Editorial

uniendo-piezasUNIENDO LAS PIEZAS

 Estamos a unas horas de iniciar diciembre acompañado de las fiestas navideñas, las fiestas del advenimiento de Jesucristo, luego de haber iniciado la estación de Adviento el último domingo de noviembre. Mateo nos ofrece como prólogo de su Evangelio el árbol genealógico de Jesús (1:1-17), como dato de trasfondo a la narración de su nacimiento. Aunque se trataba de una estrategia de Mateo para validar el mesianismo de Jesús ante sus lectores judíos, nos hace recordar que, como parte de un proceso para que un individuo elabore mejor su identidad, se le recomienda que se asesore con un profesional para elaborar un genograma o mapa familiar, ejercicio que le hará descubrir valles y montañas en su herencia generacional para concluir con un autoconocimiento más pleno (1).

 En el caso de nuestro Señor, se nos muestra como un vástago o renuevo (Jer. 23:5) al final de un árbol con muchas ramas. Los 43 nombres mencionados corresponden a personas tan diferentes que no podrían por sí mismos lograr un todo organizado. Incluso, sorprende que Mateo haya alterado la tradición de su pueblo de no incluir mujeres en las genealogías. Nos menciona a cinco mujeres: Tamar, Rahab, Ruth, Betsabé y María. Y sucede a pesar de que dos de ellas, Tamar y Rahab practicaron la prostitución, y de que Betsabé fue tomada en adulterio, circunstancia que según San Jerónimo simbolizaba la disposición de Jesucristo a recibir a todos los pecadores. Y también a pesar de que Tamar, Rahab y Ruth eran gentiles, circunstancia que para Lutero hablaba de la apertura del Salvador de recibir en su salvación a personas de todos los pueblos de la tierra (2). Sin duda que estos ejemplos, y otros no mencionados, que parecen accidentes de la genealogía de Jesús, van a tono con el propósito de Dios de no buscar a los grandes de la tierra para iniciar la iglesia de su Hijo, sino, “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia” (1ª Co. 1:17-19).

 Ninguno de los personajes de la genealogía de Mateo le da coherencia a ese árbol, ninguno sirve para tomar todos los cabos y unirlos en un todo lógico. Todo el conglomerado se organiza por causa de Cristo. Son nombres que se van entrelazando buscando su punto de llegada, y su meta es el Mesías. Es como un rompecabezas de 1000 piezas que, para armarlo, es necesario el cuadro con el paisaje para que sirva de guía. Todas las piezas se unen por causa y bajo la guía del Renuevo.

Queremos decir que la historia de la humanidad, compuesta de múltiples pedazos divergentes, encuentra su unidad en Cristo. No podemos conformarnos con la visión relativa y subjetiva de Schleiermacher acerca del papel de Dios en la historia, como dice, “Dios está presente, no en los hechos objetivos históricos, sino en la conciencia subjetiva del hombre histórico” (3). La historia no marcha sin rumbo, proviniendo de la nada y hacia la nada, como piensan los nihilistas. La historia no es cíclica, regresando vez tras vez a su punto de partida para reiniciarse de nuevo, según nos lo explicaba Marx. La historia es lineal y progresiva, avanza hacia un desenlace, obedeciendo todo a un plan divino, sin negar con esto la libertad real que tenemos los humanos para tomar decisiones acertadas o erradas. Cristo está uniendo las partes inconexas para formar un todo, reinando ya como el Señor de la historia. Podemos abrazar la idea de Gustavo Gutiérrez en el sentido de que “La salvación en Cristo da su sentido último al conjunto de la historia humana y la lleva más allá de ella misma. Pero por eso mismo está ya presente en la historia, la acción salvífica de Dios la trabaja desde dentro… El proceso avanza hacia una plenitud humana” (4). San Pablo expresa esto mismo empleando un lenguaje desbordante, “…el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Ef. 1:9,10).  

Por otro lado, muy bien puede decirse lo mismo de nosotros. Nuestra vida se organiza solamente bajo la coordinación de Cristo gobernando nuestra voluntad. La gente llega a sentir una insustancialidad, una vacuidad, sin saber qué hacer con su vida, si no está llena del Espíritu de Jesucristo. Tanto el hombre religioso del capítulo tres de San Juan, como la mujer pecadora del capítulo cuatro tenían vidas fragmentadas, pero a ambos el Señor los guio a armar el rompecabezas. Ya sea que veamos el inquietante devenir de la historia, o el extravío personal y social de quienes no logran poner los elementos de su vida en su lugar, la genealogía prenavideña de Jesucristo nos llama a obtener esperanza en él. Cristo enseñoreándose de la historia humana, y de los seres humanos, puede darnos sentido y propósito, en él se unen todas las partes, en él estamos completos, podemos tener esa esperanza “que no avergüenza” (Ro. 5:5).

 Pbro. Bernabé Rendón M.

  • Maldonado, Dr. Jorge E., El Ciclo Vital de la Familia, EIRENE Internacional, Bell Gardens, Ca., 2000, p. 287-291.
  • Ravasi Gianfranco, El Misterio de Navidad, Ediciones Paulinas, Madrid, 1984, p. 16.
  • Moltmann, Jürgen, ¿Qué es Teología Hoy?, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1992, p. 90.
  • Gutiérrez, Gustavo, La Verdad os Hará Libres, Ediciones Sígueme, 1990, p. 149, 153.

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2 comentarios sobre “Editorial

  1. Pastor Rendón, Dios le bendiga. Cómo siempre, muy interesante la lectura del editorial que me hace conocer más y sobre resalta a Jesús como salvador del mundo. Saludos y felicidades en estas fiestas.

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