
Moral, con cartilla o sin cartilla
Uno de los flagelos que ha sufrido México durante siglos es la doble moral. La discrepancia entre lo que decimos y lo que hacemos. La paradoja entre lo que creemos –decimos- y las acciones cotidianas para alcanzarlo. Eso tiene casusas muy variadas que tocan lo histórico, lo idiosincrático, lo cultural, lo político, lo religioso y hasta lo espiritual.
El propio Gonzalo Báez Camargo lo señalaba a propósito del intento de definir el perfil evangélico protestante en América Latina en La Habana, Cuba, en 1930 proponiendo una renovación religiosa de la Hispanoamérica:
Seguir leyendo «EDITORIAL»«Por lo que hace a la moral, hemos vivido y seguimos viviendo entre el rito y la conducta. La religión se aprueba y se practica como sistema de formas externas, pero no invade las esferas de la vida como inspiración de la conducta individual y social. Una de las más dolorosas realidades de nuestro medio, es la cómoda hermandad de la fidelidad al rito, en que el pueblo hace consistir la verdadera religiosidad, con la blasfemia y la impiedad […] Un dogmatismo sin resquicios para el ejercicio del pensamiento individual; un dogmatismo con respuestas en conserva y frecuentemente en descomposición, para toda hambre espiritual; un dogmatismo para el cual la libertad de pensamiento, la función de la conciencia propia, resultan, más que inútiles, peligrosos, tenía que terminar por enflaquecer y anquilosar la constitución espiritual de nuestros pueblos».
Báez-Camargo, 1930














