Nota de la Dirección: Con gusto recibimos y publicamos esta crónica, que marca la inclusión de la Iglesia La Santísima Trinidad, conocida como Gante, al grupo de congregaciones que desde hace años cuentan con este valioso recurso, a lo largo y ancho del país.
A lo largo de la historia de nuestro hermoso santuario ha persistido un anhelo silencioso pero constante: facilitar el acceso a sus distintas plantas, aliviar el esfuerzo de las personas mayores y de aquellas cuya condición motriz dificulta el ascenso por los escalones que conducen a los espacios superiores. Porque en esos niveles no sólo descansan oficinas; allí palpita la vida formativa y comunitaria: salones infantiles, capillas destinadas a niños, adolescentes (intermedios) y jóvenes; y finalmente el salón social del Templo, anfitrión habitual de celebraciones invernales, fiestas patrias, desayunos, comidas y cenas con motivo de aniversarios de organizaciones oficiales, aniversarios del propio Templo e incluso celebraciones privadas de los miembros de esta histórica congregación.
Los antecedentes del proyecto del elevador —que con el tiempo dejó de ser simple idea para convertirse en anhelo— datan de los años previos a 1925, año en que se celebraría el cincuentenario o Bodas de Oro de la Iglesia Metodista Episcopal en México. Con tal motivo se proyectó realizar “La Gran Catedral del Metodismo”, orientando el inmueble, otrora franciscano, hacia una nueva etapa bajo el concepto de “iglesia institucional”, cuya finalidad era destinar espacios no sólo al culto público y a la enseñanza dominical, sino también a la vida social de la iglesia y al servicio de la comunidad en general.
Aquella ambiciosa remodelación contemplaba la adición de dos niveles al claustro y sobreclaustro principal —lugar que los ganteanos conocemos como “Nave Mayor”— mediante tendidos de concreto en los espacios que dividen los niveles. La parte colindante con la calle de Gante se ampliaría a cinco niveles provistos por un ascensor, cuya distribución albergaría salones para conciertos, bodegas, despachos, garaje, gimnasio, comedor, cocina y biblioteca, entre otros servicios. Los planos estaban definidos y el presupuesto estimado en $250,000 pesos de aquella época.
Sin embargo, la depresión económica mundial limitó la ejecución de estas magnas obras. Diversos historiadores y miembros referentes de nuestra congregación coinciden en que, si bien dicha infraestructura habría representado una ventaja funcional de primer orden, también habría significado una alteración armónica y arquitectónica del claustro y sobreclaustro principal, haciendo desaparecer el espíritu con que Fray Buenaventura de Salinas diseñó y construyó tan hermosas columnas entre 1649 y 1652. Así, la historia preservó la esencia del recinto, pero dejó suspendido el sueño del ascensor.
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