos.

ORACIÓN

Señor, gracias porque sin merecerlo, quienes nos hemos acercado a ti para pedirte perdón de todas las faltas y fallas, nos has perdonado; pero al mismo tiempo, gracias por interceder por nosotros para continuar en el mismo camino. Gracias por aceptarnos tal como somos. Te ruego, Señor, que sigas trabajando con vidas alejadas de ti, vidas decepcionadas, quebradas y casi destruidas, e igualmente por corazones duros y necios, orgullosos y soberbios, muchos de ellos son los que tienen el poder y el dinero y manipulan a la gente, la engañan y destruyen vidas. Ven, Señor Jesús, y manifiesta tu amor y poder en todos nosotros, en el nombre de tu Hijo, Amén.

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El precio de la gracia (Parte 23)

 

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Dietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

Continuamos con la publicación de su obra más difundida, El Precio de la Gracia. Vamos en la Segunda Parte de la obra, La Iglesia de Jesucristo y el Seguimiento, de donde entregamos ahora la primera fracción del Capítulo 5, Los Santos.


  1. Los Santos (primera fracción)

La ekklesía de Cristo, la comunidad de los discípulos, está sustraída a la soberanía del mundo. Vive en medio del mundo, pero ha sido transformada en un único cuerpo, constituye una esfera de soberanía autónoma, un espacio propio. Es la Iglesia santa (Ef 5, 27), la comunidad de los santos (l Cor 14, 33), sus miembros son los llamados a ser santos (Rom 1, 7), que han sido santificados en Jesucristo (l Cor 1, 2), elegidos y segregados antes de la fundación del mundo (Ef 1, 4). El fin de su vocación en Jesucristo, de su elección antes de la fundación del mundo, es que sean santos e irreprensibles (Ef 1,4); Cristo ofreció su cuerpo a la muerte para que los suyos apareciesen ante él santos, inmaculados e irreprensibles (Coll, 22); el fruto de la liberación del pecado por la muerte de Cristo consiste en que, los que antes entregaban sus miembros a la iniquidad, los pongan ahora al servicio de la justicia para la santificación (Rom 6, 19-22).

Sólo Dios es santo. Lo es por su separación total del mundo pecador y por el establecimiento de su santuario en medio del mundo. Así lo dice el cántico de alabanza entonado por Moisés y los hijos de Israel, después del desastre de los egipcios, al Señor que los liberó de la esclavitud del mundo:

¿Quién como tú, Yahvé, entre los dioses? ¿Quién como tú, glorioso en santidad, terrible en prodigios, autor de maravillas? Tendiste tu diestra y los tragó la tierra. Guiaste en tu bondad al pueblo rescatado. Tu poder los condujo a tu santa morada… Tú le llevas y le plantas en el monte de tu herencia, hasta el lugar que tú te has preparado para tu sede, ¡oh, Yahvé! (Ex 15, 11-13.17).

La santidad de Dios consiste en establecer su morada, su santuario, en medio del mundo, y en hacer brotar de este santuario el juicio y la redención (Sal 99 y passim). Pero en el santuario, el Dios santo se une a su pueblo, por medio de la reconciliación que sólo es obtenida en el santuario (Lv 16, 16s).

Dios pacta una alianza con su pueblo. Lo segrega, lo convierte en propiedad suya y se da a sí mismo en garantía de esta alianza. «Sed santos porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,2), Y «santo soy yo, Yahvé, el que os santifico» (Lv 21, 8). Tal es el fundamento sobre el que se basa esta alianza. Todas las otras leyes dadas al pueblo, y que este debe observar en la justicia, tienen por presupuesto y fin la santidad de Dios y de su Iglesia.

Igual que Dios, por ser santo, está separado de lo que es malo, del pecado, también lo está la Iglesia en su santuario. Él la ha escogido. La ha convertido en la Iglesia de su alianza. La ha reconciliado y purificado en el santuario. Ahora bien, el santuario es el templo, y el templo es el cuerpo de Cristo. En el cuerpo de Cristo se cumple la voluntad de Dios de tener una Iglesia santa. Separado del mundo y del pecado, convertido en propiedad de Dios, el cuerpo de Cristo es el santuario de Dios en el mundo. Dios habita en él por el Espíritu santo.

¿Cómo es esto? ¿Cómo puede convertir Dios a unos hombres pecadores en una Iglesia de santos, totalmente separada del pecado? ¿Cómo puede Dios alejar de sí la acusación de ser injusto cuando se une a los pecadores? ¿Cómo puede ser justo el pecador sin que Dios deje de ser justo?

Dios se justifica a sí mismo, establece la prueba de su justicia. En la cruz de Jesucristo se produce el milagro de la autojustificación de Dios ante sí mismo y ante los hombres (Rom 3, 21s). El pecador debe ser separado del pecado y vivir ante Dios. Ahora bien, para el pecador no hay separación del pecado fuera de la muerte. Su vida es pecado hasta tal punto que, para verse libre de él, debe morir. Dios sólo puede ser justo matando al pecador. Sin embargo, es preciso que el pecador viva y sea santo ante Dios. ¿Cómo es esto posible?

Dios mismo se hace hombre; toma nuestra carne en Jesucristo, su Hijo, y en su cuerpo carga con nuestra carne hasta la muerte de cruz. Dios mata a su Hijo, cargado con nuestra carne, y con su Hijo mata también a todo lo que es carne sobre la tierra. Desde entonces resulta evidente que nadie es bueno sino sólo Dios, que nadie es justo sino sólo Dios. Con la muerte de su Hijo, Dios ha dado la prueba terrible de su propia justicia (Rom 3, 26). Dios debía entregar a la muerte a toda la humanidad en el juicio de su cólera en la cruz para demostrar que sólo él es justo. La justicia de Dios se revela en la muerte de Jesucristo. La muerte de Jesucristo es el lugar en que Dios da prueba de su justicia, el único lugar donde reside la justicia divina. Quien pudiese participar de esta muerte, participaría con ello de la justicia de Dios. Ahora bien, Cristo tomó nuestra carne y en su cuerpo llevó nuestros pecados en el madero (l Pe 2, 24).

Lo que sucedió en él, sucedió en todos nosotros. Participó de nuestra vida y de nuestra muerte y, con ello, nosotros podemos participar de su vida y de su muerte. Si era preciso que la justicia de Dios se manifestase en la muerte de Cristo, nosotros estamos con él allí donde reside la justicia de Dios, en la cruz, porque él llevó nuestra carne. De forma que, habiendo muerto, conseguimos participar de la justicia divina en la muerte de Jesús. La justicia propia de Dios, que nos mata a nosotros, los pecadores, es en la muerte de Jesús su justicia para nosotros. La justicia de Dios, por hallarse establecida en la muerte de Jesús, se halla también establecida para nosotros, que estamos incluidos en la muerte de Jesús.

Dios muestra su justicia «para ser él justo y justificador del que cree en Jesús» (Rom 3, 26). La justificación del pecador consiste, pues, en el hecho de que sólo Dios es justo y él, el pecador, completamente injusto, no en el hecho de que el pecador sea justo igual que Dios. Todo deseo de ser justos por nosotros mismos nos separa radicalmente de ser justificados por la justificación exclusiva de Dios. Sólo Dios es justo. Esto es reconocido en la cruz como un juicio que ha sido pronunciado sobre nosotros, los pecadores.

Pero quien se sitúa junto a la cruz por la fe en la muerte de Jesús recibe, en el mismo lugar en que es condenado a muerte como pecador, la justicia de Dios que triunfa en la cruz. Al no querer ni poder ser justo por sí mismo, admitiendo que sólo Dios lo es, recibe su justificación. Porque el hombre no puede ser justificado ante Dios más que reconociendo que sólo él es justo, y que el hombre es totalmente pecador. El problema de saber cómo nosotros, pecadores, podemos ser justos ante Dios es, en el fondo, el problema de saber cómo Dios es hacia nosotros sólo justo. Nuestra justificación sólo se funda en la justificación de Dios «para que seas (Dios) justificado en tus palabras y triunfes al ser juzgado» (Rom 3, 4).

No se trata más que de la victoria de Dios sobre nuestra injusticia, para que sólo Dios sea justo ante sí mismo. Esta victoria de Dios fue conseguida en la cruz. Y esta cruz no es sólo el juicio, sino también la reconciliación (Rom 3, 25) para todos los que creen que, en la muerte de Jesús, sólo Dios es justo y reconocen su pecado. La justicia de Dios crea la reconciliación (Rom 3, 25). «Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo» (2 Cor 5, 19s). «No tomando en cuenta sus transgresiones», las llevó sobre sí mismo y sufrió por esto la muerte del pecador. «Puso en nuestros labios la palabra de la reconciliación».

Esta palabra quiere encontrar la fe, la fe en que sólo Dios es justo y que en Jesucristo se ha convertido en nuestra justicia. Pero entre la muerte de Jesús y el mensaje de la cruz está su resurrección. Sólo en calidad de resucitado es aquel cuya cruz tiene poder sobre nosotros. El mensaje del crucificado es ya para siempre el mensaje de aquel que no permaneció prisionero de la muerte. «Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2 Cor 5, 20).

Este mensaje de la reconciliación es la palabra propia de Cristo. Él es el resucitado que se nos muestra como el crucificado en la palabra del apóstol: Encontraos por la muerte de Jesucristo en la justicia de Dios que nos ha sido dada. Quien se encuentra en la muerte de Jesús, se encuentra en la justicia exclusiva de Dios. «A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Cor 5, 21). El inocente es muerto porque lleva nuestra carne pecadora, es odiado y maldecido por Dios y por el mundo, es hecho pecado a causa de nuestra carne. Pero nosotros, en su muerte, encontramos la justicia de Dios.

Estamos en él en virtud de su encarnación. Murió por nosotros, a fin de que nosotros, los pecadores, viniésemos a ser justicia de Dios en él, en cuanto pecadores absueltos de sus pecados por la justicia exclusiva de Dios. Si Cristo es ante Dios nuestro pecado, que debe ser condenado, nosotros somos en él justicia, pero no nuestra propia justicia (Rom 10, 3; Flp 3, 9) sino, en sentido estricto, la justicia única de Dios. La justicia de Dios consiste, pues, en que nosotros, pecadores, llegamos a ser su justicia; y nuestra justicia, es decir, la suya (Is 54, 7) consiste en que sólo Dios es justo, y nosotros los pecadores acogidos por él. La justicia de Dios es Cristo mismo (l Cor 1, 30). Ahora bien, Cristo es «Dios con nosotros», «Emmanuel» (Is 7, 4), el Dios de nuestra justicia (Jr 33, 16).

(Continuaremos con la segunda fracción de este Capítulo 5 sobre Los Santos).

Himno «Firmes y Adelante»

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Y dijeron a Moisés: ¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto? ¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: Déjanos servir a los egipcios? Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto.  Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis, Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos.  Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen” (Éxodo 14:11-15).

El autor de este himno marcial, el reverendo Sabino Baring-Gould, fue miembro prominente de la Iglesia Romana en Inglaterra, y se distinguió mucho por el gran número de poesías religiosas que preparó y dio a la circulación. Su fecundidad imaginativa y su estilo poético se manifestaron en esas poesías, algunas de las cuales eran magnificas por todos conceptos, dando a su autor fama y renombre. De entre todas ellas ninguna llegó a tener la aceptación de su marcha «Firmes y Adelante». Esta poesía, que con el tiempo ha llegado a ser famosa en todo el mundo, y muy principalmente en el mundo evangélico, originalmente fue una «marcha procesal», y como es natural, tenía un sabor marcadamente romanista. Al ser castellanizado el himno, se ha evangelizado también, en gran manera.

La música marcial con que es generalmente conocido, y la que ha contribuido en gran parte a hacerlo tan famoso, fue preparada por Sir Arturo Seymour Sullivan, eminente músico inglés a quien, por sus relevantes servicios en este arte, la reina Victoria dio título de nobleza. Esta música es tan marcial, que si la letra inspira y alienta, ella inflama el entusiasmo en el corazón, haciéndonos sentir realmente que nos encontramos «en marcha hacia la victoria», cada vez que lo cantamos.

CONTEXTO DEL TEXTO

Aunque no fue el texto lo que motivó al autor a escribir el himno, pero nos recuerda uno de los momentos más difíciles del pueblo de Israel, cuando se encontraba en proceso de formación, y huía de un enemigo cruel que se proponía destruirlo, tropieza en su camino con una barrera que le detiene y llena de terror, el miedo a morir. Es entonces, cuando más angustiado se encuentra el pueblo, sin saber qué camino tomar, cuando Dios dice a Moisés: «Manda a los hijos de Israel que marchen”. El pueblo, obediente al mandato divino, siguió adelante y aquella barrera que parecía infranqueable, el mar Rojo, abrió paso al pueblo que iba a la conquista de Canaán.

Sin duda, como el pueblo de Israel, en ocasiones nosotros nos encontramos con miedo, con gran temor y angustia por el peligro que corre nuestra vida. Es en ese momento cuando Dios el Señor nos dice que marchemos, que caminemos, que continuemos, El pelea por nosotros la batalla, cuando obedecemos, entonces Él toma el control de todo y nos bendecirá, ese es nuestro Dios y esa es la fe que nos sostiene. Amén

ENSEÑANZA

  1. Que en varias ocasiones nos hemos encontrado en riesgo y peligro de muerte.
  2. Que Dios está allí a nuestro lado y nos dice que él pelea por nosotros.
  3. Que no importa lo que pase, estamos en sus manos poderosas y en completa seguridad.

ORACIÓN

Señor, en muchas ocasiones hemos estado en peligro, pero tu amor incomparable nos ha salvado, no lo merecemos pero gracias por tu bondad, danos ahora el valor para compartirlo. Nuestra oración es también por quienes sufren por vivir en maldad en su familia, en su trabajo, en sí mismos, e igualmente oramos por todos aquellos que sufren por causa de la injusticia, por la avaricia y por la voracidad de otros, y lloran por haber perdido su trabajo, sus recursos, su familia, pelea por ellos y dales tranquilidad. Permíteles marchar firmes y adelante. En el nombre de tu Hijo. Amén.

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Enfrentando la muerte

 

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El salmista nos anima diciendo: El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo al Señor: Esperanza mía, y castillo mío, mi Dios, en quien confiaré. Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora. Con sus plumas te cubrirá y debajo de sus alas estarás seguro. Escudo y defensa es su verdad. No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya. Caerán a tu lado mil y diez mil a tu diestra, mas a ti no llegará.

Ciertamente con tus ojos mirarás y verás la recompensa de los impíos. Porque has puesto a Dios, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación, no te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada; pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán para que tu pie no tropiece en piedra. Sobre el león y la víbora pisarás, hollarás al cachorro del león y al dragón. Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre.

Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré), en la primera resurrección, (la de los salvos). Lo saciaré de larga vida (la vida eterna) y le mostraré mi salvación (Salmo 91).

Los que profesionalmente nos hemos enfrentado por más de 45 años a la muerte, dado que miles de nuestros pacientes han llegado a nuestro consultorio y hospital en estadios muy avanzados de cáncer, nos hemos percatado más que la mayoría de las personas, de lo importante y trascendental que puede ser, al estar amenazados de muerte inminente, el concepto que tengamos sobre la muerte y la eternidad.

Muchos que durante toda su vida de adultos habían presumido de ateos, ante la espantosa noticia de que están desahuciados, rápidamente nos solicitan que les orientemos sobre lo que les espera en el periodo de agonía, y que les comentemos sobre nuestra fe en la esperanza de la vida en el más allá.

Además, cuando la muerte en forma despiadada y frecuentemente cruel, termina con la vida de un ser amado, que muchas veces, hasta hace unos pocos meses gozaba de excelente salud, felicidad y prosperidad, y era considerado una verdadera bendición para la sociedad, gente decente, útil, necesaria, productiva y ejemplar, los familiares cuya fe no está firmemente fundamentada en la persona de Jesucristo y sus fieles promesas, entran fácilmente en la desesperación y en un doloroso estado de angustia y pérdida irremediable.

Las escenas de dolor y llanto de tantas amorosas madres que están dispuestas no solo a dar su médula ósea y un riñón para salvar a sus hijos, sino su vida a cambio, son verdaderamente conmovedoras, sobre todo cuando no están seguras de lo que les espera a sus amados, al terminar su vida aquí.

Al respecto, Alfonso Aguiló, comenta: Todos hemos visto pasar cerca –cuando no nos ha dado ya de lleno alguna vez– ese dolor tremendo que produce la pérdida de un ser querido. La mayoría de las veces casi no sabemos cómo consolar a esas personas. Les decimos unas palabras, procuramos darles ánimo, pero, al final, casi solo queda acompañarles con nuestro silencio. Pensamos en su sufrimiento, en el vértigo que quizá sientan. A veces te dicen que su vida ha perdido ya todo su sentido, que no entienden, que no encuentran respuesta, que chocan contra ese misterio de la muerte, que nada les puede consolar.

Es que a veces no es fácil darles una respuesta. No es fácil, pero desde la fe hay algunas respuestas. Para quienes tenemos fe, la muerte es una despedida, a un tiempo doloroso y alegre. Un cambio de casa, de esta de la tierra a la del cielo. No es que la fe haga desaparecer esa herida como por encanto, sino que la cicatriza por medio de la esperanza, porque sabemos que los muertos no se mueren del todo.

¿Y los que no creen en nada? Para quienes la muerte no es más que la ruina biológica definitiva, sin nada detrás, efectivamente la respuesta es mucho más difícil. Quizá pudiera ser este un motivo más de credibilidad: la vida sin fe es como una broma cruel que termina un día casi sin avisar. La vida sin Dios no sabe qué hacer con la muerte, no tiene respuesta al miedo a morir, no cuenta con ninguna palabra de esperanza que atraviese el temible silencio de la muerte.

A quienes no tienen fe, la muerte les recuerda desafiante que su forma de entender la vida no tiene para la muerte una explicación satisfactoria. Sin Dios, sin un más allá, ¿qué auxilio puedo esperar para la oculta herida abierta en mi corazón por la muerte, por mi egoísmo y el egoísmo de los demás?

Una criatura, antes de nacer, no sabe absolutamente nada de lo que le espera. Les sucede lo mismo a los no creyentes en relación con la muerte: no saben qué les espera. Sin embargo, la madre, como los que tienen fe, ante los dolores –tanto los del parto como los de la muerte– pone su esperanza en la nueva vida.

El humano no puede atesorar su vida. No puede retenerla. La vida es una hemorragia. La vida se va. ¿Hacia dónde? ¿Hacia el vacío? ¿Hacia la nada? Es inevitable que el hombre se plantee la cuestión de su salvación. De lo contrario, la vida sería como un torrente que inevitablemente nos conduce al abismo. Creer en la salvación es creer que en alguna parte nuestra vida queda recogida.

Si todo se acabara con la muerte, es difícil encontrar sentido incluso al esfuerzo por ser buena persona. Algunos cifran sus afanes en trabajar por un mundo mejor, por lograr que fuera menos malo. Eso está bien, pero sería muy corto reducir nuestras esperanzas a un arreglo más satisfactorio de esta tierra. Todo ese sufrimiento, todo el esfuerzo de una vida, todas esas lágrimas –comenta André Frossard–, toda la sangre que empapa y desborda nuestra historia, ¿no habrían servido entonces más que para construir una ciudad terrena ideal, cuya inauguración se iría aplazando indefinidamente para una fecha posterior?

Pero ¡Gloria a Dios! Que la Biblia dice: El cuerpo hecho polvo se vuelve a la tierra, como era, y el espíritu vuelve a Dios que lo dio; pues está establecido para los humanos que mueran una sola vez, y después de esto el juicio. Así También Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.

Así, todos los que hemos puesto nuestra fe en Jesucristo y sus fieles promesas bíblicas, podemos confiar en que cuando Jesucristo nuestro Salvador regrese, todos seremos transformados, y que en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?

Por tanto, no queremos, hermanos, que ignoren acerca de los que duermen (en el sepulcro), para que no se entristezcan como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron (murieron) en Él. Por lo cual les decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la (segunda) venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero, incorruptibles, inmortales, perfectos y gloriosos.

Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, cuando el mismo Dios de paz nos santifique por completo, y todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea presentado irreprensible en la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo, y así estaremos siempre con el Señor. Porque Fiel es el que nos llama, el cual también lo hará. Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación integral (en espíritu, alma y cuerpo), en la resurrección, por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos (muramos), vivamos juntamente con Él. Por tanto, aliéntense, anímense y edifíquense unos a otros con estas palabras.

¡Qué bueno que la Biblia dice: Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor (gran Dios y Salvador), y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo! Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en Él cree, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judíos y gentiles, pues el mismo que es Señor (Dios) de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.

Jesucristo, al invocarlo con su último aliento, le dijo al pecador que estaba crucificado a su lado: Hoy estarás conmigo en el Paraíso (el seno de Abraham, donde reposan los espíritus de los salvos, mientras llega la primera resurrección), a pesar de que nunca se bautizó, nuca puso un pié en un templo, y nunca tuvo la oportunidad de hacer obras dignas de arrepentimiento. Y digo qué bueno, porque aunque no es lo ideal, ni el perfecto plan de Dios para nuestras vidas terrenales, aún en el lecho de muerte, podemos invitar a las personas a que con una sencilla oración, invoquen el nombre de Jesucristo, crean en Él, y le acepten, reciban y le confiesen como su único y suficiente Salvador.

¡Qué bueno que aún al que nosotros por las apariencias y sus frutos de iniquidad, juzgamos como el más vil, despiadado y condenado de los pecadores, mientras tenga aliento y conciencia, tiene la oportunidad de ser salvo! Dijo Jesucristo: De cierto les digo, que los publicanos y las rameras que se arrepintieron y creyeron, irán delante de nosotros al reino de Dios.

Por todo esto, es que solo el cristiano puede decir confiadamente: Tengo por cierto que, siendo que por la gracia y la fe en Jesucristo, hemos sido hechos hijos de Dios y coherederos con Jesucristo del reino de los cielos, las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. ¡Aleluya! Por tanto: No nos cansemos pues de predicarle el evangelio a toda criatura, porque la promesa

 

ernesto_contreras

Lectura y protestantismo

 

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La fe y la lectura son buenas amigas. Siempre van de la mano. El Protestantismo trajo una nueva manera de vivir la fe. También trajo un cambio de vida, es decir una manera distinta de vivir.

Hoy hablaremos de la importancia de la lectura para la fe. Notaremos dos problemas. El primero es que el Catolicismo Romano no impulsa el estudio de la Biblia porque el Magisterio es el único capacitado para su interpretación. Mientras que en el Protestantismo el estudio de la Biblia por los fieles es necesario y alentado para su desarrollo espiritual. El segundo es que las estadísticas de lectura en México no son del todo favorables. Tristemente, México no tiene el hábito de la lectura.

Todo esto nos lleva a experimentar dos escenarios. En el primero encontramos nuevos convertidos, y dado que la mayoría llegan del Catolicismo Romano, no cuentan con la costumbre de leer la Biblia. En el segundo tenemos a creyentes que han crecido en la Iglesia toda su vida pero lastimosamente no cuentan con el hábito de la lectura. En ambos escenarios parece que ser mexicano pesa y lastima al propio creyente en muchos sentidos.

Entiendo que estos escenarios no son la regla pero tampoco son la excepción. Desafortunadamente vivimos en un país que no aprecia la cultura, el desarrollo intelectual ni la educación formal. Vivimos en un país donde leer todavía es un privilegio para muchos. Un país con libros caros. Un país que, tal y como lo manifiesta el antiguo proverbio egipcio, vive en la peor de las oscuridades… la ignorancia. La paciencia de muchas personas para leer escritos sin dibujitos suele ser heroica. La lectura es una virtud olvidada.

No lo pienso aburrir, asustar ni deprimir, con estadísticas oficiales. Mi sola intención es mostrarle el triste panorama que muchas congregaciones, familias y creyentes viven cada día. Creyentes que carecen del hábito de la lectura son malos creyentes. Inútiles para toda buena obra. Es imposible que un creyente tenga una vida fructífera si carece del hábito de la lectura. Es muy difícil que una congregación se desarrolle y que la Iglesia crezca, ahora sí que como Dios manda, si tiene fieles que no leen… ni siquiera por obligación. Ahora, otro es el problema de la comprensión de la lectura, pero ese asunto lo analizaremos en un artículo posterior.

Teóricamente hablando, ningún protestante, independiente de su nacionalidad o hábitos culturales, debería de tener problema alguno al estudiar la Biblia. La razón es muy sencilla. Dado que el Espíritu Santo habita en el creyente, guiándole a toda verdad, además del hambre de crecer más y más en su vida cristiana, esto le impulsaría de manera natural a leer y a estudiar el texto bíblico. Esa ética protestante de preparación y desarrollo personal debería guiar a todo creyente a la lectura y estudio de las Sagradas Escrituras. Por si eso fuera poco, en el Metodismo contamos con claros ejemplos de personas que cultivaron el hábito de la lectura.

Por lo tanto me parece inexcusable que el creyente no cultive el hábito de la lectura. Si la persona es salva y desea caminar en el Espíritu leer y estudiar la Biblia debería de ser de lo más natural en su vida. Los antecedentes sobrarían. Recuerde mi amable lector aquellos momentos de su primer amor. Donde los deseos de leer y estudiar el texto bíblico vorazmente eran comunes. Las ansías de conocer su fe y vivirla era vital para usted.

Dígame, ¿qué sucedió? ¿Es usted de aquellos que se dejaron vencer por las estadísticas y por la cultura circundante? ¿O acaso es de aquellos que alimentaron su fe y se inspiraron en su herencia protestante y wesleyana? Espero esto le inspire a crecer, avanzar y a desarrollarse espiritual, personal, cultural, académica e intelectualmente.

Que Dios bendiga a la Iglesia a desarrollar el Metodismo, cristianismo de verdad.

daniel_mendoza

Pensamientos episcopales

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Los siguientes párrafos no fueron escritos exprofeso para su publicación en este periódico, sino encontrados en las redes sociales, y dirigidos a pastores y congregantes de la CAO.

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LA VERDAD TAMBIÉN ES PELIGROSA.

Leyendo a José de Ingenieros, en su libro «Las fuerzas morales», dice… «Verdad es la más temida de las fuerzas revolucionarias; los pequeños motines se fraguan con armas de soldados, las grandes revoluciones se hacen con doctrinas de pensadores. Todos los que han pretendido eternizar una injusticia, en cualquier tiempo y lugar, han temido menos contra los conspiradores políticos que a los heraldos de la verdad, porque ésta, pensada, hablada, escrita, contagiada, produce en los pueblos cambios más profundos que la violencia. Ella –siempre perseguida, siempre invencible- es el más eficaz instrumento de redención moral que se ha conocido en la historia de la humanidad».

Jesús estableció: «Yo soy la Verdad». Y esta «verdad te hace libre». Esta verdad destruye primero la mentira, rompe las esclavitudes, los yugos, disipa las ignorancias, quita lo inconsistente, establece lo firme y el fundamento… Cristo la verdad eterna, absoluta, el autor y consumador de la Fe. Creamos en él, crezcamos en él, confiemos en él.

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ORAR ES PELIGROSO.

Puedes terminar cambiando tú, tu familia, y se puede transformar tu iglesia y tu nación, ORAR ES COSAS SERIA, muy seria. Terminarás recibiendo lo que ores, por eso ten cuidado… mucho cuidado. De no hacerlo también, pues toda acción, trae una reacción, toda omisión una consecuencia. Se nos insta a «Orar sin cesar»; y tú cuando ores, «Entra en tu aposento». Se pide: «Enséñanos a orar… Vosotros pues orareis así… Padre nuestro…» «El que pide, recibe…» «Todo lo que pidiereis en mi nombre yo os lo haré».

ORAR es un mandamiento y recompensa de mandamiento se recibirá. Se ora al PADRE, a través y dirigido por el Espíritu Santo, en el nombre de JESÚS. Nombre que es sobre todo nombre, sobre toda situación, todo problema; ante él; el hombre, los problemas, la enfermedad y los demonios, doblarán su rodilla y confesarán QUE ES EL SEÑOR.

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