Vida en Comunidad

vida en comun(Parte 21)

Proseguimos con la publicación de su obra más conocida entre laicos, pastores y teólogos, VIDA EN COMUNIDAD. Consta de cinco capítulos. Estamos compartiendo parte del cuarto capítulo, El servicio, donde los subcapítulos siete al diez son, Ayudarse, Aceptar al prójimo y El pecado del prójimo.

  1. El servicio

Ayudarse.

El segundo servicio que debemos prestarnos mutuamente en la comunidad cristiana es el de ayudarnos diariamente. Pensamos en primer lugar en la ayuda material, en las pequeñas cosas de las que está hecha la vida de cualquier comunidad. Nadie debe creerse por encima de estas tareas. Temer perder el tiempo con ellas, es conceder demasiada importancia al propio trabajo. Debemos estar siempre dispuestos a aceptar que Dios venga a interrumpirnos. Repetidamente, incluso a diario, se cruzará en nuestro camino y trastocará nuestros proyectos humanos con sus propias exigencias. Absortos en nuestras importantes ocupaciones diarias, podemos pasar de largo como hizo el sacerdote ante el hombre que había caído en mano de los ladrones… quizás también enfrascados en la lectura de la Biblia. De este modo pasamos de largo ante el signo que Dios ha erigido bien visible en nuestra vida para mostrarnos que lo que cuenta no es nuestro camino sino el suyo. No deja de sorprender que, a menudo, son precisamente los cristianos y teólogos los que creen que su trabajo es tan importante y urgente que no están dispuestos a dejarse interrumpir por nada. Con ello creen servir a Dios, pero, al hacerlo, desprecian «su camino torcido que, sin embargo, es recto» (Gottfried Arnold). No quieren saber nada de Aquel que se cruza en nuestro camino. No debemos negar nuestra ayuda a quienes la necesiten, ni administrar nuestro tiempo por nuestra cuenta, sino dejar que sea Dios quien nos lo llene; esto forma parte de la escuela de la humildad. En el  claustro, el voto de obediencia al superior despoja al monje del derecho a disponer de su tiempo. En la vida evangélica de comunidad, el voto es reemplazado por el libre servicio a los hermanos. Y sólo cuando nuestras manos no vacilen en brindarse con solicitud diaria a la obra de amor y misericordia, podrá nuestra boca pronunciar, con la alegría y la fuerza convincentes de la fe, la palabra de afecto que convence.

Aceptar al prójimo

En tercer lugar hablaremos del servicio de soportar a los otros. «Sobrellevad los unos las cargas de los otros y cumpliréis así la ley de Cristo» (Gál 6, 2). La ley de Cristo es, por tanto, una ley del sobrellevar. Sobrellevar es soportar. Para el cristiano, y precisamente para él, el prójimo es una carga. Esto en ningún caso lo es para el pagano. Este evita que el prójimo sea para él una carga. El cristiano, en cambio, debe soportar la carga del prójimo, debe soportar a su hermano. Sólo asi, como carga, el prójimo se convierte verdaderamente en un hermano y no en un objeto que se posee. La carga de los hombres resultó tan pesada para el mismo Dios, que caminó hasta la cruz bajo su peso. Dios verdaderamente nos ha llevado y soportado en el cuerpo de Jesucristo. Nos ha llevado como una madre a su hijo, como un pastor a su oveja perdida. Dios acogió a los hombres, en tanto que ellos le abatieron, pero quedó con ellos y ellos con él. Soportándolos, permaneció en comunidad con ellos. Esta es la ley de Cristo que se cumplió en la cruz. De esta ley participan los creyentes. Ellos deben sobrellevar y soportar al prójimo pero -y es lo más importante- pueden hacerlo ya, puesto que esta ley se cumplió por la muerte de Jesucristo.

Es sorprendente la frecuencia con que aparece en la Escritura la palabra sobrellevar, soportar. Y es que con esa sola palabra se puede expresar toda la obra de Jesucristo. «Ciertamente fue él quien tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por castigado y herido por Dios y humillado… él soportó el castigo que nos trae la paz» (ls 53, 45). Por esta razón, la vida entera del cristiano es también vida bajo la cruz. Así se realiza la comunidad del cuerpo de Cristo, la comunidad bajo la cruz, en la que nosotros aceptamos y llevamos las cargas unos de otros. De lo contrario, no somos una comunidad cristiana y renegamos de la ley de Cristo.

Lo que constituye en primer lugar una carga para el cristiano es la libertad del prójimo, de la que ya hemos hablado. Esta libertad va en contra de nuestra tendencia a dominar sobre los otros; sin embargo, debemos aceptarla. Podríamos deshacernos de esta carga y atentar contra la libertad del prójimo intentando formarle a nuestra imagen. Debemos, sin embargo, dejar que sea Dios quien cree su imagen en él. Respetaremos así la libertad de sus criaturas mientras llevamos la carga que esta libertad supone para nosotros. Entendemos por libertad del prójimo todo lo que constituye su naturaleza, sus cualidades, sus talentos, incluidas también las debilidades y rarezas que tanto ponen a prueba nuestra paciencia, también todas las fricciones, contrastes y choques que puedan surgir entre él y nosotros. Sobrellevar la carga del prójimo significa, por tanto, soportar la realidad del otro como criatura, aceptarla y alegrarnos de hacerlo.

Esto resultará especialmente difícil en una comunidad que agrupe a fuertes y a débiles en la fe. Que el débil no juzgue al fuerte; que el fuerte no desprecie al débil. Que el débil se cuide del orgullo, y el fuerte, de la indiferencia. Que nadie busque su propio derecho. Si cae el fuerte, que el débil se guarde de aplaudir en su corazón; si cae el débil, que el fuerte lo ayude amistosamente a levantarse. El uno necesita de tanta paciencia como el otro. «[Ay  del solo, que si cae, no tiene quien lo levante!» (Ecl 4, 10). La Escritura subraya este deber de soportar a los otros en su libertad cuando exhorta: «Soportándoos los unos a los otros» (Col 3, 13). «Con toda humildad, mansedumbre y longanimidad, soportándoos los unos a los otros en caridad» (Ef 4,2).

El pecado del prójimo

Por el abuso de su libertad, es decir, por el pecado, el prójimo se convierte también en carga para el cristiano. El pecado de nuestro prójimo es aún más difícil de soportar que su libertad, porque destruye la comunión que tenemos con Dios y con los hermanos. Nosotros debemos soportar aquí la ruptura de la comunidad que Jesucristo ha instituido entre nosotros. Sin embargo también aquí puede manifestarse todo el poder de la gracia sobre aquellos que saben soportar el pecado del hermano. El no menospreciar al pecador, sino atreverse a soportarlo, significa no darlo por perdido, aceptarlo como tal y facilitarle, por el perdón, el acceso a la comunidad. «Hermanos, si alguno fuere hallado en falta… corregidle con espíritu de mansedumbre» (Gál 6, 1). Porque Cristo nos soportó y aceptó como pecadores, nosotros podemos soportar y aceptar a los pecadores en su Iglesia, fundada sobre el perdón de los pecados. Ya no necesitamos juzgar los pecados de los otros, sino que se nos concede el poder soportarlos. Esto es una gracia, pues ¿cuál es el pecado que se comete en la comunidad que no nos obligue a examinarnos y a juzgarnos a nosotros mismos de nuestra falta de perseverancia en la oración y en la intercesión, de nuestra negligencia en el servicio, amonestación y consuelo a nuestros hermanos, en una palabra, de todo el mal que hemos hecho a la comunidad, a nuestro prójimo y a nosotros mismos, por nuestro pecado y nuestra indisciplina personal? Todo pecado personal es una carga y una acusación que pesa sobre toda la comunidad, por eso la Iglesia se alegra por cada nuevo dolor, por cada nueva carga que soporta por el pecado de sus miembros. Porque así se sabe juzgada digna de llevar y perdonar los pecados. «Mira, tú soporta a todos, como ellos también te soportan a ti; todas las cosas, buenas o malas, nos son comunes a todos» (Lutero).

El ministerio del perdón de los pecados es un servicio diario. Se ejerce silenciosamente en los ruegos que cada uno hace por los otros; y el cristiano que no se cansa de prestar este servicio puede estar seguro de que sus hermanos ruegan también por él. Aquel que soporta a los otros sabe que los otros también le soportan a él, y esto es lo que le da fuerzas para poder hacerlo.

Cuando estas tres tareas del servicio cristiano -escuchar, ayudar y soportar a los hermanos- son cumplidas fielmente, se hace posible cumplir igualmente la última y más importante: el servicio de la palabra de Dios.

Dietrich Bonhoeffer