Editorial

Época III, Año LXXXIV, Período 2014-2018, No. 23
Monterrey, N.L., 15 de agosto, 2015

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En México estamos ya avanzando en el mes de la Biblia, agosto de 2015. Los evangélicos celebraremos el domingo 30 como Día de la Biblia. La mayoría de los países latinoamericanos celebrarán este día especial hasta finales del mes de septiembre, recordando que la primera Biblia en toda la historia que se vertió al español desde sus idiomas originales, hebreo y griego, fue la Biblia protestante que tradujo el valiente reformador español, mientras era perseguido por la Inquisición, Casiodoro de Reina, en septiembre de 1569.

La importe aportación a la cultura universal que hiciera Casiodoro de Reina, aprovechando el reciente invento de la imprenta, era un signo más del redescubrimiento de la Biblia que Europa estaba viviendo gracias al movimiento de la Reforma Protestante. Esa edición en castellano, denominada Biblia del Oso, aunque estaba condenada y prohibida, se agotó en pocos años.

Los análisis que se han hecho de los escritos reformistas hacen que hoy algunos sugieran que los cinco énfasis cruciales de aquellos fueron: la justificación por la fe, la gracia de Dios, la mediación de Cristo, la supremacía de las Sagradas Escrituras y el magisterio del Espíritu; mientras que otros sustituyen el magisterio del Espíritu, proponiendo en su lugar la búsqueda de la gloria de Dios. Incluso, otros encuentran que los más grandes principios de la Reforma se enlistan de modo muy diferente, como lo hace el teólogo y académico metodista norteamericano Albert Cornelius Knudson (fallecido), quien descubre los siguientes: el derecho al juicio privado, la justificación por la fe, la autoridad de las Escrituras, la santidad de la vida común y la validez autónoma de la fe del individuo. Pero encontramos en todos un factor común, reconocer la supremacía de la autoridad de las Escrituras como Palabra de Dios. Aunque hay que agregarle la palabra “sola”, para ser más exactos, ya que la Iglesia Católica siempre ha reconocido la máxima importancia que tiene la Biblia, pero siendo igualada con su compañera de inspiración, que es la tradición. Los reformadores separaron la Biblia de la tradición concediéndole sólo a ella la inspiración divina, así que para ellos era la Biblia sola, sola scriptura.

El primer reformador, Martín Lutero, era un monje de la orden de los agustinos, y esta orden prescribía en su Reglamento la lectura de las Escrituras, pero Lutero empezó a tener tal hambre creciente por ellas, que las leía con tanta avidez que uno de sus maestros en el monasterio de Erfurt lo increpó, “Hermano Martín, deje la Biblia, lea a los maestros antiguos en quienes se encuentra la médula misma de la Biblia, cuya simple lectura inquieta”. La Iglesia Católica sentía tanto respeto por las Escrituras que pensaba que nadie debía intentar entenderlas, y menos interpretarlas, en forma privada. Las verdades de Dios no están en la superficie, por lo que encontrarlas requería del trabajo concienzudo de todos los maestros de la historia cristiana, quienes habían hecho la inmensa tarea de ayudar a los creyentes a leer y entender la Palabra de Dios. Así pues, debía dependerse rigurosamente del magisterio de la iglesia y de la tradición para no extraviarse. Aquel maestro de Lutero comenzó a ver lo que le parecía un grave peligro, el monje comenzaba a dirigirse hacia una interpretación privada de la Biblia.

Pero lo mismo que sucedió a Lutero, sucedió a Zwinglio, a Calvino y a otros más. Y había sucedido antes a los Hermanos Valdenses, a Wyclif, a Juan Hus y a Savonarola. La verdad no siempre estaba en el magisterio y la tradición de la iglesia, pero siempre estaba en la Biblia, y a veces no coincidían. Hallaron, por lo tanto, que el magisterio de la iglesia no era confiable para llegar a las verdades reveladas de Dios, y hallaron también que el mismo Espíritu que inspiró las Escrituras podía guiarlos a entenderlas. El carácter impetuoso que padecía Lutero lo llevó a escribir: “Con la Biblia en la mano, el hombre común, el muchacho de nueve años, la moza del molino, saben más de la verdad divina que el Papa sin aquella”. Los reformadores tradujeron y explicaron la Biblia a la gente, usando el lenguaje común de cada pueblo, se la entregaron para que la leyeran directamente, y las verdades de Dios llenaron los corazones. Desde entonces, la Biblia es el libro del protestantismo. Si un católico tuviera que salir a una empresa peligrosa, recibiría de su iglesia un libro de oraciones, una cruz, una medallita o algún amuleto religioso; pero si un protestante saliera, recibiría de su iglesia un Nuevo Testamento o una Biblia, no podría ser de otro modo.

Pero debemos tener cuidado. Para los reformadores proclamar la supremacía de la autoridad de la Biblia no era un fin en sí mismo. No se trataba de liberarse de la tiranía del Papa para caer en la tiranía de un libro. No eran bibliólatras. La idea no era preferir un compendio de ideas correctas. Para ellos, y así lo habían experimentado personalmente, la Biblia, recibida por la fe, los llevaba al conocimiento de un Dios vivo y verdadero en quien debían encontrar un poder y una gracia que transformaban profundamente la vida. La Reforma echó mano de las Escrituras para producir personas nuevas y comunidades transformadas. Y fue el mismísimo caso del avivamiento metodista en Inglaterra, dos siglos después, de nuevo la Biblia fue redescubierta y puesta en las manos del pueblo, con la esperanza de que a través de ella una sociedad en franca descomposición encontrara a un Salvador que la hiciera revivir.

Así que lo básico aquí no es si somos lectores conservadores o liberales del libro de Dios, no es si nuestra mente prefiere echar mano de los recursos científicos de la alta crítica bíblica o si de plano preferimos la orientación fundamentalista. Estas cosas son importantes, pero no son asuntos cardinales cuando se trata de buscar sinceramente el consejo sabio de Dios. Lo básico es: ¿Somos lectores directos de las Sagradas Escrituras? Y si lo somos, ¿ellas nos están relacionando con la poderosa gracia de un Dios que transforma la vida y nos incita a anhelar la transformación de nuestro mundo? “Para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1ª Co. 2:5).

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