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Capítulo 2 (Segunda parte)
LA LLAMADA AL SEGUIMIENTO
Por tanto hay que considerar este primer paso como la obra exterior consistente en cambiar una forma de existencia por otra. Todos pueden dar este primer paso. El hombre tiene libertad para ello. Es un acto dentro de la justicia civilis, en la que el hombre es libre. Pedro no puede convertirse, pero puede abandonar sus redes. Lo que se exige en los evangelios con este primer paso es una acción que abarque toda la vida. La Iglesia romana consideraba semejante paso sólo como la posibilidad extraordinaria del monaquismo, mientras que para los otros fieles bastaba estar dispuesto a someterse incondicionalmente a la Iglesia y a sus preceptos.
También los textos de las confesiones de fe luteranas reconocen de manera significativa la importancia de un primer paso. Después de haber eliminado conscientemente el peligro de un error sinergista, es posible y necesario dejar espacio libre a este primer acto exterior exigido por la fe; es el paso hacia la Iglesia, en la que se predica la palabra de la salvación.
Este paso puede ser dado con toda libertad, ¡Ven a la .Iglesia! Los domingos, puedes dejar tu casa e ir a escuchar la predicación. Si no lo haces, te excluyes voluntariamente del lugar donde es posible creer. Con esto, los textos de las confesiones de fe luteranas testimonian que son conscientes de una situación en la que es posible creer, y de otra en la que no es posible. Es verdad que esta idea permanece aquí en segundo plano, como si nos avergonzásemos de ella, pero existe bajo la forma de un conocimiento único e idéntico sobre la importancia del primer paso como acto externo.
Una vez establecida esta idea, hemos de añadir que este paso, en cuanto acto puramente externo, es y sigue siendo una obra muerta de la ley, que por sí misma no conduce a Cristo. En cuanto acto exterior, la nueva existencia permanece totalmente semejante a la antigua; en el mejor de los casos se alcanzará una nueva ley o un nuevo estilo de vida que, sin embargo, no tienen nada que ver con la vida nueva en Cristo. El bebedor que renuncia al alcohol, el rico que abandona su dinero, queda libre con esto del alcoholo del dinero, pero no de sí mismo. Sigue siendo él mismo, quizás más aún que antes; sometido a la exigencia de las obras, permanece por completo en el estado de muerte de la vida anterior. Ciertamente, hay que cumplir la obra; pero esta, por sí misma, no permite salir de la muerte, de la desobediencia y de la impiedad. Si consideramos nuestro primer paso como presupuesto de la gracia, de la fe, somos juzgados por nuestra obra y nos vemos separados por completo de la gracia.
En este acto externo se halla incluido todo lo que acostumbramos a llamar disposición, buena intención, todo lo que la Iglesia romana llama «facere quod in se est». Si damos este primer paso con intención de colocarnos en la situación de poder creer, esta posibilidad de la fe no es, en tal caso, más que una obra, una nueva posibilidad de vida dentro de nuestra vieja existencia; cometemos un error pleno, permanecemos en la incredulidad. A pesar de todo, es preciso realizar la obra externa, tenemos que ponernos en situación de poder creer. Hemos de dar el paso. ¿Qué significa esto? Significa que sólo damos realmente este paso cuando lo hacemos sin pensar en la obra que debemos realizar, fijándonos solamente en la palabra de Jesús que nos llama a él. Pedro sabe que no tiene derecho a salir de la barca por propia voluntad; si lo hiciese, el primer paso constituiría su perdición. Por eso grita: «Ordéname que vaya a ti sobre las aguas». Y Cristo responde: «Ven».
Es preciso que Cristo haya llamado; sólo por su palabra podemos dar el paso. Esta llamada es su gracia, que llama de la muerte a la nueva vida de obediencia. Pero ahora que Cristo ha llamado, Pedro debe salir de la barca para ir a él. De hecho, el primer paso de la obediencia es ya en sí mismo un acto de fe en la palabra de Cristo.
Pero desconoceríamos por completo la fe en cuanto fe si concluyésemos de todo esto que el primer paso es innecesario puesto que ya existe la fe. A este razonamiento conviene oponer la frase: Hay que haber dado el paso de la obediencia, antes de poder creer. El que no es obediente no puede creer. ¿Te quejas de que no puedes creer? Nadie tiene derecho a admirarse de que no llega a la fe mientras, en un punto cualquiera, se opone al mandamiento de Jesús o se aparta de él, desobedeciendo conscientemente. ¿Es quizás una pasión culpable, una enemistad, una esperanza, tus proyectos, tu razón, lo que te niegas a someter al mandamiento de Jesús? No te admires entonces de no recibir el Espíritu santo, de no poder rezar, de que tu oración pidiendo la fe quede sin respuesta. Ve, más bien, a reconciliarte con tu hermano, abandona el pecado que te mantiene cautivo, y podrás creer de nuevo.
Si quieres rechazar la palabra de Dios que te obliga, no recibirás su palabra de gracia. ¿Cómo podrías encontrar la comunión con aquel de quien te apartas conscientemente en un punto cualquiera? El que no obedece no puede creer; sólo el obediente cree. La llamada de la gracia de Jesucristo al seguimiento se convierte en ley rigurosa: ¡Haz esto! ¡Deja aquello! Sal de la barca y ve a Jesús. A quien quiere excusar, con su fe o con su falta de fe, su desobediencia a la llamada de Jesús, este le responde: Obedece primero, realiza la obra externa, abandona lo que te ata, renuncia a lo que te separa de la voluntad de Dios. No digas: No tengo fe para esto. No la tienes mientras permaneces en la desobediencia, mientras no quieres dar el primer paso. No digas: Tengo la fe, no necesito dar el primer paso. No tienes la fe mientras no quieras dar este paso, mientras te obstines en la incredulidad bajo apariencia de fe humilde.
Es una mala escapatoria relacionar la falta de obediencia con la falta de fe y la falta de fe con la falta de obediencia. La desobediencia propia de los «creyentes» consiste en reconocer su incredulidad cuando se les exige su obediencia, y hacer un juego de esta confesión (Mc 9, 24). Si crees, da el primer paso. Este conduce a Jesús. Si no crees, da este mismo paso; tienes obligación de hacerlo. No se te plantea el problema de saber si crees o no; se te manda un acto de obediencia que hay que cumplir inmediatamente. En él se da la situación en la que la fe es posible y existe realmente.
Por consiguiente, no es que exista una situación en la que puedes creer, sino que Jesús te da una situación en la que puedes creer. Se trata de entrar en esta situación, a fin de que la fe sea una fe verdadera y no un autoengaño. Esta situación es indispensable, precisamente porque sólo se trata de la verdadera fe en Jesucristo, porque la fe sola es y sigue siendo el fin pretendido (<<de fe en fe», Rom 1, 17).
Quien proteste demasiado rápidamente, demasiado «protestantemente», deberá preguntarse si no está defendiendo la gracia barata. Porque, de hecho, mientras se mantengan unidas estas dos frases, no constituyen un obstáculo para la verdadera fe; sin embargo, si se toma cada una de ellas por separado constituyen un grave escándalo. Sólo el que cree es obediente -esta frase se dirige al hombre obediente que existe en el creyente-; sólo el que obedece cree -esta se dirige al creyente que se encuentra en el interior del que obedece-. Si la primera frase queda aislada, el creyente es entregado a la gracia barata, o sea, a la perdición; si es la segunda la que queda aislada, el creyente es entregado a las obras, o sea, a la perdición. Podemos echar ahora una ojeada a la pastoral cristiana. Es muy importante que el director espiritual hable de este tema basándose en un conocimiento de las dos frases. Debe saber que, cuando alguno se queja de falta de fe, esto proviene siempre de una desobediencia consciente o ya inconsciente, y que es muy fácil corresponder a estas lamentaciones con el consuelo de la gracia barata. Con esto, la desobediencia queda intacta y la palabra de gracia se transforma en un consuelo que el desobediente se dirige a sí mismo, y en un perdón de los pecados que él mismo se concede. Pero con esto la predicación se le vuelve vacía de sentido, no la escucha. y aunque se perdone mil veces sus pecados, no conseguirá creer en el verdadero perdón, precisamente porque este perdón no le ha sido concedido en realidad.
La incredulidad se alimenta de la gracia barata porque desea perseverar en la desobediencia. Es una situación que se presenta con frecuencia en la pastoral de nuestros días. Y llevará a que el hombre se endurezca en su desobediencia por medio del perdón de los pecados que se otorga a sí mismo, llevará a que pretenda no poder discernir lo que es bueno, lo que es mandamiento de Dios, afirmando que son cosas equívocas y susceptibles de numerosas interpretaciones.
Lo que al principio era todavía un conocimiento claro de la desobediencia se oscurece cada vez más, se transforma en endurecimiento. El desobediente se ha enredado a sí mismo de tal forma que ya no puede escuchar la palabra. De hecho, ya no se puede creer.
Entonces, entre el que se ha endurecido y el director espiritual se desarrollará, más o menos, el siguiente diálogo:
-¡Ya no puedo creer!
-Escucha la palabra; te la predican.
-La escucho, sin embargo no me dice nada, me resulta vacía, me resbala.
-Porque no quieres escucharla.
-Sí, quiero.
La mayoría de las veces, al llegar a este punto se interrumpe el diálogo, porque el director no sabe ya dónde se encuentra. Únicamente conoce una frase: Sólo el creyente es obediente. Y con ella no puede ayudar al que se ha endurecido, al que no tiene esta fe ni puede tenerla. El director piensa entonces que se halla aquí ante un último enigma, según el cual Dios da a uno la fe que niega a otro. Con esta frase capitula. El que se ha endurecido queda solo y, resignado, continúa lamentándose de su miseria. Pero es precisamente aquí donde hay que dar un giro a la conversación, un giro total. No se seguirá discutiendo; no se tomarán en serio los problemas y miserias del otro, a fin de poder centrarnos en su misma persona, que desea ocultarse detrás de sus preocupaciones. Ahora, con la frase «sólo el obediente cree», vamos a irrumpir en la fortaleza que se ha construido.
El director corta el diálogo para proseguir con la frase siguiente: «Eres desobediente, te niegas a obedecer a Cristo, quieres conservar para ti una parte de soberanía personal. No puedes escuchar a Cristo porque eres desobediente, no puedes creer en la gracia porque no quieres obedecer. Te cierras a la llamada de Cristo en un lugar cualquiera de tu corazón. Tu miseria es tu pecado».
Cristo mismo entra de nuevo en escena, ataca al demonio en el otro, al demonio que hasta ahora se había mantenido oculto al abrigo de la gracia barata. Ahora todo depende de que el director espiritual tenga a su disposición estas dos frases: «Sólo el obediente cree» y «sólo el creyente obedece». En nombre de Jesús debe llamar a la obediencia, a la acción, al primer paso. Deja lo que te retiene, y síguele. En este momento, todo depende de este paso. Hay que destruir la posición en la que el desobediente se ha instalado; porque en ella no se puede escuchar a Cristo.
El refugiado debe salir del escondite que se ha construido. Sólo cuando esté fuera podrá volver a ver, a escuchar y a creer libremente. Es verdad que, ante Cristo, nada se ha ganado con la realización de la obra; sigue siendo en sí misma una obra muerta. Sin embargo, Pedro debe aventurarse sobre el mar inseguro para poder creer. La situación es, pues, la siguiente: con la frase «sólo el creyente obedece», el hombre se ha intoxicado con la gracia barata. Sigue en la desobediencia y se consuela con un perdón que se promete a sí mismo, cerrándose de este modo a la palabra de Dios. Todo intento de penetrar en la fortaleza está condenado al fracaso mientras nos contentemos con repetirle la frase tras la que se refugia. Se impone un giro, el otro debe ser llamado a la obediencia: sólo el obediente cree.
¿Le encaminamos con esto por el sendero de las propias obras? No; le indicamos que su fe no es fe, le liberamos de quedar cautivo de sí mismo. Tiene que lanzarse al espacio libre de la decisión. Así puede escuchar de nuevo la llamada de Jesús a la fe y al seguimiento.
Con esto nos hallamos dentro de la historia del joven rico. y he aquí que se le acercó uno y le dijo: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para conseguir la vida eterna?». Le respondió: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». «¿Cuáles?», replicó él. Y Jesús le dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». Le dice entonces el joven: «Todo esto lo he guardado; ¿qué más me falta?». Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, vete, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme». Al oír estas palabras, el joven se marchó apenado porque tenía muchos bienes (Mt 19, 16-22).
La pregunta del joven sobre la vida eterna es la pregunta sobre la salvación, la única pregunta realmente seria. Pero no es fácil plantearla correctamente. Podemos notarlo al ver que el joven, que desea evidentemente plantear esta pregunta, propone de hecho otra distinta, con la que incluso se desvía de aquella. Porque él dirige su pregunta al «maestro bueno». Desea saber la opinión, el consejo, el juicio que tiene el maestro bueno sobre este punto. Con ello nos da a entender dos cosas. Primera, que su pregunta tiene para él una importancia capital: Jesús tendrá ciertamente algo muy importante que decirle. En segundo lugar, espera del maestro bueno, del gran doctor, una declaración esencial, pero no una orden divina que le obligue sin reservas. Para el joven, la pregunta sobre la vida eterna constituye un problema del que desea hablar y discutir con el «maestro bueno». Pero las palabras de Jesús se interponen inmediatamente en el camino: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios». La pregunta ha traicionado su corazón. Deseaba hablar de la vida eterna con un buen rabino, y al escuchar esta pregunta de Jesús advierte que no se encuentra ante un maestro bueno sino ante el mismo Dios. No recibirá, pues, del Hijo de Dios ninguna respuesta que no sea una clara referencia al mandamiento del único Dios. No recibirá del «maestro bueno» una respuesta que añada una opinión personal a la voluntad evidente de Dios. Jesús aleja la atención de su persona para centrarla en Dios, el único que es bueno; así se manifiesta como el Hijo de Dios perfectamente obediente. Pero el que interroga, situado frente a Dios mismo, aparece al mismo tiempo como un hombre que huye del mandamiento evidente de Dios, mandamiento que conoce muy bien.
El joven conoce los mandamientos. Pero su situación consiste en que no puede contentarse con ellos y desea superarlos. Su pregunta se manifiesta como la pregunta planteada por una piedad que se ha inventado y construido a sí misma. ¿Por qué no se contenta el joven con el mandamiento evidente? ¿Por qué actúa como si no conociese desde hace mucho tiempo la respuesta a su pregunta? ¿Por qué quiere acusar a Dios de haberle dejado en la ignorancia sobre este problema vital tan decisivo? El joven se ve así atrapado y juzgado.
Se le aleja de la pregunta que había propuesto sobre la salvación, pregunta que no le comprometía en nada, y se le llama a la simple obediencia a los mandamientos evidentes. Sigue un segundo intento de huida. El joven responde con otra pregunta: «¿Cuáles?». En ella se esconde el mismo Satanás. Era la única salida posible para el que se veía atrapado. Naturalmente, el joven conoce los mandamientos; pero, ¿quién puede saber, entre la multitud de preceptos, cuál le está destinado precisamente a él, precisamente ahora?
La revelación de los mandamientos es ambigua, poco clara, dice el joven. No ve los mandamientos, sólo se fija en sí mismo, en sus problemas y conflictos. Se aleja del mandamiento preciso de Dios para acogerse a la interesante situación, indiscutiblemente humana, del «conflicto ético». Su error no consiste en conocer este conflicto, sino en utilizarlo contra los mandamientos de Dios. Porque los mandamientos están destinados a poner fin al conflicto ético.
El conflicto ético, fenómeno ético originario del hombre después de la caída, es en sí mismo la oposición del hombre a Dios. La serpiente, en el paraíso, introdujo este conflicto en el corazón del primer hombre: «¿Ha dicho Dios realmente eso?». La duda ética arranca al hombre del mandamiento claro y de la obediencia sencilla e ingenua, a través de la indicación de que el mandamiento requiere aún una exposición y una interpretación: «¿Ha dicho Dios realmente eso?». Es el hombre mismo, con la fuerza de su conocimiento del bien y del mal, con la fuerza de su conciencia, quien debe decidir lo que es bueno. El precepto es ambiguo. Dios quiere que el hombre lo explique, lo interprete y se decida libremente. Con esto se niega la obediencia al mandamiento. En el lugar de la simple acción aparece un doble pensamiento. El hombre con libertad de conciencia se gloria al compararse con el hijo obediente.
La invocación del conflicto ético es la ruptura con la obediencia. Es alejarse de la realidad de Dios para acogerse al carácter eventual del hombre, alejarse de la fe para refugiarse en la duda. Y se produce lo inesperado: esta pregunta, con la que el joven intentaba ocultar su desobediencia, le revela como lo que es, como un hombre bajo el pecado.
La respuesta de Jesús es la que lo desenmascara. Él nombra los mandamientos y, al nombrarlos, los confirma de nuevo como mandamientos de Dios. El joven se siente atrapado de nuevo. Esperaba poder desembocar en una conversación poco comprometedora sobre problemas eternos. Esperaba que Jesús le ofreciese una solución a su conflicto ético. Pero Jesús no se preocupa de su problema, sino de él mismo. La única respuesta a la preocupación suscitada por el conflicto ético es el mandamiento de Dios, que implica la exigencia de no seguir discutiendo y obedecer por fin. Sólo el diablo ofrece una solución al conflicto ético: Continúa preguntando y no te verás obligado a obedecer. Jesús no se fija en el problema del joven, sino en él mismo.
No toma en serio el conflicto ético que el joven se toma tan en serio. Lo único que le interesa es que el joven termine por escuchar el mandamiento y obedecer. Precisamente donde el conflicto ético quiere ser tomado en serio, donde atormenta y esclaviza al hombre, no dejándole llegar al acto de obediencia que le tranquilizaría, es donde se revela toda su impiedad, y es también allí donde conviene desenmascararlo en su ausencia impía de seriedad, como desobediencia definitiva. Sólo es serio el acto de obediencia que pone fin al conflicto y lo destruye, el que nos deja libres para llegar a ser hijos de Dios. Este es el diagnóstico divino que se da al joven.
En dos ocasiones se ha visto éste situado ante la verdad de la palabra de Dios. No puede evitar el mandamiento divino. Ciertamente, el mandamiento es claro y hay que obedecerlo. Pero… no basta. «Todo esto lo he guardado desde mi juventud; ¿qué más me falta?». Al responder así, el joven está tan persuadido de la sinceridad de su deseo como de la de todo lo anterior. Precisamente en este punto se revela su rebelión frente a Jesús. Conoce el mandamiento, lo ha observado, pero piensa que esto no puede constituir toda la voluntad de Dios, que debe haber algo más, algo extraordinario y singular. Esto es lo que quiere hacer.
El mandamiento evidente de Dios es incompleto, dice el joven huyendo por última vez del verdadero precepto, intentando por última vez quedar solo consigo mismo, decidir por sí mismo sobre el bien y el mal. Ahora el mandamiento es aceptado, al mismo tiempo que se le ataca de frente. «He guardado todo esto; ¿que más me falta?». Marcos añade en este momento: «y Jesús, mirándole, le amó» (10, 21). Jesús reconoce lo desesperadamente que se ha cerrado el joven a la palabra viva de Dios, cómo se debate con todo su ser contra la palabra viva, contra la simple obediencia. Quiere ayudar al joven, le ama. Por eso le da la última respuesta: «Si quieres ser perfecto, vete, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; después ven y sígueme». Hay que notar tres cosas en estas palabras dirigidas al joven.
Primera: ahora es Jesús mismo quien ordena. Jesús, que hace un momento ha alejado de su persona la atención del joven, indicándole que sólo Dios es bueno, reivindica ahora para sí el poder de pronunciar la palabra y el mandamiento definitivos. El joven debe reconocer que se encuentra ante el Hijo mismo de Dios. La filiación divina de Jesús, oculta al joven, condujo al Señor a ponerlo en contacto con el Padre; con esto se unía perfectamente a su Padre. Esta misma unidad es la que lleva ahora a Jesús a pronunciar por sí mismo el mandamiento del Padre. Esto debe resultar claro e inequívoco al joven en el momento en que capta la llamada de Jesús al seguimiento. Esta es la suma de todos los mandamientos: el joven debe vivir en comunión con Cristo. Cristo es el fin de los mandamientos. Este Cristo se encuentra ahora ante él y le llama. No es posible ninguna escapatoria hacia la mentira del conflicto ético. El mandamiento es claro: ¡sígueme!
Segunda: esta llamada al seguimiento requiere también ser esclarecida para que no se preste a equívocos. Es preciso que el joven se encuentre en la imposibilidad de interpretar erróneamente este seguimiento, considerándolo como una aventura ética, como un camino y estilo de vida especiales, interesantes, pero de los que, llegado el caso, podría desdecirse. El seguimiento también sería mal interpretado si el joven pudiese considerarlo como una última conclusión de su actividad y problemática anteriores, como una adición a lo precedente, como complemento, perfección y plenitud de lo anterior.
Conviene, pues, para que todo quede claro e inequívoco, crear una situación que no permita volver atrás, una situación irrevocable y, al mismo tiempo, debe quedar bien claro que no es, de ninguna manera, un simple complemento de lo anterior. Esta situación requerida es creada por la invitación de Jesús a la pobreza voluntaria. Este es el aspecto existencial, pastoral, de la cuestión. Dicha situación pretende ayudar al joven a comprender y obedecer correctamente. Nace del amor de Jesús hacia el joven. Es la continuación natural entre el camino seguido hasta ahora por el joven y el camino del seguimiento.
Pero -¡atención!- no se identifica con el seguimiento mismo, no es el primer paso en el camino del seguimiento, sino el acto de obediencia por el que el seguimiento va a ser al fin posible. Primera, hace falta que el joven vaya y venda todo lo que posee, lo dé a los pobres; después, que venga y siga. La meta es el seguimiento y, en este caso concreto, el camino es el de la pobreza voluntaria. Y la tercera: Jesús vuelve a la pregunta del joven sobre lo que aún le falta. «Si quieres ser perfecto… ». Esto podría suscitar la impresión de que, efectivamente, se habla aquí de una adición a lo anterior.
Ciertamente, es una adición, pero contiene en sí misma la abrogación de todo lo precedente. El joven no es, hasta ahora, perfecto; ha comprendido y cumplido mal el mandamiento. Sólo ahora puede comprenderlo y cumplirlo correctamente en el seguimiento, gracias a que Cristo le llama. Al volver a la pregunta del joven, se la retira. El joven preguntaba por su camino para llegar a la vida eterna; Jesús responde: Yo te llamo, eso es todo. El joven buscaba una respuesta a su pregunta. La respuesta es: Jesucristo. Quería oír la palabra del maestro bueno, y ahora advierte que esta palabra es el mismo hombre a quien interroga. El joven se encuentra ante Jesús, el Hijo de Dios. Es un encuentro total. Sólo falta una cosa: el sí o el no, la obediencia o la desobediencia.
La respuesta del joven es: No. Se alejó entristecido, se vio desilusionado, engañado en su esperanza, porque no podía abandonar su pasado. Tenía demasiados bienes. La llamada al seguimiento no tiene aquí otro contenido que Jesucristo mismo, la vinculación a él, la comunidad con él. La existencia del seguidor no consiste en la veneración fanática de un buen maestro, sino en la obediencia al Hijo de Dios.
Esta historia del joven rico tiene un paralelo exacto en el texto que introduce la parábola del buen samaritano. Se levantó un legista, y dijo para tentarle: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees?». Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; ya tu prójimo como a ti mismo». Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás». Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «y ¿quién es mi prójimo?» (Lc 10,25-29). La pregunta del legista es idéntica a la del joven. Pero ahora se advierte de antemano que se trata de una pregunta capciosa. El que tienta a Jesús sabe ya la solución, que debe desembocar en la aporía del conflicto ético. La respuesta de Jesús es exactamente idéntica a la que dio al joven. En el fondo, el que interroga conoce la respuesta a su pregunta, pero al continuar preguntando, aunque la sabe, quiere sustraerse a la obediencia al mandamiento de Dios. La única salida que le queda es: Haz lo que sabes, y vivirás. Pierde su primera posición. Pero igual que ocurrió en el caso del joven rico, se produce la huida hacia el conflicto ético: ¿Quién es mi prójimo? Esta pregunta del legista tentador se ha repetido numerosas veces después de él, de buena fe e inocentemente; goza del prestigio típico de una pregunta razonable propuesta por un hombre que busca la verdad. Pero no se ha leído bien el contexto.
Toda la historia del buen samaritano es la oposición a esta pregunta y la destrucción de la misma, por ser una pregunta satánica. Es una pregunta sin fin, sin respuesta. Nace «del entendimiento cegado por el orgullo, privado de la verdad», «que padece la enfermedad de las disputas y contiendas de palabras, de donde proceden las envidias, discordias, maledicencias, sospechas malignas, discusiones sin fin» (l Tim 6, 4s). Es la pregunta propuesta por los orgullosos que «siempre están aprendiendo y no son capaces de llegar al pleno conocimiento de la verdad», «que tendrán la apariencia de piedad, pero desmentirán su eficacia» (2 Tim 3, Ss). Son incapaces de creer; preguntan de esta forma porque «tienen marcada a fuego la propia conciencia» (l Tim 4, 2), porque no quieren obedecer a la palabra de Dios.
¿Quién es mi prójimo? ¿Hay una respuesta que me diga si es mi hermano según la carne, mi compatriota, mi hermano de la Iglesia o mi enemigo? ¿No puede afirmarse o negarse con igual derecho cada una de estas posibilidades? Tal pregunta ¿no termina creando división y desobediencia? Sí, esta pregunta es una rebelión contra el mandamiento de Dios. Yo quiero ser obediente, pero Dios no me dice cómo puedo serlo. El mandamiento de Dios es equívoco, me deja en un conflicto eterno. La pregunta: ¿Qué debo hacer? Constituía la primera impostura. La respuesta es: Guarda el mandamiento que conoces. No debes preguntar, sino actuar. La pregunta: ¿Quién es mi prójimo? es la última que plantea la desesperación o la seguridad en sí mismo del desobediente, con la que se justifica. La respuesta es: Tú mismo eres el prójimo. Ve, y sé obediente en el acto de amor.
Ser el prójimo no es una cualificación del otro, sino la exigencia que este tiene sobre mí; nada más. A cada instante, en cada situación, soy una persona obligada a la acción, a la obediencia. No queda literalmente tiempo para preguntar sobre una cualificación del otro. Debo actuar, debo obedecer, debo ser prójimo del otro. Quizás preguntes, asustado, si no conviene primero saber y reflexionar sobre cómo debemos actuar; la única respuesta es que no se puede saber ni reflexionar más que actuando y recordando siempre que se exige algo de mí.
La obediencia sólo se aprende obedeciendo, no preguntando. Sólo en ella conozco la verdad. En medio de la división de nuestra conciencia y de nuestro pecado llega a nosotros la llamada de Jesús a la sencillez de la obediencia. Pero el joven rico fue llamado por Jesús a la’ gracia del seguimiento, mientras el legista tentador fue puesto en contacto con los mandamientos.

