Carta a un clérigo

 Nota del director: En un número anterior uno de nuestros lectores preguntó de dónde sacó el Obispo Juan Pluma Morales la referencia que hizo en su artículo Médico de Cuerpo y Almas, sobre la Carta a Un Clérigo, de Juan Wesley. En obsequio al interés de nuestro lector, publicamos ahora esa carta, que puede ser hallada en: “Las Obras de Juan Wesley”, Tomo V, pág. 211-216.

Carta a un Clérigo

Tullamore, 4 de mayo de 1748

Reverendo Señor:

Rev. Juan Wesley
Rev. Juan Wesley

No tengo actualmente tiempo disponible ni el deseo de entrar en una controversia formal; pero me permitirá que le haga unas breves alusiones al tema de nuestra conversación de anoche.

I.

  1.  Dado que la vida y la salud son cosas de tan grande importancia, es incuestionable y fundamental que los médicos deberán contar con todas las ventajas del aprendizaje y del estudio que sea posible.
  2. Asimismo, antes de comenzar el ejercicio de su profesión han de ser examinados por profesores competentes.
  3. Luego de aprobar los exámenes, las personas autorizadas para hacerlo deben otorgarles el derecho a ejercer su profesión.
  4. Mientras preservan la vida de los demás, deben disponer de los recursos suficientes para sostener las suyas propias.
  5. Pensemos ahora en un caballero educado en la universidad de Dublin, con todas las ventajas que ello significa y que, habiendo superado todas las pruebas corrientes, ha sido autorizado a ejercer su profesión.
  6. Supongamos que este médico se instala por unos años en un lugar determinado, pero que no logra curar; y que después de aplicar sus conocimientos a unas quinientas personas, se comprueba que no ha curado ni siquiera una, sino que, contrariamente, muchos de sus pacientes han muerto bajo su atención y que los demás están igual que antes de su llegada.
  7. ¿Condenaría usted a alguien que, teniendo algún conocimiento de medicina, como también una tierna compasión hacia los enfermos y moribundos existentes a su alrededor, trata de curar sin percibir salario ni recompensa alguna a muchos de los que el doctor no pudo sanar?
  8. Por lo menos no los sanó (que para el caso es igual) aunque sólo fuere porque él no fue a ellos, ni ellos a él.
  9. ¿Condenaría usted a quien ha curado enfermos que el médico titulado no pudo sanar, sólo porque carece de estudios completos o de una educación universitaria? ¿Qué entonces? Sana a los que el educado y preparado no puede curar.
  10. ¿Argumentaría usted que el hecho de no ser médico debidamente autorizado le quita todo derecho a ejercer? No puedo coincidir con su opinión. Creo que es médico aquél que cura (medicus est qui medetur) y que toda persona tiene derecho a salvar la vida de un moribundo. Pero, si usted sólo quiere decir que no está autorizado a cobrar honorarios, no discuto, pues no cobra nada.
  11. No, y me temo que, por otra parte, si usamos el idioma con propiedad, podemos coincidir en la afirmación de que no es médico quien no cura (medicus non est qui non medetur).
  12. Es cierto que al poseer su título de doctor en medicina se le reconoce autoridad; pero, ¿autoridad para qué? Pues para curar a todos los enfermos que lo consulten. Pero (dejando de lado aquéllos que no lo hagan, cuyas vidas usted tampoco querría sacrificar inútilmente) que no cura a los que lo consultan; quien estaba enfermo sigue igual o de lo contrario ya ha partido para no verle más. Por lo tanto, su autoridad no vale nada porque no sirve para el fin que le fue concedida.
  13. Y ciertamente no tiene autoridad para quitarles la vida, impidiendo a otro que les salve.
  14. Tanto si intenta como se desea impedir al otro, como si le condena o le tiene aversión, queda claro para toda persona pensante que para él es más importante su salario que la vida de sus pacientes.

II- Ahora, para aplicar esto:

  1.  Dado que la vida eterna y la santidad, o sea la salud del alma, son cosas de tan grande importancia, es sumamente conveniente que los ministros, siendo por cierto los médicos del alma, gocen de todas las ventajas del saber y de la erudición.
  2. Por la misma razón, deben someterse a los exámenes más rigurosos, realizados por profesores realmente competentes, antes de entrar en el ejercicio público de su profesión, que es la de salvar almas de la muerte.
  3. Una vez que han superado las pruebas, deben ser habilitados para ejercer por quienes tienen el poder de conceder esa autoridad. Al respecto, creo que desde la era apostólica, los obispos han estado autorizados para hacer esto.
  4. Y aquéllos cuyas almas ellos salven, deben, entretanto, proveerles lo necesario para su subsistencia.
  5. Pero, pensemos también en un caballero educado en la ya mencionada universidad de Dublin, con todas las ventajas que ello implica, que luego de superar los exámenes correspondientes es autorizado para salvar almas.
  6. Supongamos, además, que este ministro se instala por unos años en una localidad cualquiera, pero que en ese lapso no salva alma alguna ni tampoco a ningún pecador de sus ofensas. Es decir, que luego de predicar por varios años a unas quinientas o seiscientas personas, no puede demostrar que ha convertido a alguien de sus errores, mientras que muchos han muerto en sus pecados y los restantes permanecen tal como eran antes que él llegara.
  7. ¿Condenaría usted a quien, disponiendo de algún conocimiento del evangelio de Cristo, sintiendo compasión por las almas moribundas, y sin percibir recompensa temporal alguna, salva a muchas que el ministro no ha podido librar de sus pecados?
  8. Por lo menos no las libró, y probablemente no lo hubiera hecho, pues él no iba a ellas, ni ellas le buscaban.
  9. ¿Condenaría usted a dicho predicador por no tener mayores conocimientos o una educación universitaria? ¿Y qué si salva a esos pecadores de sus ofensas, cosa que el estudioso y erudito no pudo hacer? Un campesino fue llevado ante el Colegio de Médicos de París, donde un sabio lo acosó, diciéndole: «Entiendo que usted pretende recetar a personas que padecen fiebre intermitente, pero ¿sabe usted en qué consiste esa enfermedad?» La respuesta del campesino fue la siguiente: «Sí señor, una fiebre intermitente es una enfermedad que yo puedo curar y usted no».
  10. Usted podría: «al no ser él un ministro, carece de autoridad para salvar almas.» Pido perdón por disentir con usted en esto. Creo que es verdadero ministro evangélico, diákonos, siervo de Cristo y de su iglesia, quien oútos diakoneî, quien contribuye a salvar almas de la muerte y al rescate de pecadores de sus culpas, como también creo que cada cristiano tiene autoridad para salvar un alma que se muere, si es que puede hacerlo. Pero si usted sólo se refiere a que carece de autoridad para aceptar diezmos, estoy de acuerdo, puesto que no los recibe, sino que, así como ha recibido de gracia, da de gracia.
  11. Ampliemos el tema un poco más. Respecto tanto del alma como del cuerpo, se puede sostener que no es médico quien no cura. Por ello me inclino a creer que las personas razonables tenderán a pensar que quien no salva almas, tampoco es ministro de Cristo.
  12. Usted podrá decir: «Ah, pero es ordenado y por consiguiente tiene autoridad.» A esa afirmación yo le respondo: ¿Autoridad para hacer qué? ¿Para salvar todas las almas que pidan su cuidado? Ciertamente; pero (dejando de lado aquéllos que no lo hagan, que usted tampoco desearía que se perdieran), de hecho no salva a los que están bajo su cuidado. En consecuencia, ¿a qué fin sirve su autoridad? El que era un bebedor, sigue siéndolo. Lo mismo es verdad del que no guarda el domingo, o del ladrón, o del blasfemador común. Esto es lo mejor del caso, porque muchos han muerto en su iniquidad, y el Señor demandará su sangre de mano del atalaya.
  13. Ciertamente no tiene autoridad para asesinar almas, ya sea por abandono, o por su doctrina deficiente, si no falsa, o por impedir a otros arrebatarles del incendio y llevarles a la vida eterna.
  14. Si intenta o desea obstaculizarlo, si condena o está disgustado por ello con quien sí sana, buena razón existe para temer que considera su propio provecho más que la salvación de las almas.
 Soy, Reverendo Señor, 
su afectuoso hermano. 
J.W.