Editorial

sola-scripturaLos días 31 de octubre y 1° de noviembre nos colocan dentro de tres fiestas. Una no debería ser celebrada, otra debería ser celebrada y la otra la estamos celebrando. Nos referimos al Halloween, a la fiesta de todos los santos y al aniversario 499 de la Reforma Protestante. La fiesta de Halloween es totalmente pagana y con una connotación de oscuridad y muerte. La fiesta de todos los santos podría ser ocasión para agradecer a Dios por la vida de los cristianos de cada iglesia local que ya partieron a su morada celestial. Y el aniversario de la Reforma podría ubicarnos en las posturas valerosas y santas de ese movimiento que anunció al mundo que se requería una revolución que lo hiciera volver a los postulados del Evangelio de Jesucristo: Sola fide, sola scriptura, sola gratia, solus Christus y solo Spiritu (aunque para algunos esto último sea soli Deo gloria).

De estos cinco pilares, al segundo, sola scriptura (solamente las Escrituras), se le llama el “principio formal”, queriendo decir que los otros cuatro principios dependen de éste. Lutero rechazó que la Biblia necesitara de manera indispensable del magisterio de la iglesia (la asesoría obligada de la iglesia católica) para saber cómo un ser humano podría ser justificado ante Dios. Así que él y el resto de los reformadores establecieron que la Biblia sola podía orientar al mundo por el camino de la salvación. Los reformadores reinstalaron a la Biblia en el lugar central que le correspondía, la reconocieron como fuente única y autosuficiente para toda doctrina cristiana, y la colocaron también en el centro del culto cristiano.

El fervor por la Palabra revelada se percibe en Lutero de muchas maneras, pero podemos referir, como ejemplo, el día cuando rompió para siempre con la iglesia católica, y cuando ella rompió con él, en la Dieta de Worms, en 1521. Sus sensibles, pero viriles, palabras ante la Dieta fueron: “…Por lo tanto, si no me convencen con testimonios sacados de la Sagrada Escritura, o con razones evidentes y claras, de manera que quedase convencido, y mi conciencia está ligada a esta Palabra de Dios, yo no quiero ni puedo retractar nada, por no ser bueno ni digno de un cristiano obrar contra lo que dicta su conciencia. Heme aquí, no puedo hacer otra cosa, que Dios me ayude.”  Poco más de dos siglos después, otro hombre de Dios, Juan Wesley, hizo de la Biblia un libro vigente para las enormes crisis de la Inglaterra del siglo XVIII, y volvió a poner la sola scriptura, la Palabra del Dios altísimo, en el centro de todo, incluyendo el culto cristiano. Podemos citar su prefacio a la publicación de sus primeros sermones, donde escribió así: “Caeré dentro de la eternidad inmutable. Una cosa deseo saber, el camino a los cielos y cómo llegar salvo a aquella feliz ribera. Dios mismo se ha dignado enseñarme el camino. Por este, él mismo bajó de los cielos y el camino lo escribió en un libro. ¡Oh, que se me dé este libro! Al precio que sea, que se me dé el Libro de Dios. Yo lo tengo, y en él hallo el conocimiento que me basta. Déjenme ser homo unius libri (hombre de un solo libro).”   

Tanto la Reforma como nuestro origen metodista nos recuerdan esta nuestra doble herencia, un modo de ver a la Biblia como sola scriptura. ¿Cuánto nos llena a los metodistas de hoy este libro de Dios? ¿Cuán dulce es a nuestro paladar esta “miel” divina? ¿Cuánto la apetecemos en verdad? ¿Cuán atractiva es como para que no la releguemos por sustitutos en ningún momento?

El postmodernismo es un comportamiento humano que se desarrolla a partir de mediados del siglo XX de manera espontánea, como una reacción hacia el modernismo, sin ser un proselitismo logrado por ninguna figura. No obstante, es una actitud social que ha sido analizada y conceptualizada por algunos pensadores, entre los que destaca su principal exponente, el filósofo y sociólogo francés Jean-François Lyotard. Y es él mismo quien asegura que la mentalidad postmoderna en realidad siempre ha existido dentro de cualquier etapa histórica. Estamos pecando contra la formulación completa y justa de su pensamiento, debido a nuestras limitaciones de propósito y espacio, pero mencionemos solamente dos de sus muchas ideas: La negación de los meta relatos, o grandes relatos universales, como lo son el progreso de la historia y la posibilidad de conocer todo por la ciencia. Nos explica que hoy importan más los micro relatos, porque nos representan mejor. Y la otra idea se desprende de la anterior, concluyendo que hay objetos aprehendidos por otros medios diferentes a la razón, realidades que la mente no logra organizar en conceptos, fenómeno llamado “lo sublime”, tomando un concepto de Kant.

Indudablemente que estaríamos de acuerdo con una buena parte de la explicación de Lyotard, pero no con la realidad postmoderna que él justifica, y menos cuando corresponde a la actitud colectiva consistente en menospreciar lo histórico para preferir algún micro relato, negar lo general para preferir lo particular, local y personal, y negar lo objetivo y racional para preferir lo subjetivo y emocional.

Cuando la liturgia de la iglesia de la segunda mitad del siglo XX y del XXI se distinga por no centrarse en la Palabra de Dios, dejándole el lugar a experiencias de exultación emocional, no debería quedarnos duda alguna de que no se trata de una novedad traída por el Espíritu Santo, sino una influencia postmoderna del estilo de vida de este mundo. Mucho de lo que los carismáticos llamamos “bendición del Espíritu” no es más que el gusto muy humano que tenemos por gozar de momentos placenteros, gratificantes, obsequio para nuestra carne cansada por la complicada vida diaria que el mundo presente nos impone. Nos complace relegar la Palabra de Dios con tal de obtener algún momento de paz reconfortante, siendo seducidos por la música y el canto sensorial. Ese momento es disfrutado, aunque la mente se vaya vacía de la Palabra viva.

Podemos, por lo pronto, citar un solo y sencillo ejemplo entre muchos: nuestro gusto por los conciertos cristianos. Convocar a cientos o miles de personas a un concierto para permanecer más de una hora escuchando a un cantante de moda, en un escenario frecuentemente ambientado con juegos de luces y humo, significa que hemos olvidado la centralidad de las Escrituras. En un concierto no hay una exposición formal de los oráculos de Dios en las Escrituras. Esto hace contraste con la instrucción de Wesley en su documento aprobado por la tercera Conferencia Anual, celebrada en 1746, “Las Recomendaciones para el Culto”, donde aparecen 12 reglas, y cinco de ellas se refieren a la insustituible predicación en la asamblea de los creyentes. La gran mayoría de nuestros cantos contemporáneos carecen de contenido bíblico teológico como para conceder que a través de ellos se ofrezca la instrucción bíblica en un concierto. Y no falta algún cantante cristiano que haya exhibido verbalmente aberraciones doctrinales en alguna parte, pero eso no importará porque para los concentrados allí eso no descalifica el espectáculo, por la sencilla razón de que las Sagradas Escrituras han sido desplazadas de su antiguo lugar; lo que importa es gozar del momento musical, aunque no haya quedado aprendizaje alguno, ninguna instrucción doctrinal. Nada reprochable hay en darle lugar a nuestras emociones, pero sí es reprobable que por ellas la predicación sea suspendida.

Dando honor a la verdad, lo anterior no aplica a los oratorios de Handel o de Bach, donde se presentaba todo un tema bíblico casi en forma textual, motivando a los oyentes a escuchar, reflexionar y apropiarse de la Palabra de Verdad, a través de obras musicales. Ni tampoco aplica a las modernas cantatas corales en las que se presenta en secuencia y de manera progresiva la historia de la salvación con un formato Cristo céntrico. Francamente, lo que hoy llamamos conciertos cristianos no existieron en el Antiguo Testamento, ni en el Nuevo Testamento, ni en la historia de la iglesia, ni en los grandes avivamientos históricos, y aparecen precisamente en la época cuando irrumpe el fenómeno de la postmodernidad. ¿Hay aquí una relación de causa y efecto? No debería escapársenos el deber de entender los sucesos en base a las “señales de los tiempos” (Mt. 16:3).

Qué día maravilloso aquel cuando el sacerdote Esdras gastó toda una mañana leyendo el libro de la ley desde un púlpito, y todo Judá entró en un avivamiento (Neh. 8:1-12). Y cuán gloriosos fueron los días en los que la Reforma Protestante aseguró que se trataba de una revolución debida a la sola scriptura, como gloriosos fueron también los tiempos del metodismo primitivo, cuando Juan Wesley se paraba ante miles de oyentes no para cantar los himnos de Carlos Wesley sino para exponer el poderoso Evangelio de la paz, tiempos cuando naciones temblaron ante el rugido profético de quienes llevaron la Biblia a una sociedad que no sabía de qué tenía hambre. Que regresen a nosotros esos días de gloria, cuando seamos de nuevo el pueblo de un solo libro… la sola scriptura.

Pbro. Bernabé Rendón M.

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2 comentarios sobre “Editorial

  1. Pastor, saludos desde Puebla. Que importante que nos haga reflexionar sobre esa verdad que ahora nos recuerda! Dios le siga bendiciendo.

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