
Leyendo la historia de la creación en un mundo agonizante
El poema de Génesis 1 nos invita a implementar cuidados paliativos para la Tierra.
Debra Dean Murphy *
A fines del verano, cuando el huracán Dorian estaba generando una catástrofe en las Bahamas, estaba leyendo Génesis 1 y 2 con estudiantes universitarios. Notamos lo habitual que suele sorprender o inquietar a los estudiantes: que hay dos relatos de creación de tradiciones distintas, que estos escritores antiguos no estaban haciendo ciencia por nosotros, que no sabían que estaban escribiendo algo llamado la Biblia. En conversaciones trascendentes, exploramos la idea de que las dos versiones juntas crean un imaginario social indicativo del tiempo de los escritores e instructivo para el nuestro.
¿Pero con qué fin? Una cosa es examinar estos textos por su importancia cultural. Es bueno saber, por ejemplo, que la palabra inglesa dominio (1:26, 28) no transmite las sutilezas del hebreo, con sus connotaciones de pastoreo, parentesco y poder comunal. Esa traducción y nuestras asociaciones de referencia con ella, palabras como dominación y subyugación, han suscrito la relación ruinosa con la tierra que gran parte del cristianismo ha permitido a sus seguidores.
También es bastante común y admirable encontrar en tales exploraciones, especialmente entre los jóvenes, un llamado de atención a las calamidades ecológicas del momento. Necesitamos hacer algo, por el amor de Dios. Necesitamos llamar la complicidad de la religión en la destrucción orquestada del mundo. Necesitamos movilizarnos. Sin embargo, otra cosa, y no siempre una cosa completamente separada, es leer estos textos como compañeros del dolor, como guías para vivir en un mundo agonizante.
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