Editorial

editorialSaltando entre espinos

Este es el primer número que publicamos durante el nuevo año 2017. El Evangelista Mexicano desea a todos sus lectores un año que transcurra bajo la bendición de nuestro Padre amado, y que sus tiernos cuidados no falten en ningún momento. Nos tocará vivir en México un año difícil, como resultado de los desatinos que nuestro gobierno ha cometido y que se han venido acumulando, pero ahora aunándose una política económica exterior que abiertamente nos amenaza con palabras y con acciones. Como diría el apóstol Pablo escribiendo a los cristianos corintios, “…de dentro temores, de fuera conflictos” (2ª Co. 7:5). Como mexicanos hemos orado, y seguiremos haciéndolo, por quienes han sido puestos en eminencia. Pero el papel de la verdadera iglesia de Dios no es evadir la realidad circundante, ni disimular ante los pecados sociales. Seguiremos tomando parte en las iniciativas ciudadanas que protestan, que demandan respeto hacia nuestro pueblo, que claman por la verdad y por la justicia. Si como iglesia no logramos encabezar un movimiento pacífico que regenere al país de sus males sociales, al menos nos haremos solidarios, porque no hay otro modo de ser cristianos. Ya Wesley, un santo que podía orar mejor que muchos de nosotros, pero que a la vez impulsó con un celo ferviente la renovación de su nación, nos ha explicado que “El evangelio de Cristo no conoce otra clase de religión sino una religión social; no otra santidad sino social” (1).

Pero decirle a nuestro pueblo que sufrimos con él, con empatía, las carencias de nuestra actual época, y que reclamamos junto a ellos que la corrupción ya debe parar, no es todo lo que podemos decir. Vivir sin Dios, negar su magnífica existencia, cegarse a la necesidad existencial que de él tenemos todos y olvidarse de la dimensión espiritual del universo, es una actitud constante de las personas con las que convivimos. Y seguido callamos nuestro conocimiento de ese Dios, dado que los términos en los que compartimos los asuntos de la vida con ellos no son del orden religioso. No decirles que a Dios le importa la justicia entre los hombres, y no participarles acerca de nuestra confianza en el Dios de toda misericordia, es un lujo que podemos darnos en tiempos de bonanza. Pero cuando el mundo entra en crisis, callar sería una traición a la humanidad. 

Nuestro mundo va mal por la descomposición moral de dirigentes y dirigidos, y necesitamos trabajar para revertir esta tendencia. Vamos a tener un año duro en el que estarán “pagando justos por pecadores”. Pero eso no es todo lo que va a ocurrir. También habrá una iglesia que se estará restableciendo en su alma, debido a su dependencia del poder de Dios. Dentro de los estremecimientos sociales estaremos dando lugar a lo que los sicólogos han dado en llamar en las últimas fechas, una resiliencia. Nos referimos a la capacidad de recuperación para hacer los ajustes necesarios frente a la adversidad, de tal modo que se pueda formular una proyección hacia el futuro. Pero jamás la resiliencia aparecerá por sí misma, pues es el resultado de un sustento subyacente que, para los cristianos, es la fe que tenemos en el Dios que ha prometido proveernos de su gracia para seguir caminando.

Las amenazas y carencias que aumentan, son una parte de la realidad; pero el impulso para sobreponernos a todo eso, la imaginación para abrir puertas, la energía para transformar estructuras, dones que recibiremos por la bondad del Creador, son la otra parte de la realidad. Si borramos esta segunda faceta de la realidad, nos quedaremos con muy poco. Quienes no tienen a Cristo, podrían llegar a ver solamente dos cosas seguras, el nacimiento y la muerte, y así, ¿cuánto sentido tendría la vida? Vivir en un universo que es indiferente a nuestros dolores constituye, según Irvin D. Yalom, catedrático emérito de Psiquiatría en la Universidad de Stanford, una de las cuatro preocupaciones supremas del ser humano (2). Afirmamos, entonces, que tiene un sentido real y verídico la afirmación de Jesucristo, “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn. 16:33).

De por sí, los mexicanos llevamos en la sangre mucha bravura, según describe la homenajeada Dra. Elisa García Barragán a los protagonistas de nuestra Revolución (3). Pero a la vez, esa bravura nos lleva por igual hacia los aciertos que hacia los desaciertos. Sin embargo, como cristianos estamos formados por nuestra propia fe, por nuestro vínculo personal con las Escrituras, pero también por una herencia forjada a través de muchos siglos. Los cristianos hemos sido el sector humano históricamente más perseguido de manera sangrienta, más rechazados por quienes no comulgan con nuestra identidad religiosa, victimizados aun por la propia familia; hemos aprendido a responder con el perdón, a negarnos a nosotros mismos, a tomar nuestra cruz, a responder a los males con el bien. Y agregaríamos las pruebas para corroborar nuestra fidelidad a Dios y las calamidades propias de esta tierra. Pero desde nuestros más lejanos antepasados se ha venido construyendo la herencia sobre un modo de ser, pues nos entendemos como personas que llegamos a ser más que vencedores sobre toda adversidad. Un cristiano experimenta una resiliencia ante cualquier cambio inesperado, pero no por sí, sino “por medio de aquel que nos amó” (Ro. 8:37). Y es esta bendición a la que necesitamos convidar a México.

Una fábula antigua cuenta que un zorro ganó una apuesta a una liebre y se dispuso a castigarla. Pero la liebre le dijo que había una manera más severa para darle castigo, consistente en arrojarla a una zanja donde hubiera cardos y espinos. El zorro, convencido, la arrojó en una zanja así, pero al caer la liebre, se levantó y corrió saltando hacia su cueva mientras gritaba: “Hermano zorro, nací y me crie entre cardos y espinos”. Esto mismo podemos decirle los que somos de Cristo al año 2017, estamos listos para batallar como cristianos, para eso fuimos hechos, pero estamos acostumbrados a saltar entre espinos desde que la iglesia nació hasta el presente siglo, dado que Dios nos ha enseñado a “andar en mis alturas” (Hab. 3:19), a saltar sobre lugares altos como lo hacen los ciervos. Feliz Año Nuevo, entonces.       

Pbro. Bernabé Rendón M.

  1. Obras de Wesley, Tomo IX , Wesley Heritage Foundation, Inc, Henrico, NC, pág. 240.
  2. Yalom, Irving D., Psicoterapia existencial y terapia de grupo, Ed. Paidós, Barcelona, 2000, pág. 197.
  3. García Barragán Martínez, María Elisa, Retrato a dos tintas: Imaginario de la Revolución Mexicana, Ed. Siglo XXI, México, 2010, pág. 255.

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21 comentarios sobre “Editorial

      1. Gracias, Hna. Bris, aprecio tus palabras de motivación que a veces hacen falta. Estamos para servirte, y qué bueno que seas nuestra lectora. Tenemos una edición cada 15 días, la próxima aparecerá el 31 de enero, no te la pierdas. Vengan sobre ti mil bendiciones.

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  1. Excelente. Sus comentarios refuerzan mi postura y enriquecen mucho el razonamiento. Precisamente meditaba en que hubiese echo Wesley en estos tiempos y John Knox. Un abrazo Pastor

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    1. Conociendo el carácter pastoral de Wesley, no es difícil imaginar lo que diría. En realidad él iría más allá de desearnos lo mejor, él siempre enfocaba en la consagración de la vida, en nuestros deberes hacia un Dios fiel. Bendiciones.

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