LA DEUDA ETERNA DEL AMAR A OTROS
Acabamos de pasar la Semana Santa, remembranza del tremendo sacrificio que Cristo hizo por traernos salvación y redención, seguido de su resurrección gloriosa. Recordamos al respecto una referencia que vimos acerca de la deuda externa de un país; alguien usó la paronimia -relación entre palabras con significado diferente, que se distinguen por una letra- para decir que Cristo ya pagó nuestra deuda eterna, un pago que jamás hubiéramos podido hacer por nosotros mismos.
Ese pago por nuestra vida eterna nos hace contraer una deuda personal de amar a otros: No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley (Romanos 13:8-9). Y unos versículos antes leemos: El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor (v.10). El amor que Cristo ha derramado en nosotros por obra del Espíritu Santo no puede quedarse contenido en nuestro corazón, sino que ha de desbordarse en un andar diario como el que describen los versículos 13 y 14, también de Romanos 8: Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne.
El amor que Cristo mostró al morir en la cruz en nuestro lugar, y la victoria que ganó sobre la muerte al tercer día, nos da la esperanza de que esa vida otorgada por él a quienes lo reconocemos como Señor y Salvador, la podemos mostrar a otros andando “de día”, encarnando las conductas descritas en Romanos 8:13 y 14, referencia a los últimos 6 mandamientos descritos en el libro de Éxodo.
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