(Parte 20)
Proseguimos con la publicación de su obra más conocida entre laicos, pastores y teólogos, VIDA EN COMUNIDAD. Consta de cinco capítulos. Estamos compartiendo parte del cuarto capítulo, El servicio, donde los subcapítulos cuatro al seis son, Servir a los otros, No ser altivos y Escuchar a los otros.
- El servicio
Servir a los otros
No es la auto-justificación y, en consecuencia, el espíritu de violencia lo que debe prevalecer en la comunidad, sino la justificación por la gracia y el consiguiente espíritu de servicio mutuo. Aquel que ha experimentado, aunque sea una sola vez, la misericordia de Dios en su vida, en adelante no desea más que una cosa: servir a los otros. Ya no le atrae el papel pretencioso del juez, sino que desea encontrarse entre los pobres y humildes allí donde Dios lo ha encontrado. «Unánimes entre vosotros, no seáis altivos, sino acomodaos a los humildes» (Rom 12, 16).
El que quiere aprender a servir, debe aprender ante todo a tenerse en poco. «Por la gracia que me ha sido dada, os digo a cada uno de vosotros: no os sobreestiméis más de lo que conviene estimaros» (Rom 12, 3). «Conocerse a sí mismo a fondo y aprender a tenerse en poco, es la tarea más alta y útil. No buscar nada para sí mismo y tener, en cambio, siempre una buena opinión de los demás, es la gran sabiduría, la gran perfección» (Tomás de Kempis). «No seáis sabios en vuestra propia estimación» (Rom 12, 16). Sólo aquel que vive del perdón de sus pecados en Jesucristo adquiere la verdadera humildad, pues sabe que ese perdón marcó el fin de su propia sabiduría: recuerda que la propia sabiduría perdió a los primeros hombres que quisieron conocer el bien y el mal, y que Caín, el primer hombre nacido sobre la tierra después de la caída, fue un homicida. Ese es el fruto de la sabiduría humana. Debido a que el cristiano ya no puede creerse sabio, tendrá en poca estima sus planes y proyectos personales, y comprenderá que es bueno que su voluntad sea domeñada en confrontación con el prójimo. Estará dispuesto a considerar más importante y más urgente la voluntad del prójimo que la suya propia. ¿Qué importa si se desbaratan los propios planes? ¿Acaso no es mejor servir al prójimo que imponerle la propia voluntad?
No ser altivos
También la honra del prójimo es más importante que mi propia gloria. «¿Cómo vais a creer vosotros, que recibís la gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios?» (Jn 5, 44). La apetencia de la propia gloria impide la fe. El que busca su propia gloria se olvida de Dios y del prójimo. ¿Qué importa que se me hagan agravios? ¿Acaso no habría merecido un castigo más severo si Dios no hubiera procedido conmigo misericordiosamente? ¿Acaso la injusticia que padezco no está mil veces justificada? ¿No será útil y bueno para mi humildad que aprenda a soportar en silencio y pacientemente alguna cosa? «Es mejor un espíritu paciente que un espíritu altivo» (Ecl 7, 8). El que vive de la justificación por la gracia, está dispuesto a aceptar también ofensas y vejaciones sin protesta, como provenientes de la mano severa y misericordiosa de Dios. No es ciertamente buena señal que no podamos soportar tales cosas sin apelar enseguida al ejemplo de Pablo que, maltratado, hizo valer su derecho de ciudadano romano, o al de Jesús, que dijo al que le golpeaba: «¿Por qué me pegas?». En cualquier caso, ninguno de nosotros podrá obrar como Cristo o Pablo si no ha aprendido primero, como ellos, a callar ante el oprobio y el ultraje. El pecado de la susceptibilidad que con tanta presteza florece en la comunidad nos demuestra continuamente cuánta ambición o, lo que es lo mismo, cuánta incredulidad hay latente todavía.
En fin, el no creerse sabio, el humillarse ante el humilde, significan simple y llanamente tenerse por el más grande pecador. Esto suscita la protesta más ardiente del hombre natural, y también la del cristiano consciente de sí mismo. Suena a exageración, a hipocresía. Sin embargo, el apóstol Pablo dijo de sí mismo que era el primero, es decir, el más grande de los pecadores (1 Tim 1, 15), precisamente allí donde habla de su ministerio de apóstol. Yo no puedo conocer verdaderamente mi pecado si no desciendo a esta profundidad. Si mi pecado, al compararlo con el de los otros, me sigue pareciendo de algún modo menos grave y menos condenable, es que mi desconocimiento de él es absoluto. Mi pecado es necesariamente el mayor, el más grave y el más condenable, porque para el pecado de los demás el amor fraterno me hace encontrar excusas, pero para el mío no hay excusa. Por esta razón es el más grave.
Hasta estas profundidades de humildad habrá que descender para poder servir a los hermanos en la comunidad. ¿Cómo podría servir a mi hermano con humildad si su pecado me parece mucho más grave que el mío? Convencido de mi superioridad ¿podría seguir teniendo esperanza en él? Esto sería una hipocresía. «No pienses que has hecho algún progreso en tanto no te creas inferior a todos los demás» (Tomás de Kempis).
¿En qué consiste, entonces, el verdadero servicio a nuestros hermanos en la comunidad? Hoy tendemos fácilmente a responder que el único servicio auténtico es el ministerio de la palabra. Es verdad que este servicio es único y que todos los demás le están subordinados, pero una comunidad cristiana no se compone solamente de predicadores de la palabra. Abusar de la palabra y dejar de lado otras cosas, importantes también, sería una insensatez.
Escuchar a los otros
El primer servicio que uno debe a otro dentro de la comunidad consiste en escucharlo. Así como el comienzo de nuestro amor por Dios consiste en escuchar su palabra, así también el comienzo del amor al prójimo consiste en escucharlo. El amor que Dios nos tiene se manifiesta no solamente en que nos da su palabra, sino también en que nos escucha. Escuchar a nuestro hermano es, por tanto, hacer con él lo que Dios ha hecho con nosotros.
Ciertos cristianos, y en especial los predicadores, creen a menudo que, cada vez que se encuentran con otros hombres, su único servicio consiste en «ofrecerles» algo. Se olvidan de que el saber escuchar puede ser más útil que el hablar. Mucha gente busca alguien que les escuche y no lo encuentran entre los cristianos, porque estos se ponen a hablar incluso cuando deberían escuchar. Ahora bien, aquel que ya no sabe escuchar a sus hermanos, pronto será incapaz de escuchar a Dios, porque también ante Dios no hará otra cosa que hablar. Introduce así un germen de muerte en su vida espiritual, y todo lo que dice termina por no ser más que verborrea religiosa.
El que no sabe escuchar detenida y pacientemente a los otros hablará siempre al margen de los problemas y, al final, ni se dará cuenta de ello. El que piensa que su tiempo es demasiado valioso para perderlo escuchando a los demás, jamás encontrará tiempo para Dios y el prójimo. Sólo lo encontrará para sí mismo, para su palabrería y sus proyectos personales.
Aplicada al prójimo, la cura de almas se distingue fundamentalmente de la predicación en que a la misión de hablar se añade la de escuchar. Se puede escuchar a medias, convencido de que, en el fondo, ya se sabe todo lo que el otro va a decir. Esta es una actitud impaciente y distraída de escuchar que desprecia al prójimo, y en la que no se espera otra cosa sino el momento de quitarle la palabra. También aquí nuestra actitud hacia el hermano no hace más que reflejar nuestra relación con Dios. No es de extrañar que no seamos capaces de cumplir la tarea más importante que Dios nos ha confiado, esto es, escuchar la confesión del hermano, si le cerramos los oídos en las cosas menos importantes.
El mundo secular de hoy tiene conciencia de que, frecuentemente, sólo es posible ayudar a un ser humano si se le escucha con seriedad; sobre este convencimiento ha edificado su propia cura de almas, secular, que goza de la afluencia de los hombres y, entre ellos, también de los cristianos. Estos en cambio han olvidado que les ha sido encomendado el ministerio de escuchar por aquel que es «el oyente» por excelencia, que quiere hacernos partícipes de su obra. Debemos escuchar con los oídos de Dios para poder hablar con la palabra de Dios.

