Categoría: Vida y Obra de Wesley

La Lucha de Wesley Contra la Esclavitud

La lucha de Wesley contra la esclavitud

Durante cuatro siglos la humanidad observó, con la complacencia de algunos y el horror de otros, uno de los actos más bárbaros de la civilización occidental: el tráfico de seres humanos como esclavos, principalmente desde África. Por ello, cada 25 de marzo las naciones del mundo rememoran el Día Internacional para el Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud.

Conozcamos un poco esta historia: en 1773, Inglaterra firma un tratado con el que obtiene el monopolio del comercio de esclavos desde su secuestro en África hasta su venta en América. Este inmoral comercio le valió al estado Inglés grandes sumas económicas (Olivera 2009: 20).

Una de las voces que se alzó contra esta práctica inhumana fue la del Rev. John Wesley. En 1774 Wesley publica un ensayo titulado Reflexiones sobre la esclavitud, en el que fija su posición clara y determinante sobre esta repudiable acción y acusa a los propios ingleses:

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Seis Consejos de John Wesley para Estudiar la Biblia

Consejos de John Wesley para leer la Biblia

En el prefacio a las Notas al Antiguo Testamento (Pag. 546, numeral 18), John Wesley dejó instrucciones para realizar una provechosa lectura de la Biblia:

Si usted desea leer las Escrituras de tal manera que puedan responder con mayor eficacia a este fin, sería aconsejable seguir estos pasos:

  1. Establezca un tiempo para la lectura, si es posible, cada mañana o cada tarde.
  2. Si dispone de tiempo suficiente lea un capítulo del Antiguo Testamento y uno del Nuevo. Si no puede hacerlo, lea un solo capítulo o una parte de él.
  3. Lea con el único propósito de conocer la voluntad de Dios y con la firme resolución de cumplir Su voluntad.
  4. Lea con atención constante para ver la conexión y la armonía de estas grandes doctrinas: el pecado original, la justificación por la fe, el nuevo nacimiento, y la santidad interior y exterior.
  5. Ore fervientemente y seriamente antes de leer las Escrituras, para entenderlas como sólo puede entenderse a través del mismo Espíritu Santo que las inspiró. Del mismo modo, debemos terminar la lectura con una oración.
  6. Mientras lee, haga una pausa para examinarse a Ud. mismo, tanto en lo referente a su corazón como a su vida. Utilice de inmediato todo lo que Dios le muestre, para su salvación presente y eterna.

25 de abril de 1765.

REFERENCIA
Wesley, John. (2015). Seis consejos de John Wesley para estudiar la Biblia. Febrero 19, 2019, de Instituto de Estudios Wesleyanos Latinoamérica Sitio web: http://iew-la.blogspot.com/2015/06/seis-consejos-de-john-wesley-para.html

Misión en la Tradición Wesleyana

La misión de la Iglesia en la tradición Wesleyana

Conferencia presentada en el curso avanzado de los pastores de la Iglesia Metodista Unida en Honduras por el Pbro. Basilio Filemón Herrera López, director del Seminario Metodista Dr. Gonzalo Baéz Camargo de la Cd. de México.

Pbro. Basilio Filemón Herrera López

1. PENSAMIENTO Y ACCIÓN SOBRE LA MISIÓN DE LA IGLESIA EN EL REV. JUAN WESLEY Y LOS METODISTAS
Estamos enfrentando como humanidad situaciones dolorosas como la migración, la pobreza, la corrupción, la desintegración familiar, el hambre, la violencia, la explotación sexual etc., Y la Iglesia de Cristo, parte de esta humanidad tiene la posibilidad de incidir en la solución de las situaciones dolorosas, la transformación de la sociedad y la eliminación de toda situación o práctica que denigra a los seres humanos.

Los metodistas como parte de la Iglesia de Cristo y herederos del pensamiento de Juan Wesley, debemos reflexionar, analizar, dialogar y definir nuestra misión en el mundo. Justo L. González escribió:

“Si Wesley y su teología tienen algo positivo que contribuir a la vida y esperanza de nuestra América, y de la iglesia dentro de ella, un redescubrimiento de la teología de Wesley tiene ya disponibles canales naturales por los cuales esos elementos benéficos podrían fluir. Y lo contrario es igualmente cierto: si las tendencias enajenantes y ultramundanas que aquejan a buena parte del cristianismo latinoamericano nos vienen de Wesley y su teología, probablemente lo mejor será olvidarnos de Wesley, y dejar que sus escritos acumulen polvo en los estantes de nuestras bibliotecas”.

González, Justo. “Juan Wesley. Desafío para nuestro siglo”. FAIE-La Aurora.

Estoy convencido que la teología de Juan Wesley por cuanto surgió de la reflexión bíblico – teológica tiene mucho que contribuir a la vida y esperanza del mundo, pero solo será posible si desempolvamos los escritos de Juan Wesley, redescubrimos su teología bíblica y reformulamos la praxis en nuestro contexto para seguir realizando la misión de Dios.

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Obras Completas de Juan Wesley

INVITACIÓN PARA ADQUIRIR LAS OBRAS COMPLETAS DE JOHN WESLEY

Seminario Dr. Gonzalo Báez Camargo
Pbro. Basilio Filemón Herrera López. Director.

En 1984, cuando estudié en el Seminario “Dr. Gonzalo Báez Camargo” el curso de sermones de Wesley, usamos como libros de texto los dos volúmenes de Sermones por Juan Wesley editados por la Casa Nazarena de Publicaciones y que usó como original la versión castellana de Primitivo A. Rodríguez que apareció en 1892 con “notas introductorias” por Guillermo P. Harrison, con permiso de Abingdon Press. Estos eran los únicos sermones en castellano.

En el año de 1989 Dios puso en el corazón del profesor Dr. Elbert Wethington, gran admirador de Wesley, suplir esta necesidad. Así, en el año de 1990 con el apoyo de su esposa e hijos, fundó la Wesley Heritage Foundation con el deseo de “promover la espiritualidad wesleyana en América Latina”.

En marzo de 1993, el Dr. Justo L. González aceptó servir como Editor General de las Obras de Wesley, consistente en 14 volúmenes. Así, en 1998 salió a la luz las Obras de Wesley en castellano que contienen una serie de sermones de Juan Wesley. Pero aún más, tenemos escritos de Juan Wesley sobre las primeras Sociedades Metodistas, tratados teológicos, sus notas al Nuevo Testamento, cartas, escritos de defensa del metodismo, su diario, escritos sobre la espiritualidad, la himnología de Carlos Wesley y otros escritos sobre la vida cristiana. Una riqueza espiritual digna de leerse, meditarse y compartirse en el presente siglo.

Les invito a adquirir esta obra. El Seminario “Dr. Gonzalo Báez Camargo” se la ofrece a un costo de $4,200 que incluyen los 14 tomos y el envío.
El pedido se recibe con un pago por depósito bancario en Banamex, sucursal 7009, cuenta 2872112 a nombre de Iglesia Metodista de México A. R. o transferencia bancaria CLABE 002180700928721126. Enviar comprobante de depósito a administracion@baezcamargo.org. Más información en este correo. Gracias.

El Peligro de las Riquezas

8. El peligro de las riquezasEl peligro de las riquezas (Sermón de John Wesley – fragmento)

“Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición” (1 Ti. 6:9).  

Rev. John Wesley (1703-1791)

¡Cuán innumerables son las malas consecuencias que han tenido lugar porque la gente no conoce y no toma en consideración esta gran verdad! ¡Y cuán pocos son los que aun en el mundo cristiano la conocen o la consideran debidamente! ¡Cuán pequeño es el número de aquellos, aun entre los auténticos cristianos, que la comprenden y la toman a pecho! La mayoría la pasa por alto livianamente, recordando escasamente que tal texto se halla en la Biblia. Y muchos le incorporan tal interpretación que lo despojan de toda clase de efecto. «Los que quieren enriquecerse» dicen, «esto es, los que quieren enriquecerse de cualquier modo, que quieren enriquecerse bien o mal, que están resueltos a lograr su propósito, a alcanzar su fin, cualesquiera sean los medios que usen para lograrlos, esos caen en tentación, y en todos los males enumerados por el apóstol». Pero por cierto que si este fuera todo el significado del texto bien podría estar fuera de la Biblia.

Esto está tan lejos de ser todo el significado del texto que no es ni parte de su significado. El apóstol no habla aquí de ganar riquezas injustamente, sino de algo bien distinto: sus palabras deben entenderse en su sentido llano y obvio, sin restricción ni calificación cualesquiera sean. San Pablo no dice: «Los que quieren enriquecerse por malos medios», mediante el robo, el despojo, la opresión o la extorsión; los que quieren enriquecerse mediante el fraude o artificios deshonestos, sino simplemente «Los que quieren enriquecerse», estos, admitiendo y suponiendo que los medios que utilizan son de lo más inocentes, «caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición».

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Siete Práctcas de Juan Wesley

siete practicas juan wesleySIETE PRÁCTICAS DE JUAN WESLEY QUE PUEDEN CAMBIAR LOS CORAZONES HOY

Roger Ross*/ Traducción y Adaptación por Michelle Maldonado **

6 de abril de 2016

Wesley estaba angustiado por la falta de poder la iglesia tenia para alcanzar la gran mayoría de los británicos. Dios creó un descontento tan grande en el corazón de Wesley que el abandonó los modos convencionales de ministerio y experimentó con varios enfoques innovadores. Para sorpresa de todos, el reavivamiento espiritual estalló en Inglaterra y más allá. Si eres como yo, usted puede preguntarse, “Si Dios puede hacer eso, entonces, ¿por qué no ahora?”

Siete prácticas surgieron como características del movimiento metodista primitivo.

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Un Caracter Perfecto

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Juan Wesley nació el diecisiete de junio de 1703, en Epworth, Inglaterra, el decimoquinto de diecinueve hijos de Samuel y Susana Wesley. El padre de Wesley era predicador, y la madre de Wesley era una mujer notable en cuanto a sabiduría e inteligencia. Era una mujer de profunda piedad y crió a sus pequeños en estrecho contacto con las historias de la Biblia, contándolas ya alrededor del hogar de la habitación de los niños. También solía vestir a los niños con sus mejores ropas los días en que tenían el privilegio de aprender su alfabeto como introducción a la lectura de las Sagradas Escrituras.

El joven Wesley era apuesto y varonil, y le encantaban los juegos y en particular el baile. En Oxford fue un líder, y durante la última parte de su estancia allí fue uno de los fundadores del “Santo Club,” una organización de estudiantes serios. Su naturaleza religiosa se profundizó con el estudio y la experiencia, pero no fue hasta años después de dejar la universidad y entrar bajo la influencia de los escritos de Lutero que sintió haber entrado en las plenas riquezas del Evangelio.

El y su hermano Carlos fueron enviados a Georgia por la Sociedad para la Propagación del Evangelio, y allí los dos desarrollaron sus capacidades como predicadores. Durante su navegación se encontraron en compañía de varios Hermanos Moravos, miembros de la asociación recientemente renovada por la actividad del Conde Zinzendorf. Juan Wesley observó en su diario que en una gran tempestad, cuando todos los ingleses a bordo perdieron enteramente la com-postura, estos alemanes lo impresionaron con su calma y total resignación a Dios. También observó la humildad de ellos bajo tratos insultantes.

Fue al volver a Inglaterra que entró en aquellas mas profundas experiencias y que desarrolló aquellos maravillosos poderes como predicador popular, que le hicieron un líder nacional. En aquel tiempo se asoció asimismo con George Whitefield, de fama imperecedera por su maravillosa elocuencia.

Lo que llevó a cabo bordea en lo increíble. Al entrar en su año octogésimo quinto, le dio las gracias a Dios por ser casi tan vigoroso como siempre. Lo adscribía en la voluntad de Dios, al hecho dc que siempre había dormido profundamente a que se había levantado durante sesenta años a las cuatro de la mañana y que por cincuenta años predicó cada mañana a las cinco. Apenas en su vida sintió algún dolor, resquemor o ansiedad. Predicaba dos veces al día, y a menudo tres y cuatro veces. Se ha estimado que cada año viajó cuatro mil quinientas millas inglesas, la mayoría a lomo de caballos.

Los éxitos logrados por la predicación Metodista tuvieron que ser alcanzados a través de una larga serie de años, y entre las más acerbas persecuciones. En casi todas las partes de Inglaterra se vio enfrentado al principio por el populacho que le apedreaba, y con intentos de herirle y matarle. Sólo en ocasiones hubo intervenciones de la autoridad civil. Los dos Wesleys se enfrentaron a todos estos peligros con un asombroso valor, y con una serenidad igualmente asombrosa. Lo más irritante era el amontonamiento de calumnias e insultos de parte de los escritores de aquella época. Estos libros están totalmente olvidados.

Wesley había sido, en su juventud, un eclesiástico de la iglesia alta, y siempre estuvo profundamente adherido a la Comunión Establecida. Cuando vio necesario ordenar predicadores, se hizo inevitable la separación de sus seguidores de la iglesia oficial. Pronto recibieron el nombre de “Metodistas” debido a la peculiar capacidad organizativa de su líder y a los ingeniosos métodos que aplicaba.

La comunión Wesleyana, que después de su muerte creció hasta constituir la gran Iglesia Metodista, se caracterizaba por una perfección organizativa casi militar. Toda la dirección de su denominación siempre en crecimiento descansaba sobre el mismo Wesley. La conferencia anual, establecida en 1744, adquirió un poder de gobierno sólo a la muerte de Wesley. Carlos Wesley hizo un servicio incalculable a la sociedad con sus himnos. Introdujeron una nueva era a la himnología de la Iglesia de Inglaterra. Juan Wesley dividió sus días entre su trabajo de dirigir a la Iglesia, su estudio (porque era un lector incansable), a viajar, y a predicar. Wesley era incansable en sus esfuerzos por diseminar conocimientos útiles a través de su denominación.

Planificó la cultura intelectual de sus predicadores itinerantes y maestros locales, y para escuelas de instrucción para los futuros maestros de la Iglesia. El mismo preparó libros para su uso popular acerca de historia universal, historia de la Iglesia, e historia natural. En esto Wesley fue un apóstol de la unión de la cultura intelectual con la vida cristiana. Publicó también los más madurados de sus sermones y varias obras teológicas. Todo esto, tanto por su profundidad y penetración mental, como por su pureza y precisión de estilo, excitan nuestra admiración.

Juan Wesley era persona de estatura ordinaria, pero de noble presencia. Sus rasgos eran muy apuestos, incluso en su ancianidad. Tenía una frente ancha, nariz aquilina, ojos claros y una complexión lozana. Sus modales eran corteses, y cuando estaba en compañía de gentes cristianas se mostraba relajado. Los rasgos más destacados de su carácter eran su amor persistente y laborioso por las almas de los hombres, la firmeza, y la tranquilidad de espíritu. Incluso en controversias doctrinales exhibía la mayor calma. Era amable y muy generoso. Ya se ha mencionado su gran laboriosidad. Se calcula que en los últimos cincuenta y dos años de su vida predicó más de cuarenta mil sermones. Wesley trajo a pecadores al arrepentimiento en tres reinos y dos hemisferios. Fue obispo de una diócesis sin comparación con ninguna de la Iglesia Oriental u Occidental. ¿Qué hay en el ámbito de los esfuerzos cristianos -misiones foráneas, misiones interiores, tratados y literatura cristiana, predicación de campo, predicación itinerante, estudios bíblicos y lo que sea que no filera intentado por Juan Wesley, que no fuera abarcado por su poderosa mente mediante la ayuda de su Divino Conductor?

A él le fue concedido avivar la Iglesia de Inglaterra cuando había perdido de vista a Cristo el Redentor, llevándola a una renovada vida cristiana. Al predicar la justificación y renovación del alma por medio de la fe en Cristo, levantó a muchos de las clases más humildes de la nación inglesa desde su enorme ignorancia y malos hábitos, transformándolos en cristianos fervorosos y fieles. Sus infatigables esfuerzos se hicieron sentir no sólo en Inglaterra, sino también en América y en la Europa continental. No sólo se deben al Metodismo casi todo el celo existente en Inglaterra por la verdad y vida cristiana, sino que la actividad agitada en otras partes de la Europa Protestante podemos remontarla, indirectamente al menos, a Wesley.

Murió en 1791, después de una larga vida de incesantes labores y de desprendido servicio. Su ferviente espíritu y cordial hermandad siguen sobreviviendo en el cuerpo que mantiene afectuosamente su nombre.


(Edited by George Lyons for the Wesley Center for Applied Theology at Northwest Nazarene College, Nampa, ID). Text may be freely used for personal or scholarly purposes or mirrored on other web sites, provided this notice is left intact. Any use of this material for commercial purposes of any kind is strictly forbidden without the express permission of the Wesley Center at Northwest Nazarene University, Nampa, ID 83686.

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Carta a un clérigo

 Nota del director: En un número anterior uno de nuestros lectores preguntó de dónde sacó el Obispo Juan Pluma Morales la referencia que hizo en su artículo Médico de Cuerpo y Almas, sobre la Carta a Un Clérigo, de Juan Wesley. En obsequio al interés de nuestro lector, publicamos ahora esa carta, que puede ser hallada en: “Las Obras de Juan Wesley”, Tomo V, pág. 211-216.

Carta a un Clérigo

Tullamore, 4 de mayo de 1748

Reverendo Señor:

Rev. Juan Wesley
Rev. Juan Wesley

No tengo actualmente tiempo disponible ni el deseo de entrar en una controversia formal; pero me permitirá que le haga unas breves alusiones al tema de nuestra conversación de anoche.

I.

  1.  Dado que la vida y la salud son cosas de tan grande importancia, es incuestionable y fundamental que los médicos deberán contar con todas las ventajas del aprendizaje y del estudio que sea posible.
  2. Asimismo, antes de comenzar el ejercicio de su profesión han de ser examinados por profesores competentes.
  3. Luego de aprobar los exámenes, las personas autorizadas para hacerlo deben otorgarles el derecho a ejercer su profesión.
  4. Mientras preservan la vida de los demás, deben disponer de los recursos suficientes para sostener las suyas propias.
  5. Pensemos ahora en un caballero educado en la universidad de Dublin, con todas las ventajas que ello significa y que, habiendo superado todas las pruebas corrientes, ha sido autorizado a ejercer su profesión.
  6. Supongamos que este médico se instala por unos años en un lugar determinado, pero que no logra curar; y que después de aplicar sus conocimientos a unas quinientas personas, se comprueba que no ha curado ni siquiera una, sino que, contrariamente, muchos de sus pacientes han muerto bajo su atención y que los demás están igual que antes de su llegada.
  7. ¿Condenaría usted a alguien que, teniendo algún conocimiento de medicina, como también una tierna compasión hacia los enfermos y moribundos existentes a su alrededor, trata de curar sin percibir salario ni recompensa alguna a muchos de los que el doctor no pudo sanar?
  8. Por lo menos no los sanó (que para el caso es igual) aunque sólo fuere porque él no fue a ellos, ni ellos a él.
  9. ¿Condenaría usted a quien ha curado enfermos que el médico titulado no pudo sanar, sólo porque carece de estudios completos o de una educación universitaria? ¿Qué entonces? Sana a los que el educado y preparado no puede curar.
  10. ¿Argumentaría usted que el hecho de no ser médico debidamente autorizado le quita todo derecho a ejercer? No puedo coincidir con su opinión. Creo que es médico aquél que cura (medicus est qui medetur) y que toda persona tiene derecho a salvar la vida de un moribundo. Pero, si usted sólo quiere decir que no está autorizado a cobrar honorarios, no discuto, pues no cobra nada.
  11. No, y me temo que, por otra parte, si usamos el idioma con propiedad, podemos coincidir en la afirmación de que no es médico quien no cura (medicus non est qui non medetur).
  12. Es cierto que al poseer su título de doctor en medicina se le reconoce autoridad; pero, ¿autoridad para qué? Pues para curar a todos los enfermos que lo consulten. Pero (dejando de lado aquéllos que no lo hagan, cuyas vidas usted tampoco querría sacrificar inútilmente) que no cura a los que lo consultan; quien estaba enfermo sigue igual o de lo contrario ya ha partido para no verle más. Por lo tanto, su autoridad no vale nada porque no sirve para el fin que le fue concedida.
  13. Y ciertamente no tiene autoridad para quitarles la vida, impidiendo a otro que les salve.
  14. Tanto si intenta como se desea impedir al otro, como si le condena o le tiene aversión, queda claro para toda persona pensante que para él es más importante su salario que la vida de sus pacientes.

II- Ahora, para aplicar esto:

  1.  Dado que la vida eterna y la santidad, o sea la salud del alma, son cosas de tan grande importancia, es sumamente conveniente que los ministros, siendo por cierto los médicos del alma, gocen de todas las ventajas del saber y de la erudición.
  2. Por la misma razón, deben someterse a los exámenes más rigurosos, realizados por profesores realmente competentes, antes de entrar en el ejercicio público de su profesión, que es la de salvar almas de la muerte.
  3. Una vez que han superado las pruebas, deben ser habilitados para ejercer por quienes tienen el poder de conceder esa autoridad. Al respecto, creo que desde la era apostólica, los obispos han estado autorizados para hacer esto.
  4. Y aquéllos cuyas almas ellos salven, deben, entretanto, proveerles lo necesario para su subsistencia.
  5. Pero, pensemos también en un caballero educado en la ya mencionada universidad de Dublin, con todas las ventajas que ello implica, que luego de superar los exámenes correspondientes es autorizado para salvar almas.
  6. Supongamos, además, que este ministro se instala por unos años en una localidad cualquiera, pero que en ese lapso no salva alma alguna ni tampoco a ningún pecador de sus ofensas. Es decir, que luego de predicar por varios años a unas quinientas o seiscientas personas, no puede demostrar que ha convertido a alguien de sus errores, mientras que muchos han muerto en sus pecados y los restantes permanecen tal como eran antes que él llegara.
  7. ¿Condenaría usted a quien, disponiendo de algún conocimiento del evangelio de Cristo, sintiendo compasión por las almas moribundas, y sin percibir recompensa temporal alguna, salva a muchas que el ministro no ha podido librar de sus pecados?
  8. Por lo menos no las libró, y probablemente no lo hubiera hecho, pues él no iba a ellas, ni ellas le buscaban.
  9. ¿Condenaría usted a dicho predicador por no tener mayores conocimientos o una educación universitaria? ¿Y qué si salva a esos pecadores de sus ofensas, cosa que el estudioso y erudito no pudo hacer? Un campesino fue llevado ante el Colegio de Médicos de París, donde un sabio lo acosó, diciéndole: «Entiendo que usted pretende recetar a personas que padecen fiebre intermitente, pero ¿sabe usted en qué consiste esa enfermedad?» La respuesta del campesino fue la siguiente: «Sí señor, una fiebre intermitente es una enfermedad que yo puedo curar y usted no».
  10. Usted podría: «al no ser él un ministro, carece de autoridad para salvar almas.» Pido perdón por disentir con usted en esto. Creo que es verdadero ministro evangélico, diákonos, siervo de Cristo y de su iglesia, quien oútos diakoneî, quien contribuye a salvar almas de la muerte y al rescate de pecadores de sus culpas, como también creo que cada cristiano tiene autoridad para salvar un alma que se muere, si es que puede hacerlo. Pero si usted sólo se refiere a que carece de autoridad para aceptar diezmos, estoy de acuerdo, puesto que no los recibe, sino que, así como ha recibido de gracia, da de gracia.
  11. Ampliemos el tema un poco más. Respecto tanto del alma como del cuerpo, se puede sostener que no es médico quien no cura. Por ello me inclino a creer que las personas razonables tenderán a pensar que quien no salva almas, tampoco es ministro de Cristo.
  12. Usted podrá decir: «Ah, pero es ordenado y por consiguiente tiene autoridad.» A esa afirmación yo le respondo: ¿Autoridad para hacer qué? ¿Para salvar todas las almas que pidan su cuidado? Ciertamente; pero (dejando de lado aquéllos que no lo hagan, que usted tampoco desearía que se perdieran), de hecho no salva a los que están bajo su cuidado. En consecuencia, ¿a qué fin sirve su autoridad? El que era un bebedor, sigue siéndolo. Lo mismo es verdad del que no guarda el domingo, o del ladrón, o del blasfemador común. Esto es lo mejor del caso, porque muchos han muerto en su iniquidad, y el Señor demandará su sangre de mano del atalaya.
  13. Ciertamente no tiene autoridad para asesinar almas, ya sea por abandono, o por su doctrina deficiente, si no falsa, o por impedir a otros arrebatarles del incendio y llevarles a la vida eterna.
  14. Si intenta o desea obstaculizarlo, si condena o está disgustado por ello con quien sí sana, buena razón existe para temer que considera su propio provecho más que la salvación de las almas.
 Soy, Reverendo Señor, 
su afectuoso hermano. 
J.W. 
 

Vida y obra de Wesley

Sermón 93

Redimiendo el tiempo

vyow.1

Efesios 5.16

Redimiendo el tiempo

1. «Mirad, pues, con diligencia cómo andéis», dice el apóstol en el versículo precedente, «no como necios, sino como sabios, redimiendo el tiempo»; rescatando todo el tiempo que podáis para los mejores propósitos; comprando cada momento fugaz de las manos del pecado y Satanás, de las manos de la molicie, la comodidad, el placer, los negocios mundanos; lo más diligentemente posible porque los días actuales son malos, días de las más burdas ignorancia, inmoralidad e impiedad.

2. Este parece ser el significado general de estas palabras. Pero ahora me propongo considerar sólo una manera particular de «redimir el tiempo», esto es, redimirlo del sueño.

3. En apariencia este aspecto ha sido considerado muy escasamente, aun por las personas piadosas. Muchos que han tenido clara conciencia en otros aspectos no la han tenido también en este. Parece que pensaban que era una cuestión indiferente si dormían más o menos, y nunca lo vieron desde el verdadero punto de vista, como un aspecto importante de la templanza cristiana.

Para que tengamos un concepto más justo de esto, me esforzaré por mostrar:

I. Qué es «redimir el tiempo» del sueño.

II. El mal que hay en no redimirlo; y

III. La manera más eficaz de hacerlo.

vyow.3I.1. Y primero, ¿qué es «redimir el tiempo» del sueño? Es, en general, dormir tanto cada noche como lo requiere la naturaleza, y no más; una medida de sueño que sea la que mejor conduzca a la salud y al vigor tanto del cuerpo como de la mente.

2. Pero algunos objetan: «Una misma medida no es adecuada a todas las personas: algunos requieren considerablemente más que otros. Ni tampoco la misma medida bastará inclusive a la misma persona en diferentes momentos. Cuando una persona está enferma, o si no lo está en un momento dado pero se halla debilitada por una enfermedad precedente, ciertamente que necesita más de este restaurador natural que cuando estaba en perfecta salud. Y lo mismo necesitará cuando su fuerza y su ánimo están exhaustos por el trabajo duro y prolongado.»

3. Todo esto es incuestionablemente cierto y confirmado por mil experimentos. Por lo tanto, aquellos que han intentado fijar una medida de sueño para todas las personas no entendían la naturaleza del cuerpo humano, tan ampliamente diferente en las distintas personas; como tampoco la entendieron quienes imaginaron que la misma medida de sueño se adecuaría a la misma persona en todos los momentos. Uno se asombra de que un gran hombre como el obispo Taylor se haya imaginado algo tan extraño, y mucho más de que la medida de sueño que ha asignado como norma general sea solamente de tres horas cada veinticuatro. Ese hombre bueno y sensato, el Sr. Baxter, no estaba mucho más cerca de la verdad al suponer que cuatro horas cada veinticuatro serían suficientes para cualquier persona. Conocí a un hombre extremadamente sensato que estaba absolutamente persuadido de que nadie necesitaba dormir más de cinco horas cada veinticuatro. Pero cuando él mismo hizo el experimento renunció rápidamente a dicha opinión. Y estoy plenamente convencido, por una observación continua de más de cincuenta años, que cualquier cosa que puedan hacer las personas extraordinarias, o hacerlo en algunos casos extraordinarios (en los cuales algunas personas han subsistido con muy poco sueño por algunas semanas y hasta meses), un cuerpo humano apenas podrá continuar con salud y vigor sin por lo menos seis horas de sueño cada veinticuatro. Estoy seguro porque nunca me encontré con tal ejemplo: nunca hallé un hombre o una mujer que mantuviera una salud vigorosa durante un año sin una medida de sueño como ésta.

4. Y por mucho tiempo he observado que las mujeres, en general, necesitan un poco más de sueño que los hombres, quizás porque son comúnmente de un humor corporal más débil y más húmedo. Por lo tanto, si uno se aventurase a mencionar una norma (aunque sujeta a muchas excepciones y a alteraciones ocasionales) me inclino a pensar que lo siguiente andaría cerca del blanco: los hombres sanos, en general, necesitan un poco más de seis horas de sueño, y las mujeres un poco más de siete, cada veinticuatro horas. Yo mismo necesito seis horas y media, y no puedo subsistir bien con menos.

5. Si alguien desea conocer exactamente la cantidad de sueño que su propia constitución requiere, puede hacer muy fácilmente el experimento que yo hice hace unos sesenta años. Me despertaba cada noche alrededor de las doce o de la una, y me quedaba acostado y despierto por un tiempo. Pronto deduje que esto sucedía porque yo permanecía en la cama más tiempo que lo que mi naturaleza requería. Para convencerme me procuré un reloj despertador que me despertó en la mañana siguiente a las siete, aproximadamente una hora más temprano de lo que me había despertado la mañana anterior; sin embargo, volví a desvelarme un tiempo aquella noche. La segunda mañana me levanté a las seis; pero a pesar de esto volví a desvelarme la segunda noche. La tercera mañana me levanté a las cinco; pero no obstante estuve un tiempo despierto la tercera noche. La cuarta mañana me levanté a las cuatro (como, por la gracia de Dios, he hecho desde entonces), y ya nunca más me desvelé. Y ahora permanezco despierto en la cama (considerando el año completo) menos de un cuarto de hora al mes. Con el mismo experimento, levantándose algo más temprano cada mañana, cualquier persona puede hallar cuánto sueño realmente necesita.

vyow.2II.1. «¿Pero por qué debe uno preocuparse tanto? ¿Qué necesidad hay de ser tan escrupuloso? ¿Por qué debemos ponernos tan meticulosos? ¿Qué daño produce hacer como hacen nuestros vecinos? Supongamos: ¿Qué daño hay en dormir desde las diez hasta las seis o las siete de la mañana en verano, y hasta las ocho o las nueve en invierno?»

2. Si quieres considerar esta cuestión equitativamente, necesitarás una buena porción de candor y de imparcialidad, puesto que lo que voy a decir probablemente será enteramente nuevo y diferente a cualquier cosa que hayas oído en toda tu vida; diferente del juicio, y por lo menos del ejemplo, de tus padres y de tus parientes más cercanos, y quizás de las personas más religiosas con que alguna vez te relacionaste. Levanta pues tu corazón al Espíritu de verdad,1 y ruégale que resplandezca sobre él, para que sin hacer diferencia entre personas, puedas ver y seguir la verdad que está en Jesús.2

3. ¿Realmente deseas saber que daño hay en no rescatarle todo el tiempo que puedas al sueño? Supongamos: ¿Qué daño hay en emplear en él una hora diaria más de lo que la naturaleza requiere? Pues, en primer lugar, daña tu haber. Equivale a desperdiciar seis horas semanales que podrían agregarse a alguna cuenta temporal. Si puedes hacer cualquier trabajo, puedes ganar algo en ese tiempo, aunque sea poco. Y no tienes necesidad de desechar ni siquiera esto. Si no lo necesitas para ti, dáselo a quienes lo necesitan: conoces a algunos que no han de estar muy lejos. Si no tienes ningún oficio, aun así puedes emplear el tiempo de tal manera que proporcione dinero o un valor equivalente para ti mismo o para otros.

4. En segundo lugar, no rescatarle al sueño todo el tiempo que puedas e invertir más tiempo en él que lo que tu constitución necesariamente requiere, daña a tu salud. Nada puede ser más cierto que esto, aunque no es comúnmente observado. No es comúnmente observado porque el mal te va deteriorando en grado lento e insensible. De esta manera gradual e imperceptible pone el fundamento de muchas enfermedades. Es la causa verdadera y principal, aunque insospechada, de todas las enfermedades nerviosas en particular. Se han hecho muchas investigaciones para explicar por qué los trastornos nerviosos son más comunes entre nosotros que entre nuestros antepasados.

Frecuentemente pueden concurrir otras causas, pero la principal es que permanecemos más tiempo en cama. En vez de levantarnos a las cuatro, la mayoría de nosotros, los que no estamos obligados a trabajar por nuestro pan, nos quedamos acostados hasta las siete, las ocho o las nueve. No necesitamos investigar más lejos. Esto explica suficientemente el gran incremento de estos penosos trastornos.

5. Puede observarse que la mayoría de ellos surge, no solamente de dormir demasiado, sino también de lo que nos imaginamos como enteramente inofensivo: permanecer demasiado tiempo en cama. Remojándonos (como se lo llama enfáticamente) tanto tiempo entre las sábanas tibias es como si nuestra carne fuera semihervida, y se vuelve blanda y fofa. Durante ese tiempo los nervios se desatan y todo el conjunto de síntomas de melancolía: languidez, temblores, ánimo decaído (así llamado), sobrevienen, hasta que la vida misma es una carga.

6. Un efecto común de dormir demasiado o de quedarse en la cama es el debilitamiento de la vista, especialmente una debilidad de carácter nervioso. Cuando yo era joven mi vista era notablemente débil. ¿Por qué es más aguda ahora que hace cuarenta años? Atribuyo esto primordialmente a la bendición de Dios, quien nos hace aptos para cualquier cosa a la cual nos llame. Pero indudablemente el medio exterior que tuvo el agrado de bendecir fue el levantarme temprano por la mañana.

7. Una objeción todavía más fuerte a levantarse tarde, a no rescatarle todo el tiempo que podemos al sueño, es que daña el alma tanto como al cuerpo; es un pecado contra Dios. Y por cierto que necesariamente tiene que ser así, tomando en cuenta las dos explicaciones precedentes. Porque no podemos malgastar o (lo cual viene a ser lo mismo) dejar de mejorar cualquier parte de nuestros bienes mundanos, ni podemos perjudicar nuestra propia salud sin pecar contra él.

8. Pero esta intemperancia tan de moda daña al alma de otra manera más directa. Siembra las semillas de deseos necios y dañinos, e inflama peligrosamente nuestros apetitos naturales, a los cuales una persona que se estira y bosteza en la cama está precisamente preparada para gratificar. Engendra y acrecienta continuamente la molicie, tan a menudo objetada en la nación inglesa. Abre el camino y prepara el alma a toda otra clase de intemperancia. Cría una blandura universal y languidez de espíritu, haciéndonos temerosos de cualquier pequeño inconveniente, nada dispuestos a negarnos a nosotros mismos cualquier placer, o a tomar y sobrellevar alguna cruz. ¿Y entonces cómo seremos capaces (sin lo cual debemos caer en el infierno) de arrebatar el reino de Dios con violencia?3 Nos incapacita para sufrir penalidades como buenos soldados de Jesucristo;4 y en consecuencia, para pelear la buena batalla de la fe y echar mano de la vida eterna.5

9. ¡En qué manera tan hermosa ese gran hombre, el Sr. Law, considera este asunto tan importante! No puedo sino adjuntar aquí parte de sus palabras para uso de todo lector sensible:6 Doy por sentado que todo cristiano sano se levanta temprano en la mañana; porque es mucho más razonable suponer que una persona se levanta temprano porque es cristiana, que porque es trabajador, comerciante o sirviente. Concebimos como aborrecible que una persona esté en cama cuando debiera estar en su trabajo. No podemos pensar bien de alguien que es tan esclavo de la somnolencia como para descuidar su ocupación por causa de ella.

vyow.4.Por lo tanto, que esto nos enseñe a concebir cuán odiosos debemos parecerle a Dios si estamos en la cama y nos encerramos en el sueño cuando debiéramos estar alabando a Dios, y que seamos tan esclavos de la somnolencia como para descuidar nuestras devociones por causa de ella. El sueño es un estado de vida tan embotado y estúpido que hasta despreciamos más a aquellos animales que son más dormilones. Por consiguiente, quien escoge extender la perezosa indolencia del sueño antes que llegar temprano a sus devociones escoge el refrigerio más torpe del cuerpo antes que el ejercicio más noble del alma. Escoge aquel estado que es reproche a los simples animales antes que el ejercicio que es la gloria de los ángeles.

10. Además, quien no puede negarse a sí mismo esta indulgencia somnolienta no está más preparado para la oración que lo que está preparado para el ayuno o cualquier otro acto de autonegación. Ciertamente que puede leer por encima una oración del ritual más fácilmente que lo que puede cumplir estos deberes, pero no está más dispuesto para el espíritu de oración que lo que está dispuesto para ayunar. Porque el sueño, así consentido, transmite blandura a todas nuestros estados de ánimo, y nos hace incapaces de deleitarnos en nada que no se adapte a un estado ocioso de la mente, como lo hace el sueño. De tal modo que una persona que es esclava de esta ociosidad se halla en el mismo estado de ánimo cuando se levanta. Todo lo que sea ocioso o sensual le complace. Y todo lo que requiere molestia o auto negación le resulta odioso, por la misma razón que aborrece levantarse.

11. No es posible que un epicúreo sea verdaderamente devoto. Debe renunciar a su sensualidad antes que pueda saborear la felicidad de la devoción. Ahora bien, el que hace del sueño una ociosa indulgencia hace tanto para corromper su alma y para hacerla esclava de sus apetitos corporales como lo hace un epicúreo. Ello no desordena su vida, como los actos notorios de intemperancia lo hacen, pero como cualquier costumbre más moderada de indulgencia va desgastando silenciosa y gradualmente el espíritu religioso y hunde al alma en el embotamiento y la sensualidad.

La auto negación de toda índole es la mismísima alma y vida de la piedad, pero el que no la tiene en grado suficiente como para ser capaz de estar temprano en oración no puede pensar que ha tomado su cruz y que sigue a Cristo.

¿Qué conquista ha logrado sobre sí mismo? ¿Cuál es la mano derecha que se ha cortado? ¿Para qué pruebas está preparado? ¿Qué sacrificios está preparado para ofrecer a Dios quien no puede ser tan cruel para consigo mismo como para levantarse a orar al mismo tiempo que una parte del mundo monótonamente se conforma con levantarse para trabajar?

12. Algunas personas no tendrán escrúpulos en decirte que practican la auto indulgencia del sueño porque no tienen nada que hacer, y que si tuvieran algún asunto en qué ocuparse no perderían tanto tiempo durmiendo. Pero se les debe decir que equivocan la cuestión; que tienen una gran cantidad de tareas a realizar; tienen que cambiar un corazón endurecido; tienen que adquirir todo el espíritu de la religión. Seguramente que a quien piensa que no tiene nada que hacer, porque lo único son sus oraciones, se le puede justamente decir que todavía tiene que buscar todo el espíritu de la religión.

Por lo tanto, no debes considerar cuán leve falta es levantarse tarde, sino cuán gran miseria es carecer de espíritu religioso y vivir en tal facilismo y tal ociosidad que te vuelven incapaz de cumplir con los deberes fundamentales del cristianismo. Si yo deseara que no estudiases la gratificación de tu paladar, no insistiría en el pecado de malgastar tu dinero, aunque es importante, sino que desearía que renunciases a ese modo de vida porque te mantiene en tal estado de sensualidad que te vuelve incapaz de deleitarte en las doctrinas más esenciales de la religión.

Por la misma razón no insisto mucho en el pecado de malgastar tu tiempo en el sueño, aunque es considerable, pero deseo que renuncies a esta indulgencia porque transmite blandura y ociosidad a tu alma, y es tan contraria a ese espíritu vivo, celoso y despierto que se niega a sí mismo, el cual era no sólo el espíritu de Cristo y sus apóstoles, y el espíritu de todos los santos y mártires que hubo siempre entre los humanos, sino que debe ser el espíritu de todos aquellos que no quieren hundirse en la corrupción corriente del mundo.

13. Aquí, por lo tanto, debemos establecer nuestra acusación contra esta práctica. Debemos culparla, no de causar tal o cual mal, sino de ser un hábito general que se extiende a través de todo el espíritu y sostiene un estado mental que es totalmente erróneo. Es contrario a la piedad, no como los deslices o errores accidentales en la vida son también contrarios, sino tal como un estado enfermo del cuerpo es contrario a la salud.

Por otro lado, si te levantases temprano cada mañana como ejemplo de autonegación, como método de renunciar a la indulgencia, como un medio de redimir tu tiempo y de adaptar tu espíritu para la oración, pronto hallarías su ventaja. Este método, aunque parece apenas una pequeña circunstancia, puede ser un medio de gran piedad. Mantendría constantemente en tu mente la convicción de que el facilismo y la indolencia son la ruina de la religión.

Te enseñaría a ejercitar poder sobre ti mismo y a renunciar a otros placeres y tendencias que guerrean contra el alma. Y a lo que así es plantado y regado seguramente Dios le dará el crecimiento.

III.1. Ahora solamente queda indagar, en tercer lugar, cómo podemos redimir el tiempo, y cómo podemos proceder en este asunto tan importante. ¿De qué manera hemos de practicar más eficazmente esta rama tan importante de la templanza? Os aconsejo a todos vosotros, los que estáis plenamente convencidos de la importancia inefable de esto, que no permitáis que esa convicción se extinga, sino que inmediatamente comencéis a actuar conforme a ella. Solamente que no dependáis de vuestra propia fuerza. Si lo hacéis, quedaréis plenamente desconcertados. Sed profundamente conscientes de que así como no sois capaces de hacer nada bueno por vosotros mismos, también aquí, especialmente, todas vuestras fuerzas no valdrán para nada.

Cualquiera que confía en sí mismo será confundido. Nunca encontré una excepción. Nunca conocí a alguien que confiase en sus propias fuerzas y que pudiese mantener su resolución por un año.

2. Os aconsejo, en segundo lugar, que claméis al Fuerte por fortaleza.7 Clamad a aquel que tiene todo poder en cielo y tierra, y creed que él contestará la oración que procede de labios sin engaño.8 Así como no podéis tener demasiado poca confianza en vosotros mismos, tampoco podéis tenerla demasiado en él. Entonces, poneos en marcha con fe, y seguramente que su poder se perfeccionará en vuestra debilidad.9

3. Os aconsejo, en tercer lugar, agregad a vuestra fe, prudencia; emplead los medios más racionales para lograr vuestro propósito. Comenzad especialmente por el lado correcto, de otro modo perderéis vuestro empeño. Si deseáis levantaros temprano, dormid temprano: aseguraos de esto en todos los casos. A pesar de las compañías más queridas y agradables, a pesar de sus requerimientos más sinceros, a pesar de súplicas, burlas o reproches, mantened vuestro horario rigurosamente. Levantaos precisamente a la hora que os habéis fijado, y retiraos sin más protocolo. Mantened vuestra hora, a pesar de los asuntos más urgentes que os presionen: dejad todo de lado hasta la mañana siguiente. Aunque signifique una cruz o una negación tan grande como nunca, mantened vuestra hora o todo se acaba.

4. Os aconsejo, en cuarto lugar, permaneced firmes. Mantened vuestra hora de levantaros, sin interrupción. No os levantéis dos mañanas, y luego os quedéis en cama la tercera; pero lo que hacéis una vez, hacedlo siempre. «Pero es que me duele la cabeza». No te preocupes por eso. Pronto pasará. «Pero es que me encuentro somnoliento como nunca. Tengo los ojos muy pesados.» Es entonces que no debes parlamentar, pues de otro modo es un caso perdido, sino levántate de un salto enseguida. Y si tu somnolencia no se va, acuéstate por un rato, después de una o dos horas. Pero no permitas que nada abra una brecha en esta regla: levántate y vístete a la tu hora.

5. Quizás dirás: «El consejo es bueno, pero llega demasiado tarde. Ya hice una brecha. Me levanté con constancia, y por un tiempo nada me lo impidió. Pero lo fui dejando poco a poco, ¡y ahora lo he abandonado por un tiempo considerable!» ¡Entonces, en nombre de Dios, comienza otra vez! Comienza mañana; o más bien esta noche, yéndote a dormir temprano, a pesar de amistades u ocupaciones. Comienza con más desconfianza en ti mismo que antes, pero con más confianza en Dios. Sigue solamente estas reglas, y ¡mi alma por la tuya!: Dios te dará la victoria. En poco tiempo se acabará la dificultad, pero el beneficio perdurará para siempre.

6. Si dices: «Pero no puedo hacer lo que hice entonces, porque no soy lo que era. Tengo muchos trastornos, mi ánimo está por el suelo, me tiemblan las manos: estoy totalmente flojo.» Contesto: todos estos son síntomas nerviosos, y todos ellos se originan en parte porque duermes demasiado, y no es probable que se quiten a menos que quites la causa. Por lo tanto, teniendo esto en cuenta (y no sólo para castigarte a ti mismo por tu tontería e infidelidad), para recuperar tu salud y tus fuerzas, vuelve a levantarte temprano. No tienes otro camino: no hay ninguna otra cosa que se pueda hacer. No hay otro medio posible para recuperar, en algún grado tolerable, tu salud corporal y mental. No te suicides. ¡No corras por la senda que lleva a los portales de la muerte! Como dije antes, lo digo otra vez: en nombre de Dios, hoy mismo, comienza de nuevo. Es verdad que será más difícil que lo que fue al principio. Pero soporta la dificultad con que te has sobrecargado, y no durará mucho. Pronto nacerá el sol de justicia,10 y sanará tanto tu alma como tu cuerpo.

7. Pero no te imagines que este único asunto, levantarte temprano, bastará para hacerte cristiano. No: aunque ese único asunto, el no levantarte temprano, te conservará pagano, vacío totalmente del espíritu cristiano; aunque esto solo (especialmente si una vez lo habías conquistado) te mantendrá frío, formal, insensible, muerto, y te hará imposible dar un paso más adelante en santidad vital, sin embargo, si levantarte temprano es lo único, te hará adelantar apenas un corto camino para hacer de ti un verdadero cristiano. Es apenas un solo paso entre muchos; pero es uno. Y habiéndolo dado, sigue adelante. Sigue adelante hacia la plena auto negación, a la templanza en todas las cosas,11 a la firme resolución de tomar cada día todas las cruces12 a las cuales seas llamado. Sigue adelante, en plena búsqueda del sentir que hubo en Cristo,13 de la santidad interna y luego de la externa; y entonces serás no casi, sino totalmente cristiano; acabarás tu carrera con gozo,14 y estarás satisfecho cuando despiertes a su semejanza.15

Londres, 20 de enero de 1782.