El Precio de la Gracia (parte 12)

art.mlutherk.dietrichDietrich Bonhoeffer, fue un pastor y teólogo luterano, quien predicó también con el ejemplo. Mientras las iglesias de Alemania guardaron silencio y se sometieron al nazismo de Hitler, él lo confrontó en forma escrita y verbal.
Su resistencia al régimen resultó en su captura, encarcelamiento y ejecución el 9 de abril de 1945, apenas 21 días antes del suicidio de Hitler, y 28 días antes de la rendición de Alemania. El día anterior de su muerte había dirigido un culto con los presos. Antes de ser ahorcado, de rodillas elevó su última oración. Tenía apenas 39 años de edad.

(Seguimos publicando, parte por parte, el libro de Bonhoeffer, “El Precio de la Gracia”).

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  1. c) El carácter oculto de la práctica de piedad

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran sus rostros para que los hombres noten que ayunan; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayu­no sea visto no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará públi­camente (Mt 6, 16-18).

Jesús presupone, como algo natural, que los discípulos obser­van la práctica piadosa del ayuno. La práctica estricta de la tempe­rancia forma parte de la vida del seguidor. Tales ejercicios tienen por único fin volver al discípulo más dispuesto, más alegre, para el camino y la obra que le son encomendados. La voluntad egoísta y perezosa, que no está dispuesta a servir, es educada, la carne es hu­millada y castigada.

En la práctica de la temperancia se revela el carácter extraño que tiene mi vida cristiana en relación con el mundo. Una vida des­provista de todo ejercicio ascético, que se concede todos los deseos de la carne, con tal de que estén «permitidos» por la justitia civilis, difícilmente estará preparada para servir a Cristo. La carne saciada no reza a gusto, no se somete a un servicio que implica numerosas renuncias.

La vida del discípulo necesita una severa disciplina externa. No se trata de que con ella podamos doblegar la voluntad de la carne, como si la muerte diaria del hombre viejo pudiese ser conseguida por algo distinto de la fe en Jesucristo. Pero precisamente el cre­yente, el seguidor, cuya voluntad está doblegada, el que ha muerto en Jesucristo al hombre viejo, es el que conoce la rebelión y el or­gullo cotidiano de su carne. Conoce su pereza y su desenfreno, sa­be que estos son la fuente del orgullo que debe abatir.

Esto lo consigue con un ejercicio de disciplina diaria y extraor­dinaria. La frase «el espíritu está pronto, pero la carne es débil», se aplica al discípulo. Por eso, «velad y orad». El espíritu reconoce el camino del seguimiento, está dispuesto a seguirlo; pero la carne es demasiado temerosa, el camino le resulta difícil, demasiado inse­guro, demasiado cansado. El espíritu es obligado a enmudecer. El espíritu aprueba el mandamiento de Jesús sobre el amor incondi­cional al enemigo, pero la carne y la sangre son demasiado fuertes, y nada se hace.

Es necesario que la carne experimente, en un ejercicio diario y extraordinario, que ella no tiene derechos propios. El ejercicio co­tidiano y ordenado de la oración representa aquí una gran ayuda, igual que la meditación de la palabra de Dios, e igual también que toda clase de disciplina corporal y de temperancia.

La resistencia de la carne a esta humillación diaria se produce al principio de frente; luego se oculta tras las palabras del espíritu, es decir, en nombre de la libertad evangélica. Allí donde la libertad evangélica con respecto a la coacción legalista, a la tortura de sí mismo y a la mortificación, es utilizada contra el verdadero uso evangélico de la disciplina, de la práctica y de la ascesis, allí donde la indisciplina y el desorden en la oración, en el contacto con la pa­labra divina, en la vida corporal, son justificados en nombre de la libertad cristiana, se revela la oposición a la palabra de Jesús. No se conoce ya el carácter extraño al mundo que reviste la vida cotidia­na en el seguimiento de Jesús, y tampoco se conocen la alegría y la verdadera libertad que confiere a la vida del discípulo la auténtica práctica piadosa.

Cuando el cristiano reconozca que decae en su servicio, que su disponibilidad disminuye, que es culpable de la vida o de la falta de otro, que no siente alegría por Dios, que no tiene fuerzas para rezar, atacará a su carne en estos puntos, para prepararse con la práctica, el ayuno y la oración (Le 2, 37; 4, 2; Mc 9, 29; 1 Cor 7, 5) a un servicio mejor. La objeción de que el cristiano debería buscar su salvación en la fe y la palabra más que en la ascética carece por completo de sentido. Es una afirmación inmisericorde e incapaz de ayudarnos. ¿Qué es una vida en la fe sino el combate incesante y diverso del espíritu contra la carne? ¿Cómo quiere vivir en la fe el que se muestra perezoso en la oración, el que no encuentra gusto en la palabra de la Escritura, aquel a quien el sueño, el alimento y el placer sexual roban incesantemente la alegría de Dios?

La ascesis es un sufrimiento que uno se elige a sí mismo, es una passio activa, no una passio passiva; precisamente por esto se ha­lla sometida a grandes peligros. La ascesis está siempre amenaza­da por el deseo piadoso e impío de asemejarse a Jesucristo por el sufrimiento. También siempre se oculta en ella la pretensión de co­locarse en lugar del sufrimiento de Cristo, de realizar por sí misma la obra del sufrimiento de Cristo, que consiste en matar al hombre viejo. La ascesis se arroga la seriedad última y amarga de la obra redentora del Señor. Con una dureza terrible se ofrece como es­pectáculo. El sufrimiento voluntario que, basándose en Cristo, só­lo debía conducir a un servicio mejor, a una humillación más pro­funda, se convierte en una desfiguración horrible del sufrimiento del Señor. Quiere ser vista; se vuelve reproche vivo, inmisericorde, para los demás; porque se ha convertido en camino de salvación. En tal «publicidad» se consigue realmente la recompensa, en la medida en que es buscada entre los hombres.

«Perfuma tu cabeza y lava tu rostro»; también esto podría ser ocasión de un gozo o de una gloria personal aún más sutiles. Sería falso, entonces, interpretarlo en el sentido de una disimulación. Pero Jesús dice a sus discípulos que permanezcan completamente humildes en las prácticas voluntarias de humildad, que no se las impongan a nadie como un reproche o como una ley; más bien, deben mostrarse agradecidos y alegres de que se les permita per­manecer al servicio de su Señor. Jesús no se refiere aquí al rostro alegre del discípulo como tipo de cristiano, sino al carácter verdaderamente oculto de la acción cristiana, de la humildad que no se conoce a sí misma, igual que el ojo no se ve a sí mismo, sino sólo al otro. Este carácter oculto será revelado un día, pero sólo por Dios, no por uno mismo

  1. d) La sencillez de la vida sin inquietud

No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí esta­rá también tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es­tá sano, todo tu cuerpo estará luminoso, pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá! Nadie puede servir a dos señores; porque abo­rrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y desprecia­rá al otro. No podéis servir a Dios y al dinero (Mt 6, 19-24).

La vida del discípulo se acredita en el hecho de que nada se in­terponga entre Cristo y él, ni la ley, ni la piedad personal, ni el mundo. El seguidor no mira más que a Cristo. No ve a Cristo y al mundo. No entra en este género de reflexiones, sino que sigue só­lo a Cristo en todo. Su ojo es sencillo. Descansa completamente en la luz que le viene de Cristo; en él no hay ni tinieblas ni equí­vocos. Igual que el ojo debe ser simple, claro y puro para que el cuerpo permanezca en la luz, igual que el pie y la mano sólo re­ciben la luz del ojo, igual que el pie vacila y la mano se equivoca cuando el ojo está enfermo, igual que el cuerpo entero se sumer­ge en las tinieblas cuando el ojo se apaga, lo mismo le ocurre al discípulo, que sólo se encuentra en la luz cuando mira simple­mente a Cristo, y no a esto o aquello; es preciso, pues, que el co­razón del discípulo sólo se dirija a Cristo. Si el ojo ve algo distin­to de lo real, se engaña todo el cuerpo. Si el corazón se apega a las apariencias del mundo, a la criatura más que al Creador, el discí­pulo está perdido.

Son los bienes de este mundo los que quieren apartar de Jesús el corazón del discípulo. ¿Hacia qué se inclina el corazón del discí­pulo?: esta es la pregunta. ¿Se inclina a los bienes de este mundo? ¿Se inclina a Cristo y a estos bienes? ¿Se inclina a Cristo solo? La lámpara del cuerpo es el ojo; la lámpara del seguidor es el corazón. Si el ojo es tiniebla, ¡qué grandes deben de ser las tinieblas en el cuerpo! Si el corazón es tinieblas, ¡qué grandes deben de ser las tinieblas en el discípulo! Ahora bien, el corazón se entenebrece cuando se apega a los bienes del mundo.

Por muy apremiante que sea la llamada de Jesús, rebota, no consigue entrar en el hombre porque el corazón está cerrado, per­tenece a otro. Igual que ninguna luz penetra en el cuerpo cuando el ojo está enfermo, la palabra de Jesús no llega hasta el discípulo cuando su corazón se cierra. La palabra es ahogada, como la semi­lla bajo las espinas, «bajo las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida» (Lc 8, 14).

 

La sencillez del ojo y del corazón corresponde a este carácter oculto que no conoce más que la palabra y la llamada de Cristo, que consiste en la comunión total con Cristo. ¿Cómo usa el discí­pulo los bienes de este mundo con sencillez?

Lo que Jesús les prohibe no es el uso de los bienes. Jesús fue hombre, comió y bebió como sus discípulos. Con ello, purificó el uso de los bienes terrenales. El seguidor debe usar con agradeci­miento los bienes que se consumen cotidianamente, que sirven a la necesidad y al alimento diario.

Hay que caminar como peregrinos, libres, despojados y realmente vacíos; acumular, retener, negociar, sólo sirven para entorpecer nuestra marcha. El que quiera, que se cargue lo más posible; nosotros viajamos, después de despedirnos, contentándonos con poco; sólo usamos lo necesario.

Tersteegen

Los bienes son dados para ser utilizados, pero no para ser acu­mulados. Igual que Israel recibía cada día en el desierto el maná de Dios y no tenía que preocuparse de lo que comería o bebería, e igual que el alimento que se conservaba de un día para otro se co­rrompía al punto, el discípulo de Jesús debe recibir de Dios, cada día, lo que le corresponde; pero si acumula para tener una posesión permanente, se corrompe él mismo y el don. El corazón se apega al tesoro acumulado. El bien amontonado se interpone entre Dios y yo. Donde está mi tesoro, está mi confianza, mi seguridad, mi con­suelo, mi Dios. El tesoro constituye una idolatría.

Y ¿dónde está la frontera entre los bienes que debo usar y el te­soro que no debo tener? Invirtamos la frase, y digamos: donde es­tá tu corazón, allí está tu tesoro. Ya tenemos la respuesta. Puede tra­tarse de un tesoro muy discreto; su magnitud no es lo que importa, sino sólo el corazón, tú. Pero si me pregunto cómo reconoceré a qué está apegado mi corazón, también la respuesta es aquí simple sobre todas las cosas, lo que se interpone entre ti y tu obediencia a Jesús, constituye el te­soro al que tu corazón está apegado.

Pero como el corazón humano se apega espontáneamente al te­soro, Jesús quiere que el hombre tenga un tesoro no en la tierra, donde se destruye, sino en el cielo, donde permanece. Los «tesoros» en el cielo de los que habla Jesús no son el tesoro único, Jesucristo mismo, sino realmente los tesoros que los seguidores se han ido acumulando. Esta frase contiene una gran promesa, según la cual el discípulo adquiere en el seguimiento de Jesús unos tesoros celestia­les que no pasan, que le esperan, con los que debe estar unificado. ¿Qué tesoros pueden ser estos, sino lo extraordinario, lo oculto de la vida del discípulo? ¿Qué tesoros pueden ser, sino los frutos del su­frimiento de Cristo, que sostienen la vida de los que le siguen?

Si el corazón del discípulo está totalmente puesto en Dios, le resulta claro que no puede servir a dos señores. No puede. Esto es imposible en el seguimiento. Podría sentirse tentado a probar su habilidad y experiencia cristiana mostrando que precisamente hay que servir a dos señores, al dinero y a Dios, concediendo a cada uno su derecho bien delimitado. Si somos hijos de Dios, ¿por qué no podemos ser también hijos alegres de este mundo, que se gozan con sus dones y reciben sus tesoros como bendiciones divinas? Dios y el mundo, Dios y los bienes se hallan opuestos porque el mundo y los bienes quieren apoderarse de nuestro corazón y sólo son lo que son después de haberse adueñado de él.

Sin nuestro corazón, los bienes y el mundo no son nada. Viven de él. Se oponen a Dios. Nosotros no podemos entregar nuestro co­razón, con todo su amor, más que a uno solo, no podemos estar plenamente vinculados más que a un solo señor. Lo que se opone a este amor está condenado al odio. Según la palabra de Jesús, frente a Dios sólo hay amor u odio. Si no amamos a Dios, le odia­mos. No hay término medio. Dios es Dios porque sólo se le puede amar u odiar. Sólo existe una alternativa: o amas a Dios, o amas los bienes de este mundo. Si amas al mundo, odias a Dios; si amas a Dios, odias al mundo. Poco importa el que lo quieras o no, el que

 

lo hagas consciente o inconscientemente. Seguramente no lo que­rrás, no serás consciente de lo que haces; más bien, no lo quieres, quieres servir a dos señores. Quieres amar a Dios y a los bienes, es decir, considerarás siempre falso el que tú odies a Dios. Porque lo amas, según piensas.

Pero precisamente porque amamos a Dios y también los bienes de este mundo, dicho amor a Dios es odio, el ojo no es ya sencillo, el corazón no se encuentra en comunión con Jesús. Querámoslo o no, no puede ser de otra forma. No podéis servir a dos señores, vosotros, los que marcháis detrás de Jesús.

Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué co­meréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo que no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Aprended de los lirios del campo, cómo cre­cen; no se fatigan ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se pudo vestir como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana va a ser echada al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué va­mos a beber?, ¿con qué nos vamos a vestir? Que por todas esas co­sas se afanan los gentiles; y ya sabe vuestro Padre celestial que te­néis necesidad de todo eso. Buscad primero el Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocu­péis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su inquietud (Mt 6, 25-34).

¡No os preocupéis! Los bienes engañan al corazón humano, ofre­ciéndole seguridad y quietud, pero en realidad son causa de preocu­paciones. El corazón que se apega a los bienes recibe con ellos el pe­so agobiante de la preocupación. La inquietud se crea tesoros; los tesoros, a su vez, crean preocupaciones. Queremos asegurar nuestra vida por medio de los bienes, queremos desembarazarnos de preo­cupaciones por medio de preocupaciones; pero en realidad se produ­ce lo contrario. Los lazos que nos vinculan a los bienes, que retienen los bienes, son ellos mismos… preocupaciones.

Abusar de los bienes consiste en utilizarlos como una seguridad para el día siguiente. La preocupación se dirige siempre al mañana. Pero los bienes, en sentido estricto, están destinados únicamente al día de hoy. Precisamente el hecho de asegurarme el mañana es lo que me vuelve tan inquieto para hoy. Cada día tiene bastante con su inquietud. Sólo el que pone el mañana sin reservas en las manos de Dios y recibe hoy sin reservas lo que necesita para vivir, está real­mente asegurado. El hecho de recibir cada día me hace libre para el mañana. Pensar en el mañana me ocasiona una inquietud incesan­te. «No os preocupéis por el día de mañana». Esta frase, o bien contiene una ironía terrible con respecto a los pobres y miserables a los que Jesús se dirige precisamente, los cuales, humanamente hablando, pasarán hambre mañana si no se preocupan hoy… insis­tamos, o bien esta frase constituye una ley insoportable que el hombre rechazará con repulsión, o bien es el anuncio único del Evangelio, del evangelio de la libertad de los hijos de Dios, que tie­nen un Padre en los cielos, un Padre que les ha dado a su amado Hijo. ¿Cómo no nos dará con él todo lo demás?

«No os preocupéis por el día de mañana». No hay que entender esta frase como una sentencia sabia ni como una ley. Sólo hay que comprenderla como el Evangelio de Jesucristo. Sólo el que le si­gue, el que ha reconocido a Jesús, recibe de esta palabra la seguri­dad del amor del Padre de Jesucristo y la libertad de todas las co­sas. No es la inquietud la que lleva al discípulo a no preocuparse por nada, sino la fe en Jesucristo. Sabe que no podemos inquietar­nos en absoluto (v. 27). Se nos arrebata por completo el mañana, la próxima hora. Resulta insensato actuar como si tuviéramos una po­sibilidad cualquiera de inquietarnos. No podemos cambiar en na­da las condiciones de este mundo. Sólo Dios puede preocuparse, porque él es quien gobierna el mundo. Puesto que nosotros no po­demos inquietarnos, puesto que somos tan totalmente impotentes, no debemos inquietarnos. Si lo hiciéramos nos arrogaríamos el go­bierno de Dios.

Pero el seguidor de Cristo sabe que no sólo no tiene el derecho ni la posibilidad de inquietarse, sino también que no tiene necesidad de hacerlo. No es la inquietud ni el trabajo el que crea el pan coti­diano, es Dios Padre. Los pájaros y los lirios no trabajan ni hilan; sin embargo, son alimentados y vestidos, reciben diariamente, sin preocupación, lo que necesitan. Sólo necesitan los bienes de este mundo para su vida cotidiana, no los amontonan; al actuar así glo­rifican al Creador no con su celo, su trabajo, su inquietud, sino reci­biendo cada día, con sencillez, los dones que su Padre les hace. Los pájaros y los lirios se convierten en ejemplos para el seguidor. Jesús destruye la relación necesaria establecida, sin Dios, entre el trabajo y el alimento. Alaba el pan cotidiano no como recompensa del tra­bajo, sino que, al contrario, habla de la sencillez sin inquietud del que marcha por el camino de Jesús, recibiendo todo de Dios.

Ningún animal trabaja para alimentarse, pero cada uno tiene una obra que realizar, con la que busca y encuentra su alimento. El pá­jaro vuela y canta, construye su nido y procrea sus pequeñuelos; es­te es su trabajo, pero no se alimenta de él. Los bueyes labran, los caballos transportan pesos y combaten, las ovejas dan lana, leche y queso; esta es su obra, pero no se alimentan de ella; es la tierra, por el contrario, quien produce la hierba y los alimenta con la bendi­ción de Dios. Del mismo modo, es bueno y necesario que el hom­bre trabaje y haga algo, pero también debe saber que no es su traba­jo el que le alimenta, sino la abundante bendición de Dios, aunque parezca que es su trabajo quien le alimenta, porque Dios no le da nada sin su trabajo. Aunque el pájaro no siembre ni recoja, moriría de hambre si no volase en busca de su alimento. Pero el que descu­bra este alimento no proviene de su trabajo, sino de la bondad de Dios. Porque ¿quién ha puesto el alimento en tal lugar para que él lo encuentre? En efecto, donde Dios no ha puesto nada, nadie en­cuentra nada, y todo el mundo se mataría trabajando y buscando (Lutero).

Y si los pájaros y los lirios son conservados por el Creador, ¿no alimentará también a sus hijos que se lo piden, no les dará lo que necesitan diariamente para conservar su vida, él, a quien pertene­cen todos los bienes de la tierra y que los distribuye según su be­neplácito?

Concédame Dios cada día lo que necesito para vivir; se lo da a los pájaros de los tejados, ¿cómo no me lo dará a mí? (Claudius).

La inquietud es cosa de los paganos, que no creen, que confían en su fuerza y su trabajo, y no en Dios. Todo el que se preocupa es pagano, porque no sabe que el Padre conoce todo lo que necesita. Por eso quiere hacer por sí mismo lo que no espera de Dios. Más, para el que sigue a Jesús, la frase válida es: «Buscad primero el Reino y su justicia, que todo lo demás se os dará por añadidura». Con esto queda claro que la inquietud por el alimento y el vestido está lejos de ser inquietud por el reino de Dios, tal como nos gus­taría pensar, como si el cumplimiento de nuestro trabajo por noso­tros y nuestra familia, como si nuestra inquietud por el pan y la vi­vienda constituyesen la búsqueda del reino de Dios, como si esta búsqueda sólo se realizase en medio de tales inquietudes.

El reino de Dios y su justicia son algo fundamentalmente dis­tinto de los bienes de este mundo que se nos deben dar. Es sólo la justicia de la que hablaban Mt 5 y 6, la justicia de la cruz de Cris­to y del seguimiento bajo la cruz. La comunión con Jesús y la obe­diencia a su mandamiento vienen primero, lo demás le sigue. No es una mezcla, sino una sucesión. Antes de la preocupación por nuestra vida, por nuestro alimento, por nuestro vestido, por nuestra profesión y nuestra familia, se encuentra la justicia de Cristo. Aquí sólo se da el resumen perfecto de lo que ya ha sido dicho. También esta palabra de Jesús es o una carga insoportable, un aniquilamien­to imposible de la existencia humana de los pobres y los misera­bles, o el Evangelio mismo, que nos vuelve plenamente alegres y libres. Jesús no habla de lo que el hombre debería hacer y no pue­de; habla de lo que Dios nos ha dado y de lo que aún nos promete. Si se nos ha dado a Cristo, si hemos sido llamados a seguirle, en él se nos ha dado todo, absolutamente todo. Lo restante se nos dará por añadidura.

Quien, siguiendo a Jesús, sólo se fija en su justicia, se encuen­tra bajo la mano y la protección de Jesucristo y de su Padre; y al que se encuentra así en la comunión del Padre no puede sucederle nada, le resulta imposible dudar de que el Padre alimentará a sus hijos y no los dejará morir de hambre. Dios enviará su ayuda en el momento oportuno. Sabe lo que necesitamos.

El seguidor de Jesús, después de una larga vida de discípulo, responderá a la pregunta «¿Os ha faltado algo alguna vez?» dicien­do: «Nunca, Señor». ¿Cómo podría faltarle algo a quien, en el hambre y la desnudez, la persecución y el peligro, está seguro de la comunión con Jesucristo?

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