Categoría: Teología

Propiciación vs Expiación

La propiciación vs. la expiación

Dr. Ernesto Contreras Pulido

El apóstol Juan escribió: “En esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. Esto es importante porque la Biblia dice que la sangre de los toros y de los machos cabríos (sacrificados de acuerdo con la ley de Moisés) no puede quitar los pecados, pues eran sacrificios expiatorios. Expiar quiere decir cubrir los pecados para que Dios no los vea; pero el superior sacrificio propiciatorio de Jesucristo, es el sacrificio aceptable, suficiente y sustitutivo ante Dios, que paga por los pecados (de antes, durante y después de Cristo), los remueve del pecador, los echa en el fondo del mar y permite así que, saldada la cuenta, Dios se olvide de ellos para siempre, se reconcilie con el pecador y le de vida eterna (Heb. 10:4, Jn. 1:29).

Dice la Biblia: “¿Qué Dios como Tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Mi. 7:18-19).

Por eso, cuando Juan vio a Jesucristo dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”; pues la Biblia dice que Dios cargó en Él (en su cuerpo), el pecado de todos nosotros, “de tal manera que al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en Él”. Así, la Biblia, clara y repetidamente, dice que Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo (Is 53:6; 2ª Co 5:21; 1ª Jn 2:2).

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Teología en Tiempos Globales

3. Teología en tiempos globalesFe y cosmopolitismo: hacer teología en tiempos globales

Nicolás Panotto

El modo en que se comprenden las relaciones multiculturales ha ido mutando considerablemente a lo largo de la historia, aunque en estas últimas décadas, con el fenómeno de la llamada “globalización”, ciertos procesos se han profundizado. Hay mucho que se puede decir al respecto, especialmente sobre los modos en que se evalúa dicha instancia. En este sentido, la noción de globalización se juega entre una noción positiva y otra negativa. Es decir, por un lado se comprende como un fenómeno que posibilita el enriquecimiento de procesos de conocimiento mutuo, a través de los intercambios y encuentros con la diversidad de sujetos y culturas que habitan nuestro mundo. Pero por otro, también representa un escenario de dinámicas de poder, donde los tipos de vinculación también son asimétricos entre grupos y países. De esta manera, la globalización representa un fenómeno tanto inclusivo como excluyente.

De aquí surgen dos elementos importantes. Por un lado, hablar de globalización implica una redefinición de cómo se comprenden la construcción de las identidades individuales y sociales. Tal como plantea Néstor García Canclini (2001), somos comunidades y sujetos híbridos. No existen esencialismos nacionalistas, ni culturales, ni políticos, ni sociales, inclusive religiosos. Somos seres y grupos que se construyen desde trayectorias históricas muy diversas, desde procesos interculturales entre geografías cruzadas, desde la conjunción de distintas matrices existenciales, tales como nuestra situación económica, el lugar dentro de las jerarquías sociales, las creencias, las ideologías, etc. La pluralidad que representa lo global no es sólo un elemento descriptivo de los elementos que la componen, sino una cosmovisión antropológica donde lo diverso, lo multi, lo plural, son instancias constitutivas de todos los agentes.

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El Postmodernismo y la Razón

postmodernismo razonMetodismo y Razón

El movimiento del metodismo que impactó a Inglaterra surgió en medio del ambiente ideológico del racionalismo. La Inglaterra de tiempos de Juan Wesley iniciaba su expansión imperial y su transformación industrial, gracias a la invención de las máquinas movidas por vapor. El auge económico que se iniciaba estuvo acompañado por las ideas racionalistas de los filósofos de la ilustración de la Europa Continental y por la influencia de destacados pensadores de la propia Inglaterra, como Berkley, Locke, Bacon, Newton. Como estudiante de una de las más prestigiadas universidades de su tiempo, Juan Wesley no podía ser ajeno a la influencia del racionalismo que dominaba el ambiente de su época. Su labor evangelstica  consistió en llamar a un genuino arrepentimiento que condujera a una conversión radical del hombre y se manifestara en una vida de santidad. Sus enseñanzas se expresaban en un lenguaje sencillo, pero destacando siempre su forma disciplinada de razonar, de tal manera que sus sermones parecen transcurrir a la manera de silogismos lógicos que van de premisa en premisa hasta arribar a sólidas conclusiones. Los escritos, exposiciones y predicaciones del señor Wesley nos permiten corroborar que no sólo aceptó el valor de la razón sino que la utilizó como poderosa herramienta para el conocimiento de la Palabra, la enseñanza y la predicación.

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El 666 no es 666

666Por Juan Stam

Sobre el 666 hay mucho que decir, y lo primero es que no existe como tal. Lo que la Biblia dice no es “6-6-6” sino “seiscientos sesenta y seis”, lo que es muy diferente. No es un “triple seis”, como sería “666” en la aritmética moderna. El texto bíblico no tiene ese efecto de repetición, una misma cifra tres veces seguidas.  El énfasis no cae en los tres dígitos lado a lado, sino en la suma expresada por las tres palabras originales. Cualquiera que sea la interpretación, el significado no puede estar en los tres dígitos que se juntan sino en la cifra como suma total.

La gente de los tiempos bíblicos no podría ni imaginarse un número como “666”, porque no conocían el sistema decimal. El número tenía que ser “seiscientos sesenta y seis”.

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Modernismo y Posmodernismo

posmodernismo.pngCONOCIENDO EL POSTMODERNISMO

Introducción

El postmodernismo es un movimiento aún en formación, difuso y difícil de definir; de múltiples orígenes y exponentes; generalmente identificado como la ideología que subyace a las formas de pensamiento y comportamiento del hombre contemporáneo que habita este mundo globalizado (al cual podemos llamar utilizando las palabras del apóstol san Pablo αιωνι τουτω -Rom. 12: 2- “esta época” o este siglo, como traduce la versión Reina-Valera 1960). Se trata de la ideología dominante de la sociedad en que nos ha tocado.

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El Precio de la Gracia (parte 17)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

De click en los enlaces para ir a la ←  parte 15, o puede ir al inicio de la serie.

II  LA IGLESIA DE JESUCRISTO Y EL SEGUIMIENTO

1 Cuestiones preliminares

Jesús estaba corporalmente presente, con su palabra, ante sus primeros discípulos. Pero este Jesús murió y resucitó. ¿Cómo llega hoy a nosotros su llamada al seguimiento? Jesús no pasa ya corporal mente ante nosotros, como pasó ante Leví, el publicano, para decirnos: «¡Sígueme!». Aunque en mi corazón esté dispuesto a oír, a abandonarlo todo y seguirle, ¿qué me da derecho a ello? Lo que para aquellos hombres resultaba tan inequívoco constituye para mí una decisión sumamente dudosa e incontrolable.

Por ejemplo, ¿cómo podría aplicarme la llamada dirigida al publicano? ¿No habló Jesús de forma completamente diferente a otros hombres en otras ocasiones? ¿Amó menos que a sus discípulos al paralítico al que perdonó los pecados y sanó, o a Lázaro, al que resucitó? Sin embargo, no les llamó a abandonar su profesión para seguirle; los dejó en su lugar, en su familia, en su trabajo. ¿Quién soy yo para ofrecerme a realizar algo desacostumbrado, extraordinario? ¿Quién me dice, y quién dice a los otros, que no actúo por propia autoridad, por propio fanatismo? Y esto no sería precisamente seguimiento.

Todas estas preguntas son falsas; al proponerlas, lo único que hacemos es situarnos fuera de la presencia viva de Cristo. Estas preguntas no cuentan con el hecho de que Jesucristo no está muerto, sino que vive hoy y continúa hablándonos por el testimonio de la Escritura. Él sigue presente hoy entre nosotros, corporalmente y con su palabra.

Si queremos escuchar su llamada al seguimiento debemos oírlo allí mismo donde él se encuentra. La llamada de Jesucristo resuena en la Iglesia por su palabra y los sacramentos. La predicación y el sacramento de la Iglesia son el lugar de la presencia de Jesucristo. Si quieres oír la llamada de Jesús al seguimiento no necesitas para ello una revelación especial. Escucha la predicación y recibe los sacramentos. Escucha el Evangelio del Señor crucificado y resucitado. En él se encuentra todo entero aquel que trató con los discípulos. Sí, se halla aquí como el transfigurado, el vencedor, el viviente. Nadie más que él puede llamar al seguimiento. Ahora bien, dado que en el seguimiento nunca se trata esencialmente de decidirse en favor o en contra de tal o cual acción, sino siempre y exclusivamente de decidirse en favor o en contra de Jesucristo, la situación no era más sencilla para el discípulo o el publicano, a los que él llamaba, que para nosotros hoy día.

La obediencia de estos primeros llamados era seguimiento porque ellos reconocían a Cristo en aquel que les llamaba. Pero tanto allí como aquí es el Cristo oculto quien llama. La llamada, en sí, es equívoca. Todo depende del que llama. Pero Cristo sólo es reconocido en la fe. Y esto es válido para los hombres de aquel tiempo igual que para nosotros. Ellos veían al rabino, al obrador de milagros y creían en Cristo. Nosotros oímos la palabra y creemos en Cristo.

Pero la ventaja de estos primeros discípulos ¿no consistía en que, una vez reconocido Cristo, recibían su mandamiento de forma inequívoca y aprendían de su boca lo que debían hacer, mientras nosotros estamos abandonados en este punto decisivo de la obediencia cristiana? ¿No nos habla el mismo Cristo de forma diferente a la que hablaba a aquellos hombres? Si esto fuera cierto, nos encontraríamos indudablemente en una situación desesperada. Pero no es verdad. Cristo no nos habla de forma diferente a la que habló en aquel tiempo. Las cosas no sucedieron a los primeros discípulos de Jesús de tal modo que primero reconocieron en él al Cristo y después recibieron sus mandamientos. Más bien, sólo le reconocieron por su palabra y su precepto. Creyeron en su palabra y en su mandamiento y reconocieron en él al Cristo. Para los discípulos no hubo conocimiento de Cristo fuera de su clara palabra.

A la inversa, había que mantener que el verdadero reconocimiento de Jesús como el Cristo englobaba simultáneamente el reconocimiento de su voluntad. El conocimiento de la persona de Jesucristo no quitaba al discípulo la certeza de su acción, sino que se la daba. No existe ninguna otra manera de conocer a Cristo.

Si Cristo es el Señor que reina sobre mi vida, al encontrarme con él conozco la palabra que me dirige, y esto es tan cierto como el hecho de que no puedo conocerlo realmente más que por su clara palabra y sus mandamientos. La objeción de que nuestra desgracia consiste en que ciertamente querríamos conocer a Cristo y creer en él, pero no podemos conocer su voluntad, se basa en un conocimiento vago y erróneo de Cristo. Conocer a Cristo significa reconocerle, a través de su palabra, como Señor y salvador de mi vida. Y esto implica el conocimiento de la palabra viva que me dirige.

Si decimos, por último, que el mandamiento era claro para los discípulos, mientras que nosotros debemos decidir cuál de sus palabras se nos dirige, nos equivocamos una vez más sobre la situación de los discípulos y sobre la nuestra. El mandamiento de Jesús siempre tiene por fin exigir la fe que proviene de un corazón indiviso, exigir el amor a Dios y al prójimo con todo el corazón y toda el alma. Sólo en esto era claro el mandamiento. Todo intento de poner en práctica el mandamiento de Jesús sin entenderlo de este modo constituiría de nuevo una falsa interpretación y un acto de desobediencia a la palabra de Jesús.

Mas, por otra parte, no se nos niega el conocimiento del precepto concreto. Al contrario, en toda palabra predicada, por medio de la cual escuchamos a Cristo, se nos dice claramente: Sabes que sólo puedes cumplirla mediante la fe en Jesucristo. Así pues, se nos ha conservado íntegramente el don de Jesús a sus discípulos; incluso podemos decir que ahora está más cerca de nosotros, por el hecho de la marcha de Jesús, porque conocemos su transfiguración y se nos ha enviado el Espíritu santo.

Con esto queda claro que no podemos utilizar la historia de la vocación de los discípulos en contra de otras narraciones. Nunca se pretende que nosotros nos identifiquemos con los discípulos o con otros personajes del Nuevo Testamento; se trata únicamente de identificarnos con Jesucristo y su llamada, entonces y ahora. Y su palabra es la misma, bien haya resonado en su vida terrenal o en nuestros días, bien se haya dirigido a los discípulos o al paralítico. Tanto aquí como allí se trata de la llamada de su gracia a entrar en su Reino, a situarnos bajo su soberanía. La pregunta de si debo compararme al discípulo o al paralítico está planteada de una forma peligrosamente falsa. No tengo que compararme en nada con ninguno de los dos. Lo que debo hacer es escuchar y cumplir la palabra y la voluntad de Cristo tal como las recibo en estos dos testimonios.

La Escritura no nos presenta una serie de tipos cristianos a los que habríamos de asimilarnos según nuestra propia elección, sino que en cada línea nos predica al único Jesucristo. Sólo debo escucharle a él. Él es en todas partes el mismo y el único.

A la pregunta sobre dónde podemos oír nosotros, los hombres de hoy, la llamada de Jesús al seguimiento, sólo puede respondérsele: ¡escucha la predicación, recibe los sacramentos, escúchale en ellos y oirás su llamada!

2 El bautismo

La noción de seguimiento, que en los sinópticos podía expresar casi todo el contenido y extensión de las relaciones del discípulo con Jesucristo, pasa claramente en Pablo a segundo plano. Pablo no nos anuncia ante todo la historia del Señor durante los días de su vida terrestre, sino la presencia del resucitado y glorificado, y su obra en nosotros. Para esto necesita una serie nueva y peculiar de conceptos, que brotan de lo que el objeto tiene de particular y tiende hacia lo que hay de común en la predicación del único Señor, que vivió, murió y resucitó. Al testimonio completo sobre Cristo corresponde un conjunto múltiple de conceptos. Y es necesario que la terminología de Pablo confirme la de los sinópticos, y viceversa. Ninguna de ellas tiene ventaja sobre la otra, porque no somos «ni de Pablo, ni de Apolo, ni de Cefas, ni de otro cristiano», sino que ponemos nuestra fe en la unidad del testimonio que la Escritura da sobre Cristo. Destruiríamos la unidad de la Escritura si dijéramos que Pablo anuncia al Cristo que aún está presente en nosotros, mientras que el testimonio de los sinópticos nos habla de una presencia de Cristo que ya no conocemos.

Tal modo de hablar aparece en amplios ambientes como expresión de un pensamiento histórico-reformado, pero en realidad es lo contrario: un ensueño extremadamente peligroso. ¿Quién nos dice que aún tenemos la presencia de Cristo tal como nos la anuncia Pablo? ¿Quién nos lo afirma sino la Escritura? ¿O deberíamos hablar aquí de una experiencia libre de la presencia y de la realidad de Cristo, experiencia que no estaría vinculada a la Escritura? Pero si la Escritura es la única que nos da testimonio de la presencia de Cristo, lo hace precisamente como un todo y, al mismo tiempo, como la misma Escritura que nos testimonia la presencia del Jesucristo sinóptico.

 

El Cristo de los sinópticos no está más cerca ni más lejos de nosotros que el Cristo paulino. El Cristo que está presente a nosotros es aquel del que da testimonio toda la Escritura. Es el encarnado, crucificado, resucitado y glorificado; sale a nuestro encuentro en su palabra. La terminología diferente con la que los sinópticos y Pablo transmiten este testimonio no perjudica en nada a la unidad del testimonio escriturario1.

En Pablo, la llamada al seguimiento y su puesta en práctica tienen su correspondencia en el bautismo.

El bautismo no es una oferta del hombre, sino un ofrecimiento de Jesucristo. Sólo se funda en la voluntad llena de gracia de Jesucristo, que nos llama. El bautismo consiste en ser bautizados, en recibir la llamada de Cristo. Por él, el hombre se convierte en propiedad de Cristo. El nombre de Jesucristo es pronunciado sobre el que se bautiza y, con ello, es hecho partícipe de este nombre, es bautizado «en Jesucristo» (έλε: Rom 6, 3; Gal 3, 27; Mt 28, 19).

Desde entonces pertenece a Jesucristo. Es arrancado de la soberanía del mundo y se convierte en propiedad del Señor.

De este modo, el bautismo significa una ruptura. Cristo penetra en el interior del poderío satánico y pone su mano sobre los suyos, crea su comunidad. Así, pasado y futuro quedan separados uno del otro. Lo antiguo ha pasado, todo se ha hecho nuevo. La ruptura no se produce porque un hombre haga saltar sus cadenas en un deseo inextinguible de encontrar un orden nuevo y libre para su vida y para las cosas. Es el mismo Cristo, mucho antes de esto, quien ha realizado la ruptura. Por el bautismo, esta ruptura se realiza igualmente en mi vida. El carácter inmediato de mis relaciones con las realidades de este mundo queda anulado porque Cristo, el mediador y Señor, se ha interpuesto entre ellas y yo. Quien ha sido bautizado no pertenece ya al mundo, no le sirve, no le está sometido. Únicamente pertenece a Cristo y su comportamiento frente al mundo sólo está determinado por el Señor. Seguir leyendo “El Precio de la Gracia (parte 17)”

El Precio de la Gracia (parte 16)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

De click en los enlaces para ir a la ←  parte 15, o puede ir al inicio de la serie.

II  LA IGLESIA DE JESUCRISTO Y EL SEGUIMIENTO

1 Cuestiones preliminares

Jesús estaba corporalmente presente, con su palabra, ante sus primeros discípulos. Pero este Jesús murió y resucitó. ¿Cómo llega hoy a nosotros su llamada al seguimiento? Jesús no pasa ya corporal mente ante nosotros, como pasó ante Leví, el publicano, para decirnos: «¡Sígueme!». Aunque en mi corazón esté dispuesto a oír, a abandonarlo todo y seguirle, ¿qué me da derecho a ello? Lo que para aquellos hombres resultaba tan inequívoco constituye para mí una decisión sumamente dudosa e incontrolable.

Por ejemplo, ¿cómo podría aplicarme la llamada dirigida al publicano? ¿No habló Jesús de forma completamente diferente a otros hombres en otras ocasiones? ¿Amó menos que a sus discípulos al paralítico al que perdonó los pecados y sanó, o a Lázaro, al que resucitó? Sin embargo, no les llamó a abandonar su profesión para seguirle; los dejó en su lugar, en su familia, en su trabajo. ¿Quién soy yo para ofrecerme a realizar algo desacostumbrado, extraordinario? ¿Quién me dice, y quién dice a los otros, que no actúo por propia autoridad, por propio fanatismo? Y esto no sería precisamente seguimiento.

Todas estas preguntas son falsas; al proponerlas, lo único que hacemos es situarnos fuera de la presencia viva de Cristo. Estas preguntas no cuentan con el hecho de que Jesucristo no está muerto, sino que vive hoy y continúa hablándonos por el testimonio de la Escritura. Él sigue presente hoy entre nosotros, corporalmente y con su palabra.

Si queremos escuchar su llamada al seguimiento debemos oírlo allí mismo donde él se encuentra. La llamada de Jesucristo resuena en la Iglesia por su palabra y los sacramentos. La predicación y el sacramento de la Iglesia son el lugar de la presencia de Jesucristo. Si quieres oír la llamada de Jesús al seguimiento no necesitas para ello una revelación especial. Escucha la predicación y recibe los sacramentos. Escucha el Evangelio del Señor crucificado y resucitado. En él se encuentra todo entero aquel que trató con los discípulos. Sí, se halla aquí como el transfigurado, el vencedor, el viviente. Nadie más que él puede llamar al seguimiento. Ahora bien, dado que en el seguimiento nunca se trata esencialmente de decidirse en favor o en contra de tal o cual acción, sino siempre y exclusivamente de decidirse en favor o en contra de Jesucristo, la situación no era más sencilla para el discípulo o el publicano, a los que él llamaba, que para nosotros hoy día.

La obediencia de estos primeros llamados era seguimiento porque ellos reconocían a Cristo en aquel que les llamaba. Pero tanto allí como aquí es el Cristo oculto quien llama. La llamada, en sí, es equívoca. Todo depende del que llama. Pero Cristo sólo es reconocido en la fe. Y esto es válido para los hombres de aquel tiempo igual que para nosotros. Ellos veían al rabino, al obrador de milagros y creían en Cristo. Nosotros oímos la palabra y creemos en Cristo.

Pero la ventaja de estos primeros discípulos ¿no consistía en que, una vez reconocido Cristo, recibían su mandamiento de forma inequívoca y aprendían de su boca lo que debían hacer, mientras nosotros estamos abandonados en este punto decisivo de la obediencia cristiana? ¿No nos habla el mismo Cristo de forma diferente a la que hablaba a aquellos hombres? Si esto fuera cierto, nos encontraríamos indudablemente en una situación desesperada. Pero no es verdad. Cristo no nos habla de forma diferente a la que habló en aquel tiempo. Las cosas no sucedieron a los primeros discípulos de Jesús de tal modo que primero reconocieron en él al Cristo y después recibieron sus mandamientos. Más bien, sólo le reconocieron por su palabra y su precepto. Creyeron en su palabra y en su mandamiento y reconocieron en él al Cristo. Para los discípulos no hubo conocimiento de Cristo fuera de su clara palabra.

A la inversa, había que mantener que el verdadero reconocimiento de Jesús como el Cristo englobaba simultáneamente el reconocimiento de su voluntad. El conocimiento de la persona de Jesucristo no quitaba al discípulo la certeza de su acción, sino que se la daba. No existe ninguna otra manera de conocer a Cristo.

Si Cristo es el Señor que reina sobre mi vida, al encontrarme con él conozco la palabra que me dirige, y esto es tan cierto como el hecho de que no puedo conocerlo realmente más que por su clara palabra y sus mandamientos. La objeción de que nuestra desgracia consiste en que ciertamente querríamos conocer a Cristo y creer en él, pero no podemos conocer su voluntad, se basa en un conocimiento vago y erróneo de Cristo. Conocer a Cristo significa reconocerle, a través de su palabra, como Señor y salvador de mi vida. Y esto implica el conocimiento de la palabra viva que me dirige.

Si decimos, por último, que el mandamiento era claro para los discípulos, mientras que nosotros debemos decidir cuál de sus palabras se nos dirige, nos equivocamos una vez más sobre la situación de los discípulos y sobre la nuestra. El mandamiento de Jesús siempre tiene por fin exigir la fe que proviene de un corazón indiviso, exigir el amor a Dios y al prójimo con todo el corazón y toda el alma. Sólo en esto era claro el mandamiento. Todo intento de poner en práctica el mandamiento de Jesús sin entenderlo de este modo constituiría de nuevo una falsa interpretación y un acto de desobediencia a la palabra de Jesús.

Mas, por otra parte, no se nos niega el conocimiento del precepto concreto. Al contrario, en toda palabra predicada, por medio de la cual escuchamos a Cristo, se nos dice claramente: Sabes que sólo puedes cumplirla mediante la fe en Jesucristo. Así pues, se nos ha conservado íntegramente el don de Jesús a sus discípulos; incluso podemos decir que ahora está más cerca de nosotros, por el hecho de la marcha de Jesús, porque conocemos su transfiguración y se nos ha enviado el Espíritu santo.

Con esto queda claro que no podemos utilizar la historia de la vocación de los discípulos en contra de otras narraciones. Nunca se pretende que nosotros nos identifiquemos con los discípulos o con otros personajes del Nuevo Testamento; se trata únicamente de identificarnos con Jesucristo y su llamada, entonces y ahora. Y su palabra es la misma, bien haya resonado en su vida terrenal o en nuestros días, bien se haya dirigido a los discípulos o al paralítico. Tanto aquí como allí se trata de la llamada de su gracia a entrar en su Reino, a situarnos bajo su soberanía. La pregunta de si debo compararme al discípulo o al paralítico está planteada de una forma peligrosamente falsa. No tengo que compararme en nada con ninguno de los dos. Lo que debo hacer es escuchar y cumplir la palabra y la voluntad de Cristo tal como las recibo en estos dos testimonios.

La Escritura no nos presenta una serie de tipos cristianos a los que habríamos de asimilarnos según nuestra propia elección, sino que en cada línea nos predica al único Jesucristo. Sólo debo escucharle a él. Él es en todas partes el mismo y el único.

A la pregunta sobre dónde podemos oír nosotros, los hombres de hoy, la llamada de Jesús al seguimiento, sólo puede respondérsele: ¡escucha la predicación, recibe los sacramentos, escúchale en ellos y oirás su llamada!

2 El bautismo

La noción de seguimiento, que en los sinópticos podía expresar casi todo el contenido y extensión de las relaciones del discípulo con Jesucristo, pasa claramente en Pablo a segundo plano. Pablo no nos anuncia ante todo la historia del Señor durante los días de su vida terrestre, sino la presencia del resucitado y glorificado, y su obra en nosotros. Para esto necesita una serie nueva y peculiar de conceptos, que brotan de lo que el objeto tiene de particular y tiende hacia lo que hay de común en la predicación del único Señor, que vivió, murió y resucitó. Al testimonio completo sobre Cristo corresponde un conjunto múltiple de conceptos. Y es necesario que la terminología de Pablo confirme la de los sinópticos, y viceversa. Ninguna de ellas tiene ventaja sobre la otra, porque no somos «ni de Pablo, ni de Apolo, ni de Cefas, ni de otro cristiano», sino que ponemos nuestra fe en la unidad del testimonio que la Escritura da sobre Cristo. Destruiríamos la unidad de la Escritura si dijéramos que Pablo anuncia al Cristo que aún está presente en nosotros, mientras que el testimonio de los sinópticos nos habla de una presencia de Cristo que ya no conocemos.

Tal modo de hablar aparece en amplios ambientes como expresión de un pensamiento histórico-reformado, pero en realidad es lo contrario: un ensueño extremadamente peligroso. ¿Quién nos dice que aún tenemos la presencia de Cristo tal como nos la anuncia Pablo? ¿Quién nos lo afirma sino la Escritura? ¿O deberíamos hablar aquí de una experiencia libre de la presencia y de la realidad de Cristo, experiencia que no estaría vinculada a la Escritura? Pero si la Escritura es la única que nos da testimonio de la presencia de Cristo, lo hace precisamente como un todo y, al mismo tiempo, como la misma Escritura que nos testimonia la presencia del Jesucristo sinóptico.

 

El Cristo de los sinópticos no está más cerca ni más lejos de nosotros que el Cristo paulino. El Cristo que está presente a nosotros es aquel del que da testimonio toda la Escritura. Es el encarnado, crucificado, resucitado y glorificado; sale a nuestro encuentro en su palabra. La terminología diferente con la que los sinópticos y Pablo transmiten este testimonio no perjudica en nada a la unidad del testimonio escriturario1.

En Pablo, la llamada al seguimiento y su puesta en práctica tienen su correspondencia en el bautismo.

El bautismo no es una oferta del hombre, sino un ofrecimiento de Jesucristo. Sólo se funda en la voluntad llena de gracia de Jesucristo, que nos llama. El bautismo consiste en ser bautizados, en recibir la llamada de Cristo. Por él, el hombre se convierte en propiedad de Cristo. El nombre de Jesucristo es pronunciado sobre el que se bautiza y, con ello, es hecho partícipe de este nombre, es bautizado «en Jesucristo» (έλε: Rom 6, 3; Gal 3, 27; Mt 28, 19).

Desde entonces pertenece a Jesucristo. Es arrancado de la soberanía del mundo y se convierte en propiedad del Señor.

De este modo, el bautismo significa una ruptura. Cristo penetra en el interior del poderío satánico y pone su mano sobre los suyos, crea su comunidad. Así, pasado y futuro quedan separados uno del otro. Lo antiguo ha pasado, todo se ha hecho nuevo. La ruptura no se produce porque un hombre haga saltar sus cadenas en un deseo inextinguible de encontrar un orden nuevo y libre para su vida y para las cosas. Es el mismo Cristo, mucho antes de esto, quien ha realizado la ruptura. Por el bautismo, esta ruptura se realiza igualmente en mi vida. El carácter inmediato de mis relaciones con las realidades de este mundo queda anulado porque Cristo, el mediador y Señor, se ha interpuesto entre ellas y yo. Quien ha sido bautizado no pertenece ya al mundo, no le sirve, no le está sometido. Únicamente pertenece a Cristo y su comportamiento frente al mundo sólo está determinado por el Señor. Seguir leyendo “El Precio de la Gracia (parte 16)”

El Precio de la Gracia (parte 15)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

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4. Mt 9, 35-10, 42: Los mensajeros

a) La mies

Y Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en sus sinagogas, proclamando la buena nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver la muchedumbre, sintió com­pasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a los discípulos: La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies (Mt 9, 35-38).

La mirada del salvador se posa compasivamente sobre su pue­blo, sobre el pueblo de Dios. No podía bastarle el que unos pocos hubiesen oído su llamada y le hubiesen seguido. No podía pensar en apartarse aristocráticamente con sus discípulos y, a la manera de los grandes fundadores de religiones, transmitirles la doctrina del conocimiento supremo y de la vida perfecta. Jesús vino, trabajó y sufrió por todo su pueblo. Y los discípulos, que quieren poseerlo en exclusiva, que desean evitarle todas las molestias provocadas por los niños que le presentan y por los pobres suplicantes que encuen­tran a lo largo del camino (Mc 10, 48), deben reconocer que Jesús no se deja limitar por ellos en su actitud de servicio. Su Evangelio del reino de Dios y su poder curativo pertenecían a los pobres y en­fermos, en cualquier parte donde se encontrasen.

La vista de la multitud, que en los discípulos quizás provocaba repugnancia, ira o desprecio, llenó el corazón de Jesús de profunda misericordia y compasión. Ningún reproche, ninguna acusación. El amado pueblo de Dios yace maltratado, y la culpa de esto la tienen los que debían preocuparse del servicio divino. No han sido los ro­manos los causantes de esta situación, sino el abuso de la palabra de Dios cometido por los ministros de dicha palabra. Ya no había pastores. Jesús encontró a su pueblo como un rebaño que no es conducido a frescas aguas, cuya sed sigue insatisfecha, como ove­jas que no son protegidas del lobo por ningún pastor, sino que se arrastran por el suelo, vejadas y heridas, llenas de temor y de an­gustia bajo el duro bastón de sus pastores.

Había muchas preguntas, pero ninguna respuesta; necesidad, pero ninguna ayuda; angustia de conciencia, pero ninguna libera­ción; lágrimas, y ningún consuelo; pecados, y ninguna remisión. ¿Dónde estaba el buen pastor que necesitaba este pueblo? ¿De qué le servía el que hubiese escribas que obligaban duramente al pue­blo a asistir a las escuelas, que los celosos de la ley condenasen con energía a los pecadores sin ayudarles, que existiesen predicadores e intérpretes de la palabra de Dios, si no estaban llenos de miseri­cordia y compasión por este pueblo vejado y abatido? ¿Qué son los escribas, los piadosos de la ley, los predicadores, cuando a la co­munidad le faltan pastores? El rebaño necesita pastores, buenos pastores. «Apacienta mis corderos», es el último encargo de Jesús a Pedro. El buen pastor lucha por su rebaño contra el lobo; no hu­ye, sino que da su vida por las ovejas. Las conoce a todas por su nombre y las ama. Sabe sus necesidades, su debilidad. Cura a la que está herida, da de beber a la sedienta, levanta a la que cae. Las apacienta amablemente, no con dureza. Las dirige por el buen ca­mino. Busca a la oveja perdida y la devuelve al rebaño. Los malos pastores, por el contrario, abusan de su poder, olvidan al rebaño y buscan sus propios intereses. Jesús busca buenos pastores, y he aquí que no los encuentra.

Esto le llega al corazón. Su divina misericordia se extiende a to­do el rebaño olvidado, a la multitud del pueblo que le rodea. Desde un punto de vista humano constituye un cuadro desprovisto de espe­ranza. Más no para Jesús. En el pueblo maltratado, miserable y su­friente, descubre la mies madura de Dios. «La mies es mucha». Es­tá madura para ser llevada a los graneros. Ha llegado la hora de que los pobres y miserables sean introducidos en el reino de Dios. Jesús ve que la promesa de Dios irrumpe sobre la masa del pueblo. Los escribas y los celosos de la ley sólo ven en ellos un terreno árido, calcinado, destrozado. Jesús ve el campo maduro y ondulante del reino de Dios. La mies es mucha. Sólo su misericordia lo observa.

No hay que perder tiempo. El trabajo de la siega no admite di­laciones. «Pero los obreros son pocos». ¿No resulta admirable que sean tan pocos los que poseen esta mirada misericordiosa de Jesús? ¿Quién puede dedicarse a esta labor, sino el que participa de los sentimientos del corazón de Jesús, el que ha recibido la capacidad de contemplar las cosas como él las ve?

Jesús busca ayuda. No puede realizar solo la tarea. ¿Quiénes son los colaboradores que le ayudarán? Sólo Dios los conoce, y él se los entregará a su Hijo. ¿Quién podría ofrecerse por sí mismo para ayudar a Jesús? Ni siquiera los discípulos pueden hacerlo. Ellos deben pedir al Señor de la mies que envíe obreros en el mo­mento oportuno; porque ha llegado la hora.

b) Los apóstoles

Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce apóstoles son: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó (Mt 10, 1-4).

La oración ha sido escuchada. El Padre ha revelado al Hijo su voluntad. Jesucristo llama a sus doce discípulos y los envía a la mies. Los convierte en «apóstoles», en sus mensajeros y colabora­dores. «Y les dio poder». En la práctica, lo importante es el poder. Los apóstoles no reciben sólo una palabra, una doctrina, sino un poder activo. ¿Cómo podrían realizar su trabajo sin este poder? De­be tratarse de un poder que supere al que domina en la tierra, el de­monio. Los discípulos saben que el demonio es poderoso, aunque su mayor deseo es negar su fuerza y sugerir a los hombres que no existe. Lo que hay que tener más en cuenta es precisamente este peligrosísimo ejercicio de su poder. El demonio debe ser puesto en evidencia y ha de ser vencido con la fuerza de Cristo. Por eso los discípulos se acercan al Señor. Deben ayudarle en su obra, y Jesús no les niega para esta tarea el mayor de sus dones; la participación en su poder sobre los espíritus inmundos, sobre el demonio que se ha apoderado de los hombres. En esta misión los apóstoles son ase­mejados a Cristo. Realizan su obra.

Los nombres de estos primeros mensajeros se conservarán en el mundo hasta el último día. Doce tribus contaba el pueblo de Dios. Doce mensajeros son los que realizarán la obra de Cristo. Doce tro­nos les estarán preparados en el reino de Dios para que juzguen a Israel (Mt 19, 28). Doce puertas tendrá la Jerusalén celestial en la que entrará el pueblo santo, y sobre las cuales podrán leerse los nombres de las tribus. Sobre doce piedras se asentará la muralla de la ciudad, y en ellas estarán escritos los nombres de los apóstoles (Ap 21, 12.14).

Sólo el llamamiento de Jesús ha reunido a los doce. Simón, la roca; Mateo, el publicano; Simón el zelote, el defensor del derecho y de la ley contra la opresión de los paganos; Juan, al que amaba Jesús y se apoyó en su pecho, y los otros, de los que sólo conser-‘ vamos los nombres. Finalmente, Judas Iscariote, el que le traicio­nó. Nada en el mundo podría haber reunido a estos hombres para la misma obra sino el llamamiento de Jesús; toda la anterior desunión quedó superada, formándose una comunidad nueva y firme en Cristo. El que también Judas marchase a realizar la obra de Jesús sigue siendo un oscuro enigma y una advertencia terrible.

c) El trabajo

A estos doce envió Jesús después de haberles dado estas instruccio­nes: No toméis el camino de los gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigios más bien a las ovejas perdidas de la casa de Is­rael (Mt 10, 5.6).

Los discípulos, como colaboradores de Jesús, dependen en su actividad de las claras órdenes del Señor. No se les deja libres pa­ra concebir y realizar su tarea. La obra de Cristo, que han de poner en práctica, obliga totalmente a los mensajeros a seguir la voluntad de Jesús. Sobre todo a ellos, que tienen por misión este mandato y están libres de propios cálculos y pareceres.

Ya la primera palabra impone a los mensajeros una limitación en su trabajo, que debió resultarles extraña y dura. No pueden ele­gir por sí mismos el campo de operaciones. Lo importante no es el sitio adonde les impulsa su corazón, sino el lugar adonde son en­viados. Con esto queda totalmente claro que la obra que han de realizar no es la suya propia, sino la de Dios. ¿No resultaría más se­ductor acercarse a los paganos y a los samaritanos, ya que estaban especialmente necesitados de la buena nueva? Aunque fuese cierto, no es ésta la misión. Y la obra de Dios no puede realizarse sin una misión; de lo contrario, la harían sin promesa. Pero ¿no es válida en todas partes la promesa y la misión para predicar el Evangelio? Ambas cosas sólo tienen valor allí donde Dios ha encargado que se haga. ¿No es el amor de Cristo el que nos impulsa a proclamar ili­mitadamente el mensaje? Sí, pero el amor de Cristo se distingue de la pasión y del celo del propio corazón en que se somete a la tarea impuesta.

No es por amor a nuestros hermanos o a los paganos de países extranjeros por lo que les llevamos la salvación del Evangelio, sino por amor a la misión que el Señor nos ha impuesto. Sólo la misión nos muestra el lugar en que se encuentra la promesa. Si Cristo no quiere que yo predique aquí o allá el Evangelio, debo abandonarlo todo y aferrarme a la voluntad y a la palabra del Señor. De este mo­do, los apóstoles quedan ligados a la palabra, a la misión. Única­mente deben encontrarse allí donde les indica la palabra y la mi­sión de Cristo. «No toméis el camino de los gentiles ni entréis en ciudades de samaritanos; más bien dirigíos a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Seguir leyendo “El Precio de la Gracia (parte 15)”

El Precio de la Gracia (parte 14)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

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b) La gran separación

Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la vida!; y son pocos los que la encuentran. Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, mientras que el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los conoceréis.

No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad! (Mt 7, 13-23).

La comunidad de Jesús no puede separarse caprichosamente de la comunión con los que no oyen la llamada de Jesús. Es llamada por su Señor al seguimiento mediante la promesa y el precepto. Esto debe bastarle. Todo juicio y toda separación los pone en manos del que la ha elegido según su designio no por el mérito de las obras, sino por su gracia. No es la comunidad la que realiza esta separación, sino la palabra que llama.

Un pequeño grupo, los seguidores, es separado de la multitud de los hombres. Los discípulos son poco numerosos y lo serán cada vez menos. Esta palabra de Jesús les quita toda falsa esperanza con respecto a su eficacia. El discípulo de Jesús nunca debe poner su confianza en el número. «Son pocos…»; los otros, por el contrario, son muchos, y serán cada vez más. Pero marchan a su perdición. Ante esta circunstancia, ¿qué puede consolar a los discípulos, sino sólo el hecho de que les está prometida la vida, la comunión eterna con Jesús?

El camino de los seguidores es angosto. Resulta fácil no advertirlo, resulta fácil falsearlo, resulta fácil perderlo, incluso cuando uno ya está en marcha por él. Es difícil encontrarlo. El camino es realmente estrecho y el abismo amenaza por ambas partes: ser llamado a lo extraordinario, hacerlo y, sin embargo, no ver ni saber que se hace…, es un camino estrecho. Dar testimonio de la verdad de Jesús, confesarla y, sin embargo, amar al enemigo de esta verdad, enemigo suyo y nuestro, con el amor incondicional de Jesucristo…, es un camino estrecho. Creer en la promesa de Jesucristo de que los seguidores poseerán la tierra y, sin embargo, salir indefensos al encuentro del enemigo, sufrir la injusticia antes que cometerla…, es un camino estrecho. Ver y reconocer al otro hombre en su debilidad, en su injusticia, y nunca juzgarlo; sentirse obligado a comunicarle el mensaje y, sin embargo, no echar las perlas a los puercos…, es un camino estrecho. Es un camino insoportable.

En cualquier instante podemos caer. Mientras reconozco este camino como el que se me ha ordenado seguir, y lo sigo con miedo a mí mismo, este camino me resulta efectivamente imposible. Pero si veo a Jesucristo precediéndome paso a paso, si sólo le miro a él y le sigo paso a paso, me siento protegido. Si me fijoe en lo peligroso de lo que hago, si miro al camino en vez de a aquel que me precede, mi pie comienza a vacilar. Porque él mismo es el camino. Es el camino angosto, la puerta estrecha. Sólo interesa encontrarle a él. Si sabemos esto, avanzamos por el camino angosto, atravesamos la puerta estrecha de la cruz de Jesucristo, en marcha hacia la vida, y precisamente la estrechez del camino se convierte para nosotros en certeza. ¿Cómo podría ser el camino del Hijo de Dios sobre la tierra -que debemos recorrer en calidad de ciudadanos de dos mundos, marchando por la frontera entre el mundo y el reino de los cielos-un camino espacioso? El camino estrecho debe ser el bueno.

 Versículos 15-20. La separación entre el mundo y la comunidad se ha realizado. Pero la palabra de Jesús penetra ahora en la comunidad misma, juzgando y separando. La separación debe realizarse, de forma incesantemente nueva, en medio de los discípulos de Jesús. Ellos no deben pensar que pueden huir del mundo y permanecer sin peligro alguno en el pequeño grupo que se halla en el camino angosto. Surgirán entre ellos falsos profetas, aumentando la confusión y la soledad.

Junto a nosotros se encuentra alguien que externamente es un miembro de la comunidad, un profeta, un predicador; su apariencia, su palabra, sus obras, son las de un cristiano, pero interiormente han sido motivos oscuros los que le han impulsado hacia nosotros; interiormente es un lobo rapaz, su palabra es mentira y su obra engaño. Sabe guardar muy bien su secreto, pero en la sombra sigue su obra tenebrosa. Se halla entre nosotros no impulsado por la fe en Jesucristo, sino porque el diablo le ha conducido hasta la comunidad. Busca quizás el poder, la influencia, el dinero, la gloria que saca de sus propias ideas y profecías. Busca al mundo, no al Señor Jesús. Disimula sus sombrías intenciones bajo un vestido de cristianismo, sabe que los cristianos forman un pueblo crédulo. Cuenta con no ser desenmascarado en su hábito inocente. Porque sabe que a los cristianos les está prohibido juzgar, cosa que está dispuesto a recordarles en cuanto sea necesario. Efectivamente, nadie puede ver en el corazón del otro. Así desvía a muchos del buen camino. Quizás él mismo no sabe nada de todo esto; quizás el demonio que le impulsa le impide ver con claridad su propia situación.

Ahora bien, tal declaración de Jesús podría inspirar a los suyos un gran terror. ¿Quién conoce al otro? ¿Quién sabe si detrás de la apariencia cristiana no se oculta la mentira, no acecha la seducción? Una desconfianza profunda, una vigilancia sospechosa, un espíritu angustiado de critica podrían introducirse en la Iglesia. Esta palabra de Jesús podría incitarlos a juzgar sin amor a todo hermano caído en el pecado. Pero Jesús libera a los suyos de esta desconfianza que destruiría a la comunidad. Dice: El árbol malo da frutos malos. A su tiempo se dará a conocer por sí mismo. No necesitamos ver en el corazón de nadie. Lo que debemos hacer es esperar hasta que el árbol dé sus frutos

Cuando llegue su tiempo, distinguiréis los árboles por sus frutos. Y estos no pueden hacerse esperar mucho. Lo que se trata aquí no es la diferencia entre la palabra y la obra, sino entre la apariencia y la realidad. Jesús nos dice que un hombre no puede vivir durante mucho tiempo de apariencias. Llega el momento de dar los frutos, llega el tiempo de la diferenciación. Tarde o temprano se revelará lo que realmente es. Poco importa que el árbol no quiera dar fruto. El fruto viene por sí mismo. Cuando llegue el momento de distinguir un árbol de otro, el tiempo de los frutos lo revelará todo. Cuando llegue el momento de la decisión entre el mundo y la Iglesia -cosa que puede ocurrir cualquier día, no sólo en las grandes decisiones, sino también en las ínfimas y vulgares, entonces se revelará lo que es malo y lo que es bueno. En aquel instante únicamente subsistirá la realidad, no la apariencia.

Jesús exige a sus discípulos que en tales momentos distingan claramente la apariencia de la realidad, que pongan una frontera entre ellos y los falsos cristianos. Esto les impide sondear por mera curiosidad al otro, les exige sinceridad y resolución para reconocer la decisión divina. En cualquier instante es posible que los falsos cristianos sean arrancados de en medio de nosotros, que nosotros mismos nos veamos desenmascarados como falsos cristianos. Por eso, los discípulos son llamados a reafirmar su comunión con Jesús, a seguirle más fielmente. El árbol malo es cortado y arrojado al fuego. Todo su esplendor no le servirá de nada.

Versículo 21. Pero la separación provocada por la llamada de Jesús al seguimiento es aún más profunda. Tras la separación del mundo y de la Iglesia, de los cristianos falsos y verdaderos, la se­paración se sitúa ahora en medio del grupo de los discípulos que confiesan su fe. Pablo afirma: «Nadie puede decir ‘Jesús es Señor’ sino por influjo del Espíritu santo» (1 Cor 12, 3). Con la propia ra­zón, con las propias fuerzas, con la propia decisión, nadie puede entregar su vida a Jesús ni llamarle su Señor. Pero aquí se tiene en cuenta la posibilidad de que alguno llame a Jesús su Señor sin el Espíritu santo, es decir, sin haber escuchado la llamada de Jesús.

Esto resulta tanto más incomprensible cuanto que en aquella época no significaba ninguna ventaja terrena llamar a Jesús su Se­ñor; al contrario, se trataba de una confesión que implicaba un gran peligro. «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’ entrará en el rei­no de los cielos…». Decir «Señor, Señor» es la confesión de fe de la comunidad. Pero no todo el que pronuncia esta confesión entra­rá en el reino de los cielos.

La separación se producirá en medio de la Iglesia que confiesa su fe. Esta confesión no confiere ningún derecho sobre Jesús. Na­die podrá apelar nunca a su confesión. El hecho de que seamos miembros de la Iglesia de la confesión verdadera no constituye un derecho ante Dios. No nos salvaremos por esta confesión. Si cree­mos esto cometemos el mismo pecado de Israel, que convirtió la gracia de la vocación en un derecho ante Dios. De esta forma pe­camos contra la gracia del que llama. Dios no nos preguntará aquel día si hemos sido protestantes, sino si hemos cumplido su volun­tad. Hará esta pregunta a todo el mundo, y a nosotros también. Los límites de la Iglesia no son los de un privilegio, son los de la elec­ción y vocación gratuitas de Dios, πας όλέγων y άλλα΄ό ποιων -«decir» y «hacer»- no expresan solamente la relación entre la pa­labra y la obra. Nos hablan, más bien, de dos clases de actitudes del hombre ante Dios: ό λέγων κύριε -«el que dice: Señor, Señor»- es el hombre que, basándose en el «sí» dado, manifiesta sus preten­siones; ό ποιων -«el que hace»- es el hombre humilde en el acto de obediencia.

El primero es el hombre que se justifica a sí mismo por su con­fesión; el segundo, el que hace, es el hombre obediente que edifica sobre la gracia de Dios. La palabra del hombre es el correlato de su propia justicia, mientras la acción es el correlato de la gracia, ante la cual el hombre lo único que puede hacer es obedecer y seguir humildemente. El que dice: «Señor, Señor» se ha llamado a sí mis­mo, sin el Espíritu santo, o ha transformado la llamada de Jesús en un derecho propio. El que hace la voluntad de Dios es llamado y bendecido, obedece y sigue a su Señor. No entiende la llamada que le es dirigida como un derecho, sino como un juicio y un acto de gracia, como la voluntad de Dios a la que quiere obedecer exclusi­vamente. La gracia de Jesús nos exige que actuemos; por eso, la acción es la verdadera humildad, la verdadera fe, la verdadera con­fesión de la gracia del que nos llama.

Versículo 22. El que confiesa y el que hace han sido separados. La separación llega ahora hasta lo último. Hablan aquí los que han pasado con éxito las pruebas anteriores. Forman parte de los que hacen, pero ahora invocan precisamente su acción en lugar de in­vocar su confesión. Han actuado en nombre de Jesús. Saben que la confesión no justifica; por eso han ido a glorificar con sus acciones el nombre de Jesús entre los hombres. Ahora se presentan ante él y hacen referencia a esta actividad.

Jesús revela aquí a sus discípulos la posibilidad de una fe de­moniaca que le invoca a él, que realiza hechos milagrosos idénticos a las obras de los verdaderos discípulos de Jesús hasta el punto de no poder distinguirlos, actos de amor, milagros, quizás incluso la propia santificación, una fe que, sin embargo, niega a Jesús y se niega a seguirle. Es lo mismo que dice Pablo en el capítulo 13 de la primera Carta a los corintios sobre la posibilidad de predicar, de profetizar, de conocerlo todo, de tener incluso una fe capaz de trasladar las montañas… pero sin amor, es decir, sin Cristo, sin el Espíritu santo.

Más aún: Pablo se ve obligado a considerar como posible que las mismas obras del amor cristiano, el abandono de los bienes, y hasta el martirio, puedan ser realizadas… sin amor, sin Cristo, sin el Espíritu santo. Sin amor: o sea, que a pesar de toda esta acción no se produce el acto de seguimiento, ese acto cuyo autor, en definitiva, no es otro que el que llama, Jesucristo mismo. Es la posibilidad más profunda, más inconcebible del poder satánico en la comunidad, la separación definitiva que, naturalmente, sólo tiene lugar el último día. Pero esta separación será irrevocable. Los que siguen a Jesús se preguntarán dónde se encuentra la norma que permita saber quién es aceptado por Jesús y quién no lo es, quién permanece junto a él y quién no. La respuesta de Jesús a los últi­mos condenados lo dice todo: «No os conocí nunca».

Este es, pues, el secreto que ha sido guardado desde el comien­zo del sermón de la montaña hasta ahora, hasta el final. La única pregunta es: ¿somos o no conocidos por Jesús?; ¿a qué debemos aferramos cuando advertimos el modo en que Jesús realiza la se­paración de la Iglesia y del mundo, y luego la separación dentro de la Iglesia hasta el último día, cuando no nos queda nada, ni nues­tra confesión de fe, ni nuestra obediencia? Lo único que nos que­da es su palabra: Te conocí. Es su palabra eterna, su llamada eter­na. Aquí, el final del sermón del monte se fusiona con las primeras palabras del mismo. Sus palabras en el juicio final llegan a nos­otros en su llamada al seguimiento. Pero desde el principio hasta el fin, sigue siendo exclusivamente su palabra, su llamada. Quien no se aferra en el seguimiento más que a esta palabra, prescindiendo de todo lo restante, será sostenido por ella en el día del juicio. Su palabra es su gracia.

c) La conclusión

Así, pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en prác­tica, será corno el hombre prudente que edificó su casa sobre roca; cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y embis­tieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimen­tada sobre roca. Y todo e] que oiga estas palabras mías y no las pon­ga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vien­tos, embistieron contra ella y cayó, y fue grande su ruina. Y sucedió que cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedó asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas (Mt 7, 24-29).

Hemos oído el sermón del monte; quizás lo hemos entendido. ¿Pero quién lo ha entendido rectamente? Jesús responde por último a esta pregunta. Jesús no deja que sus oyentes se marchen con toda tranquilidad; no quiere que hagan de sus palabras lo que les guste, no quiere que saquen de ellas lo que les parece válido para sus vidas, ni que examinen la forma en que esta doctrina se relaciona con la «realidad». Jesús no da su palabra con liberalidad para que sus oyentes la profanen con sus manos de mercachifles; sólo la da con la condición de que conserve un poder exclusivo sobre ellos. Desde un punto de vista humano, existen innumerables posibilida­des de entender e interpretar el sermón del monte. Pero Jesús úni­camente conoce una: ir y obedecer. No se trata de interpretar, de aplicar, sino de actuar, de obedecer. Sólo de esta forma se escucha la palabra de Jesús. Pero insistamos: no se trata de hablar sobre la acción como de una posibilidad ideal, sino de comenzar a actuar realmente.

Esta palabra, a la que doy derecho sobre mi persona, esta pala­bra que procede del «yo te conocí», que me sitúa inmediatamente en la acción, en la obediencia, es la roca sobre la que puedo cons­truir una casa. A esta palabra de Jesús, procedente de la eternidad, sólo corresponde el acto más sencillo. Jesús ha hablado; suya es la palabra, nuestra la obediencia. Sólo en la acción conserva la palabra de Jesús su honra, su fuerza y su poder entre nosotros. Ahora puede venir la tormenta sobre la casa; la unión con Jesús, creada por su palabra, no puede ser destruida.

Junto a la acción sólo existe la falta de acción. Pero no existe una voluntad de actuar que no haga nada. Quien entra en contac­to con la palabra de Jesús de cualquier forma menos con la ac­ción, no da la razón a Jesús, dice «no» al sermón del monte, no guarda su palabra. Preguntar, problematizar, interpretar, es igual que no hacer nada. Pensemos en el joven rico y en el doctor de la ley de Le 10.

Por mucho que afirmase mi fe, mi asentimiento fundamental a esta palabra, Jesús dice que esto es no hacer nada. La palabra que no quiero poner en práctica no es para mí una roca sobre la que puedo edificar una casa. No hay unión con Cristo. Nunca me co­noció. Por eso ahora, cuando llegue la tormenta, perderé rápida­mente la palabra, advertiré que, en realidad, nunca he creído. Yo no tenía la palabra de Cristo, sino una palabra que le había arrancado y que había hecho mía mientras reflexionaba sobre ella, aunque sin cumplirla. Mi casa está ahora en completa ruina porque no descan­sa sobre la palabra de Cristo.

«La gente quedó asombrada…». ¿Qué había pasado? El Hijo de Dios había hablado. Había tomado en sus manos el juicio del mundo. Y sus discípulos se encontraban a su lado.

Siguiente: Seccion 4. Mt 9, 35-10, 42: Los mensajeros

El Precio de la Gracia (parte 13)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.

Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

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Mt 7: La segregación de la comunidad de los discípulos

a) Los discípulos y los infieles

No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá a vosotros. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en el tuyo? O ¿cómo vas a decir a tu hermano: Deja que te saque esa brizna del ojo, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano. No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas y después, volviéndose, os despedacen.
Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. O ¿hay acaso alguno de entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pescado le da una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que las pidan!
Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros; porque esta es la ley y los profetas (Mt 7, 1-12).

Una conexión necesaria conduce de los capítulos 5 y 6 a estos versículos y hasta la gran conclusión del sermón de la montaña. En el capítulo 5 se habló del carácter extraordinario del seguimiento; en el 6, de la justicia oculta, sencilla, de los discípulos. Estos dos términos habían sacado a los discípulos de la comunidad a la que habían pertenecido hasta ahora, para vincularlos sólo a Jesús. La frontera quedaba claramente visible.

Esto implica el problema de las relaciones de los seguidores con los otros hombres que les rodean. Esta segregación de la que son objeto ¿les comunica privilegios particulares, les hace poseer una fuerza, una escala de valores, unas aptitudes que les permitan reivindicar una autoridad especial ante los otros? No habría resultado muy extraño que los seguidores de Jesús se hubiesen separado de su contorno con un juicio severo. Sí, podría haberse pensado que la voluntad de Jesús era que los discípulos pusieran en práctica, en sus relaciones cotidianas con los demás, tal juicio de ruptura y condenación. Por eso, Jesús debe dejar claro que tales errores ponen en serio peligro el seguimiento. Los discípulos no deben juzgar. Si lo hacen, caen ellos mismos en el juicio de Dios. La espada con la que juzgan al hermano les golpea también a ellos. La cesura con la que se separan de los otros, como los justos de los injustos, les separa a ellos de Jesús.
¿Por qué es esto así? El discípulo vive totalmente de su unión con Jesucristo. Tiene su justicia sólo en esta unión, y nunca fuera de ella. Por consiguiente, nunca puede servirle de escala de valores, de la que podría disponer a su agrado. Lo que le convierte en discípulo no es una nueva escala de valores aplicada a su vida, sino simplemente Jesucristo, el mediador e Hijo de Dios. Por esto, su propia justicia le es velada en la comunión con Jesús. Ya no puede verse, observarse, juzgarse; sólo ve a Jesús, no es juzgado, visto y perdonado más que por Jesús. Entre el discípulo y el otro no hay una escala de valores constituida por una vida justa, sino únicamente el mismo Cristo; el discípulo sólo ve al otro hombre como una persona hacia la que viene Jesús. Y si encuentra al otro, es sólo porque marcha hacia él con Jesús. Jesús le precede hacia el otro, él le sigue.

Por tanto, el encuentro del discípulo con el otro no es nunca el encuentro libre de dos personas que se aproximarían mutuamente en la inmediatez de sus ideas, de sus escalas de valores y de sus juicios. Al contrario, el discípulo no puede encontrar al otro más que como aquel hacia el que viene Jesús. Lo único que tiene aquí valor es la lucha en favor del otro, su llamada, su amor, su gracia, su juicio. El discípulo no ha ocupado, pues, una posición desde la que atacará al otro, sino que, en la verdad del amor de Jesucristo, avanza hacia el otro con una oferta incondicional de comunión.

Al juzgar, nos enfrentamos al otro, guardando la distancia de la observación, de la reflexión. El amor, por el contrario, no deja lugar ni tiempo para ello. Para el que ama, el otro nunca puede ser un objeto que se contempla como un espectáculo; es, en todo instante, una pretensión viva dirigida a mi amor y a mi servicio. Pero lo que hay de malo en el otro ¿no me obliga precisamente a condenarlo por causa de él mismo, a causa del amor que le tengo? Vemos que la frontera ha sido claramente delimitada. Un amor mal comprendido al pecador se halla increíblemente cerca del amor al pecado.

Pero el amor de Cristo al pecador es, en sí mismo, condenación del pecado, la expresión más enérgica del odio al pecado. Precisamente el amor incondicional, en el que los discípulos deben vivir siguiendo a Jesús, realiza lo que ellos nunca podrían conseguir con un amor fraccionado, otorgado según su propio juicio y sus condiciones personales: la condenación radical del mal.

Si los discípulos juzgan, establecen una escala de valores relativa al bien y al mal. Pero Jesucristo no es una escala valorativa que yo podría aplicar a los otros. Él es quien me juzga a mí mismo y desvela mi bien como algo totalmente malo. Con esto, se me prohíbe aplicar a los otros lo que no es válido para mí. De hecho, al juzgar según los criterios de bien y de mal, no hago más que confirmar al otro precisamente en lo que tiene de malo; porque también él juzga según criterios de bien y de mal. Pero él no conoce la maldad de su bien, sino que se justifica con él. Si es juzgado por mí en su mal, será confirmado en su bien, que sin embargo no es de ningún modo el bien de Jesucristo; es sustraído al juicio de Cristo para ser sometido a un juicio humano. Y yo, por mi parte, atraigo sobre mí el juicio de Dios, porque no vivo ya de la gracia de Jesucristo, sino del conocimiento del bien y del mal, y caigo en el juicio al que me aferro. Dios es para cada uno el Dios a la medida de su fe.

Juzgar es la reflexión prohibida que se ejerce sobre el otro. Desintegra el amor sencillo. Es verdad que este amor sencillo no me prohíbe pensar en el otro, percibir su pecado, pero las dos cosas quedan libres de la reflexión si se convierten para mí en ocasión de perdonar, de amar incondicionalmente, igual que Cristo hace conmigo. El hecho de no juzgar al otro no pone en vigor la máxima «comprenderlo todo es perdonarlo todo», ni da la razón al otro en cada uno de los casos. Ni yo ni el otro tenemos aquí razón, sino sólo Dios; su gracia y su juicio son anunciados.

Juzgar vuelve ciego, el amor abre los ojos. Al juzgar, me vuelvo ciego con respecto a mi propio mal y con respecto a la gracia concedida al otro. Pero, en el amor de Cristo, el discípulo conoce toda falta y todo pecado imaginable, porque conoce el sufrimiento de Cristo; mas, al mismo tiempo, el amor reconoce al otro como aquel que es perdonado bajo la cruz. El amor ve al otro bajo la cruz, y precisamente por esto ve con claridad. Si al juzgar me interesase realmente aniquilar el mal, lo buscaría allí donde me amenaza efectivamente: en mí mismo. Pero si busco el mal en el otro, esto manifiesta que, en tal juicio, busco mi propio derecho y deseo quedar impune de mi mal juzgando al otro. El presupuesto de todo juicio es el más peligroso de los engaños que uno puede hacerse: creer que la palabra de Dios tiene un valor diferente para mí y para mi prójimo.

Establezco un privilegio al declarar: a mí se me dirige el perdón, y al otro el juicio condenatorio. Pero como los discípulos no reciben de Jesús ningún derecho propio que puedan hacer valer frente a cualquier otro; como sólo reciben la comunión con su Señor, les está totalmente prohibido el juicio, en cuanto pretensión de un falso derecho sobre el prójimo.

Pero no es solamente la palabra de condenación la que está prohibida al discípulo; también la palabra salvadora del perdón tiene sus límites. El discípulo de Jesús no tiene poder ni derecho para imponer esto a nadie ni nunca. Ejercer presiones, perseguir al otro, hacer prosélitos, todo intento de obtener algo del otro por la propia fuerza es vano y peligroso. Vano porque los puercos no reconocen las perlas que les echamos. Peligroso porque, con esto, no sólo es profanada la palabra de perdón, no sólo es llevado a pecar contra las cosas santas aquel a quien queríamos servir, sino que también los discípulos corren el peligro de sufrir el furor ciego de estos hombres endurecidos y llenos de tinieblas, sin necesidad ni provecho. El desperdicio de la gracia barata hastía al mundo, que acaba por volverse violentamente contra los que quieren imponerle algo que él no desea.

Esto significa para los discípulos una reducción considerable de su campo de operaciones; dicha reducción corresponde a la orden dada en Mt 10 de sacudir el polvo de sus pies allí donde la palabra de paz no sea escuchada. La inquietud agitada de los discípulos, que no quiere poner límites a su actividad, el celo que ignora la resistencia, les lleva a confundir la palabra del Evangelio con una idea victoriosa. La idea exige a los fanáticos que no conozcan ninguna oposición, que no la tengan en cuenta. La idea es fuerte. Pero la palabra de Dios es tan débil que se deja despreciar y rechazar por los hombres. Frente a la palabra existen corazones endurecidos, puertas cerradas; ella reconoce la resistencia que encuentra y la soporta. Es duro asumirlo: para la idea nada hay imposible, más para el Evangelio sí. La palabra es más débil que la idea. También los testigos de la palabra son, igual que ella, más débiles que los propagandistas de una idea. Aunque en esta debilidad se ven libres de la agitación enfermiza de los fanáticos, sufren con ella. Los discípulos también pueden retroceder, también pueden huir, pero con tal de que lo hagan con la palabra, con tal de que su debilidad sea la debilidad de la palabra y no la abandonen en su huida.
Porque ellos no son más que servidores y ministros de la palabra, y no quieren ser fuertes allí donde la palabra quiere ser débil. Si quisieran imponer al mundo la palabra en cualquier circunstancia y por cualquier medio, convertirían la palabra viva de Dios en una idea, y el mundo se defendería con razón contra una idea que no puede ayudarle en nada.

Pero precisamente en calidad de débiles testigos forman parte de los que no retroceden, sino que resisten, naturalmente sólo allí donde está la palabra. Los discípulos que no supiesen nada de esta debilidad de la palabra no habrían conocido el secreto del abajamiento de Dios. Esta débil palabra, que sufre la oposición de los pecadores, es en realidad la única palabra fuerte y misericordiosa, la que convierte a los pecadores en el fondo de su corazón. Su poder está oculto en la debilidad; si la palabra viniese en su poder manifiesto, sería el día del juicio. Es una gran tarea la que se confía a los discípulos: reconocer los límites de su misión. La palabra mal usada se volverá contra ellos.

¿Qué deben hacer los discípulos ante los corazones cerrados, allí donde es imposible llegar hasta el otro? Deben reconocer que no poseen de ninguna forma derecho ni poder sobre los demás, que no tienen ningún acceso inmediato a ellos, de suerte que sólo les queda el camino que conduce a aquel en cuyas manos se encuentran ellos mismos, así como los otros hombres. Lo que sigue, habla de esto. Los discípulos son conducidos a la oración. Se les dice que el único camino que lleva al prójimo es el de la oración a Dios.

El juicio y el perdón quedan en manos de Dios. Él es quien cierra y abre. Pero los discípulos deben suplicar, buscar, llamar; él les escuchará. Los discípulos deben saber que su preocupación y su inquietud por los otros han de llevarlos a la oración. La promesa hecha a su oración es el poder más grande que tienen.
Lo que distingue la búsqueda de los discípulos de la búsqueda de Dios por parte de los paganos es que los primeros saben lo que buscan. Sólo puede buscar a Dios quien ya le conoce. ¿Cómo podría buscarle quien no le conoce? ¿Cómo podría encontrarle quien no sabe lo que busca? Los discípulos buscan al Dios que han encontrado en la promesa dada por Jesucristo.

Resumiendo, aquí ha quedado claro que el discípulo, en sus relaciones con el otro, no dispone de ningún derecho personal ni de ningún poder. Vive enteramente de la fuerza de la comunión con Jesucristo. Jesús da al discípulo una regla muy sencilla, con la que incluso el más simple puede observar si sus relaciones con el otro son buenas o malas; basta con invertir las relaciones «yo» – «tú», basta con ponerse en lugar del otro y poner al otro en el propio lugar. «Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros».

En el mismo instante, el discípulo pierde todo privilegio con respecto al otro, no puede excusar en sí mismo lo que condena en el otro. Es tan duro con el propio mal como acostumbraba a serlo con el mal del otro, y tan benévolo con el mal del otro como lo es con el suyo. Porque nuestro mal no difiere del mal del otro. Hay un solo juicio, una sola ley, una sola gracia. El discípulo sólo considerará al otro como alguien a quien han sido perdonados los pecados y que, en adelante, sólo vive del amor de Dios. «Esta es la ley y los profetas», porque, en definitiva, sólo se trata del gran mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

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El Precio de la Gracia (parte 12)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.
Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

De click en los enlaces para ir a la ← undécima parte o puede ir al inicio de la serie.

  1. c) El carácter oculto de la práctica de piedad

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran sus rostros para que los hombres noten que ayunan; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayu­no sea visto no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará públi­camente (Mt 6, 16-18).

Jesús presupone, como algo natural, que los discípulos obser­van la práctica piadosa del ayuno. La práctica estricta de la tempe­rancia forma parte de la vida del seguidor. Tales ejercicios tienen por único fin volver al discípulo más dispuesto, más alegre, para el camino y la obra que le son encomendados. La voluntad egoísta y perezosa, que no está dispuesta a servir, es educada, la carne es hu­millada y castigada.

En la práctica de la temperancia se revela el carácter extraño que tiene mi vida cristiana en relación con el mundo. Una vida des­provista de todo ejercicio ascético, que se concede todos los deseos de la carne, con tal de que estén «permitidos» por la justitia civilis, difícilmente estará preparada para servir a Cristo. La carne saciada no reza a gusto, no se somete a un servicio que implica numerosas renuncias.

La vida del discípulo necesita una severa disciplina externa. No se trata de que con ella podamos doblegar la voluntad de la carne, como si la muerte diaria del hombre viejo pudiese ser conseguida por algo distinto de la fe en Jesucristo. Pero precisamente el cre­yente, el seguidor, cuya voluntad está doblegada, el que ha muerto en Jesucristo al hombre viejo, es el que conoce la rebelión y el or­gullo cotidiano de su carne. Conoce su pereza y su desenfreno, sa­be que estos son la fuente del orgullo que debe abatir.

Esto lo consigue con un ejercicio de disciplina diaria y extraor­dinaria. La frase «el espíritu está pronto, pero la carne es débil», se aplica al discípulo. Por eso, «velad y orad». El espíritu reconoce el camino del seguimiento, está dispuesto a seguirlo; pero la carne es demasiado temerosa, el camino le resulta difícil, demasiado inse­guro, demasiado cansado. El espíritu es obligado a enmudecer. El espíritu aprueba el mandamiento de Jesús sobre el amor incondi­cional al enemigo, pero la carne y la sangre son demasiado fuertes, y nada se hace.

Es necesario que la carne experimente, en un ejercicio diario y extraordinario, que ella no tiene derechos propios. El ejercicio co­tidiano y ordenado de la oración representa aquí una gran ayuda, igual que la meditación de la palabra de Dios, e igual también que toda clase de disciplina corporal y de temperancia.

La resistencia de la carne a esta humillación diaria se produce al principio de frente; luego se oculta tras las palabras del espíritu, es decir, en nombre de la libertad evangélica. Allí donde la libertad evangélica con respecto a la coacción legalista, a la tortura de sí mismo y a la mortificación, es utilizada contra el verdadero uso evangélico de la disciplina, de la práctica y de la ascesis, allí donde la indisciplina y el desorden en la oración, en el contacto con la pa­labra divina, en la vida corporal, son justificados en nombre de la libertad cristiana, se revela la oposición a la palabra de Jesús. No se conoce ya el carácter extraño al mundo que reviste la vida cotidia­na en el seguimiento de Jesús, y tampoco se conocen la alegría y la verdadera libertad que confiere a la vida del discípulo la auténtica práctica piadosa.

Cuando el cristiano reconozca que decae en su servicio, que su disponibilidad disminuye, que es culpable de la vida o de la falta de otro, que no siente alegría por Dios, que no tiene fuerzas para rezar, atacará a su carne en estos puntos, para prepararse con la práctica, el ayuno y la oración (Le 2, 37; 4, 2; Mc 9, 29; 1 Cor 7, 5) a un servicio mejor. La objeción de que el cristiano debería buscar su salvación en la fe y la palabra más que en la ascética carece por completo de sentido. Es una afirmación inmisericorde e incapaz de ayudarnos. ¿Qué es una vida en la fe sino el combate incesante y diverso del espíritu contra la carne? ¿Cómo quiere vivir en la fe el que se muestra perezoso en la oración, el que no encuentra gusto en la palabra de la Escritura, aquel a quien el sueño, el alimento y el placer sexual roban incesantemente la alegría de Dios?

La ascesis es un sufrimiento que uno se elige a sí mismo, es una passio activa, no una passio passiva; precisamente por esto se ha­lla sometida a grandes peligros. La ascesis está siempre amenaza­da por el deseo piadoso e impío de asemejarse a Jesucristo por el sufrimiento. También siempre se oculta en ella la pretensión de co­locarse en lugar del sufrimiento de Cristo, de realizar por sí misma la obra del sufrimiento de Cristo, que consiste en matar al hombre viejo. La ascesis se arroga la seriedad última y amarga de la obra redentora del Señor. Con una dureza terrible se ofrece como es­pectáculo. El sufrimiento voluntario que, basándose en Cristo, só­lo debía conducir a un servicio mejor, a una humillación más pro­funda, se convierte en una desfiguración horrible del sufrimiento del Señor. Quiere ser vista; se vuelve reproche vivo, inmisericorde, para los demás; porque se ha convertido en camino de salvación. En tal «publicidad» se consigue realmente la recompensa, en la medida en que es buscada entre los hombres.

«Perfuma tu cabeza y lava tu rostro»; también esto podría ser ocasión de un gozo o de una gloria personal aún más sutiles. Sería falso, entonces, interpretarlo en el sentido de una disimulación. Pero Jesús dice a sus discípulos que permanezcan completamente humildes en las prácticas voluntarias de humildad, que no se las impongan a nadie como un reproche o como una ley; más bien, deben mostrarse agradecidos y alegres de que se les permita per­manecer al servicio de su Señor. Jesús no se refiere aquí al rostro alegre del discípulo como tipo de cristiano, sino al carácter verdaderamente oculto de la acción cristiana, de la humildad que no se conoce a sí misma, igual que el ojo no se ve a sí mismo, sino sólo al otro. Este carácter oculto será revelado un día, pero sólo por Dios, no por uno mismo

  1. d) La sencillez de la vida sin inquietud

No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí esta­rá también tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es­tá sano, todo tu cuerpo estará luminoso, pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá! Nadie puede servir a dos señores; porque abo­rrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y desprecia­rá al otro. No podéis servir a Dios y al dinero (Mt 6, 19-24).

La vida del discípulo se acredita en el hecho de que nada se in­terponga entre Cristo y él, ni la ley, ni la piedad personal, ni el mundo. El seguidor no mira más que a Cristo. No ve a Cristo y al mundo. No entra en este género de reflexiones, sino que sigue só­lo a Cristo en todo. Su ojo es sencillo. Descansa completamente en la luz que le viene de Cristo; en él no hay ni tinieblas ni equí­vocos. Igual que el ojo debe ser simple, claro y puro para que el cuerpo permanezca en la luz, igual que el pie y la mano sólo re­ciben la luz del ojo, igual que el pie vacila y la mano se equivoca cuando el ojo está enfermo, igual que el cuerpo entero se sumer­ge en las tinieblas cuando el ojo se apaga, lo mismo le ocurre al discípulo, que sólo se encuentra en la luz cuando mira simple­mente a Cristo, y no a esto o aquello; es preciso, pues, que el co­razón del discípulo sólo se dirija a Cristo. Si el ojo ve algo distin­to de lo real, se engaña todo el cuerpo. Si el corazón se apega a las apariencias del mundo, a la criatura más que al Creador, el discí­pulo está perdido.

Son los bienes de este mundo los que quieren apartar de Jesús el corazón del discípulo. ¿Hacia qué se inclina el corazón del discí­pulo?: esta es la pregunta. ¿Se inclina a los bienes de este mundo? ¿Se inclina a Cristo y a estos bienes? ¿Se inclina a Cristo solo? La lámpara del cuerpo es el ojo; la lámpara del seguidor es el corazón. Si el ojo es tiniebla, ¡qué grandes deben de ser las tinieblas en el cuerpo! Si el corazón es tinieblas, ¡qué grandes deben de ser las tinieblas en el discípulo! Ahora bien, el corazón se entenebrece cuando se apega a los bienes del mundo.

Por muy apremiante que sea la llamada de Jesús, rebota, no consigue entrar en el hombre porque el corazón está cerrado, per­tenece a otro. Igual que ninguna luz penetra en el cuerpo cuando el ojo está enfermo, la palabra de Jesús no llega hasta el discípulo cuando su corazón se cierra. La palabra es ahogada, como la semi­lla bajo las espinas, «bajo las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida» (Lc 8, 14).

 

La sencillez del ojo y del corazón corresponde a este carácter oculto que no conoce más que la palabra y la llamada de Cristo, que consiste en la comunión total con Cristo. ¿Cómo usa el discí­pulo los bienes de este mundo con sencillez?

Lo que Jesús les prohibe no es el uso de los bienes. Jesús fue hombre, comió y bebió como sus discípulos. Con ello, purificó el uso de los bienes terrenales. El seguidor debe usar con agradeci­miento los bienes que se consumen cotidianamente, que sirven a la necesidad y al alimento diario.

Hay que caminar como peregrinos, libres, despojados y realmente vacíos; acumular, retener, negociar, sólo sirven para entorpecer nuestra marcha. El que quiera, que se cargue lo más posible; nosotros viajamos, después de despedirnos, contentándonos con poco; sólo usamos lo necesario.

Tersteegen

Los bienes son dados para ser utilizados, pero no para ser acu­mulados. Igual que Israel recibía cada día en el desierto el maná de Dios y no tenía que preocuparse de lo que comería o bebería, e igual que el alimento que se conservaba de un día para otro se co­rrompía al punto, el discípulo de Jesús debe recibir de Dios, cada día, lo que le corresponde; pero si acumula para tener una posesión permanente, se corrompe él mismo y el don. El corazón se apega al tesoro acumulado. El bien amontonado se interpone entre Dios y yo. Donde está mi tesoro, está mi confianza, mi seguridad, mi con­suelo, mi Dios. El tesoro constituye una idolatría.

Y ¿dónde está la frontera entre los bienes que debo usar y el te­soro que no debo tener? Invirtamos la frase, y digamos: donde es­tá tu corazón, allí está tu tesoro. Ya tenemos la respuesta. Puede tra­tarse de un tesoro muy discreto; su magnitud no es lo que importa, sino sólo el corazón, tú. Pero si me pregunto cómo reconoceré a qué está apegado mi corazón, también la respuesta es aquí simple sobre todas las cosas, lo que se interpone entre ti y tu obediencia a Jesús, constituye el te­soro al que tu corazón está apegado.

Pero como el corazón humano se apega espontáneamente al te­soro, Jesús quiere que el hombre tenga un tesoro no en la tierra, donde se destruye, sino en el cielo, donde permanece. Los «tesoros» en el cielo de los que habla Jesús no son el tesoro único, Jesucristo mismo, sino realmente los tesoros que los seguidores se han ido acumulando. Esta frase contiene una gran promesa, según la cual el discípulo adquiere en el seguimiento de Jesús unos tesoros celestia­les que no pasan, que le esperan, con los que debe estar unificado. ¿Qué tesoros pueden ser estos, sino lo extraordinario, lo oculto de la vida del discípulo? ¿Qué tesoros pueden ser, sino los frutos del su­frimiento de Cristo, que sostienen la vida de los que le siguen?

Si el corazón del discípulo está totalmente puesto en Dios, le resulta claro que no puede servir a dos señores. No puede. Esto es imposible en el seguimiento. Podría sentirse tentado a probar su habilidad y experiencia cristiana mostrando que precisamente hay que servir a dos señores, al dinero y a Dios, concediendo a cada uno su derecho bien delimitado. Si somos hijos de Dios, ¿por qué no podemos ser también hijos alegres de este mundo, que se gozan con sus dones y reciben sus tesoros como bendiciones divinas? Dios y el mundo, Dios y los bienes se hallan opuestos porque el mundo y los bienes quieren apoderarse de nuestro corazón y sólo son lo que son después de haberse adueñado de él.

Sin nuestro corazón, los bienes y el mundo no son nada. Viven de él. Se oponen a Dios. Nosotros no podemos entregar nuestro co­razón, con todo su amor, más que a uno solo, no podemos estar plenamente vinculados más que a un solo señor. Lo que se opone a este amor está condenado al odio. Según la palabra de Jesús, frente a Dios sólo hay amor u odio. Si no amamos a Dios, le odia­mos. No hay término medio. Dios es Dios porque sólo se le puede amar u odiar. Sólo existe una alternativa: o amas a Dios, o amas los bienes de este mundo. Si amas al mundo, odias a Dios; si amas a Dios, odias al mundo. Poco importa el que lo quieras o no, el que

 

lo hagas consciente o inconscientemente. Seguramente no lo que­rrás, no serás consciente de lo que haces; más bien, no lo quieres, quieres servir a dos señores. Quieres amar a Dios y a los bienes, es decir, considerarás siempre falso el que tú odies a Dios. Porque lo amas, según piensas.

Pero precisamente porque amamos a Dios y también los bienes de este mundo, dicho amor a Dios es odio, el ojo no es ya sencillo, el corazón no se encuentra en comunión con Jesús. Querámoslo o no, no puede ser de otra forma. No podéis servir a dos señores, vosotros, los que marcháis detrás de Jesús.

Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué co­meréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo que no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Aprended de los lirios del campo, cómo cre­cen; no se fatigan ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se pudo vestir como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana va a ser echada al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué va­mos a beber?, ¿con qué nos vamos a vestir? Que por todas esas co­sas se afanan los gentiles; y ya sabe vuestro Padre celestial que te­néis necesidad de todo eso. Buscad primero el Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocu­péis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su inquietud (Mt 6, 25-34).

¡No os preocupéis! Los bienes engañan al corazón humano, ofre­ciéndole seguridad y quietud, pero en realidad son causa de preocu­paciones. El corazón que se apega a los bienes recibe con ellos el pe­so agobiante de la preocupación. La inquietud se crea tesoros; los tesoros, a su vez, crean preocupaciones. Queremos asegurar nuestra vida por medio de los bienes, queremos desembarazarnos de preo­cupaciones por medio de preocupaciones; pero en realidad se produ­ce lo contrario. Los lazos que nos vinculan a los bienes, que retienen los bienes, son ellos mismos… preocupaciones.

Abusar de los bienes consiste en utilizarlos como una seguridad para el día siguiente. La preocupación se dirige siempre al mañana. Pero los bienes, en sentido estricto, están destinados únicamente al día de hoy. Precisamente el hecho de asegurarme el mañana es lo que me vuelve tan inquieto para hoy. Cada día tiene bastante con su inquietud. Sólo el que pone el mañana sin reservas en las manos de Dios y recibe hoy sin reservas lo que necesita para vivir, está real­mente asegurado. El hecho de recibir cada día me hace libre para el mañana. Pensar en el mañana me ocasiona una inquietud incesan­te. «No os preocupéis por el día de mañana». Esta frase, o bien contiene una ironía terrible con respecto a los pobres y miserables a los que Jesús se dirige precisamente, los cuales, humanamente hablando, pasarán hambre mañana si no se preocupan hoy… insis­tamos, o bien esta frase constituye una ley insoportable que el hombre rechazará con repulsión, o bien es el anuncio único del Evangelio, del evangelio de la libertad de los hijos de Dios, que tie­nen un Padre en los cielos, un Padre que les ha dado a su amado Hijo. ¿Cómo no nos dará con él todo lo demás?

«No os preocupéis por el día de mañana». No hay que entender esta frase como una sentencia sabia ni como una ley. Sólo hay que comprenderla como el Evangelio de Jesucristo. Sólo el que le si­gue, el que ha reconocido a Jesús, recibe de esta palabra la seguri­dad del amor del Padre de Jesucristo y la libertad de todas las co­sas. No es la inquietud la que lleva al discípulo a no preocuparse por nada, sino la fe en Jesucristo. Sabe que no podemos inquietar­nos en absoluto (v. 27). Se nos arrebata por completo el mañana, la próxima hora. Resulta insensato actuar como si tuviéramos una po­sibilidad cualquiera de inquietarnos. No podemos cambiar en na­da las condiciones de este mundo. Sólo Dios puede preocuparse, porque él es quien gobierna el mundo. Puesto que nosotros no po­demos inquietarnos, puesto que somos tan totalmente impotentes, no debemos inquietarnos. Si lo hiciéramos nos arrogaríamos el go­bierno de Dios.

Pero el seguidor de Cristo sabe que no sólo no tiene el derecho ni la posibilidad de inquietarse, sino también que no tiene necesidad de hacerlo. No es la inquietud ni el trabajo el que crea el pan coti­diano, es Dios Padre. Los pájaros y los lirios no trabajan ni hilan; sin embargo, son alimentados y vestidos, reciben diariamente, sin preocupación, lo que necesitan. Sólo necesitan los bienes de este mundo para su vida cotidiana, no los amontonan; al actuar así glo­rifican al Creador no con su celo, su trabajo, su inquietud, sino reci­biendo cada día, con sencillez, los dones que su Padre les hace. Los pájaros y los lirios se convierten en ejemplos para el seguidor. Jesús destruye la relación necesaria establecida, sin Dios, entre el trabajo y el alimento. Alaba el pan cotidiano no como recompensa del tra­bajo, sino que, al contrario, habla de la sencillez sin inquietud del que marcha por el camino de Jesús, recibiendo todo de Dios.

Ningún animal trabaja para alimentarse, pero cada uno tiene una obra que realizar, con la que busca y encuentra su alimento. El pá­jaro vuela y canta, construye su nido y procrea sus pequeñuelos; es­te es su trabajo, pero no se alimenta de él. Los bueyes labran, los caballos transportan pesos y combaten, las ovejas dan lana, leche y queso; esta es su obra, pero no se alimentan de ella; es la tierra, por el contrario, quien produce la hierba y los alimenta con la bendi­ción de Dios. Del mismo modo, es bueno y necesario que el hom­bre trabaje y haga algo, pero también debe saber que no es su traba­jo el que le alimenta, sino la abundante bendición de Dios, aunque parezca que es su trabajo quien le alimenta, porque Dios no le da nada sin su trabajo. Aunque el pájaro no siembre ni recoja, moriría de hambre si no volase en busca de su alimento. Pero el que descu­bra este alimento no proviene de su trabajo, sino de la bondad de Dios. Porque ¿quién ha puesto el alimento en tal lugar para que él lo encuentre? En efecto, donde Dios no ha puesto nada, nadie en­cuentra nada, y todo el mundo se mataría trabajando y buscando (Lutero).

Y si los pájaros y los lirios son conservados por el Creador, ¿no alimentará también a sus hijos que se lo piden, no les dará lo que necesitan diariamente para conservar su vida, él, a quien pertene­cen todos los bienes de la tierra y que los distribuye según su be­neplácito?

Concédame Dios cada día lo que necesito para vivir; se lo da a los pájaros de los tejados, ¿cómo no me lo dará a mí? (Claudius).

La inquietud es cosa de los paganos, que no creen, que confían en su fuerza y su trabajo, y no en Dios. Todo el que se preocupa es pagano, porque no sabe que el Padre conoce todo lo que necesita. Por eso quiere hacer por sí mismo lo que no espera de Dios. Más, para el que sigue a Jesús, la frase válida es: «Buscad primero el Reino y su justicia, que todo lo demás se os dará por añadidura». Con esto queda claro que la inquietud por el alimento y el vestido está lejos de ser inquietud por el reino de Dios, tal como nos gus­taría pensar, como si el cumplimiento de nuestro trabajo por noso­tros y nuestra familia, como si nuestra inquietud por el pan y la vi­vienda constituyesen la búsqueda del reino de Dios, como si esta búsqueda sólo se realizase en medio de tales inquietudes.

El reino de Dios y su justicia son algo fundamentalmente dis­tinto de los bienes de este mundo que se nos deben dar. Es sólo la justicia de la que hablaban Mt 5 y 6, la justicia de la cruz de Cris­to y del seguimiento bajo la cruz. La comunión con Jesús y la obe­diencia a su mandamiento vienen primero, lo demás le sigue. No es una mezcla, sino una sucesión. Antes de la preocupación por nuestra vida, por nuestro alimento, por nuestro vestido, por nuestra profesión y nuestra familia, se encuentra la justicia de Cristo. Aquí sólo se da el resumen perfecto de lo que ya ha sido dicho. También esta palabra de Jesús es o una carga insoportable, un aniquilamien­to imposible de la existencia humana de los pobres y los misera­bles, o el Evangelio mismo, que nos vuelve plenamente alegres y libres. Jesús no habla de lo que el hombre debería hacer y no pue­de; habla de lo que Dios nos ha dado y de lo que aún nos promete. Si se nos ha dado a Cristo, si hemos sido llamados a seguirle, en él se nos ha dado todo, absolutamente todo. Lo restante se nos dará por añadidura.

Quien, siguiendo a Jesús, sólo se fija en su justicia, se encuen­tra bajo la mano y la protección de Jesucristo y de su Padre; y al que se encuentra así en la comunión del Padre no puede sucederle nada, le resulta imposible dudar de que el Padre alimentará a sus hijos y no los dejará morir de hambre. Dios enviará su ayuda en el momento oportuno. Sabe lo que necesitamos.

El seguidor de Jesús, después de una larga vida de discípulo, responderá a la pregunta «¿Os ha faltado algo alguna vez?» dicien­do: «Nunca, Señor». ¿Cómo podría faltarle algo a quien, en el hambre y la desnudez, la persecución y el peligro, está seguro de la comunión con Jesucristo?

Siguiente: Mateo 7, La segregación de la comunidad de los discípulos.

El Precio de la Gracia (parte 11)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.
Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

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b) El carácter oculto de la oración.

Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará públicamente. Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis, pues, como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo (Mt 6, 5-8).

Jesús enseña a sus discípulos a orar. ¿Qué significa esto? El que nos esté permitido orar no es algo evidente. La oración es una necesidad natural del corazón humano, pero esto no la justifica delante de Dios. Incluso donde es hecha como una disciplina y una práctica sólida, puede ser estéril, carecer de promesas. Los discípulos pueden rezar porque se lo dice Jesús, que conoce al Padre. Él les promete que Dios los escuchará.
Los discípulos oran únicamente porque permanecen en comunión con Jesús y le siguen. Quien se encuentra vinculado a Jesús en el seguimiento tiene, por él, acceso al Padre. Por eso, toda oración auténtica pasa por un intermediario. No es posible rezar sin intermediario. Ni siquiera en la oración se da un acceso inmediato al Padre. El presupuesto de la oración es la fe, la vinculación a Cristo. Él es el único mediador de nuestra oración. Oramos basándonos en su palabra. De forma que nuestra oración está siempre ligada a su palabra.
Rezamos a Dios, en quien creemos por Cristo. Por eso, nuestra oración nunca puede ser una adjuración de Dios, no necesitamos ya presentarnos ante él. Podemos creer que sabe lo que necesitamos antes de pedírselo. Este hecho da a nuestra oración una mayor confianza, una certeza gozosa. Lo que atrae al corazón paternal de Dios no son las fórmulas, ni la abundancia de palabras, sino la fe.
La verdadera oración no es una obra, una práctica, una actitud piadosa, sino la súplica del niño dirigida al corazón de su Padre. Por eso la oración nunca es ostentosa, ni ante Dios, ni ante nosotros mismos, ni ante los demás. Si Dios no supiese lo que necesitamos, tendríamos que reflexionar sobre cómo se lo vamos a decir, sobre qué le vamos a decir y sobre si se lo diremos. Pero la fe por la que rezamos excluye toda reflexión y toda ostentación.
La oración es algo secreto. Se opone a cualquier clase de publicidad. Quien reza no se conoce a sí mismo, sólo conoce a Dios, a quien invoca. Dado que la oración no tiene una influencia en el mundo, sino que se dirige únicamente hacia Dios, es el acto menos ostentoso.
También existe una transformación de la oración en ostentación, por la que se manifiesta lo oculto. Esto no ocurre solamente cuando la oración pública se convierte en pura palabrería. Este caso se da raras veces en nuestros días. Pero la situación es idéntica, e incluso mucho más grave, cuando me convierto a mí mismo en espectador de mi propia oración, cuando rezo delante de mí mismo, bien goce de esta situación como un espectador satisfecho, o bien, asombrado y avergonzado, me sorprenda en semejante actitud. La publicidad de la calle es sólo una forma más ingenua de la publicidad que despliego ante mí mismo.
Incluso en mi aposento puedo organizarme una enorme manifestación. ¡Hasta tal punto podemos desfigurar las palabras de Jesús! La publicidad que me busco a mí mismo consiste en el hecho de que soy, a la vez, el que reza y el que escucha. Me escucho a mí mismo, me ruego a mí mismo. Como no quiero esperar a que Dios me escuche, como no quiero que Dios me muestre un día que ha oído mi oración, me decido a escucharme a mí mismo. Constato que he rezado con piedad y en esta constatación radica la satisfacción del ruego. Mi oración es escuchada. Tengo mi recompensa. Por haberme escuchado a mí mismo, Dios no me escuchará; por haberme dado la recompensa de la publicidad, Dios no me dará otra recompensa.
¿Qué significa este aposento, del que habla Jesús, si no estoy seguro de mí mismo? ¿Cómo puedo cerrarlo con suficiente solidez para que nadie venga a destruir el secreto de la creación y a robarme la recompensa de la oración secreta? ¿Cómo protegerme de mí mismo, de mi reflexión? ¿Cómo destruir la reflexión con mi reflexión? La respuesta es: el deseo que tengo de imponerme a mí mismo de una forma o de otra por medio de mi oración debe morir, debe ser destruido. Donde sólo la voluntad de Jesús reina en mí y donde toda mi voluntad propia es abandonada en la suya, en la comunión con Jesús, en el seguimiento, muere mi voluntad.
Puedo rezar entonces para que se cumpla la voluntad de aquel que sabe lo que necesito antes de que se lo pida. Mi oración es segura, fuerte y pura sólo cuando procede de la voluntad de Jesús. Entonces, la oración es realmente una súplica. El niño suplica a su Padre, a quien conoce. La esencia de la oración cristiana no es una adoración general, sino la súplica. A la actitud del hombre ante Dios corresponde el suplicar, con las manos extendidas, a aquel del que sabe que tiene un corazón paternal.
Aunque la verdadera oración sea un asunto secreto, esto no excluye ciertamente la comunidad de oración, por evidentes que puedan ser los peligros. A fin de cuentas, ella no depende de la calle ni del aposento, de las oraciones largas o breves, bien sean las letanías de la Iglesia o el suspiro del que no sabe qué pedir, no depende del individuo ni de la comunidad, sino sólo de este conocimiento: Vuestro Padre sabe lo que necesitáis. Esto dirige la oración hacia solo Dios. Esto libera al discípulo del falso activismo.

Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Porque a ti pertenecen el Reino, el poder y la gloria por los siglos. Amén. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas (Mt 6, 9-15). [En el versículo 13 inserta Bonhoeffer, siguiendo la traducción alemana que utiliza, unas palabras de influencia litúrgica que sólo aparecen en algunos códices del Nuevo Testamento (N. del T.)].

Jesús no ha dicho a sus discípulos solamente cómo deben orar, sino también lo que deben orar. El padrenuestro no es un ejemplo para la oración de los discípulos, sino que hay que rezar como él lo enseñó. Con esta oración es seguro que serán escuchados por Dios. El padrenuestro es la oración por excelencia. Toda oración de los discípulos encuentra en él su esencia y sus límites. Jesús no los deja en la incertidumbre; con el padrenuestro los conduce a la claridad perfecta de la oración.
«Padre nuestro que estás en los cielos». Los discípulos invocan juntos al Padre celestial, que sabe ya todo lo que necesitan sus amados hijos. La llamada de Jesús, que les une, los ha convertido en hermanos. En Jesús han reconocido la amabilidad del Padre. En nombre del Hijo de Dios les está permitido llamar a Dios Padre. Ellos están en la tierra y su Padre está en los cielos. Él inclina su mirada hacia ellos, ellos elevan sus ojos hacia él.
«Santificado sea tu nombre». El nombre paternal de Dios, tal como es revelado en Jesucristo a los que le siguen, debe ser tenido por santo entre los discípulos; porque en este nombre se contiene todo el Evangelio. No permita Dios que su santo Evangelio sea oscurecido y alterado por una falsa doctrina o una vida impura. Que se digne manifestar continuamente su santo nombre a los discípulos, en Jesucristo. Que conduzca a todos los predicadores a la predicación pura del Evangelio, que nos hace felices. Que se oponga a los seductores y convierta a los enemigos de su nombre.
«Venga tu Reino». Los discípulos han experimentado en Jesucristo la irrupción del reino de Dios sobre la tierra. Satán es vencido aquí, el poder del mundo, del pecado y de la muerte es destrozado. El reino de Dios se encuentra aún en medio del sufrimiento y del combate. La pequeña comunidad de los que han sido llamados toma parte en ellos. Bajo la soberanía de Dios, se hallan en una justicia nueva, pero con persecuciones. Quiera Dios que el reino de Jesucristo sobre la tierra crezca en su Iglesia, que se digne poner un rápido fin a los reinos de este mundo, e instaurar su Reino en el poder y la gloria.
«Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». En la comunión con Jesucristo, los seguidores han abandonado totalmente su voluntad a la voluntad de Dios. Piden que la voluntad de Dios sea hecha en toda la tierra, que ninguna criatura oponga resistencia. Pero como incluso en el discípulo sigue viva la voluntad mala, que quiere arrancarle de la comunión con Jesús, piden también que la voluntad de Dios se apodere de ellos cada día más y rompa toda oposición. Finalmente, el mundo entero deberá someterse a la voluntad divina, adorarla agradecido en el sufrimiento y en la alegría. El cielo y la tierra deberán someterse a Dios.
Los discípulos de Jesús deben rezar ante todo por el nombre de Dios, por el reino de Dios y por la voluntad de Dios. Ciertamente el Padre no necesita para nada esta oración, pero mediante ella los discípulos participarán de los bienes celestes que piden. También pueden, con tal oración, acelerar el fin.
«El pan nuestro de cada día, dánosle hoy». Mientras los discípulos se encuentren en la tierra no deben avergonzarse de pedir a su Padre celeste los bienes de la vida material. El que ha creado a los hombres sobre la tierra quiere conservar y proteger sus cuerpos. No quiere que su creación se vuelva despreciable. Lo que piden los discípulos es un pan común. Nadie puede tenerlo para sí solo. Y también piden a Dios que dé su pan diario a todos sus hijos sobre la tierra, porque son sus hermanos según la carne. Los discípulos saben que el pan producido por la tierra viene, en realidad, de arriba, es don exclusivo de Dios. Por eso no cogen el pan, sino que lo piden. Por ser el pan de Dios, llega cada día de nuevo. Los se¬guidores de Jesús no piden provisiones, sino el don cotidiano de Dios, con el que pueden prolongar sus vidas en la comunión con Cristo, y por el que glorifican la bondad clemente de Dios. En esta súplica es puesta a prueba la fe de los discípulos en la actividad viva de Dios sobre la tierra, que busca su bien.
«Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores». El conocimiento de su falta constituye la queja diaria de los seguidores. Los que deberían vivir sin pecado en la comunión con Jesús pecan cada día con toda clase de incredulidad, de pereza en la oración, de indisciplina corporal, con toda clase de autosatisfacción, de envidia, de odio, de ambición. Por eso deben pedir cada día el perdón de Dios. Pero este sólo escuchará su oración si ellos se perdonan también unos a otros sus faltas, fraternalmente y con buen corazón. Así llevan en común sus ofensas ante Dios y piden gracia en común. No quiera Dios perdonarme las ofensas a mí solo, sino también a todos los otros.
«No nos dejes caer en la tentación». Las tentaciones de los discípulos de Jesús son muy diversas. Satanás los ataca por todas partes, quiere hacerlos caer. Los tientan la falsa seguridad y la duda impía. Los discípulos, que conocen su debilidad, no provocan la tentación para probar la fuerza de su fe. Piden a Dios que no tiente su débil fe y los guarde en la hora de la prueba.
«Más líbranos del mal». Por último, los discípulos deben rezar para ser liberados de este mundo malo y heredar el reino celeste. Es la oración por un final feliz, por la salvación de la Iglesia en los últimos tiempos de este mundo.
«Porque tuyo es el Reino…». Los discípulos reciben esta certeza, diariamente renovada, que les viene de la comunión con Jesucristo, en quien se cumplen todas sus oraciones. En él es santificado el nombre de Dios, en él viene el reino de Dios, en él se cumple la voluntad divina. Por él es conservada la vida material de los discípulos, por él reciben el perdón de los pecados; por su fuerza son guardados en la tentación, por su fuerza son salvados para la vida eterna. A él pertenecen el Reino, el poder y la gloria por todos los siglos y en la comunión del Padre. Los discípulos están seguros de esto.
Como para resumir la oración, Jesús dice una vez más que todo esto depende de que ellos reciban el perdón, y que este perdón sólo les es concedido en cuanto fraternidad de los pecadores.

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Breve estudio sobre la Doctrina del Bautismo

Pbro. Ruben Pedro Rivera
Pbro. Ruben Pedro Rivera

Este artículo nos es presentado por el Pbro. Rubén Pedro Rivera quien es miembro de CANCEN. Actualmente pastorea una congregación experimental de la IMMAR en El Paso, Texas, como un proyecto de la misma CANCEN. Vive en aquella ciudad con su esposa Miriam.


 

DEFINICIÓN: “El bautismo es un sacramento del pacto de la gracia de Dios, administrado a los que están en la comunidad del pacto, llamada La Iglesia”

Dr. Dwight H. Small

  1.  Los pactos de Dios han sido establecidos tanto con personas individualmente, como con familias (Abraham y sus descendientes, Isaac, Jacob; David y su hijo Salomón, Jacob y sus doce hijos, el carcelero de Filipos y su familia, la primera pascua y las familias en Egipto, etc.). Ver Isaías 8:18… Heb. 2:13.
  2. Los hijos están involucrados en el pecado de sus padres en cuanto a las consecuencias, como también están comprendidos en el pacto de salvación ofrecido a sus padres. “Yo visito la maldad de los padres sobre los hijos… pero hago misericordia a millares…” (Éxodo 20:5-6). Se trata de las consecuencias del pecado y no de la culpa, pues a este respecto “el alma que pecare esa morirá” y Ez. 18:20 “El hijo no llevará el pecado del padre…”
  3. La gracia redentora del Señor se ofrece a la familia: Ej. Noé (Hebreos 11:7 “Por fe Noé construyó el arca… en que su casa se salvase”. Lot y su familia salvados de la destrucción de Sodoma Gen. 19:1-11, (Por la fe de Noé y la de Abraham respectivamente).
  4. El pacto de la circuncisión, ¿lo entendían los bebés?, ¿Se requería su participación voluntaria para formar parte del Pueblo de Dios?, obviamente no. Era por la fe obediente de sus padres que los pequeños podían y debían ser circuncidados. Jesucristo en su infancia hubo de ser circuncidado. Ya como adulto fue además bautizado por Juan ¿Tuvo que arrepentirse para poder ser bautizado? ¿Tuvo que hacer pública aceptación de reconocer al Señor como su Dios?, ¿El bautismo de Juan era sólo para quienes debían arrepentirse?, a todas estas preguntas la respuesta es no, luego no es indispensable que el recipiente tenga que arrepentirse o estar en edad de tomar decisiones, para ser digno de ser bautizado.
  5. El pecado de exagerar desmedidamente la importancia del bautismo. Jesucristo no bautizó a nadie (Juan 4:1, 2). Pablo afirmó que Dios no lo mandó a bautizar (1ª. Cor. 1:17). Ciertamente se afirma que el “que creyere y fuere bautizado será salvo” Pero el énfasis está en el creer y no en el bautismo (Marcos 16:16). Hacen mal quienes arrebatan a sus hijos el derecho del bautismo, tanto como quienes lo festejan como si fuese una celebración pagana, o lo demandan como condición sine qua non de la salvación.
  6. ¿Quiénes debían ser circuncidados? ¿Quiénes debían ser bautizados?: Los pertenecientes al Pueblo de Dios. ¿Pertenecen los niños al Pueblo de Dios? “De ellos es el Reino de los cielos” “El que no recibe el Reino de Dios como un niño no entrará en él” Lucas 18:16-17. Si Dios da a los niños el derecho de pertenecer al Pueblo de Dios y de entrar consecuentemente en el Reino de los cielos, ¿con qué derecho puede negárseles a los niños el derecho a ser bautizados?
  7. Casos de bautismo de familias completas en el N. T: Lidia y toda su casa (Hechos 16:14). El caso del carcelero de Filipos (16:33) Referencia de Pablo indicando que los niños son santos: 1ª. Cor. 7:14 Y si son santos, ¿Bajo qué argumento se les puede negar el bautismo?
  8. No debe confundirse el bautismo cristiano de los niños con el bautismo de la Iglesia Católico Romana, el cual tiene otras razones muy distintas para bautizar a los infantes, tales como la obsoleta idea del Limbo y la cancelación del pecado original, mismas que no tienen sustento bíblico y por ello el bautismo católico de los niños no debe equipararse con nuestra práctica.
  9. Siguiendo el ejemplo de Jesucristo, de Pablo y de los primeros cristianos, NO es nuestra costumbre discutir sobre este sacramento. Entendemos que es un privilegio recibirlo, pero NO es requisito de salvación, como lo prueba el caso del ladrón crucificado junto a Jesucristo, al cual el Señor le aseguró “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, y esto sin mediar bautismo alguno. Ni Jesucristo ni sus discípulos discutieron polémicamente respecto al bautismo y los metodistas seguimos ese ejemplo.

Por lo que toca a la forma respetamos el derecho de quienes prefieren la inmersión o la aspersión, ya que la cantidad de agua no hace menos o más salvo y santo a una persona, sino la genuina conversión y la gracia divina, (en el caso de los adultos), y la fe obediente de los padres más la gracia de Dios, (en el caso de los niños). De igual manera respetamos el derecho de los padres que –sabiendo que sus hijos son herederos del Reino, mientras están en la infancia-, solicitan el bautismo de sus hijos cuando éstos son pequeños; y también respetamos ese mismo derecho en los padres que prefieren esperar a que sus hijos crezcan y que ellos mismos soliciten ser bautizados, aunque esto implica ignorar el derecho que los pequeños tienen porque el Señor ya se los ha otorgado, aparte de que puede darse el caso que los hijos crecidos no deseen ser bautizados.
Es, sin embargo, indispensable que los padres que solicitan el bautismo de sus hijos pequeños, reciban la instrucción adecuada para que conozcan las serias responsabilidades que contraen delante de Dios y de La Iglesia, al efectuarse este sacramento.

  1. Tema especial es conocer el criterio y práctica de los sucesores de los apóstoles, respecto a la costumbre cristiana de bautizar familias completas, incluyendo, por supuesto, a los niños. Por la brevedad del tiempo disponible no es posible traer a consideración el pensamiento de los llamados Padres de La Iglesia, quienes escribieron tratados doctrinales y teológicos. Entre estos personajes están: Irineo, Policarpo, Tertuliano, Orígenes, Justino Mártir, Cipriano e Hipólito, todos los cuales han dejado constancia de que era práctica normal entre los cristianos el bautismo de los niños y que la palabra “Baptizo”, no solamente se interpretaba como sumergir, sino también como rociar o asperjar. Por esto puede entenderse la expresión “Bautismo con el Espíritu Santo”, que cuando se dio en los casos del Nuevo Testamento no se trató de sumergir a las personas en el Espíritu Santo, sino más bien recibir de arriba una llenura sobrenatural, que se hizo visible en la figura de lenguas como de fuego que descendieron del cielo. Mucho más podría decirse a este respecto, pero la brevedad del espacio nos limita.

Resta solamente encarecer a los padres que tienen hijos pequeñitos a asumir con pleno compromiso la responsabilidad de bautizar a sus hijos sabiendo que como progenitores deberán cumplir con la ordenanza de enseñar con palabra y ejemplo, a sus hijos, respecto a lo que es y significa la vida cristiana, y de ello habrán de dar cuenta al Omnipotente en un tiempo señalado. Retardar este sacramento implica falta de compromiso paternal y menosprecio del derecho que Dios ha otorgado a todo pequeño, hasta el punto de que el que no se haga como un niño no entrará en el Reino de los Cielos. Somos los mayores quienes hemos perdido ese derecho y por lo tanto es para nosotros el reclamo de arrepentimiento y reconciliación con Dios como condicionantes del bautismo.

El Precio de la Gracia (parte 10)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.
Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

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¿Qué es el amor indiviso? El que no se vuelve interesadamente a los que le corresponden. Cuando amamos a los que nos aman, a nuestros hermanos, nuestro pueblo, nuestros amigos, incluso a nues­tra comunidad cristiana, somos semejantes a los paganos y publicanos. Esto es lo espontáneo, natural y normal, pero de ningún modo lo cristiano. En realidad, es «lo mismo» lo que hacen aquí paganos y cristianos. El amor a los que se pertenece por la sangre, la historia o la amistad, es el mismo en paganos y cristianos. Jesús no tiene mu­cho que decir sobre este amor. Ya saben los hombres en qué consis­te. Jesús no necesita fomentarlo, acentuarlo, sublimarlo.

Las cosas naturales se imponen por sí mismas entre paganos y cristianos. Jesús no necesita decir que uno debe amar a su herma­no, a su pueblo, a sus amigos; es algo natural. Pero precisamente al contentarse con constatar este hecho y no gastar más palabras en él, imponiendo por el contrario el amor a los enemigos, indica lo que entiende por amor y qué hay que pensar de este amor.

¿En qué se diferencia el discípulo del pagano? ¿En qué consis­te «lo cristiano»? Aquí aparece la palabra hacia la que está orienta­do todo el capítulo 5, en la que se compendia todo lo anterior: lo cristiano es lo «particular», lo περισσόν, lo extraordinario, lo anor­mal, lo que no resulta natural. Es la «justicia mayor» que «supera» a los fariseos y marcha por delante de ellos, lo más, lo sumo. Lo na­tural es τό αὐτό (uno y lo mismo) para paganos y cristianos, lo cris­tiano comienza en lo περισσόν y, a partir de aquí, coloca a lo natural en su justa luz. Donde no se da esto particular y extraordinario, no existe lo cristiano. Lo cristiano no se da entre las cosas natura­les, sino entre las que sobrepasan. Lo περισσόν nunca queda ab­sorbido en tó amó.

El mayor error de una falsa ética protestante consiste en conver­tir el amor a Cristo en amor a la patria, a la profesión o a la amistad, en diluir la «justicia mayor» en justicia civilis. Jesús no habla así. Lo cristiano depende de lo «extraordinario». Por eso el cristiano no pue­de equipararse al mundo, ya que debe pensar en lo περισσόν.

¿En qué consiste lo περισσόν, lo extraordinario? Es la existencia de los bienaventurados, de los discípulos, es la luz resplandeciente, la ciudad sobre el monte, el camino de la negación de sí mismo, la caridad plena, la pureza plena, la veracidad plena, la ausencia plena de poder; es el amor indiviso al enemigo, el amor a aquel que a nadie ama y a quien nadie ama; el amor al enemigo religioso, político, per­sonal. Es en todo esto, el camino que encontró su cumplimiento en la cruz de Jesucristo. ¿Qué es lo περισσόν? Es el amor del mismo Cris­to, que marcha obediente y paciente hacia la cruz, es la cruz. Lo pe­culiar de lo cristiano es la cruz, que sitúa al cristiano por encima del mundo, dándole con ello la victoria sobre el mundo. La passio amo­rosa del crucificado es lo «extraordinario» de la vida cristiana.

Lo extraordinario es indudablemente lo visible, por lo que se alaba al Padre celestial. No puede permanecer oculto. La gente de­be verlo. La comunidad de los que siguen a Jesús, la comunidad de la justicia mejor es una comunidad visible, separada de los órdenes mundanos; lo ha abandonado todo para conseguir la cruz de Cristo.

¿Qué hacéis de particular? Lo extraordinario, y esto es lo más sorprendente, consiste en una acción de los discípulos. Igual que la justicia mejor, debe ser hecho, debe ser hecho visiblemente. No con un rigorismo ético, no con formas excéntricas de vida cristia­na, sino con la obediencia sencilla y cristiana a la voluntad de Je­sús. Esta acción seguirá siendo «particular» mientras nos lleve ha­cia la passio Christi. Esta acción es un sufrimiento permanente. En ella, Cristo sufre a través de sus discípulos. Si no es así, no es la ac­tividad a la que Jesús se refiere.

Lo περισσόν es, pues, el cumplimiento de la ley, la guarda de los mandamientos. En Cristo crucificado y en su comunidad lo «extraordinario» se convierte en suceso.

Aquí están los perfectos, los que en su amor indiviso son per­fectos como el Padre celestial. Este amor indiviso y perfecto del Padre es el que el Hijo nos dio en la cruz, y el sufrir en comunión con la cruz constituye la perfección de los seguidores de Jesús. Los perfectos no son sino los bienaventurados.

2, Mt 6: Sobre el carácter oculto de la vida cristiana

a) La justicia oculta

Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vues­tro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas to­cando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las si­nagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará públicamente (Mt 6, 1-4).

Una vez que el capítulo 5 nos ha hablado del carácter visible de la comunidad de los seguidores de Jesús, culminando en el περισσόν e indicándonos que lo cristiano debe ser entendido como lo que sale del mundo, lo supera, como lo extraordinario, el capítulo siguiente vuelve a recoger esta idea del περισσόν y la desvela en lo que tiene de equívoco. Porque existe un gran peligro de que los dis­cípulos la interpreten de forma totalmente equivocada, como si de­biesen esforzarse en instaurar, despreciando y destruyendo el orden del mundo, un reino de los cielos sobre la tierra; como si debiesen esforzarse en realizar y hacer visible, en una indiferencia de ilumi­nados frente al mundo, lo extraordinario del mundo nuevo, separán­dose del mundo con un radicalismo total y una ausencia completa de compromiso, a fin de forzar el advenimiento de lo cristiano, de lo conforme al seguimiento, de lo extraordinario.

Era muy fácil caer en el error de pensar que lo que aquí se les predicaba era, de nuevo, una forma, una configuración piadosa de la vida -ciertamente libre, nueva, entusiasta-. Y qué dispuesto estaría el hombre piadoso a cargar con esto extraordinario, con esta pobreza, con esta veracidad, con este sufrimiento, e incluso a bus­carlo, con tal de que fuese al fin satisfecho el deseo de su corazón, el deseo de ver algo con los propios ojos, y no tener que conten­tarse con creer. Se habría estado dispuesto, ciertamente, a realizar aquí un pequeño desplazamiento de los límites, acercando dema­siado una forma piadosa de vida y la obediencia a la palabra, para terminar no pudiendo mantenerlas separadas. Así se hizo con el fin de que lo extraordinario fuese puesto en práctica.

A la inversa, debían intervenir al punto los que no habían hecho más que esperar las palabras de Jesús sobre lo extraordinario para atacarle con gran violencia. Por fin se había desenmascarado a este fanático, al entusiasta revolucionario que quiere sacar al mundo de sus goznes, que anima a sus discípulos a abandonar el mundo y a construir uno nuevo. ¿Es esto obedecer la palabra del Antiguo Tes­tamento? ¿No es la propia justicia, resultado de una elección perso­nal, la que es erigida aquí? ¿Es que Jesús no conoce el pecado del mundo, que debe hacer fracasar todo lo que ordena? ¿No ha oído hablar de los mandamientos de Dios, dados para acabar con el pe­cado? Esto extraordinario que exige ¿no es la prueba del orgullo es­piritual que ha sido el origen de todo iluminismo? Seguir leyendo “El Precio de la Gracia (parte 10)”

El Precio de la Gracia (parte 9)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.
Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

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g) La venganza
Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo que no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha, preséntale también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, da; al que desee que le prestes algo, no le vuelvas la espalda (Mt 5, 38-42).
Jesús coordina aquí las palabras ojo por ojo, diente por diente, con el precepto veterotestamentario antes mencionado, es decir, con el mandamiento del decálogo de no matar. Por tanto, reconoce que ambos son, sin lugar a dudas, preceptos divinos. Ninguno de los dos debe ser abolido, sino preservado hasta sus últimos detalles. Jesús no conoce nuestra gradación de los preceptos veterotestamentarios en beneficio de los diez mandamientos. Para él, el precepto del Antiguo Testamento es uno, y así indica a sus discípulos que hay que cumplirlo.
Los seguidores de Jesús viven renunciando al propio derecho por amor a él. Él los proclama bienaventurados por ser mansos. Si una vez que lo han abandonado todo para vivir en su comunidad, quisiesen aferrarse a esta posesión, habrían dejado de seguirle. Por consiguiente, aquí sólo tenemos un desarrollo de la bienaventuranza.
La ley veterotestamentaria coloca el derecho bajo la protección de la venganza divina. Ningún mal quedará sin ser castigado. Se pretende crear la verdadera comunidad, superar y eliminar el mal, alejarlo de la comunidad del pueblo de Dios. Para esto sirve la justicia, que conserva su fuerza en la venganza.
Jesús recoge esta voluntad de Dios y afirma la fuerza de la venganza para superar y eliminar el mal y asegurar la comunidad de los discípulos, verdadero Israel. La venganza justa hará desaparecer la injusticia y mantendrá a los discípulos en el seguimiento de Jesús. Según las palabras del Señor, esta venganza justa consiste únicamente en no oponer resistencia al mal.
Con estas palabras, Jesús separa su comunidad del ordenamiento político-jurídico, de la imagen nacional del pueblo de Israel, y la convierte en lo que es en realidad: en la comunidad de los creyentes no ligada a lo político-nacionalista. En el pueblo elegido por Dios, que tenía al mismo tiempo una faceta política, la venganza consistía, según voluntad divina, en responder al golpe con el golpe; sin embargo, para la comunidad de los discípulos, que no puede presentar reivindicaciones jurídicas y nacionales, consiste en soportar pacientemente el golpe para no añadir mal al mal. Sólo de esta forma se fundamenta y conserva la comunidad.
Resulta claro que el seguidor de Jesús está hecho a la injusticia, no considera el propio derecho como una posesión que ha de defender en cualquier circunstancia, sino que, completamente libre de ella, se vincula exclusivamente a Jesús, y dando testimonio de esta unión con él crea el único fundamento firme de la comunidad, mientras pone a los pecadores en manos de Jesús.
El triunfo sobre el otro sólo se consigue haciendo que su mal termine muriendo, haciendo que no encuentre lo que busca, es decir, la oposición, y con esto un nuevo mal con el que pueda inflamarse aún más. El mal se debilita si, en vez de encontrar oposición, resistencia, es soportado y sufrido voluntariamente. El mal encuentra aquí un adversario para el que no está preparado. Naturalmente, esto sólo se da donde ha desaparecido el último resto de resistencia, donde es plena la renuncia a vengar el mal con el mal. En este caso, el mal no puede conseguir su fin de crear un nuevo mal, y queda solo.
El sufrimiento desaparece cuando es sobrellevado. El mal muere cuando dejamos que venga sobre nosotros sin ofrecerle resistencia. La deshonra y el oprobio se revelan como pecado cuando el que sigue a Cristo no cae en el mismo defecto, sino que los soporta sin atacar. El abuso del poder queda condenado cuando no encuentra otro poder que se le oponga. La pretensión injusta de conseguir mi túnica se ve comprometida cuando yo le entrego también el manto, el abuso de mi servicialidad resulta visible cuando no pongo límites. La disposición a dar todo lo que me pidan muestra que Jesucristo me basta y sólo quiero seguirle a él. En la renuncia voluntaria a defenderse se confirma y proclama la vinculación in-condicionada del seguidor a Jesús, la libertad y ausencia de ataduras con respecto al propio yo. Sólo en la exclusividad de esta vinculación puede ser superado el mal.
En todo esto no se trata sólo del mal, sino del maligno. Jesús llama malo al maligno. Mi conducta no debe ser la de disculpar y justificar al que abusa del poder y me oprime. Con mi paciencia sufriente no quiero expresar mi comprensión del derecho del mal. Jesús no tiene nada que ver con estas reflexiones sentimentales. El ataque que deshonra, el abuso de la fuerza, la explotación, siguen siendo malos. El discípulo debe saberlo y debe dar testimonio de esto, igual que Jesús, porque de lo contrario sería imposible vencer al mal. Pero, precisamente porque el mal que ataca al discípulo no puede ser justificado, este no debe oponerse, sino hacer que termine, sufriéndolo, para superar así al mal. El sufrimiento voluntario es más fuerte que el mal, es la muerte del mal.
No existe, pues, ninguna acción imaginable en la que el mal sea tan grande y fuerte que exija una actitud distinta del cristiano. Cuanto más terrible es el mal, tanto más dispuesto debe estar el discípulo para sufrir. El malo debe caer en manos de Jesús. No soy yo, sino Jesús, quien debe ocuparse de él.
La exégesis reformadora ha introducido en este lugar un pensamiento nuevo y decisivo: la necesidad de distinguir entre el daño que se me hace personalmente y el que se me hace en mi ministerio, es decir, en la responsabilidad que Dios me ha encomendado. Si bien en el primer caso estoy obligado a actuar como Jesús manda, en el segundo no lo estoy, sino que incluso me veo forzado a actuar de modo contrario, oponiendo la fuerza a la fuerza, para resistir al dominio del mal. Con esto se justifica la posición de la Reforma con respecto a la guerra y a todo uso de medios jurídicos públicos para rechazar el mal. Sin embargo, Jesús es extraño a esta diferencia entre la persona privada y el portador del ministerio, que debe regir mi actuación. No nos dice una palabra sobre ello. Habla a sus discípulos como a aquellos que lo han abandonado todo para seguirle. Lo «privado» y lo «ministerial» deben estar plenamente sometidos al precepto de Jesús.
Su palabra los ha reivindicado sin ninguna clase de divisiones. El exigió una obediencia indivisa. De hecho, la citada diferencia choca con una dificultad insoluble. En la vida real, ¿dónde soy sólo persona privada, dónde sólo portador del ministerio? En cualquier momento en que me siento comprometido ¿no soy al mismo tiempo el padre de mis hijos, el predicador de la comunidad, el representante político de mi pueblo? En estas circunstancias ¿no estoy obligado a defenderme de toda agresión, teniendo en cuenta la responsabilidad de mi ministerio? Y en mi cargo ¿no soy también en todo tiempo yo mismo, el que se encuentra solo ante Jesús? ¿Olvidaríamos con esta diferencia que el discípulo de Jesús siempre está completamente solo, que es un individuo que, en definitiva, debe actuar y decidir por sí mismo? ¿Y que en esta actuación es precisamente donde radica la responsabilidad más seria para con lo que me está mandando?
Pero ¿cómo justificaremos las palabras de Jesús teniendo en cuenta la experiencia de que el mal se inflama precisamente en los débiles y se enraiza de forma inevitable en los indefensos? ¿No es esta frase pura ideología, que no cuenta con la realidad, con el pecado del mundo? Es posible que esta frase se justifique dentro de la comunidad. Pero ante el mundo parece un olvido fanático del pecado. Esta frase no puede tener valor porque vivimos en el mundo y el mundo es malo.
Pero Jesús dice: Precisamente porque vivís en el mundo y el mundo es malo, tiene valor este principio: no debéis oponer resistencia al mal. Difícilmente podríamos reprochar a Jesús que no conoció el poder del mal, él, que desde el primer día de su vida se halló en lucha con el demonio. Jesús llama mal al mal y precisamente por eso habla de esta forma a los que le siguen. ¿Cómo es esto posible?
Todo lo que Jesús dice a sus discípulos sería puro fanatismo si hubiésemos de entender estas palabras como un programa ético general, si hubiésemos de interpretar esta frase de que el mal ha de ser superado con el bien como una sabiduría mundana. En este caso sería realmente un fantasear irresponsable sobre leyes que el mundo nunca obedece. El carecer de defensa, como principio de la vida mundana, significa la destrucción atea del orden mantenido por la gracia de Dios en el mundo. Pero aquí no habla un programático, aquí habla el que superó el mal con el sufrimiento, el que fue vencido por el mal en la cruz, pero salió triunfante y victorioso de esta derrota. La única justificación posible de este precepto de Jesús es su propia cruz. Sólo quien encuentra en la cruz de Jesús esta fe en la victoria sobre el mal puede obedecer este precepto, y sólo esta obediencia tiene la promesa. ¿Qué promesa? La promesa de la comunidad con la cruz y la victoria de Jesús.

La pasión de Jesús como superación del mal por el amor divino es el único fundamento firme para la obediencia del discípulo.

Con su mandamiento, Jesús llama a los que le siguen a participar de su pasión. ¿Cómo sería visible y digna de crédito la predicación de la pasión de Jesucristo si los discípulos prescindiesen de ella, si se negaran a llevarla en su propio cuerpo? Jesús cumple en la cruz la ley que da y, al mismo tiempo, mantiene graciosamente a los que le siguen en la comunidad con su cruz. Sólo en ésta es real y cierto que la venganza y superación del mal consiste en el amor paciente. A los discípulos se les ha regalado la comunidad con la cruz mediante la llamada al seguimiento. En esta comunidad visible son bienaventurados. Seguir leyendo “El Precio de la Gracia (parte 9)”

El Precio de la Gracia (parte 8)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.
Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

De click en los enlaces para ir a la ← septima parte o puede ir al inicio de la serie.

6. El sermón del Monte (continúa)

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, por­que ellos serán saciados». Los que siguen a Cristo no sólo viven en renuncia al propio derecho, sino incluso en renuncia a la propia justicia. No se glorían en nada de lo que hacen y sacrifican. Sólo pueden poseer la justicia en el hambre y la sed de ella; ni la propia justicia, ni la de Dios sobre la tierra; desean en todo tiempo la fu­tura justicia de Dios, pero no pueden implantarla por sí mismos. Los que siguen a Jesús tienen hambre y sed durante el camino. An­helan el perdón de todos los pecados y la renovación plena, la re­novación de la tierra y la justicia perfecta de Dios.

Sin embargo, la maldición del mundo y sus pecados recaen so­bre ellos. Aquel a quien siguen debe morir en la cruz como un mal­dito. Su último grito es un deseo desesperado de justicia: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y el discípulo no es más que su maestro. Sigue tras él. Por eso es feliz; porque se le ha pro­metido que quedará saciado. Alcanzarán la justicia no sólo de oí­das, sino hasta saciarse corporalmente. El pan de la verdadera vi­da les alimentará en la cena futura con su Señor. Este pan futuro es el que los hace bienaventurados, puesto que ya lo tienen presente. Jesús, pan de vida, está entre ellos durante toda su hambre. Esta es la felicidad de los pecadores.

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». Estos pobres, estos extraños, estos débiles, estos pe­cadores, estos seguidores de Jesús viven también con él renun­ciando a la propia dignidad, porque son misericordiosos. No les basta su propia necesidad y escasez, sino que también se hacen partícipes de la necesidad ajena, de la pequeñez ajena, de la culpa ajena. Tienen un amor irresistible a los pequeños, enfermos, mise­rables, a los anonadados y oprimidos, a los que padecen injusticia y son rechazados, a todo el que sufre y se preocupa; buscan a los que han caído en el pecado y la culpa. Por muy profunda que sea la necesidad, por muy terrible que sea el pecado, la misericordia se acerca a ellos. E! misericordioso regala su propia honra al que ha caído en la infamia, y toma sobre sí la vergüenza ajena. Se deja en­contrar junto a los publícanos y pecadores y lleva gustoso la des­honra de tratar con ellos. Se despojan del bien supremo del hom­bre, la propia honra y dignidad, y son misericordiosos.

Sólo una honra y dignidad conocen: la misericordia de su Se­ñor, de la que viven. Él no se avergonzó de sus discípulos, se con­virtió en hermano de los hombres, llevó su ignominia hasta la muerte de cruz. Esta es la misericordia de Jesús, de la única que quieren vivir los que están ligados a él, la misericordia del crucifi­cado. Esta les hace olvidar toda honra y dignidad propia, y buscar sólo la comunidad con los pecadores. Si se les injuria por esto, son felices. Porque alcanzarán misericordia. Dios se inclinará alguna vez profundamente hacia ellos descargándoles de sus pecados e ig­nominias. Dios les dará su honra y quitará de ellos la deshonra. La honra de Dios será llevar la vergüenza de los pecadores y vestirlos con su dignidad. Bienaventurados los misericordiosos, porque tie­nen al misericordioso por Señor.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». ¿Quién es limpio de corazón? Sólo el que ha entregado ple­namente su corazón a Jesús, para que este reine exclusivamente en su interior; el que no mancha su corazón con el propio mal, ni tam­poco con el propio bien. El corazón puro es el corazón sencillo del niño, que nada sabe del bien y del mal, el corazón de Adán antes de la caída, el corazón en el que no reina la conciencia, sino la volun­tad de Jesús.

Quien vive en renuncia al propio bien y mal, al propio corazón, quien está tan arrepentido y sólo depende de Jesús, este tiene un co­razón purificado por la palabra de Cristo. La limpieza de corazón se encuentra aquí en oposición a toda pureza externa, incluida la pureza de los buenos sentimientos. El corazón puro está limpio de bien y mal, pertenece por completo e indivisamente a Cristo, sólo se fija en él, que le precede. Sólo verá a Dios quien en esta vida só­lo se ha fijado en Jesucristo, el Hijo de Dios. Su corazón está li­bre de imágenes que le manchen, sin dejarse arrastrar por la plurali­dad de los propios deseos e intenciones. Está totalmente arrebatado en la contemplación de Dios. A Dios le contemplará aquel cuyo co­razón se haya convertido en espejo de la imagen de Jesucristo.

«Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán lla­mados hijos de Dios». El seguidor de Jesús está llamado a la paz. Cuando Jesús los llamó, encontraron su paz. Jesús es su paz. Pero no sólo deben tener la paz, sino también deben crearla. Con esto renuncian a la fuerza y la rebelión. Estas nunca han servido para nada en las cosas de Cristo. Su Reino es un reino de paz, y la co­munidad de Cristo se saluda con el beso de paz. Los discípulos de Cristo mantienen la paz, prefiriendo sufrir a ocasionar dolor a otro, conservan la comunidad cuando otro la rompe, renuncian a impo­nerse y soportan en silencio el odio y la injusticia. De este modo vencen el mal con el bien y son creadores de paz divina en medio de un mundo de odio y guerra. Pero nunca será más grande su paz que cuando se encuentren pacíficamente con el mal y estén dis­puestos a sufrir. Los pacíficos llevarán la cruz con su Señor; por­que en la cruz se crea la paz. Por haber sido insertados de este mo­do en la obra pacificadora de Cristo, por haber sido llamados a colaborar con el Hijo de Dios, serán llamados hijos de Dios.

«Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, por­que de ellos es el reino de los cielos». No se habla aquí de la justi­cia de Dios, sino de los padecimientos por una causa justa, por el juicio y la acción justas de los discípulos de Jesús. Los que siguen a Jesús renunciando a las posesiones, a la felicidad, al derecho, a la justicia, a la honra, al poder, se distinguen en sus juicios y acciones del mundo; resultarán chocantes al mundo. Y así serán perseguidos por causa de la justicia. La recompensa que el mundo da a su pala­bra y actividad no es el reconocimiento, sino la repulsa. Es impor­tante que Jesús proclame bienaventurados a sus discípulos cuando no sufren inmediatamente por la confesión de su nombre, sino sim­plemente por una causa justa. Se les hace la misma promesa que a los pobres. Como perseguidos, se asemejan a ellos.

Al final de las bienaventuranzas surge la pregunta: ¿qué lugar del mundo resta a tal comunidad? Ha quedado claro que sólo les queda un lugar, aquel en el que se encuentra el más pobre, el más combatido, el más manso: la cruz del Gólgota. La comunidad de los bienaventurados es la comunidad del crucificado. Con él lo ha per­dido todo y con él lo ha encontrado todo. La cruz proclama: biena­venturados, bienaventurados. Pero Jesús sólo habla ahora a los que pueden entenderle, a los discípulos; por eso dice directamente:

Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

«Por mi causa»: los discípulos son injuriados, pero encuentran al mismo Jesús. Sobre él recae todo, ya que por su causa son injuria­dos. Él carga con la culpa. La injuria, la persecución mortal y las mentiras malignas constituyen la felicidad de los discípulos en su comunidad con Jesús. Es forzoso que el mundo ataque a estos man­sos extranjeros con sus palabras, su fuerza y sus calumnias. La voz de estos pobres y mansos es demasiado amenazadora y potente, su vida demasiado paciente y silenciosa; estos discípulos de Jesús, con su pobreza y sus sufrimientos, dan un testimonio demasiado pode­roso de la injusticia del mundo. Resulta mortal. Mientras Jesús dice: Bienaventurados, bienaventurados, el mundo grita: ¡Fuera, fuera! Sí, fuera. Pero ¿adónde? Al reino de los cielos. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

Los pobres se encuentran en el salón de la alegría. Dios mismo enjuga las lágrimas de los que lloran, da de comer a los hambrien­tos con su cena. Los cuerpos heridos y martirizados están transfi­gurados, y en lugar de los vestidos del pecado y de la penitencia llevan la vestidura blanca de la eterna justicia. Desde esta alegría eterna resuena ya aquí un llamamiento a la comunidad de los que siguen bajo la cruz, las palabras de Cristo: Bienaventurados, biena­venturados.

  1. b) La comunidad visible

Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para tirarla afuera y ser pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No pue­de estar oculta una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tam­poco se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, si­no sobre el candelera, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5, 13-16).

Jesús se dirige a los que han sido llamados a la gracia del segui­miento del crucificado. Mientras hasta ahora los bienaventurados aparecían como dignos del reino de los cielos pero, al mismo tiem­po, como totalmente superfluos e indignos de vivir para el mundo, en este momento se los define con la imagen del bien más impres­cindible. Vosotros sois la sal de la tierra. Son el bien más noble, el valor supremo que posee el mundo. Sin ellos la tierra no puede se­guir viviendo. Es la sal quien conserva la tierra; esta vive gracias a estos pobres, despreciados y débiles que el mundo rechaza. Cuan­do ataca a los discípulos, destruye su propia vida y, oh milagro, son precisamente estos desgraciados los que posibilitan a la tierra el se­guir viviendo. Esta «sal divina» (Homero) conserva su eficacia. Penetra toda la tierra. Es su sustancia. Por tanto, los discípulos no están orientados solamente al reino de los cielos, sino que se les re­cuerda también su misión terrena.

Como hombres ligados a solo Cristo se les pone en contacto con el mundo, cuya sal son ellos. Jesús, al llamar sal a sus discípulos y no a sí mismo, les transmite la actividad sobre la tierra. Los aplica a su trabajo. Él permanece en el pueblo de Israel, pero a sus discípu­los les entrega toda la tierra. Sólo con la condición de que la sal si­ga siendo sal y conserve su fuerza purifícadora y sazonadora podrá ser mantenida la tierra. Por amor a sí misma y al mundo, la sal de­be seguir siendo sal, la comunidad de los discípulos debe seguir siendo lo que es por vocación de Cristo. En esto consistirá su ver­dadera eficacia y su fuerza conservadora. La sal debe ser incorrup­tible, una fuerza permanente de purificación. Por eso el Antiguo Testamento usa la sal para los sacrificios, y en el rito católico del bautismo se pone sal en la boca del niño (Ex 30, 35; Ez 16,4). En la incorruptibilidad de la sal radica la conservación de la comunidad.

«Vosotros sois la sal». No dice: Vosotros debéis ser la sal. No se deja a elección de los discípulos el que quieran o no ser sal. Tam­poco se les hace un llamamiento para que se conviertan en sal de la tierra. Lo son, quiéranlo o no, por la fuerza de la llamada que se les ha dirigido. Vosotros sois la sal. No dice: Vosotros tenéis la sal. Se­ría erróneo querer equiparar la sal con el mensaje de los apóstoles, como hacen los reformadores. Estas palabras se refieren a toda su existencia, en cuanto se halla fundada por la llamada de Cristo al seguimiento, a esta existencia de la que hablaban las bienaventu­ranzas. Quien sigue a Cristo, captado por su llamada, queda plena­mente convertido en sal de la tierra.

La otra posibilidad consiste en que la sal se vuelva insípida, de­je de ser sal. Deja de actuar. Entonces sólo sirve para ser arrojada.

El honor de la sal consiste en que debe salar todas las cosas. Pero la sal que se vuelve insípida no puede adquirir de nuevo su antiguo poder. Todo, incluso el alimento más estropeado, puede ser salvado con la sal; sólo la sal que se ha vuelto insípida se pierde sin espe­ranza. Es el otro aspecto. El juicio que amenaza a la comunidad de los discípulos. La tierra debe ser salvada por la comunidad; sólo la comunidad que deja de ser lo que es se pierde sin salvación. La lla­mada de Jesucristo le obliga a ser sal o quedar aniquilada, a se­guirle o ser destruida por el mismo llamamiento. No existe una nueva posibilidad de salvación. No puede existir.

No sólo la actividad invisible de sal, sino el resplandor visible de la luz se ha prometido a la comunidad de los discípulos por el llamamiento de Jesús. «Vosotros sois la luz». No dice: Debéis ser­lo. La vocación los ha convertido en luz. Ahora están obligados a ser una luz visible; de lo contrario, la llamada no estaría con ellos. ¡Qué imposible, qué fin tan absurdo sería para los discípulos de Je­sús, para estos discípulos, querer convertirse en luz del mundo! Es­to ya lo ha hecho la llamada al seguimiento. Insistamos en que no es: Vosotros tenéis la luz, sino: Vosotros sois. La luz no es algo que se os ha dado, por ejemplo vuestra predicación, sino vosotros mis­mos. El mismo que dice de sí: Yo soy la luz, dice a sus discípulos: Vosotros sois la luz en toda vuestra vida, con tal de que permanez­cáis fieles a la llamada. Siendo esto así, no podéis permanecer ocultos, aunque queráis.

La luz brilla, y la ciudad sobre el monte no puede estar oculta. Imposible. Resulta visible desde lejos, bien como una ciudad fir­me o un castillo fortificado, bien como unas ruinas destrozadas. Esta ciudad sobre el monte -¿qué israelita no pensaría en Jerusa-lén, la ciudad edificada en lo alto?- es la comunidad de los discí­pulos. A los que siguen a Cristo no se les propone una nueva deci­sión; la única decisión posible para ellos se ha producido ya. Ahora deben ser lo que son, o dejar de ser seguidores de Jesús. Los seguidores forman la comunidad visible, su seguimiento es una ac­ción visible por la que se apartan del mundo, o no es un auténtico seguimiento. En realidad, el seguimiento es tan visible como la luz en la noche, como un monte en la llanura.

Huir a la invisibilidad es negar el llamamiento. La comunidad de Jesús que quiere ser invisible deja de seguirle. «No se enciende una lámpara para colocarla bajo el celemín, sino sobre el candele­ra». Existe también la posibilidad de que se oculte la luz capricho­samente, de que brille bajo el celemín, de que se niegue el llama­miento. El celemín bajo el que la comunidad visible oculta su luz puede ser el miedo a los hombres o una configuración consciente al mundo para conseguir ciertos fines, que pueden ser de tipo misio­nero o brotar de un falso amor a los hombres. Y también puede tra­tarse, lo que es mucho más peligroso, de una teología reformadora que se atreve a denominarse theologia crucis, y cuyo distintivo con­siste en preferir la «humilde» invisibilidad, la configuración plena al mundo, a la visibilidad «farisaica». Lo que caracteriza aquí a la comunidad no es la visibilidad extraordinaria, sino la adaptación a \ajustitia civilis.

El criterio de lo cristiano es precisamente que la luz no brille. Jesús, sin embargo, dice: Haced brillar vuestra luz ante los paga­nos. En cualquier caso, es la luz del llamamiento de Cristo la que resplandece. Pero ¿qué luz es la que deben irradiar estos seguido­res de Jesús, estos discípulos de las bienaventuranzas? ¿Qué luz debe brotar de ese lugar en el que sólo los discípulos tienen un de­recho? ¿Qué tiene en común la invisibilidad y ocultamiento de la cruz, bajo la que se encuentran los discípulos, con la luz que debe brillar? ¿No debe deducirse de ese ocultamiento que también los apóstoles han de hallarse en la oscuridad y no en la luz?

Es un pésimo sofisma deducir de la cruz de Cristo el que la Iglesia deba configurarse al mundo. ¿No reconoce claramente cual­quier persona sencilla que, precisamente en la cruz, se ha hecho vi­sible algo extraordinario? ¿O es todo esto justitia civilis, es la cruz configuración al mundo? ¿No es la cruz algo que se ha hecho inau­ditamente visible en medio de toda oscuridad para terror de los enemigos? ¿No es suficientemente visible que Cristo fue rechaza­do y debió padecer, que su vida terminó en un patíbulo frente a las puertas de la ciudad? ¿Es esto invisibilidad?

Las buenas obras de los discípulos deben brillar con esta luz. Lo que los hombres han de ver no son vuestras personas, sino vuestras buenas obras, dice Jesús. ¿Cuáles son las buenas obras que pueden ser vistas a esta luz? Únicamente las que Jesús produ­jo en ellos cuando los llamó, cuando los convirtió bajo su cruz en luz del mundo: pobreza, separación del mundo, mansedumbre, edificación de la paz y, por último, la gracia de ser perseguidos y re­chazados, sintetizándose todo en esta sola cosa: llevar la cruz de Cristo. La cruz es la luz extraña que resplandece, la única en que pueden ser vistas todas estas buenas obras de los discípulos.

No se dice que Dios se hará visible, sino que se verán las «bue­nas obras» y los hombres alabarán a Dios por ellas. Visible será la cruz y visibles serán las obras de la cruz, visibles serán la escasez y renuncia de los bienaventurados. Pero por la cruz y por esta co­munidad no se puede alabar al hombre, sino a solo Dios. Si las buenas obras fuesen virtudes humanas, no se alabaría al Padre sino a los discípulos. Pero en realidad no hay que alabar al discípulo que lleva la cruz, ni a la comunidad que brilla y es visible sobre el mon­te; por las «buenas obras» sólo se puede alabar al Padre que está en los cielos. De este modo los hombres ven la cruz y la comunidad del crucificado y creen en Dios. Es la luz de la resurrección.

  1. c) La justicia de Cristo

No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas. No he veni­do a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o un ápice de la ley sin que todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos manda­mientos menores y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el reino de los cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ese será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos (Mt 5, 17-20).

No es extraño que los discípulos, al oír las promesas hechas por su Señor, en las que se quitaba valor a todo lo que el pueblo esti­maba y se alababa todo lo que para él carecía de importancia, vie­sen llegado el fin de la ley. Se les hablaba y consideraba como a hombres que lo habían conseguido todo por pura gracia de Dios, como a quienes ahora todo lo poseen, como a herederos seguros del reino de los cielos. Tenían la comunidad plena y personal con Cristo, que todo lo había renovado. Eran la sal, la luz, la ciudad so­bre el monte. Por eso, todo lo antiguo ha pasado, se ha disuelto. Pa­rece faltar muy poco para que Jesús establezca una separación definitiva entre su persona y lo antiguo, para que declare abolida la ley del Antiguo Testamento y reniegue de ella con su libertad de Hijo de Dios, liberando también a su comunidad.

Por todo lo que había sucedido, los discípulos podían pensar como Marción que, reprochando a los judíos haber falseado el tex­to, lo cambió del siguiente modo: «¿Pensáis que he venido a cum­plir la ley o los profetas? He venido a abolir, y no a dar cumpli­miento». Son innumerables los que desde Marción han leído e interpretado el texto de esta forma. Pero Jesús dice: «No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas…». Cristo revaloriza la ley del Antiguo Testamento.

¿Cómo hay que entender esto? Sabemos que se habla a los que le siguen, a los que están ligados solamente a Jesucristo. Ninguna ley podría haber impedido la comunidad de Jesús con sus discípu­los, como vimos al interpretar Lc 9, 57s. El seguimiento es unión inmediata a solo Cristo. Sin embargo, de forma totalmente inespe­rada, aparece aquí la vinculación de los discípulos a la ley vetero-testamentaria. Con esto Jesús indica dos cosas a sus apóstoles: que la unión a la ley no constituye aún el seguimiento, y que la vincu­lación sin ley a la persona de Jesucristo no puede ser llamada ver­dadero seguimiento. Pone en contacto con la ley a los que ha con­cedido todas sus promesas y su plena comunidad. La ley tiene valor para los discípulos porque así lo dispone aquel a quien ellos siguen. Y ahora surge la pregunta: ¿qué es lo verdaderamente váli­do: Cristo o la ley? ¿A quién estoy yo ligado? ¿A él sólo, o también a la ley? Cristo había dicho que ninguna ley podía interponerse en­tre él y sus discípulos. Ahora dice que la abolición de la ley signi­ficaría separarse de él. ¿Qué sentido tiene esto?

La ley es la ley del Antiguo Testamento; no se trata de una ley nueva, sino de la antigua, de la que se habló al joven rico y al escri­ba como revelación de la voluntad de Dios. Si se convierte en un precepto nuevo es sólo porque Jesús vincula a los que le siguen con esta ley. No se trata, pues, de una «ley mejor» que la de los fariseos; es la misma, la ley que debe permanecer con todas sus letras hasta el fin del mundo, que se ha de cumplir hasta en lo más pequeño. Pe­ro sí se trata de una «justicia mejor». Quien no posea esta justicia mejor, no entrará en el reino de los cielos, porque se habría separa­do del seguimiento de Cristo, que le pone en contacto con la ley. Pero los únicos que pueden tener esta justicia mejor son aquellos a quienes Cristo habla, los que él ha llamado. La condición de esta justicia mejor es el llamamiento de Cristo, es Cristo mismo.

Resulta por lo tanto comprensible que Jesús, en este momento del sermón del monte, hable por primera vez de sí mismo. Entre la justicia mejor y los discípulos, a los que se la exige, se encuentra él. Ha venido para cumplir la ley de la antigua alianza. Este es el presupuesto de todo lo demás. Jesús da a conocer su unión plena con la voluntad de Dios en el Antiguo Testamento, en la ley y los profetas. De hecho, no tiene nada que añadir a los preceptos de Dios; los guarda, y esto es lo único que añade. Dice de sí mismo que cumple la ley. Y es verdad. La cumple hasta lo más mínimo. Y al cumplirla, se «consuma todo» lo que ha de suceder para el cum­plimiento de la ley. Jesús hará lo que exige la ley, por eso sufrirá la muerte; porque sólo él entiende la ley como ley de Dios. Es decir: ni la ley es Dios, ni Dios es la ley, como si esta hubiese ocupado el puesto de Dios.

De esta forma errónea es como Israel había interpretado la ley. Su pecado consistió en divinizar la ley y legalizar a Dios. A la in­versa, el pecado de los discípulos habría consistido en quitar a la ley su carácter divino y separar a Dios de su ley. En ambos casos, Dios y la ley habrían sido unidos e identificados, con las mismas conse­cuencias. Los judíos identificaron a Dios con la ley para poder do­minarlo al dominar la ley. Dios quedaba prisionero de la ley y no era ya su señor. Los discípulos, si pensaran separar a Dios de su ley, lo harían para poder dominar a Dios con los bienes salvíficos que po­seían. En ambos casos se confundirían el don y el donador, se nega­ría a Dios con ayuda de la ley o de la promesa salvífica.

Contra ambas interpretaciones erróneas Jesús revaloriza la ley como ley de Dios. Dios es el donador y señor de la ley, y esta sólo es cumplida en la comunión personal con Dios. Sin comunidad con Dios no hay cumplimiento de la ley, y sin cumplimiento de la ley no hay comunidad con Dios. Lo primero es válido para los judíos, lo segundo para el posible equívoco de los discípulos.

Jesús, Hijo de Dios, el único que vive en plena comunión con Dios, revaloriza la ley del Antiguo Testamento al venir a cumplirla. Por ser el único que lo hizo, sólo él puede enseñar rectamente la ley y su cumplimiento. Los discípulos debieron comprender esto cuando él lo dijo, porque sabían quién era. Los judíos no podían enten­derlo porque no creían en él. Por eso debían rechazar su doctrina de la ley como una ofensa a Dios, es decir, como una ofensa a la ley de Dios. Y Jesús ha de sufrir las recriminaciones de los abogados de la falsa ley por amor a la verdadera ley de Dios. Jesús muere en la cruz como un blasfemo, como trasgresor de la ley, por haber re-valorizado la verdadera ley frente a la ley falsa y mal interpretada.

El cumplimiento de la ley, del que Jesús habla, sólo puede lle­varse a cabo con su muerte en la cruz como pecador. Él mismo, en cuanto crucificado, es el cumplimiento pleno de la ley.

Con esto queda dicho que Jesucristo, y sólo él, cumple la ley, porque sólo él vive en plena comunión con Dios. Se interpone en­tre sus discípulos y la ley, pero ésta no se interpone entre él y sus discípulos. El camino de los discípulos hacia la ley pasa por la cruz de Cristo. Así, Jesús vincula nuevamente a los discípulos a su per­sona, poniéndolos en contacto con la ley que sólo él cumple. Debe rechazar la vinculación sin ley, porque constituiría un fanatismo, un libertinaje pleno, en lugar de auténtica unión. Se elimina la preocupación de los discípulos de que la vinculación a la ley los se­pare de Jesús. Esto sólo sería posible en una interpretación errónea de la ley, como la que separó de hecho a los judíos de Dios. En lu­gar de esto, se deja claro que la auténtica unión con Jesús sólo pue­de alcanzarse estando vinculados a la ley de Dios.

Es verdad que Jesús se encuentra entre sus discípulos y la ley; pero no para liberarlos de su cumplimiento, sino para revalorizar-lo con sus exigencias. Los discípulos deben obedecer a la ley por­que están unidos a él. Por otra parte, el cumplimiento de la «iota» no significa que, desde ahora, esta «iota» se haya acabado para los discípulos. Se ha cumplido, y esto es todo. Pero precisamente por ello ha adquirido ahora su valor, de forma que en adelante será grande en el reino de los cielos el que cumpla y enseñe la ley. «Cumpla y enseñe»; podría imaginarse una doctrina de la ley que dispensase de la acción, en la que la ley sólo sirviese para com­prender la imposibilidad de cumplirla. Pero esta doctrina no podría basarse en Jesús. Hay que cumplir la ley como él lo hizo. Quien permanece junto a él en el seguimiento -junto a él, que cumplió la ley- este observa y enseña la ley en el seguimiento. Sólo quien po­ne en práctica la ley puede permanecer en comunión con Jesús.

No es la ley la que distingue a los discípulos de los judíos, sino la «justicia mejor». La justicia de los discípulos «supera» a la de los escribas. Es algo extraordinario, especial. Por primera vez re­suena aquí el concepto que será de gran importancia en el v. 47. Debemos preguntarnos: ¿en qué consistía la justicia de los fariseos?, ¿en qué consiste la justicia de los discípulos? Los fa­riseos nunca cayeron en el error, contrario a la Escritura, de que la ley sólo había que enseñarla, pero no cumplirla. El fariseo quería ser observante de la ley. Su justicia consistía en el cumplimiento li­teral, inmediato, de lo dispuesto por la ley. Su justicia era acción. Su fin, la conformidad plena de su acción con lo mandado en la ley. Sin embargo, siempre debía quedar un resto que había de ser tapado con el perdón. Su justicia permanecía incompleta.

También la justicia de los discípulos sólo podía consistir en la observancia de la ley. Nadie podía ser llamado justo si no observa­ba la ley. Pero la observancia de los discípulos supera a la de los fa­riseos porque, de hecho, su justicia es perfecta, mientras la de estos es imperfecta. ¿Cómo? La preeminencia de la justicia de los discí­pulos consiste en que entre ellos y la ley se encuentra aquel que cumplió perfectamente la ley y está en comunión con ellos. Él no se vio frente a una ley incumplida, sino frente a una ley ya cumpli­da. Antes de que comenzase a obedecer a la ley, ésta ya estaba cumplida y sus exigencias satisfechas. La justicia que exige la ley ya está presente; es la justicia de Jesús, que marcha hacia la cruz por amor a la ley. Pero como esta justicia no es sólo un bien ofreci­do, sino la comunidad plena y verdaderamente personal con Dios, Jesús no sólo tiene la justicia, sino que él mismo es justicia. Es la justicia de los discípulos. Por su llamada los ha hecho partícipes de su persona, les ha regalado su comunidad, y así les ha permitido to­mar parte de su justicia, les ha otorgado su justicia.

La justicia de los discípulos es la justicia de Cristo. Con el úni­co fin de decir esto comienza Jesús sus palabras sobre la «justicia mejor» haciendo referencia a su cumplimiento de la ley. La justi­cia de Cristo es realmente la justicia de los discípulos. En sentido estricto, sigue siendo una justicia regalada, otorgada por la llama­da al seguimiento. Es la justicia que consiste en el seguimiento y que ya en las bienaventuranzas recibe la promesa del reino de los cielos. La justicia de los discípulos es justicia bajo la cruz. Es la justicia de los pobres, de los combatidos, hambrientos, mansos, pacíficos, perseguidos por amor a Cristo, la justicia visible de los que son luz del mundo y ciudad sobre el monte, por la llamada de Cristo. Si la justicia de los discípulos es «mejor» que la de los fa­riseos, se debe a que sólo se apoya en la comunión con aquel que ha cumplido la ley; la justicia de los discípulos es auténtica justi­cia porque ahora cumplen la voluntad de Dios observando la ley.

También la justicia de Cristo debe ser observada, y no sólo en­señada. De lo contrario, no es mejor que la ley que se enseña pero no se cumple. Todo lo que sigue habla de esta observancia de la justicia de Cristo por los discípulos. Podríamos sintetizarlo en una sola palabra: seguimiento. Es la participación real y sencilla por la fe en la justicia de Cristo. La justicia de Cristo es la ley nueva, la ley de Cristo.

  1. d) El hermano

Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y aquel que matare será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame «imbécil» a su hermano, será reo ante el sanedrín; y el que le llame «renegado», será reo de la gehenna del fuego. Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas entonces de que un her­mano tuyo tiene algo que reprocharte, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuel­ves y presentas tu ofrenda. Ponte en seguida a buenas con tu adver­sario mientras vas con él por el camino, no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil, y se te meta en la cárcel. Yo te aseguro: No saldrás de allí hasta haber pagado el último céntimo (Mt 5, 21-26).

«Pues yo os digo». Jesús sintetiza todo lo dicho sobre la ley. Te­niendo en cuenta lo anterior, resulta imposible interpretar a Jesús revolucionariamente o aceptar una contraposición de opiniones, al estilo de los rabinos. Más bien, Jesús expresa, continuando lo di­cho, su unidad con la ley de la alianza mosaica, pero al mismo tiempo deja completamente claro que él, el Hijo de Dios, es señor y dador de la ley. Sólo quien percibe la ley como palabra de Cristo puede cumplirla. El error pecaminoso en que se encontraban los fariseos no les daba esta oportunidad. Sólo en el conocimiento de Cristo como señor y cumplidor de la ley radica el verdadero cono­cimiento de la misma. Cristo ha puesto su mano sobre la ley, la reivindica. Con esto hace lo que la ley quiere en realidad. Pero al unirse de esta forma con la ley se convierte en enemigo de una fal­sa interpretación de la misma. Al honrarla, se entrega en manos de los falsos celosos de la ley.

La ley que Jesús indica a sus seguidores les prohibe matar y les encomienda cuidar del hermano. La vida del hermano depende de Dios, está en sus manos, solamente él tiene poder sobre la vida y la muerte. El asesino no tiene sitio en la comunidad de Dios. In­curre en el juicio que él mismo ejerce. El hermano que se encuen­tra bajo la protección del precepto divino no es únicamente el que pertenece a la comunidad, como lo demuestra sin lugar a dudas el hecho de que los seguidores de Jesús no pueden determinar quién es el prójimo; esto sólo puede hacerlo aquel a quien siguen obe­dientemente.

Al seguidor de Jesús le está prohibido matar, bajo pena del jui­cio divino. La vida del hermano es una frontera que no puede ser traspasada. Y se la traspasa por la ira, empleando palabras malas que se nos escapan (imbécil) y, por último, insultando premedita­damente a otro (renegado).

Toda ira va contra la vida ajena, siente envidia de ella, busca aniquilarla. Por otra parte, no existe ninguna diferencia entre la ira justa y la injusta. El discípulo no puede conocer la cólera, porque iría contra Dios y contra el hermano. La palabra que se nos escapa, a la que damos tan poca importancia, revela que no respetamos al otro, nos creemos superiores a él y valoramos nuestra vida por en­cima de la suya. Esta palabra es un ataque contra el hermano, un golpe en su corazón, que repercute en él, le hiere y destruye. El in­sulto premeditado roba al hermano su honra incluso en público, quiere hacerlo despreciable ante los demás, busca con odio el ani­quilamiento de su existencia interna y externa. Ejecuta un juicio sobre él, lo que constituye un asesinato. Y el asesino también es digno de ser juzgado.

  1. La adición ebcfj en la mayoría de los manuscritos es la primera corrección prudente de la dureza de las palabras de Jesús.

 

Quien se encoleriza contra su hermano, le dirige malas palabras, le insulta o calumnia públicamente, es un asesino que no tiene ca­bida ante Dios. Al separarse del hermano, se ha separado también de Dios. Ya no tiene acceso a él. Su ofrenda, su culto, su oración, no pueden agradar a Dios. El que sigue a Jesús no puede separar, co­mo los rabinos, el culto divino del servicio al hermano. El despre­cio del hermano convierte el culto en inauténtico y le priva de toda promesa divina. El individuo y la comunidad que quieren acercarse a Dios con un corazón lleno de desprecio o sin reconciliar, sólo practican un juego con los dioses. La ofrenda no será aceptada mientras se niegue al hermano la ayuda y el amor, mientras se le si­ga despreciando, mientras pueda tener algo contra mí o contra la comunidad de Jesús.

Lo que se interpone entre Dios y yo no es principalmente mi propia cólera, sino el hecho de que existe un hermano enfermo, despreciado, deshonrado, que «tiene algo contra mí». Por tanto, examínese la comunidad de los discípulos de Jesús para ver si no es culpable de haber odiado, despreciado, injuriado al hermano, convirtiéndose de este modo en colaboradora de su muerte. Que examine la comunidad de Jesús si, en el momento en que se acer­ca a Dios para el culto y la oración, no hay muchas voces que le acusan ante Dios e impiden su oración. Que examine la comunidad de Jesús si ha dado a los despreciados y deshonrados de este mun­do un signo del amor de Jesús, que quiere conservar, mantener y proteger la vida. De lo contrario, el culto más correcto, la oración más piadosa, la confesión más firme de la fe, no le servirían para nada, sino que darían testimonio contra ella porque ha olvidado el seguimiento de Jesús.

Dios no quiere ser separado de nuestro hermano. No quiere ser honrado si un hermano es deshonrado. Es el Padre. Sí, el Padre de Jesucristo, que se hizo hermano de todos nosotros. En esto radica el fundamento último de por qué Dios no quiere separarse del her­mano. Su Hijo hecho hombre fue deshonrado, injuriado, por amor a la honra del Padre. Mas el Padre no se dejó separar de su Hijo y ahora tampoco quiere alejarse de aquel que se asemejó a su Hijo, por el que su Hijo cargó con el oprobio. La encarnación del Hijo de Dios ha hecho inseparable el culto divino del servicio al hermano. Quien dice que ama a Dios y odia a su hermano es un mentiroso.

Por tanto, al que quiere practicar el verdadero culto siguiendo a Jesús sólo le queda un camino: el de la reconciliación con el her­mano. Quien acude a la palabra y a la eucaristía con un corazón sin reconciliar recibe su propio juicio. Es un asesino a los ojos de Dios. Por eso, «vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda». Es un camino difícil el que Jesús exige a sus seguidores. Está unido a una gran humillación y opro­bio. Pero es un camino hacia él, el hermano crucificado, y por con­siguiente, un camino lleno de bendiciones. En Jesús se unificaron el servicio al hermano más pequeño y el culto a Dios. Él fue a re­conciliarse con el hermano y luego ofreció al Padre la única ofren­da verdadera, entregándose a sí mismo.

Todavía es tiempo de gracia porque aún tenemos un hermano, y todavía «vamos con él por el camino». Ante nosotros se halla el juicio. Todavía podemos ponernos a buenas con él y pagarle la deuda que le debemos. Se acerca la hora en que caeremos en ma­nos del juez. Entonces será demasiado tarde, el derecho y la pena se aplicarán hasta sus últimas consecuencias. ¿Comprendemos que aquí el hermano no se convierte para el discípulo de Jesús en ley, sino en gracia? Es gracia poder ponerse a buenas con él, recono­cerle su derecho, es gracia poder reconciliarnos con el hermano. Él es nuestra gracia antes del juicio.

Sólo puede hablarnos el que, siendo nuestro hermano, se ha he­cho nuestra gracia, nuestra reconciliación, nuestra salvación antes del juicio. En la humanidad del Hijo de Dios se nos ha otorgado la gracia del hermano. Ojalá piensen en esto los discípulos de Jesús.

El servicio al hermano, que intenta complacerle, que respeta su vida y sus derechos, es el camino de la negación de sí mismo, el camino hacia la cruz. Nadie tiene mayor amor que quien da la vi­da por su amigo. Es el amor del crucificado. Y por eso esta ley só­lo se cumple en la cruz de Cristo.

  1. e) La mujer

Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna. También se dijo: El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio. Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la expone a co­meter adulterio; y el que se case con una repudiada, comete adulte­rio (Mt 5, 27-32).

La vinculación a Jesucristo no abre paso al placer que carece de amor, sino que lo prohibe a los discípulos. Puesto que el segui­miento es negación de sí y unión con Jesús, en ningún momento puede tener curso libre la voluntad propia, dominada por el placer, del discípulo. Tal concupiscencia, aunque sólo radicase en una sim­ple mirada, separa del seguimiento y lleva todo el cuerpo al infier­no. Con ella, el hombre vende su origen celestial por un momento placentero. No cree en el que puede devolverle una alegría centu­plicada por el placer al que renuncia. No confía en lo invisible, si­no que se aferra al fruto visible del placer. De este modo se aleja del camino del seguimiento y queda separado de Cristo.

La impureza de la concupiscencia es incredulidad. Por eso hay que rechazarla. Ningún sacrificio que libere a los discípulos de es­te placer que separa de Jesús es demasiado grande. El ojo es menos que Cristo y la mano es menos que Cristo. Si el ojo y la mano sir­ven al placer e impiden a todo el cuerpo la pureza del seguimien­to, es preferible renunciar a ellos a renunciar a Jesús. Las alegrías que proporciona el placer son menores que sus inconvenientes; se consigue el placer del ojo y de la mano por un instante, y se pierde el cuerpo por toda la eternidad. Tu ojo, que sirve a la impura con­cupiscencia, no puede contemplar a Dios.

¿No resulta decisiva en este momento la pregunta de si Jesús dio a su precepto un sentido literal o figurado? ¿No depende toda nuestra vida de una respuesta clara a esta pregunta? ¿No se ha da­do ya la respuesta en la actitud de los discípulos? En estas pregun­tas decisivas, aparentemente tan serias, nuestra voluntad huye de la decisión. La misma pregunta es falsa y maligna. No puede tener respuesta. Si dijéramos que, naturalmente, no hay que entenderlo en sentido literal, debilitaríamos la seriedad del precepto; y si dijéramos que hay que interpretarlo literalmente, no sólo se pondría de manifiesto la absurdidad fundamental de la existencia cristiana, si­no que el mismo precepto perdería su fuerza. Sólo quedaremos firmemente ligados al mandamiento de Jesús en cuanto esta pre­gunta fundamental no sea respondida. No podemos inclinarnos a ninguna de las dos partes. Debemos obedecer a lo que se nos pro­pone. Jesús no obliga a sus discípulos a vivir en una convulsión in­humana, no les prohibe mirar, pero orienta sus miradas hacia él y sabe que la mirada sigue siendo pura aunque ahora se dirija a la mujer. De este modo, no impone sobre ellos el yugo insoportable de la ley, sino que les ayuda misericordiosamente con el Evangelio.

Jesús no invita al matrimonio a los que le siguen. Pero santifi­ca el matrimonio según la ley al declararlo insoluble y prohibir un segundo matrimonio cuando una de las partes se separa de la otra por adulterio. Con este precepto, Jesús libera al matrimonio del placer egoísta y malo, y lo pone al servicio del amor, que es la úni­ca posibilidad dentro del seguimiento. Jesús no injuria al cuerpo y a su deseo natural, pero rechaza la incredulidad que en él se oculta. Así, no disuelve el matrimonio, sino que lo consolida y santifica mediante la fe, y el que le sigue podrá continuar conservando, in­cluso en el matrimonio, su vinculación exclusiva a Cristo en la dis­ciplina y la negación de sí. Cristo también es el señor de su matri­monio. El que con esto el matrimonio del discípulo sea algo distinto al matrimonio civil no significa un desprecio del matrimonio, sino precisamente su santificación.

Parece que Jesús, al exigir la indisolubilidad del matrimonio, se opone a la ley veterotestamentaria. Pero él mismo da a entender su unión con la ley mosaica (Mt 19, 8). A los israelitas se les permi­tió dar el acta de divorcio «por la dureza de su corazón», es decir, sólo para precaver su corazón de un desenfreno mayor. Pero la ley veterotestamentaria coincide con Jesús en que su intención se orienta exclusivamente a la pureza del matrimonio, al matrimonio que es vivido con la fe en Dios. Esta pureza queda a salvo en la co­munidad de Jesús, en su seguimiento.

Puesto que a Jesús sólo le interesa la pureza perfecta de sus dis­cípulos, también ha de decir que la renuncia plena al matrimonio por amor al reino de los cielos es digna de elogio. Jesús no hace un programa del matrimonio o del celibato, sino que libera a sus discípulos de la    , de la fornicación, dentro o fuera del matri­monio, que no sólo es un pecado contra el propio cuerpo, sino tam­bién contra el mismo cuerpo de Cristo (1 Cor 6, 13-15). También el cuerpo del discípulo pertenece a Cristo y al seguimiento; nuestros miembros son miembros de su cuerpo. La fornicación es un peca­do contra el propio cuerpo de Jesús, porque él, el Hijo de Dios, tu­vo un cuerpo humano y porque nosotros tenemos comunidad con su cuerpo.

El cuerpo de Jesús fue crucificado. El apóstol dice de aquellos que pertenecen a Cristo han crucificado su cuerpo con sus vicios y concupiscencias (Gal 5, 24). El cumplimiento de esta ley vetero-testamentaria sólo es cierto en el cuerpo crucificado y martirizado de Jesucristo. La visión y la comunidad de este cuerpo que se en­tregó por ellos es para los discípulos la fuerza que les permite al­canzar la pureza que Jesús les ofrece.

  1. f) La veracidad

Habéis oído también que se dijo a los antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos. Pues yo os digo que no juréis en modo alguno: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey. Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro. Sea vues­tro lenguaje: sí, sí; no, no; que lo que pasa de aquí viene del malig­no (Mt 5, 33-37).

Hasta el momento presente, la interpretación de estos versos re­sulta extraordinariamente insegura en la Iglesia cristiana. Desde los tiempos primitivos, los exegetas oscilan desde la repulsa rigurosa de todo juramento, considerándolo pecado, hasta la recusación más suave del juramento y del perjurio frivolos. En la Iglesia antigua, la idea más ampliamente reconocida era la de que el juramento esta­ba prohibido, sin duda, al cristiano «perfecto», pero podía admi­tirse en los más débiles, dentro de ciertos límites. Agustín, entre otros, defendió esta opinión. Al juzgar el juramento coincidió con filósofos paganos como Platón, los pitagóricos, Epicteto, Marco Aurelio, que lo consideraban como indigno de un hombre noble.

Las Iglesias reformadoras, en sus confesiones, piensan que las pa­labras de Jesús no se refieren al juramento exigido por las autori­dades mundanas. Desde el principio, los argumentos fundamen­tales eran que el Antiguo Testamento mandaba jurar, que Jesús mismo juró ante el sanedrín y el apóstol Pablo se sirvió en muchas ocasiones de fórmulas semejantes. Para los reformadores tuvo una importancia decisiva en este punto la separación de los reinos es­piritual y mundano, junto con la prueba inmediata de la Escritura.

¿Qué es el juramento? Es la invocación pública de Dios como testigo de una afirmación que hago sobre algo pasado, presente o futuro. Dios, el omnisciente, vengará la mentira. ¿Cómo puede de­cir Jesús que este juramento es pecado, algo «satánico» que viene del maligno, ex xoñ jtovtiqoü? Porque él se refiere a la veracidad plena.

El juramento es la prueba de la mentira que reina en el mundo. Si el hombre no pudiese mentir, el juramento resultaría innecesa­rio. Por eso el juramento es un dique contra la mentira. Pero al mis­mo tiempo la fomenta; porque allí donde sólo el juramento reivin­dica la veracidad última, se concede simultáneamente un ámbito vital a la mentira, se le admite un cierto derecho a la existencia. La ley veterotestamentaria rechaza la mentira mediante el juramento. Jesús rechaza la mentira prohibiendo jurar. Tanto aquí como allí sólo se pretende una cosa: aniquilar la falsedad en la vida de los creyentes. El juramento que la antigua alianza colocaba contra la mentira quedó en manos de la mentira misma y fue puesto a su ser­vicio. Quería asegurarse mediante él y crearse un derecho. Por eso Jesús debe atrapar la mentira en el mismo sitio donde se refugia, en el juramento. Este debe desaparecer porque se ha convertido en re­fugio de la mentira.

El atentado del engaño contra el juramento podía tener lugar de doble forma: afirmándose bajo el juramento (perjurio), o introdu­ciéndose en la forma del mismo juramento. En este caso, la mentira en el juramento no necesitaba la invocación del Dios vivo, sino la in­vocación de cualquier poder mundano o divino. Cuando la mentira se ha introducido tan profundamente en el juramento, la única forma de poner a salvo la veracidad plena es prohibiendo el juramento.

Sea vuestro lenguaje: sí, sí; no, no. Con esto, las palabras del discípulo no se libran de la responsabilidad que tiene ante el Dios omnisciente. Más bien, precisamente porque no se invoca de forma expresa el nombre de Dios, toda palabra del discípulo queda situa­da bajo la presencia natural del Dios que todo lo sabe. El discípu­lo de Jesús no debe jurar, porque sería imposible pronunciar una sola palabra sin que Dios la conociera. Cada una de sus palabras no debe ser más que verdad, de forma que no necesiten ser confirma­das con el juramento. El juramento sitúa todas sus otras palabras en las tinieblas de lo dudoso. Por eso viene «del maligno». El discípu­lo debe ser luz en todas sus palabras.

Con esto se rechaza el juramento, pero al mismo tiempo que­da claro que el único fin pretendido es el de la veracidad. El pre­cepto de Jesús no admite excepciones en ningún foro. Pero tam­bién hay que decir que la negación del juramento no debe servir de nuevo para ocultar la verdad. Cuándo se da este caso, o sea, cuándo hay que prestar juramento precisamente por amor a la verdad, no debe decidirse en general, sino que es el individuo quien ha de decidirlo. Las Iglesias reformadoras opinan que todo juramento exigido por la autoridad mundana se encuentra en es­tas circunstancias. Seguirá siendo discutible si es posible una de­cisión general de este tipo.

Lo que resulta indiscutible es que, cuando se da este caso, sólo se puede prestar juramento si, en primer lugar, resulta completa­mente claro y transparente el contenido del juramento; en segundo lugar, hay que distinguir entre juramentos que se refieren a hechos pasados o futuros que nos son conocidos y aquellos que tienen el carácter de un voto. Puesto que el cristiano nunca está libre de error en su conocimiento del pasado, la invocación del Dios omnis­ciente no pretende confirmar sus posibles afirmaciones erróneas, sino servir a la pureza de su conocimiento y su conciencia. Pero como el cristiano tampoco dispone nunca de su futuro, un voto con juramento, por ejemplo un juramento de fidelidad, representa de antemano para él grandes peligros. Porque el cristiano no sólo no dispone de su propio futuro, sino tampoco del futuro de aquel con quien se une en el juramento de fidelidad.

Por amor a la veracidad y al seguimiento de Jesús, resulta im­posible prestar un juramento de este tipo sin someterlo a la reser­va de la ciencia divina. Para el cristiano no existe ningún vínculo terreno absoluto. Un juramento de fidelidad que quiera ligar absolutamente al cristiano se convierte para él en mentira, es «del maligno». En tal juramento, la invocación del nombre de Dios nunca puede ser la confirmación del voto, sino única y exclusi­vamente el testimonio de que, en el seguimiento de Jesús, sólo estamos ligados a la voluntad de Dios, y todo otro vínculo por amor a Jesús está sometido a esta reserva. Si en caso de duda no se expresa o reconoce esta reserva, no puedo prestar juramento porque con él engañaría a aquel que me lo toma. Sea vuestro len­guaje: si, sí; no, no.

El precepto de la veracidad plena es sólo una nueva palabra en la totalidad del seguimiento. Sólo el que está ligado a Jesús en el seguimiento se encuentra en la verdad total. No tiene que ocultar nada ante su Señor. Vive descubierto en su presencia. Es recono­cido por Jesús y situado en la verdad. Está patente ante Jesús co­mo pecador. No es que él se haya manifestado a Jesús, sino que cuando Jesús se le reveló en su llamada se conoció a sí mismo en su pecado. La veracidad plena sólo existe al quedar descubiertos los pecados que también son perdonados por Jesús. Quien confe­sando sus pecados se encuentra ante Jesús en la verdad, es el úni­co que no se avergüenza de ella sea cual sea el lugar donde haya que proclamarla. La veracidad que Jesús exige de sus discípulos consiste en la negación de sí mismo, que no oculta los pecados. Todo es manifiesto y transparente.

Como la veracidad pretende desde el principio hasta el fin que el hombre quede completamente al descubierto ante Dios en todo su ser, en su maldad, suscita la oposición de los pecadores y es per­seguida y crucificada. La veracidad del discípulo tiene su único fundamento en el seguimiento de Jesús, en el que nos revela nues­tros pecados en la cruz. Sólo la cruz, como verdad de Dios sobre nosotros, nos hace veraces. Quien conoce la cruz no se avergüen­za ya de otra verdad. Para el que vive bajo la cruz no tiene sentido el juramento como ley expositiva de la veracidad, porque se en­cuentra en la verdad plena de Dios.

Es imposible ser veraces con Jesús sin ser veraces con los hom­bres. La mentira destruye la comunidad, mientras la verdad aniqui­la la falsa comunidad fundando una auténtica fraternidad. Es im­posible seguir a Jesús sin vivir en la verdad manifiesta ante Dios y los hombres.

El Precio de la Gracia (parte 7)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.
Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

De click en los enlaces para ir a la ← sexta parte o puede ir al inicio de la serie.

6. El sermón del Monte
1. Mt 5: Sobre lo «extraordinario» de la vida cristiana
a) Las bienaventuranzas
Jesús en la cima del monte, la multitud, los discípulos. El pueblo ve: ahí está Jesús con los discípulos que se le han unido. Los discípulos pertenecían completamente, hasta hace poco, a la masa del pueblo. Eran como todos los demás. Pero llegó la llamada de Jesús; abandonaron todo y le siguieron. Desde entonces pertenecen a Jesús por completo. Van con él, viven con él, le siguen a dondequiera que los lleve. Les ha sucedido algo que los otros no han experimentado. Se trata de un hecho muy inquietante y sorprendente que no pasa desapercibido al pueblo. Los discípulos ven: ese es el pueblo del que proceden, las ovejas perdidas de la casa de Israel. La comunidad elegida por Dios. El pueblo de la Iglesia. Cuando fueron segregados de este pueblo por el llamamiento de Jesús, hicieron lo que era natural y necesario para las ovejas perdidas de la casa de Israel: siguieron la voz del buen pastor, porque la conocían. Pertenecen, pues, a este pueblo, vivirán en él, se moverán en su ambiente y le predicarán la llamada de Jesús a la gloria del seguimiento. Pero ¿qué sucederá al final? Jesús ve: ahí están sus discípulos. Se han unido a él visiblemente. Ha llamado a cada uno en concreto. Al oír su llamada han renunciado a todo.
Ahora viven en desprendimiento y escasez, son los más pobres entre los pobres, los más combatidos entre los combatidos, los más hambrientos entre los hambrientos. Sólo le tienen a él. Y con él no tienen nada en el mundo, absolutamente nada, pero lo tienen todo en Dios. Es una pequeña comunidad que ha encontrado; y cuando contempla al pueblo, ve la gran comunidad que busca. Discípulos y pueblo están íntimamente relacionados; los discípulos serán sus mensajeros y encontrarán también aquí y allá oyentes y fieles. Sin embargo, existirá hasta el fin una enemistad entre ellos. Toda la ira contra Dios y su palabra recaerá en los discípulos y serán repudiados junto con ella. La cruz se hace visible. Cristo, los discípulos, el pueblo constituyen el cuadro completo de la historia sufriente de Jesús y de su comunidad .
Por eso, bienaventurados. Jesús habla a los discípulos (cf. Lc 6, 20s). Habla a los que se encuentran bajo el poder de su llamada. Es¬ta llamada los ha hecho pobres, combatidos, hambrientos. Los proclama bienaventurados no por su escasez o su renuncia. Ni la una ni la otra constituyen un fundamento de cualquier clase para la bienaventuranza. El único fundamento válido es la llamada y la promesa, por las que viven en escasez y renuncia. Carece de interés la observación de que en algunas bienaventuranzas se habla de la escasez de los discípulos y en otras de una renuncia consciente, es decir, de virtudes especiales. La carencia objetiva y la renuncia personal tienen su fundamento común en el llamamiento y la promesa de Cristo. Ninguna de ellas tiene valor en sí misma ni puede presentar reivindicaciones .
Jesús proclama bienaventurados a sus discípulos. El pueblo lo oye y es testigo asombrado de lo que sucede. Lo que según la pro¬mesa de Dios pertenece a todo el pueblo de Israel, recae aquí sobre la pequeña comunidad de los elegidos por Jesús. «Vuestro es el reino de los cielos». Pero los discípulos y el pueblo están de acuerdo en que todos forman la comunidad elegida de Dios. Por eso, la bienaventuranza de Jesús debe convertirse para todos en motivo de decisión y salvación. Todos están llamados a ser lo que son en realidad. Los discípulos son bienaventurados por el llamamiento de Jesús que han seguido. El pueblo es bienaventurado por la promesa de Dios que le ha sido concedida. Pero ¿conseguirá el pueblo de Dios la promesa por la fe en Jesucristo, o se apartará de Cristo y de su comunidad mostrándose incrédulo? Este es el problema.
«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Los discípulos carecen absolutamente de todo. Son «pobres» (Lc 6, 20). Sin seguridad, sin posesiones que puedan considerar como propias, sin un trozo de tierra a la que puedan llamar su patria, sin una comunidad terrena a la que puedan pertenecer plenamente. Pero también sin fuerza, experiencia, conocimientos espirituales propios a los que puedan invocar y con los que puedan consolarse. Por amor a él lo han perdido todo. Al seguirle, se han perdido incluso a sí mismos y, con esto, todo lo que aún podía enriquecerles. Ahora son pobres, tan inexperimentados, tan imprudentes, que no pueden poner su esperanza más que en el que los ha llamado. Jesús conoce también a otros, los representantes y predicadores de la religión popular, los poderosos llenos de prestigio, firmemente asentados en la tierra e indisolublemente enraizados en las costumbres, el espíritu de la época y la piedad popular. Pero no es a ellos, sino sólo a sus discípulos a quienes dice: Bienaventurados, porque vuestro es el reino de los cielos. Sobre ellos, que por amor a Jesús viven en renuncia y pobreza, irrumpe el reino de los cielos. En medio de la pobreza se han hecho herederos del Reino. Tienen su tesoro muy oculto, en la cruz. Se les promete el reino de los cielos en su gloria visible, y también se les regala ahora en la pobreza perfecta de la cruz.
La bienaventuranza de Jesús se distingue perfectamente de su caricatura, figurada por los programas político-sociales. También el anticristo proclama bienaventurados a los pobres, pero no por amor a la cruz, en la que toda pobreza es feliz, sino por la renuncia de la cruz a través de una ideología político-social. Puede llamar cristiana a esta ideología, pero al hacerlo se convierte en enemigo de Cristo.

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados». A cada nueva bienaventuranza se ahonda el abismo entre los discípulos y el pueblo. Los discípulos resaltan cada vez más visiblemente. Los que lloran son los que están dispuestos a vivir renunciando a lo que el mundo llama felicidad y paz, los que en nada pueden estar de acuerdo con el mundo, los que no se le asemejan. Sufren por el mundo, por su culpa, su destino y su felicidad. El mundo goza, y ellos se mantienen al margen; el mundo grita: ¡Alegraos de la vida!, y ellos se entristecen. Ven que el barco de la inmensa alegría se está yendo a pique. El mundo fantasea del progreso, de la fuerza, del futuro; los discípulos conocen el fin, el juicio, la venida del reino de los cielos, para la que el mundo no está preparado. Por eso son extranjeros en el mundo, huéspedes molestos, perturbadores de la paz a los que se rechaza. ¿Por qué debe la comunidad de Jesús mantenerse al margen de tantas fiestas del pueblo en que vive? ¿Es que no comprende a sus semejantes? ¿Ha caído en el odio y el desprecio del hombre? Nadie entiende a sus prójimos mejor que la comunidad de Jesús. Nadie ama más a los hombres que los discípulos de Jesús, y por eso se mantienen fuera y sufren.
Es hermoso, y tiene mucho sentido, que Lutero tradujese aquí la palabra griega por Leidtragen (llevar dolor). Lo importante es el llevarlo (tragen). La comunidad de los discípulos no lo rechaza como si careciese de fuerza creadora, lo acepta. En esto se hace patente su unión al prójimo. Al mismo tiempo se indica que no busca el dolor caprichosamente, que no se retira por desprecio al mundo, sino que lleva lo que le corresponde y recae sobre ella por amor de Cristo en el seguimiento.
Por último, el sufrimiento no cansa, desgasta ni amarga a los discípulos, dejándolos destrozados. Ellos lo llevan con la fuerza del que lo ha padecido. Los discípulos llevan su dolor con la fuerza de aquel que lo sufrió todo en la cruz. Como sufrientes, se hallan en comunión con el crucificado. Son extranjeros por la fuerza de aquel que resultó tan extraño al mundo, que éste lo crucificó. Esto es su consuelo; más bien, este es su consuelo, su consolador (cf. Lc 2, 25). La comunidad de los extraños es consolada en la cruz, sin-tiéndose impulsada hacia el lugar donde la espera el consolador de Israel. Así encuentra su verdadera patria junto al Señor crucificado, aquí y en la eternidad.

«Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra». Ningún derecho propio protege a la comunidad de los extranjeros en el mundo. Ellos tampoco lo reivindican, porque son los mansos, los que viven por amor a Jesús en la renuncia a todo derecho propio. Se les injuria y callan, se les oprime y lo soportan, se les empuja y se apartan. No pleitean por sus derechos, no protestan cuando son tratados con injusticia. No reivindican ningún derecho propio. Prefieren dejarlo todo a la justicia de Dios; «non cupidi vindictae», reza la exégesis de la antigua Iglesia. Lo que a su Señor parece justo, debe parecérselo también a ellos. Sólo eso. En cada palabra, en cada ademán, resulta evidente que no pertenecen a este mundo. Dejadles el cielo, dice el mundo compasivo, puesto que les pertenece.
Pero Jesús dice: Ellos poseerán la tierra. La tierra pertenece a estos hombres débiles y sin derechos. Los que ahora la poseen con la fuerza y la injusticia, terminarán perdiéndola, y los que han renunciado a ella completamente, mostrándose mansos hasta la cruz, dominarán la nueva tierra. No hay que pensar aquí en una justicia intramundana y castigadora de Dios (Calvino), sino que cuando venga el reino de los cielos, quedará renovada la faz de la tierra y esta se convertirá en herencia de la comunidad de Jesús. Dios no abandona la tierra. La ha creado. Ha enviado a ella a su Hijo. Edificó sobre ella su comunidad. Todo comenzó en este tiempo. Se dio un signo. Ya aquí se ha dado a los débiles un trozo de tierra: la Iglesia, su comunidad, sus bienes, hermanos y hermanas, en medio de persecuciones hasta la cruz. También el Gólgota es un trozo de tierra. A partir del Gólgota, donde murió el más manso de todos, de¬be ser renovada la tierra. Cuando llegue el reino de Dios, los mansos poseerán la tierra.