Categoría: Secciones Varias

La falacia de los dos libros

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Adjuntamos documento que comparte con nosotros el Dr. Ernesto Contreras. Esperamos que sea de bendición para ustedes.

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Ámame por lo menos como amas a tu perro

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En cierta entrevista pastoral, facilitando la comunicación en un problema de relación entre esposo y esposa, la mujer reclama al varón con gran tristeza y una buena dosis de coraje: “¡Ámame por lo menos como amas a tu perro! Cuando llegas a la casa tus ojos siempre miran hacia el suelo buscando a tu perro.  

Tus manos se extienden para acariciar su pelo y darle algunas palmadas con extrema ternura; corres a buscar su alimento y de tu mano le das en el hocico una por una las croquetas, y te deleitas viéndolo beber la leche y el agua que le das, le apresuras a terminar, con la correa en tus manos, listo a salir con él para llevarlo al parque o por lo menos a corretear alegremente, dándole la vuelta a la manzana; regresas y cómo te deleitas tomándolo en tu regazo y, por lo menos dos o tres horas mientras ves la tele, le cepillas el pelo hasta quedarse los dos dormidos.                                                

Cada fin de semana cómo te solazas bañándolo, poniéndole una y otra vez el champú, y con cuánta ternura te pasas, sin medir el tiempo, secándolo, dejándolo como si lo llevaras a exposición y con todo mundo te la pasas hablando de él, orgulloso de todas las monerías que, después de horas de pasar con él, le has enseñado”

“¡Ámame por lo menos como me ama mi perro!” 2ª. Parte

El esposo, con cierta tranquilidad, toma la revancha y con coraje, pero con mayor tristeza, replica diciendo: “¡Ámame por lo menos como me ama mi perro! En las mañanas despierto disfrutando de su calor en mis pies, al salir de casa llevo en mi memoria los gemidos del “Lucky” que se quedó sufriendo por nuestra separación.

Cuando regreso, estoy seguro que me está esperando pacientemente, afinando su oído y su olfato para recibirme bailando y cantando (léase brincando y ladrando) de alegría, veo sus ojos aun llenarse de lágrimas por la emoción de volverme a ver, se acerca y me deja sentir en mis piernas su cabeza, su cuerpo, los golpes de su cola, busca mis manos para acariciarlas con su lengua, buscando todo tipo de comunicación, de tal manera que no me quede la menor duda de su grande amor.

Se deleita aceptando las croquetas que le doy, sé que quizás no tiene hambre, pero acepta con beneplácito lo que le ofrezco.

Está ansioso de acompañarme a la calle, ni se atrasa, ni se va delante de mí, va a mi lado disfrutando de mi compañía y dispuesto a estar conmigo y, de ser necesario, asumir el papel de guardián y protector, no importa cuán grande sea la amenaza a mi persona.                                                                 Al regresar, acepta mis caricias y prodiga sus esfuerzos por “decirme” de mil maneras que él también me ama, como queriendo que mi mayor conciencia sea que: “él es mi mejor amigo”, y me sienta orgulloso de su fidelidad”.

¡Ámame por lo menos como amas a tu perro!

¡Ámame por lo menos como me ama mi perro!rafael_m

Importancia de las misiones y la evangelización

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Compañero pastor…

            Nuevamente, me atrevo a distraerte de tus múltiples ocupaciones. Huelga decir que no estás obligado a leer lo que escribo; sin embargo me atrevo a hacerlo en la lejana esperanza de que algo tenga de utilidad. Nuevamente te reitero una gratísima perspectiva del año 2016, para ti y tu respetable familia, esperando que goces de salud y bienestar; y te invito a pensar sobre:

LA IMPORTANCIA DE LAS MISIONES Y LA EVANGELIZACIÒN

Por ABALRA

Trabajo presentado en el III Encuentro de Trabajo Misionero, celebrado en el Seminario Gonzalo Báez Camargo, los días 17 y 18 de octubre de 2008.

Una reflexión desde la perspectiva de mí investigación documental. **

Desde la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, del Papa Pablo VI, existe en América latina una gran preocupación por las misiones, de manera tal que han surgido diversos llamados hacia una «nueva evangelización». Una «evangelización de la cultura» o a una «enculturación del Evangelio». Estos llamados adquieren un especial significado y relevancia, para todos los movimientos religiosos. La invitación hacia una evangelización «nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión», encuentra un importante eco en la Iglesia latinoamericana. El reto es reflexionar sobre el significado del ser discípulos y misioneros, definiendo la finalidad del discipulado y de la misión: la vida en Cristo.

El cuestionamiento básico es definir: ¿Qué es la misión? ¿De dónde nace? ¿En qué consiste? La acción de misionar debe obedecer a un impulso visionario, una afirmación positiva, un envío que hace el Padre para que con pasión compartamos la paz que nos ha sido regalada por El, la alegría del encuentro con Jesús, del Jesús humano, que atiende a las señales de dolor y sufrimiento que se constatan en el mundo, y no se limita a ellas, sino también a las vividas al interior de la Iglesia y que piden una conversión de los propios cristianos como propósito de la misión, y atiende por cierto a los muchos signos de gozo que los hay dentro y fuera de la Iglesia. Hay un único maestro, y en la vida cristiana nuestra permanente condición de discípulos es la identidad más profunda de nuestro ser en Cristo y nuestro ser para los demás. Entre las varias cuestiones que ameritan ser pensadas, debemos reflexionar respecto del significado que pudiera tener hoy una misión orientada a suscitar en nuestra historia la “vida en Cristo”.

¿De dónde nace la misión? La misión no debe ser fruto del temor, la desesperanza, ni de la ansiedad ante la aparición de “amenazas erosivas” de la fe cristiana. No debe surgir tampoco de la constatación de que “en las últimas décadas en América Latina y el Caribe, se observa una disminución de la fe y un resurgimiento de la desacralización y desvalorización, que cede ante lo mágico y supersticioso; y se traduce en un debilitamiento del compromiso de muchos creyentes con la Iglesia y con su misma fe”; y que se ve en el “crecimiento de la indiferencia religiosa”; produciéndose un “abandono de los creyentes hacia sectas o hacia nuevos movimientos religiosos”.

Sin embargo, la misión de la Iglesia no debe plantearse como una cuestión de proselitismo hacia una hegemonía política, o como una disputa de poder con otros sujetos sociales, como una respuesta a las amenazas del entorno, o como una recuperación de privilegios perdidos o, al menos, cuestionados. Conviene eliminar la sospecha de que la misión es un recurso propagandístico de una Iglesia en crisis. ¿Cómo se logra esto? Por cierto, no sólo declarando nuestras rectas intenciones, sino que con una práctica consecuente con ello, para lo cual es imprescindible una adecuada comprensión teológica de la misión.

Al respecto, lo primero que habría que afirmar es que la misión nace del envío, de la gran comisión: Por tanto, ID y haced discípulos a todas las naciones… (Mat.28.19); la misión es participación de la misión que el Hijo ha recibido del Padre: “Como el Padre me envió, también yo os envío» (Juan 20.21). Y estas palabras de Jesús, advirtámoslo bien, comienzan por el saludo de la paz: “La paz con vosotros”. La misión nace de la experiencia de la paz que nos proporciona el Señor. No es la ansiedad ni el temor lo que mueve a la Iglesia, sino el Espíritu del resucitado que nos regala su paz. De allí la confianza y la esperanza de que nuestra misión no es una mera proyección de nuestros deseos de auto afirmación, sino pasión por compartir la paz que nos ha sido regalada, envío de quien el Padre ha resucitado para que en Él tengamos vida plena.

¿En qué consiste la misión? Si la misión nace del envío, entonces ella deberá ser siempre expresión de la compasión de Dios: del Dios que escucha el clamor de su Pueblo y que conoce sus sufrimientos (Ex 3,7); del Dios que “al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mateo 9.36); Como le explica Jesús a Nicodemo “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Juan 3,16). Nuestra existencia cristiana y la así llamada “práctica eclesial” no pueden sino ser actualización histórica de este amor de Dios por el mundo.

Es en el contexto de nuestra sociedad actual, donde hay que reconocer la carencia de Cristo, la falta de Dios, el surgimiento de los ídolos. Esa “mentalidad que en la práctica prescinde de Dios en la vida concreta y aún en el pensamiento, dando paso a un indiferentismo religioso, un agnosticismo intelectual y a una autonomía total ante el Creador” no es un problema, primera ni principalmente de la Iglesia, sino de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, es el problema de la búsqueda de un humanismo sin Dios.

¿Qué sentido puede tener hablar de una vida plena en Cristo, cuando se considera que la vida puede ser plena sin Dios; más aún, cuando se considera que es necesario “matar a Dios”, para que la vida pueda ser efectivamente plena? Insistimos: esta no es una cuestión sólo de la Iglesia; es una cuestión de comprensión del humanismo. Cuando esto no se esclarece, cuando no explicitamos nuestra comprensión antropológica, entonces menos se entiende nuestra defensa de la vida humana, nuestro interés en que ella se despliegue en todas sus posibilidades de acuerdo a su imagen y semejanza.

Hoy está de muchos modos amenazada la vida; pero, además, experimentamos muchos signos de una vida que no es plena: el desinterés, el tedio, la desidia, las depresiones, el estrés y tantos otros síntomas de búsquedas insatisfechas que no generan sino más ansiedad y más alienación, a fin de poder soportarlo todo, de poder soportarnos incluso a nosotros mismos. Pero la compasión también tiene que ver con “los gozos y las esperanzas”. ¿Dónde están las palabras de aliento de la Iglesia? ¿Cómo se valora la ciencia, de la que todos nos beneficiamos; la convivencia social y política, que tanto ha mejorado; la superación de la pobreza? No se trata de decir estas cosas “para no parecer tan pesimistas”. Hay una cuestión de cultura eclesial, que pareciera nos impulsa más a ser “profetas de calamidades”, que testigos de la vida que en Cristo vence toda muerte, que en Cristo es la belleza que se expresa en todas las cosas, es la verdad que se manifiesta en todo cuanto es, es la bondad que se opone a todo mal. Pertenece a la Iglesia con los hombres y mujeres de nuestro tiempo, el hacerse cargo de los problemas que hoy muchos de ellos tienen,-santidad social- justamente, con la fe y, en particular, con la Iglesia que ha perdido credibilidad.

Sabemos que la incredulidad aumenta y que la vida plena se busca cada vez menos en el Dios de Jesucristo. Consideramos que algunas de las causas de esta progresiva incredulidad, son particularmente gravitantes hoy: “el descuido de la educación religiosa, la exposición inadecuada de la doctrina, los defectos de nuestra vida religiosa, moral y social”, cada día carente de valores y sumisa a la secularización. Es cierto que muchas veces “los enemigos de la Iglesia” se aprovechan de todo esto para debilitar nuestra imagen pública, erosionar nuestra autoridad moral y menoscabar el servicio que prestamos a la sociedad. Con todo, no deben ser estos “enemigos de la Iglesia” los que nos preocupen, sino nuestras propias claudicaciones, nuestro propio pecado.

Nos parece que el tema de la conversión eclesial debe seguir siendo una preocupación mayor tanto de la teoría como de la práctica eclesial. Ello no puede quedar relegado a un hermoso momento vivido en circunstancias especiales. Allí adquirimos un compromiso importante: “nunca más”. –el nuevo hombre, según Pablo- y como nos sucede en la vida personal, la conversión tiene momentos fuertes, como el “parto de Damasco”, pero es también un largo camino, animado por el Espíritu de Dios que nos santifica, y nos hace ver que para evangelizar al mundo de manera creíble, la misma Iglesia se debe evangelizar “a través de una conversión y una renovación constante”.

¿Es necesaria la misión? Si la misión nace del envío y se realiza en la compasión, entonces: ¿es optativo misionar?; ¿está la Iglesia en América Latina y el Caribe ante la opción de impulsar una gran misión?; ¿pudiera la Iglesia renunciar a esta tarea de ir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a anunciar a Cristo y su Evangelio? Pareciera que en muchos sentidos “el celo misionero” ha decaído. Y ha decaído por múltiples razones: en nuestro continente, piensan algunos, vivimos en una cultura ya evangelizada y, efectivamente, el Evangelio ya ha sido puesto en el “corazón de la cultura”, al punto que ésta ya tiene el sello indeleble de Cristo; hemos comprendido que la acción de su Espíritu rebasa los márgenes de la Iglesia visible, y que las diversas confesiones cristianas pueden ser medios de salvación; y que quienes sin culpa no creen, pero aman de verdad, también han nacido de Dios y conocen a Dios (1 Juan 4,7).

Si hemos creído, esa fe se hace verdadera por la caridad (Gálatas 5, 6); en el Espíritu, esa fe se hace acogida de la misión que el Hijo recibió del Padre; esa fe busca hacerse signo histórico de la comunión de los hombres con Dios y de la comunión de todo el género humano. Si hemos creído, entonces el mismo Espíritu nos impulsa a compartir, con pasión, la alegría del encuentro con Jesús, la vida nueva que este encuentro suscita, la fuerza transformadora del reino de Dios instaurado en los hechos y palabras del Señor.

La Misión, tiene que ser fuente de profunda renovación eclesial, que posibilite el diálogo con quienes no comparten nuestra misma fe. Tenemos que reconocer, al mismo tiempo, el carácter universal de la salvación de Dios en Cristo. “A la par que reconocemos que Dios ama a todos los hombres y les concede la posibilidad de salvarse (cf. 1 Timoteo 2, 4), la Iglesia profesa que Dios ha constituido a Cristo como único mediador y que ella misma ha sido constituida como medio universal de salvación… Es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación. Ambas favorecen la comprensión del único misterio salvífico, de manera que se pueda experimentar la misericordia de Dios y nuestra responsabilidad. La salvación, que siempre es don del Espíritu, exige la colaboración del hombre para salvarse tanto a sí mismo como a los demás”.

Durante siglos se acentuó unilateralmente que la salvación sólo radicaba en la Iglesia católica romana y que fuera de ella no había salvación. Quizás, la misma radicalidad de esta afirmación explica el que haya surgido otra tan unilateral e injustificada como aquella: todas las creencias y religiones son igualmente válidas como caminos de salvación. Sin embargo, el desafío -tanto teológico como pastoral- consiste en mantener ambas afirmaciones y comprenderlas en una relación dinámica, en la que se pueda desplegar tanto la libertad y gratuidad del amor misericordioso de Dios, como la libertad del hombre para acoger y compartir ese amor.

Por tanto, la Iglesia en América Latina y el Caribe no está ante la alternativa de si evangeliza o no, de si es misionera o no. Como decía el Apóstol Pablo: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mi si no predicara el Evangelio!» (1ª. Corintios 9, 16). Aunque hoy se quiera favorecer el mutismo y la indiferencia, anunciar a Jesucristo, con hechos y palabras, no constituye una violencia a la libertad humana, y mucho menos un proselitismo, sino que –justamente- quiere fundar y promover esa libertad: “El anuncio y el testimonio de Cristo, cuando se llevan a cabo respetando las conciencias, no violan la libertad.

La fe exige la libre adhesión del hombre, pero debe ser propuesta”. La Iglesia nace de esta propuesta de Dios a los hombres y es así constituida como signo e instrumento de la vigencia que ella tiene en la historia de los pueblos. Cuando la Iglesia evangeliza, ella misma se vuelve a constituir por la Palabra que la convoca y que ahora ella misma propone; y esto lo hace, precisamente, en la compasión con los hombres y mujeres de nuestro tiempo, en la dignificación de todo ser humano, en la comunión con todos los pueblos. Si efectivamente creemos en Cristo, creemos que Él no sólo es el auténtico rostro de Dios, sino que también el auténtico rostro del hombre. Esta afirmación, nos parece, es irrenunciable. Y lo es, entre otras cosas, porque ella no sólo no niega la acción del Espíritu de Cristo fuera de los márgenes visibles de la Iglesia, sino que la supone; y la supone, como anticipación histórica de la comunión escatológica.

La vida nueva en Cristo como finalidad de la misión. La vida nueva en Cristo ha sido la formulación escogida para expresar la finalidad del discipulado y la misión. Ahora bien, ¿qué es esta “vida nueva en Cristo”? No pudiera ser una “vida” que niega –directa o indirectamente- aquella vida a la que hemos sido llamados por nuestro Dios, Padre todopoderoso y Creador. El orden de la redención no suprime el de la creación, sino que lo autentifica. Pero saquemos las consecuencias que ello tiene para la comprensión de la misión. En primer lugar, el anuncio cristiano debiera percibirse como un gran Sí a la creación de Dios, al hombre, a su libertad, a su conocimiento, a su sexualidad, a su creatividad.

El gran No, corresponde a la muerte, al pecado. Por ello, en el Evangelio según San Juan, el actuar del demonio se caracteriza tanto por ir en contra de la vida como por ir en contra de la verdad (Juan 8, 44). La misión que nace del envío y de la compasión de Dios nos impulsa a anunciar la Buena Nueva de Dios –el Sí- desde las realidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Esto implica conocer, estar cerca, hacerse prójimo. Siempre debemos recordar la importancia de la acción pastoral de la Iglesia: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”. El mundo, las realidades y sensibilidades, ciertamente están en el corazón de Cristo.

Hoy se hace necesario destacar el significado salvífico que también tiene prácticas humanas que no acontecen en el templo o que no son realizadas por su personal eclesiástico. La Ética de Wesley–hacer el bien y no el mal, teniendo a Dios como fuente del amor que es fundamental para mantener la relación de amor con Dios. “Si ahora vivimos por el Espíritu, dejemos también que el Espíritu nos guíe” Gal.5.26. Para la gran mayoría de los cristianos, la vida nueva en Cristo consiste en la posibilidad de dejarse transformar por el Evangelio de Jesús, a fin de que todas las dimensiones de nuestra vida queden habitadas y animadas por él. La relación fe y vida, la posibilidad de poder mirar la propia vida desde el querer de Dios, resultan una gracia y una tarea para toda la Iglesia.

En segundo lugar, la vida nueva en Cristo, a la que conduce el discipulado y la misión, consiste en vivir en el absoluto de Dios. Como escribe el Apóstol Pablo, “para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros” (1 Corintios 8,6). El horizonte último de la vida y de la práctica de la Iglesia –no debemos olvidarlo- es Dios y su reinado: “Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo”. (1 Corintios 15,28).

Pero el absoluto de Dios no es negación de cuanto es, sino plenitud en el ser de cuanto es. El “todo” no se niega, sino que ahora es en plenitud, es en Dios, gracias a la obra redentora del Hijo. Este absoluto de Dios es el auténtico principio dinamizador de toda la existencia cristiana: todo se hace relativo a Dios; todo adquiere sentido en Dios; todo queda sometido a la afección de Dios. Por cierto, la Iglesia, sus personas e instituciones, ¡también! En tercer lugar, la vida en Cristo es vivir de acuerdo a lo que para El constituyó el sentido último de su vida, de su muerte y de su resurrección: el reinado de Dios (Cf. Marcos 1.15; Lucas 4,16-21). La Iglesia, en continuidad con la práctica de Jesús, ha sido constituida para ser expresión histórica de la presencia salvífica del Dios en medio nuestro. Ella constituye una comunidad que es a la vez evangelizadora”. Y si el reinado de Dios es el sentido último de la práctica de Jesús y de su Iglesia, entonces éste es indisociable de la práctica de la justicia, del amor, de la verdad. El signo que está al centro de todos los demás signos.

El signo de que Dios estaba con Jesús de Nazaret, nos informa el libro de los Hechos de los Apóstoles, es que “pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo” (Hechos 10,38). Jesús, “se identifica con los pobres: los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos o encarcelados. Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios”. Y es que lo más propio del cristianismo es la estrecha relación que se establece entre el amor a Dios y el amor al prójimo, a tal punto que “la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre repudia al prójimo… el amor al prójimo es un camino para encontrar también a Dios, cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios”.

Sin embargo, el amor al prójimo que debemos expresar los cristianos en nuestra existencia personal y social se inscribe, más profundamente, en un orden propiamente teológico. Es el amor experimentado y vivido el “lugar” en el que podemos experimentar el amor salvífico de Dios en nuestra historia, es el “antes” de Dios, desde el que “puede nacer también en nosotros el amor como respuesta”. Por tanto, la misión como amor vivido y entregado, no es una cuestión optativa del envío de los discípulos de Jesús. Pertenece a la esencia de la acción misionera el ser testigos del amor salvífico de Dios en nuestras vidas, el contribuir a que otros hombres y mujeres puedan experimentar ese amor gratuito y liberador del Dios que en Cristo, nos amó hasta el extremo.

Vivir en Cristo es vivir en el amor: “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Juan 4,16). De este modo, la práctica de la caridad, nuestra pastoral social, nuestra opción por los pobres, y otras expresiones del amor, no son un mero “instrumento de evangelización” y menos aún pueden representar contenidos de un marketing eclesiástico. En esta práctica se realiza el discipulado, acontece la evangelización, irrumpe el reinado de Dios en nuestro medio y en nuestra sociedad. En cuarto lugar, debemos tener presente que la vida nueva en Cristo está posibilitada por un auténtico proceso de conversión. El anuncio del Evangelio de Jesús siempre mueve a la conversión (Marcos 1,15). Pero la conversión es siempre la respuesta del hombre a la experiencia del amor gratuito y salvífico de Dios. En el compendio del Evangelio de Marcos leemos: “el tiempo se ha cumplido, el reino de Dios está cerca, conviértanse y crean”.

La conversión y la fe no son un imperativo hecho, sino que nacen como respuesta agradecida y confiada al amor experimentado de Dios. Cuando nuestros “llamados” a la conversión no tienen a la base esa experiencia del reino que irrumpe en la persona y práctica de Jesús, como cumplimiento de las promesas de Dios, entonces suenan a moralismos y exigencias tan vacías como inútiles. Entre los tantos aspectos que se pueden destacar respecto de esta dimensión de la vida en Cristo, quisiéramos subrayar la necesidad de que la conversión, se oriente a suscitar en todos nosotros una transformación profunda del pensar. ¿Por qué decimos esto? En nuestro contexto cultural y eclesial, en el que predomina el subjetivismo relativista, pareciera cada vez más necesario promover un pensamiento capaz de reflexionar críticamente respecto de las propuestas de sentido y felicidad que se nos ofrecen en el mercado ideológico, de discernir con rigor las propias comprensiones del hombre, del mundo y de Dios, de recrear con lucidez las principales propuestas del Evangelio para los hombres y mujeres de hoy. Sin embargo, también es cierto que los creyentes debemos estar siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza (1 Pedro 3,15).

Por último, y en quinto lugar, la vida en Cristo es “ser y permanecer” siempre como discípulos de Jesús, el Señor. ¿Cómo proclamar el nombre del Señor, si antes no nos hemos dejado transformar por él, si antes no hemos estado con Él, si no permanecemos en Él? En la vida cristiana, el discipulado constituye la identidad más profunda de nuestro ser en Cristo y de nuestro ser para los demás. Estamos llamados a ser misioneros, a hacer discípulos a todas las gentes, pero sin dejar de ser nosotros mismos discípulos. El discípulo de Cristo, que por la gracia del Espíritu permanece en Él, reconoce en Cristo a su único Señor y Maestro.

Sin embargo, el auténtico discípulo sabe también que el Espíritu de Cristo “ha sido derramado sobre toda carne” (Hechos 2,17) y que, por ello, también El nos sale al encuentro desde aquellos que vamos a evangelizar. Escuchar al Señor es también escucharlo donde quiera que su Espíritu se nos quiera manifestar. La vida en Cristo es vivir en esta actitud de escucha y de discernimiento; así podremos reconocer la presencia vivificante de su Espíritu; así, por su gracia, podremos dar testimonio de su presencia salvífica en el mundo e invitar a todos a vivir en El, con esperanza y con pasión.

Y por cierto, les tengo una muy grata noticia: del 5 al 10 de Octubre estaremos celebrando la CONFERENCIA MISIONERA GLOBAL; en tiempo y forma les estaré dando detalles del lugar y de los costos y oradores. Por lo pronto vayan apartando su lugar

Con mi afecto y respeto

abner


 

Notas

**Se tomaron como base documentos del Teólogo Joaquín Silva, profesor de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile; y Documentos de la Facultad de Filosofía y Humanidades.

 

Vida en comunidad, Parte 4

vida

Proseguimos con la publicación de su obra más conocida entre laicos, pastores y teólogos, VIDA EN COMUNIDAD. Consta de cinco capítulos. Estamos compartiendo el primer capítulo, La Comunidad, donde el cuarto subcapítulo es La Gratitud.

  1. LA COMUNIDAD

La gratitud

Igual que sucede a nivel individual, la gratitud es esenecial en la vida cristiana comunitaria. Dios concede lo mucho a quien sabe agradecer lo poco que recibe cada día. Nuestra falta de gratitud impide que Dios nos conceda los grandes dones espirituales que nos tiene reservados. Pensamos que no debemos darnos por satisfechos con la pequena medida de sabiduría, experiencia y caridad cristianas que nos ha sido concedida. Nos lamentamos de no haber recibido la misma certidumbre y la misma riqueza de experiencia que otros cristianos, y nos parece que estas quejas son un signo de piedad. Oramos para que se nos concedan grandes cosas y nos olvidamos de agradecer las pequeñas (¿pequeñas?) que recibimos cada día. ¿Cómo va a conceder Dios lo grande a quien no sabe recibir con gratitud lo pequeño?

Todo esto es también aplicable a la vida de comunidad. Debemos dar gracias a Dios diariamente por la comunidad cristiana a la que pertenecemos. Aunque no tenga nada que ofrecernos, aunque sea pecadora y de fe vacilante, ¡qué importa! Pero si no hacemos más que quejarnos ante Dios por ser todo tan miserable, tan mezquino, tan poco conforme con lo que habíamos esperado, estamos impidiendo que Dios haga crecer nuestra comunidad, según la medida y riqueza que nos ha dado en Jesucristo. Esto concierne de un modo especial a esa actitud permanente de queja de ciertos pastores y miembros «piadosos» respecto a sus comunidades. Un pastor no debe quejarse jamás de su comunidad, ni siquiera ante Dios. No le ha sido confiada la comunidad para que se convierta en su acusador ante Dios y ante los hombres. Cualquier miembro que cometa el error de acusar a su comunidad debería preguntarse primero si no es precisamente Dios quien destruye la quimera que él se había fabricado. Si es así, que le dé gracias por esta tribulación. Y si no lo es, que se guarde de acusar a la comunidad de Dios; que se acuse más bien a sí mismo por su falta de fe; que pida a Dios que le haga comprender en qué ha desobedecido o pecado y le libre de ser un escándalo para los otros miembros de la comunidad; que ruegue por ellos, además de por sí mismo, y que, además de cumplir lo que Dios le ha encomendado, le dé gracias.

Con la comunidad cristiana ocurre lo mismo que con la santificación de nuestra vida personal. Es un don de Dios al que no tenemos derecho. Sólo Dios sabe cuál es la situación de cada uno. Lo que a nosotros nos parece insignificante puede ser muy importante a los ojos de Dios. Así como el cristiano no debe estar preguntándose constantemente por el estado de su vida espiritual, tampoco Dios nos ha dado la comunidad para que estemos constantemente midiendo su temperatura. Cuanto mayor sea nuestro agradecimiento por lo recibido en ella cada día, tanto mayor será su crecimiento para agrado de Dios.

Gente Sana

sana

“SE NECESITA GENTE PARA ENFERMAR A LA GENTE, SE NECESITA GENTE PARA SANAR A LA GENTE”.

Pablo Hoff cita la frase anterior de otro autor en su libro «El pastor como consejero». Cuánta sabiduría emana de esta frase, los instrumentos que sirven para generar sanidad o lo contrario son los seres humanos, por eso en el gran mandamiento de manera estratégica Jesús establece en Mateo 22:37 al 40, que lo primero es AMAR A DIOS, pues el amarle a él, llena nuestros profundos vacíos, sana las asperezas, terminamos convirtiéndonos en lo que amamos… aunque esto no quiere decir que si amamos a Dios, nos convertimos en Dios, sino que proyectamos su imagen y semejanza como fue impartida en el estado adámico.

Inmediatamente establece AMARNOS A NOSOTROS MISMOS, para poder en esta condición AMAR A NUESTRO PRÓJIMO. No seremos capaces de hacer por uno o por muchos lo que no somos capaces de hacer por nosotros mismos. Me amo… entonces amo; me valoro… entonces valoro; me cuido… entonces cuido a los demás, etc.

De la abundancia de nuestro corazón, de nuestro bienestar y apreciación, hablaremos, cuidaremos, bendeciremos, daremos. Tú estas bien, entonces tu familia estará bien, y así subsecuentemente a todos los que te rodeen. El amarse a sí mismo, no es un evangelio egoísta, es simplemente obedecer el mandamiento.

Es hora de que sanes, te necesitamos urgentemente sano, lo necesita la gente que te rodea y la sociedad que clama y reclama por salud en todos los sentidos. Empodérate con la virtud y la sanidad de la cruz, y en el Crucificado y Resucitado, para que así como dijo el Salmista David, tú también digas, «mi copa está rebosando». Y tanto rebosa mi vida, que desparramo y comparto lo que hay en mí.

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Me guia Él

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Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre” (Salmo 23:3)

Obispo Juan Pluma Morales

El himno “Me Guía Él” está basado en el conocido Salmo 23, un pasaje bíblico en el que conocemos de qué manera el Todopoderoso nos protege en medio de las dificultades de día a día. Definitivamente el amor personal de Dios por sus hijos es inigualable. Nos da tanta seguridad que podríamos atravesar con Él un valle tenebroso.

El ministro bautista Joseph Henry Gilmore, quien nació en la Ciudad de Boston, en 1834, fue el compositor de este hermoso himno. Epigmenio Velasco Urda (1880-1940), llamado «El campeón de los coros», quien trabajó como educador, pastor, poeta, compositor y periodista, pero que fue su mayor gozo entusiasmar a los grupos corales en su alabanza a Dios, tradujo, entre otros, este himno. También compuso el himno «Nuestra Fortaleza».

ME GUÍA ÉL

Me guía El, con cuánto amor

Me guía siempre mi Señor;

En todo tiempo puedo ver                                              

Con cuánto amor me guía El.

 

Coro: Me guía El, me guía El.

Con cuánto amor me guía El;

No abrigo dudas ni temor

Pues me conduce el buen Pastor.

 

En el abismo del dolor,

O donde intenso brilla el sol,

En dulce paz o en lucha cruel,

Con gran bondad me guía El.

 

La mano quiero yo tomar

De Cristo, y nunca vacilar,

Cumpliendo con fidelidad

Su sabia y santa voluntad.

 

Y la carrera al terminar,

El alba eterna al vislumbrar,

No habrá ni dudas ni temor

Pues me guiará mi buen Pastor.

CONTEXTO DEL TEXTO

El salmista David, al describir a Dios como pastor, mostraba su propia experiencia, ya que pasó sus primeros años cuidando ovejas (1° Samuel 16:10,11). Las ovejas dependen completamente de su pastor en cuanto a alimentación, guía y protección. En el evangelio de Juan, Jesús dice que él es el buen Pastor (Juan 10:11); y en el libro de Hebreos, es el gran Pastor (Hebreos 13:20), y Pedro el apóstol, dice que Jesús es el Príncipe de los pastores (1ª Pedro 5:4).

De la misma manera que Jesús es el buen Pastor, nosotros somos sus ovejas. No somos animales atemorizados y pasivos, sino seguidores obedientes y sabios que siguen al único que puede guiarnos a los mejores lugares y por caminos seguros. Este salmo no pone énfasis en las cualidades de las ovejas como animales, sino en las cualidades nuestras como discípulos de los que siguen a Jesús. Cuando usted reconozca al Buen Pastor, ¡sígalo!

ENSEÑANZA

  1. Que el Señor es mi Pastor y mi guiador en toda mi vida
  2. Que no necesito más que reconocerlo como mi guiador y él hará su obra
  3. Que del mismo modo puede llegar a ser el guiador de otros, si se lo comunico y entonces seremos miles, millones.

ORACIÓN

Señor Jesús, gracias por ser mi guía fiel antes que te conociese, como dice el salmista, ya me guiabas y me cuidaste de diversos momentos de peligro. Señor, si contratara un vigilante o policía para cuidarme de día y de noche, no tendría con qué pagarle, pero Señor, gracias porque sin pagarte me cuidas a mí y a mi familia. Señor, úsame para decirle a la gente que no te conoce que tú eres su guiador, tú eres su cuidador, tú eres su Señor y sé que este mundo será distinto. En el nombre de tu Hijo, Amén.

juan_pluma

Capsulas sobre el discipulado

discipulado

NUEVOS CREYENTES, SU SEGUIMIENTO Y LA CONSERVACIÓN DE LA NUEVA CRIATURA.

El niño recién nacido no puede valerse por sí mismo; carece de pensamiento lógico y de capacidad para decidir. Sería el más desvalido de los seres de la tierra si no existiera una relación continua y especial con sus padres, en especial con la madre. En esa relación va creciendo y desarrollándose hasta convertirse en un adulto capacitado para hacer con sus hijos lo que hicieron sus padres con él. Lo que sucede en el mundo físico también se produce en el mundo espiritual. Pablo en 1Timoteo 3:6 declara “no un neófito..”, llamaba neófitos (en griego <plantas tiernas>) a los que acababan de nacer de nuevo. Desde ese mismo momento comienza un crecimiento que nunca termina y que lo debe llevar de neófito a discípulo y de discípulo a discipulador. Su desarrollo espiritual se produce en un medio adecuado: la iglesia de Cristo, esta institución que es la familia de Dios, en donde somos llamados hijos de Dios y Cristo es el primogénito (Efesios 2:19), el edificio del cual ellos son las piedras vivas y Cristo la piedra angular (1Pedro 2:5,6) y el cuerpo del cual ellos son los miembros y Cristo la cabeza (Romanos 12:5; 1Corintios 10:17; 12:27;Efesios 1:23; 3:6; 4:4,16, Colosenses 1:18).

Pero, este proceso de crecimiento no lo podemos hacer por nuestros propios medios debido a nuestra naturaleza caída. Sin embargo Cristo no nos dejo solos (Juan 14:18), sino que nos envió a su Espíritu Santo (v17). Este no solo mora en nosotros, sino que está en nosotros, de modo que podamos andar como es digno de la vocación con que fuimos llamados (Efesios 4:1). Gracias a ÉL, podemos ir creciendo y desarrollándonos en el seno de su Iglesia, y siendo testigos de lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo, ante un mundo sumido en las tinieblas y esclavizado por el poder del pecado. Así será, “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13).

Lo primero que necesita el nuevo creyente es un fundamento sólido sobre el cual edificar la humildad, Jesús dijo: “Ser como Yo manso y humilde”, a fin de echar abajo todo lo que no esté de acuerdo con ese fundamento y con la tutoría personal y colectiva que solo puede recibir en una iglesia local con fuertes raíces bíblicas. Este proceso no se puede dejar para después, como tampoco se puede posponer la alimentación de un infante. Es necesario que nuestra querida Iglesia Metodista comience de inmediato a apoyarlo, instruirlo y sostenerlo en sus luchas, y que el comience también de inmediato a recibir en mansedumbre, humildad y sumisión lo que le quiere enseñar el Espíritu Santo. Esta labor que algunos llaman: Seguimiento o conservación de resultados de la evangelización, es el comienzo del discipulado, y sus bases son: 1) El conocimiento de la Biblia; 2) El establecimiento de una comunión genuina con Dios mediante los dos medios de gracia, meditación de las escrituras y la oración y 3) La confraternidad con los hermanos o la comunión (en griego <koinonía>) con otros creyentes.

FE EN ACCIÓN: Querido hermano(a), Cristo cuenta contigo, para iniciar en los recién convertidos de tu congregación, su proceso de crecimiento en la formación de discípulos espirituales, tengan paciencia, perseveren y recuerden EL DISCIPULADO BÍBLICO CONSISTE EN INVERTIR LA VIDA EN LA DE OTROS. UN VERDADERO APOSTOLADO.

Que Dios les bendiga y les guarde de todo mal.  

Tomado de la Biblia del Discípulo y mi experiencia personal con Dios.

Hno. Cuau.

 

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Siete prácticas de Juan Wesley que pueden cambiar los corazones hoy

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Foto por Ronny Perry

Roger Ross*/ Traducción y Adaptación por Michelle Maldonado **

Wesley estaba angustiado por la falta de poder la iglesia tenia para alcanzar la gran mayoría de los británicos. Dios creó un descontento tan grande en el corazón de Wesley que el abandonó los modos convencionales de ministerio y experimentó con varios enfoques innovadores. Para sorpresa de todos, el reavivamiento espiritual estalló en Inglaterra y más allá. Si eres como yo, usted puede preguntarse, «Si Dios puede hacer eso, entonces, ¿por qué no ahora?»

Siete prácticas surgieron como características del movimiento metodista primitivo.

  1. Dedicarse a la oración

Wesley volvió a descubrir lo que la iglesia de su tiempo había olvidado: la oración resulta en el poder de Dios. Llamó la oración «el medio más importante para acercarse a Dios», y encontró que la oración continua siendo el primer paso necesario para ver a Dios moverse. Él modeló esta convicción al dedicar al menos dos horas al día a la oración personal e hizo oración un sello distintivo del movimiento.

  1. Ir donde está la gente

Cuando el amor de Jesucristo agarró el corazón de Wesley, él sabía que no podía quedarse callado. Tenía que haber alguna manera de llegar a las millones de personas que nunca entrarían por la puerta de una iglesia. Inicialmente, Wesley estaba convencido de que el Evangelio sólo podía ser predicado dentro de la estructura de una iglesia. Pero con tan pocas personas que asistían los servicios religiosos, se vio obligado a considerar otras opciones. De mala gana, Wesley comenzó a predicar al aire libre. Él encontró un punto alto en el borde de la ciudad y le predicaba a quienes quisieran escuchar. Una multitud de tres, cinco, incluso de diez mil personas se reunían. Muchos de ellos fueron tocados por Dios y despertó en ellos su estado espiritual. Nació un avivamiento en Inglaterra en gran parte porque Wesley estaba dispuesto a llevar el Evangelio donde estaba la gente.

  1. Hablar la Verdad

En el tiempo de Wesley, la Iglesia de Inglaterra no se conectaba con la vida real de la gente común. Irónicamente, el ministerio de Jesús fue todo lo contrario. Cuando Jesús hablaba, la gente común lo oía. Wesley deseaba cerrar la brecha entre la fe real y la gente real. A pesar de que era graduado de la Universidad de Oxford con un alto nivel de educación y profundamente impregnado de la tradición cristiana, se negó a ostentar su conocimiento. Él eligió hablar de forma sencilla. Dio forma intencional a su lenguaje para que la gente común pudiera escuchar el evangelio, entender y responder.

  1. Utilizar la Música de la Cultura

Cantos gregorianos en latín y la música alemana eran estándar en los servicios religiosos en el tiempo de Wesley. Aunque la letra era significativa, la música no se conectaba completamente con la gente común. No le hablaba al corazón. En sus viajes, Wesley encontró que las personas inconversas se conectaban más fácil con el Evangelio cuando llegaba a través de su cultura nativa. Él animó a su hermano Charles a incluir el Evangelio en las melodías populares de la época y la música toco los corazones de la gente. Hablar de forma que las personas pudieran entender era la primera parte de descifrar el código cultural; música que tocara el alma moderna era la segunda parte.

  1. Crear grupos pequeños para el crecimiento espiritual

Cuando Wesley comenzó a predicar al aire libre en varios sitios alrededor de Inglaterra, pronto se dio cuenta de un patrón preocupante. Sin el apoyo y el estímulo intencional, las personas que se convertían pronto se apartaban. Para proporcionar cuidado espiritual, Wesley sólo predicaba en lugares donde la gente espiritualmente despierta podía ser colocadas en grupos pequeños o «clases». Su objetivo no era ver la gente tener un único encuentro con Dios, sino que tuvieran un cambio real en sus vidas mediante la fe en Cristo. Tales transformaciones del corazón y vida tienen mejor resultado cuando la gente comparte con otros y ese grupo de soporte se convierte en una familia espiritual.

  1. Darle Ministerios a los Laicos

A medida que el movimiento metodista primitivo crecía, Wesley pronto siguió el consejo de su madre y autorizo laicos, tanto hombres como mujeres, para supervisar las clases (grupos pequeños) y predicar en las reuniones de la sociedad (grupos grandes). Cuando soltó las energías de los laicos, el ministerio se multiplico aún más rápido.

  1. Uso de la comunicación en masa

En los días de Wesley, la herramienta de comunicación de masas fue la imprenta. Wesley escribió numerosos sermones, tratados y libros que se distribuyeron a una amplia audiencia para alimentar el movimiento. Miles de personas que nunca lo habían oído hablar llegaron a conocer a Cristo y crecer en Cristo a través de sus escritos. Por supuesto, hoy en día el Internet y las redes sociales permiten que cualquier persona con acceso a la web pueda tener una plataforma personal. Algo que antes era inimaginable.

¿Por qué no ahora?

El genio del avivamiento Wesleyano se encuentra en las formas en que la gente indiferente se convirtieron en discípulos de buen corazón que cambiaron el mundo. Nosotros podemos hacer eso también. Podemos recuperar los siete métodos del movimiento metodista que alcanzaron a las masas sin iglesia de ese día. Si vamos a cambiar la forma de estas prácticas para un contexto del siglo XXI y rediseñarlas para individuos, grupos e iglesias, se dará a conocer una nueva ola del espíritu.

*Roger Ross es pastor de la Primera Iglesia Metodista Unida en Springfield, Illinois. Este artículo es una adaptación de su libro. Para más información del artículo visite el enlace:http://www.churchleadership.com/leadingideas/leaddocs/2016/160330_article.html

** Michelle Maldonado es la Directora Asociada de Comunicaciones Hispano/Latinas de la IMU. Puede contactarle al (615)742-5775 o por el mmaldonado@umcom.org

Anecdotario

A 104 Aniversario del naufragio, ¿Realmente tocó la banda del Titanic ‘Más cerca, mi Dios, de ti’?

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El Titanic, transatlántico británico, fue el mayor barco del mundo al ser fletado. Se hundió la noche del 14 al 15 de abril de 1912 en su viaje inaugural Southampton-Nueva York.

FUENTES BBC Mundo MADRID 14 DE ABRIL DE 2016 20:00 h

Es la trágica historia de la que todo el mundo conoce el final: el Titanic se hunde. Sus últimas horas se han convertido en material para crear un mito, alimentado por las distintas versiones de las películas sobre la historia. Se cumplen ciento cuatro años desde que el Titanic chocó a toda velocidad contra un iceberg, para que dos horas y medio más tarde se hundiese hasta el fondo del Atlántico y así muriesen en la catástrofe más de 1.500 hombres, mujeres y niños.

Como señala la periodista de la BBC, Rosie Waites, esto ha inspirado una serie de películas, documentales y diversas teorías conspiratorias. La reedición de la cinta de James Cameron de 1997 en 3D nos recuerda que lo que mucha gente sabe de los acontecimientos de aquel 14 de abril 1912 no proviene de un hecho histórico, sino de la pantalla grande.

LA BANDA DEL TITANIC    

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La banda del Titanic, en una de las películas sobre el naufragio. Paul Louden-Brown, de la Sociedad Histórica del Titanic y que trabajó como consultor en la película de James Cameron, dice que la escena de los músicos en la película de 1958 «A night to remember» era tan maravillosa que Cameron decidió repetirla en su película. Inicialmente los ocho miembros de la banda, dirigidos por Wallace Hartley, se situaron en el salón de primera clase en un intento de hacer que los pasajeros conservaran la calma.

En todas las películas se ve cómo la banda no dejó de tocar y cuando el barco hacía aguas, los músicos se trasladaron a la cubierta, donde se procedía a embarcar a los pasajeros en los botes salvavidas. Ninguno de los miembros de la orquesta sobrevivió, convirtiéndose en héroes. Muchos testimonios relatan que es cierto que la banda de la nave efectivamente tocaba en la cubierta, algo de lo que nadie duda. Por lo tanto es cierta una de las más bellas y terribles imágenes que ofrecen en muchas de las películas sobre el Titanic, en las que la banda permanece tocando como música de fondo mientras el barco se hunde. ¿Qué motivó la extraordinaria actitud de los músicos para tocar hasta la muerte?

Probablemente la personalidad de su líder y director sumada a la del resto de compañeros, un sólido bloque humano unido por la música. Wallace Hartley, el director de la orquesta, estaba formado en la tradición metodista y su padre había sido director del coro de la iglesia protestante de esta denominación evangélica. La historia dice también que el motivo por el que los músicos permanecieron en cubierta, fue un intento de mantener en alto la moral de los pasajeros.

Pero hay un debate acerca de cuál fue la canción final. La “tradición” dice que la última melodía fue el himno «Más cerca, mi Dios, de ti» (Nearer, My God, To Thee) Lo que sí confirman los testimonios es que la banda tocó en efecto en la cubierta esta canción de enorme significado y mensaje en las circunstancias que envolvían su música. Pero el pasajero que recordó que se tocaba ese himno en particular fue lo suficientemente afortunado como para salir mucho tiempo antes de que el barco se hundiera, por lo que no puede afirmar que fuese la última canción que interpretó la banda.

DAR LA VIDA POR OTROS

Lo que es un hecho también probado, y que conmueve, es que cuando los botes salvavidas finalmente se bajaron, los oficiales dieron la orden de que «las mujeres y los niños» debían ir primero. Quedó registrado que 115 hombres de primera clase y 147 de segunda dieron un paso atrás cuando iban a subir a los botes para hacer espacio a las mujeres y los niños, y como resultado de su gesto altruista perdieron la vida.
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Vínculos con el Titanic: Metodistas a bordo del famoso barco

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INTRO:

El Titanic se hundió el 15 de abril de 1912 –hace 104 años- en su viaje inaugural. Entre las muchas historias interesantes de los sobrevivientes, el historiador Phil Gowan dice que un metodista casó con una mujer que conoció en un bote salvavidas.

GUIÓN:

Probablemente había al menos una docena metodistas a bordo, quizá más que eso.

A bordo había una señora llamada Marjorie Newell Robb, que también era de una familia metodista. Ella, su hermana y padre viajaban en primera clase en el Titanic. Su padre se había perdido. Su hermana y ella sobrevivieron y terminaron viviendo más de cien años de edad, una de ellas fue la última sobreviviente de todos los pasajeros de primera clase.

Otros metodistas a bordo fueron Maude Simcock y un señor Gibbons. Otros de Inglaterra, que habían sido miembros incondicionales de la iglesia metodista.

Uno más fue Robert Williams Daniel. El señor Daniel era de una familia muy rica en Virginia. Había sido criado en una plantación llamada Brandon en el río James. La familia había estado allí durante varias generaciones y él era un banquero bastante rico.

En el bote salvavidas, el señor Daniel se encontró con otro sobreviviente, que era un adolescente llamado Eloise Smith. La señora Smith se acababa de casar y ella y su marido estaban en su luna de miel regresando a los Estados Unidos en el Titanic. Ella resultó que estaba embarazada. Su marido murió dejandola viuda; una viuda embarazada a los 19 años. El señor Daniel se hizo su amigo en el bote salvavidas y después, se convirtió en un elemento romántico y se casaron. El único matrimonio de dos sobrevivientes, como consecuencia del hundimiento del Titanic.

El señor Daniel más tarde se convirtió en senador del estado de Virginia, un hombre muy importante allí. Su hijo también se convirtió en senador del estado en su estado. Se podría mencionar también que él y Eloise Smith, cuando se casaron, lo hicieron en la iglesia Metodista local en el área de Richmond. Permaneció en la iglesia metodista firme por el resto de su vida.

Otro que viajaba en primera clase y tenía un bulldog francés, el señor Gammon de Piquon; el perro estaba en la perrera la noche del hundimiento.

https://youtu.be/cgHhgiZc0FU

Reflexiones sobre el Titanic: Historiador Phil Gowan; Publicado: 15 Abril 2011