Sufrimiento, Espectáculo e Indiferencia

sufrimiento-espectaculoUna reflexion sobre las imagenes y videos violentos

Leonel Iván Jiménez Jiménez[1]                        

El miércoles 18 de enero los noticieros de media mañana anunciaron una noticia que ya se había filtrado en las redes sociales: un adolescente había sacado una pistola en un salón de clases disparando en contra de su profesora, sus compañeras y compañeros, para luego intentar suicidarse. Esto sucedió en Monterrey (Nuevo León, México) poco tiempo luego de iniciada la jornada escolar. El gobierno todavía no daba parte oficial de lo sucedido, pero en Facebook y Twitter ya circulaba de manera viral el video de la cámara de seguridad ubicada en el salón. Poco después se filtraron las fotos de la sangre y los cuerpos de las víctimas, sin censura, sin pudor, sin la menor consideración a quienes fueron baleados y sus familias.

Es improbable que logremos comprender por qué un adolescente se atreve a hacer un acto como ese. Junto con las imágenes, las redes sociales se convirtieron en un espacio para afirmar toda clase de teorías que pudieran explicar tal comportamiento. Algunos afirmaron que es influencia de los tiroteos en Estados Unidos, otros culparon a los videojuegos y series de televisión como Narcos o Escobar; otras personas afirmaban que era una muestra de la decadencia moral de la sociedad, de algún grave trastorno psicológico o del desvanecimiento de la familia tradicional. Muy pocos tocaron los puntos medulares del caso: el tráfico y posesión de armas, la micro-violencia como soporte para estas conductas o las razones de la difusión de las imágenes en redes sociales y medios de información. 

Espectáculo y violencia

Al ser parte de la cultura de consumo, el espectáculo define nuestras vidas: nos aburrimos pronto, deseamos lo novedoso. Buscamos que, desde el culto dominical hasta los eventos políticos, estén llenos de movimiento, luces, sorpresas, que fluyan y sean entretenidos. ¿A quién le interesa que haya un poco de silencio o una pausa? Cada minuto de un evento debe ser programado para que no haya pausas incómodas. Debe haber cambios constantes: una nueva liturgia, pantallas, buena música, variedad de oradores, nuevas tomas televisivas. Queremos ser sorprendidos, cautivados, seducidos. No olvidemos que un pilar fundamental de la cultura neoliberal es la constante novedad.

Los videos violentos son parte de la misma lógica: no se ven porque se desee estar informado, sino por el espectáculo que producen. No se entiende que una persona es la que sufrió cuando se grabó el video. Con la pantalla como intermediaria, lo que se ve es algo muy similar a una película más. Las víctimas son cosas: algo que produce morbo, fascinación, curiosidad y sorpresa. Los hechos generan especulaciones y se vuelven tema de las conversaciones luego de comer, en el transporte o la oficina. 

El video del ataque en Monterrey es sólo el ejemplo más reciente. Parece que ya hemos olvidado la existencia de infinitos “narco-videos” que daban testimonio de torturas y sádicas ejecuciones o los videos de grupos islámicos fundamentalistas en donde se degollaba a personas secuestradas. Desde que los medios transmitieron en vivo la Guerra del Golfo (1990-1991), la violencia ha sido parte de la programación habitual en la televisión. Quien tiene el control remoto decide qué ver (y qué censurar) en la televisión, pero en las redes sociales e internet, las imágenes y videos están a disposición de cualquier persona. Las imágenes violentas ya no deben buscarse entre los noticiarios amarillistas o los periódicos de nota roja: ahora aparecen en el muro de noticias recién se abre Facebook. Son un espectáculo que no se mantiene oculto, ni está reservado para la mirada crítica o adulta. Ahora es accesible a cualquiera que desee ser sorprendido con el espectáculo de la sangre, de la víctima, de las armas.

Hace veinte años, Giovanni Sartori ya había alertado sobre las implicaciones de la televisión para la formación de un tipo determinado de ser humano. El homo sapiens pasaría a ser el homo videns, ya que “la televisión no es sólo instrumento de comunicación; es también, a la vez, paideía, un instrumento ‘antropogenético’, un médium que genera un nuevo ánthropos, un nuevo tipo de ser humano” (Sartori 2006, 42-43). Lo mismo puede decirse con certeza en relación a internet y las redes sociales: generan una nueva manera de ser humano. Si con la llegada de la televisión todo se podía ver desde la comodidad del sofá, con internet y el social media todo puede llevarse en la palma de la mano con el Smartphone. Todo se puede observar desde diferentes perspectivas casi de manera simultánea al existir tan abrumadora cantidad de información y fuentes. Todo fluye más rápido. La televisión se convierte en algo lento porque las imágenes y contenidos pasan por filtros y ediciones antes de ser transmitidos. En las redes sociales todos los usuarios tienen la posibilidad de transmitir en vivo, subir fotos o videos y compartir publicaciones sin la mediación de un editor. Esto es una herramienta perfecta para la sociedad del espectáculo: ya no tiene que esperar un horario específico para su show. Ahora puede buscar aquello que le gusta y sorprende, o simplemente dejarse impactar por miles de noticias en Twitter o Facebook, donde puede encontrar desde recetas de cocina y tutoriales para prepararlas, hasta los videos más violentos o la pornografía más decadente.

Si el video del ataque en Monterrey (o aquellos de las balaceras en Cancún en días previos) se difundió tan rápido fue por el espectáculo que significó ver a un adolescente disparar una pistola sin razón. Algunos lo vieron con curiosidad, otros con terror, la gran mayoría con morbo –ese insaciable espíritu voyerista-, otros más con diversión, pero muy pocos pudieron sustraerse de participar de ese show proporcionado casi en vivo. Cuando pensamos en esto, afirmamos lo que escribe Michela Marzano: “la muerte como espectáculo nos concierne a todos. Porque el fenómeno se produce muy cerca de nosotros, incluso en nuestras propias casas, donde la crueldad penetra por el pequeño tragaluz del ordenador o del móvil” (Marzano 2013, 14-15). No estamos a cientos o miles de kilómetros de los hechos violentos, ni somos ajenos por vivir en diferente latitud. Somos parte del fenómeno por cuanto estamos integrados a la lógica del espectáculo y accedemos a esas imágenes –de una manera u otra, y con diferentes intereses- desde la comodidad del sillón frente a la televisión, con el teléfono móvil en la mano o desde la pantalla de la computadora.

En un brillante análisis, Byung Chul-Han afirma que una característica del capitalismo es la exposición (Chul-Han 2013, 29). Todo tiende a estar desnudo, despojado de toda privacidad, descubierto, vuelto hacia fuera. Por lo tanto, somos una sociedad pornográfica. Afirma que hay una “glotonería de la imagen”, en donde lo único importante es la satisfacción de quien observa. Las imágenes tienen que ser transparentes e inmediatas, elementos centrales del espectáculo. Los videos violentos y las fotografías de nota roja son parte del deseo de consumo que no puede ser satisfecho. Es el culto de lo novedoso, el ansia de tener sensaciones –sin importar que sean desagradables-, la necesidad de verlo todo.

Se ha discutido si videos similares al de Monterrey y las imágenes violentas son parte del derecho de información o pueden llegar a sensibilizar a la sociedad sobre el tema. No lo consideramos así. En su ensayo sobre el tema, Susan Sontag escribe lo siguiente: “la imagen fotográfica, incluso en la medida en que es un rastro (y no una construcción elaborada con rastros fotográficos diversos), no puede ser la mera transparencia de lo sucedido. Siempre es la imagen que eligió alguien; fotografiar es encuadrar, y encuadrar es excluir” (Sontag 2004, 57). En la fotografía bélica se elige qué mostrar. No es el morbo lo que mueve: es la memoria, única relación que tenemos con los muertos. En palabras de Sontag: la insensibilidad y la amnesia van de la mano. La fotografía de guerra –a diferencia de las imágenes violentas- exige la quietud, pausa y reflexión de quien observa. Se retreta el dolor, cuerpos mutilados, muerte y destrucción, pero su fin es que los horrores de la guerra no se olviden, no se repitan. Mirar esas fotografías, ser movidos por ellas y recordar es resistir.

Sobre las imágenes violentas en televisión –que bien podemos decir lo mismo aplicado a internet y las redes sociales-, Sontag escribe lo siguiente:

La cuestión gira en torno al principal medio de noticias, la televisión. El modo en que se emplea, dónde y con cuánta frecuencia se ve, agota la fuerza de una imagen. Las imágenes mostradas en la televisión son por definición imágenes de las cuales, tarde o temprano, nos hastiamos. Lo que parece insensibilidad tiene su origen en que la televisión está organizada para incitar y saciar una atención inestable por medio de un hartazgo de imágenes. Su superabundancia mantiene la atención en la superficie, móvil, relativamente indiferente al contenido. El flujo de imágenes excluye la imagen privilegiada. Lo significativo de la televisión es que se puede cambiar de canal, que es normal cambiar de canal, sentirse inquieto, aburrido. Los consumidores se desaniman. Necesitan ser estimulados, echados a andar, una y otra vez. El contenido no es más que uno de esos estimulantes. Una vinculación más reflexiva con el contenido precisaría de una determinada intensidad de la atención: justo la que se ve disminuida por las expectativas inducidas en las imágenes que diseminan los medios, cuya lixiviación de contenido es lo que más contribuye a que se agote el sentimiento (Sontag 2004, 120-121).

Los consumidores están siempre aburridos, hastiados de imágenes pero deseosos de tener más, proclives a cambiar de canal, entrar a otros portales de internet o iniciar una búsqueda infinita de estímulos en redes sociales. Esta insatisfacción provoca indiferencia. Cuando las imágenes trágicas se repiten una y otra vez, deja de existir la sensación de asombro. Ya no impactan la conciencia y el corazón de quienes miran: la tragedia se convierte en anécdota.  El video de lo sucedido en el colegio regiomontano causó gran revuelo por poco tiempo. Una semana después está en el olvido. Se convirtió en una anécdota más. Sus víctimas, esos jóvenes y la maestra que todos vivimos desangrados en el suelo, fueron muy similares a actores de televisión. No murieron para nosotros: fueron parte del espectáculo de cada día que nos fue dado. Su muerte nos es indiferente. Lo mismo sucede con quien jaló el gatillo. Miles de notas ofrecían las más dispares razones para su conducta. Se investigó a los padres, su medio ambiente, se dedujo que participaba en algún grupo oscuro y violento, algunos celebraron su muerte, incluso nos enteramos que sus órganos serían donados. Hoy no es noticia. Ni memoria de las víctimas –sólo espectáculo-, ni seria reflexión sobre los hechos –sólo queda el programa “Mochila segura”-.

La muerte, las víctimas, la sangre, los actos de horror, las imágenes de dolor las recibimos como parte de un espectáculo. Son transmitidas, replicadas y compartidas una y otra vez para que la sociedad esté entretenida. Una vez que la gente se cansa, desaparecen y dan paso a la siguiente tragedia. Unas y otras las recibimos con indiferencia, porque son parte de la rutina diaria. Somos indiferentes porque estamos dentro de la lógica del espectáculo, porque pensamos que la vida es así y poco hay que hacer al respecto.

Contra la indiferencia

El gran pensador judío Abraham Heschel construyó su estudio sobre la profecía bíblica en torno al pathos. Tal como él lo expresa, pathos “denota, no una idea de bondad, sino de cuidado de la vida” (Heschel 2001, 289). Dios no está alejado del ser humano. Al contrario, Dios busca al ser humano y se envuelve en su historia. El Dios de los profetas no es el Totalmente Otro, un extraño, algo oscuro o indescifrable, sino el Dios de la alianza. Dios está cercano, se envuelve y preocupa por su creación. Del pathos surge el ethos. Si Dios cuida de la vida y se envuelve en la historia humana, entonces también toma postura al respecto. “Pathos significa: Dios nunca es neutral, nunca está más allá del bien y del mal. Siempre es parcial a la justicia” (Heschel 2001, 298). Dios siempre está del lado de la justicia y, por lo tanto, está con las víctimas.

En relación a nuestro tema, afirmamos que Dios no entra en la lógica del espectáculo. No es el Dios que lo ve todo desde arriba. No creemos en el dios que está sentado en el trono y es espectador de los sucesos del mundo. No es el dios que mira y castiga o premia, sino el Dios que se involucra en la historia, siendo parcial hacia la justicia, doliéndose en el sufrimiento. Participar del espectáculo de la muerte es traicionar al Dios que cuida de la vida. Dejar entrar la violencia en nuestras pantallas y convertirnos en espectadores de las víctimas nos aleja de la ética planteada por el Dios de la Biblia. “Disfrutar” de los videos e imágenes violentas es ser espectadores, siendo que debemos ser participantes parciales de la historia. Participantes en cuanto nos envolvemos en los sucesos del mundo y parciales en cuanto perseguimos lo que es justo. El creyente no puede permitirse ser saciado por el espectáculo basado en el sufrir del prójimo. Debe resistir al voyeur interno, sembrado por la sociedad del espectáculo.

Sin embargo, hay que resistir ante una trampa propia de nuestro tiempo. Con gran tino, Michela Marzano hace la distinción entre compasión y desviación compasional. Escribe lo siguiente:

La compasión es un sentimiento que va hacia el otro y que nos obliga momentáneamente a olvidarnos de nosotros mismos. La inclinación compasional, en cambio, es una emoción que va hacia uno mismo e intenta embellecer, por medio de otro, la bonita imagen que uno mismo se fabrica. Experimentar compasión no significa en absoluto lamentar sin mojarse los males de otro y apiadarse ingenuamente, o complacientemente, o quizá presuntuosamente, de su suerte, sino penetrar en su desgracia y compartir su sufrimiento. La compasión tiende a eliminar la distancia entre el que la siente y el que es objeto de ella. Lo compasional, en cambio, no deja de instaurar esta distancia. La primera pone de manifiesto una disposición moral, lo segundo una postural social. Lo compasional es la propia expresión de una compasión ausente, una especie de discurso social de la compasión que alimenta con buenas intenciones la ausencia de actos (Marzano 2013, 78-79).  

Lo compasional que señala Marzano es el sentimiento fácil. Es lamentarse y “sentir feo” por lo que sucede. Lo compasional es incluso llorar por lo terrible, pobretear a las víctimas. También es celebrar y agradecer que uno no es víctima: “gracias a Dios no nos sucede eso”. Estas actitudes son tan usuales en nuestras comunidades de fe. Por un lado, pedir emocionalmente por las víctimas; por otro lado, agradecer que somos “bendecidos” de no sufrir así. Ambas actitudes –lo compasional- es quedar como espectador: un creyente que lo ve todo, intercede y agradece por todo y nada más. Inicia la indiferencia tan pronto acaba el efecto emocional. Por ello juntamos despensas o levantamos ofrendas especiales cuando suceden las desgracias. Somos pequeños “salvadores” del momento, pero muy rara vez le damos seguimiento. Apoyamos cuando muchas otras organizaciones apoyan, pero nos olvidamos de las víctimas al mismo tiempo que la sociedad las olvida también.

Como pueblo creyente somos llamados a salir del estado de indiferencia para ser partícipes del ethos propuesto por Dios: el cuidado de la vida. Este ethos no puede ser parte de la sociedad del espectáculo, ya que rechaza quedar como espectador inmóvil para participar activamente de la historia y la vida de la Creación. Tenemos la responsabilidad de regresar a la vida compasiva, entendida como la penetración en la desgracia, eliminando la distancia entre el sentimiento propio y el que sufre. Vivir la compasión como existencia que va hacia el Otro.

La oración es una primera escuela de compasión y resistencia frente a la indiferencia. Al interceder por quienes sufren luchamos contra el olvido –fruto de la indiferencia- y les traemos a la memoria. Recordemos que la insensibilidad/indiferencia y la amnesia van de la mano. Cuando intercedo en oración recuerdo que quienes sufren no son cosas, ni personajes de un show. Son mujeres y hombres tan reales como yo, con necesidades, sentimientos y dolores de los que podría participar (o he participado). No son elementos de un espectáculo: es gente que debe ser recordada porque ha sufrido. La oración también sale de la desviación compasional en dos sentidos. Primero, evita el egoísmo de “sentir feo” por los demás. No es un ejercicio meramente emotivo: cuando oro, trato de penetrar en el sufrimiento del prójimo. No es un sufrir ajeno: participo del dolor de la víctima. Segundo, rechaza pensar en ese minúsculo mesianismo tan propio del creyente. No somos quienes salvaremos a las víctimas: su Redentor es Dios. En presencia de Dios, quien es parcial hacia la justicia, hacemos memoria de quienes sufren.

La oración va en contra del sufrimiento como espectáculo. Al orar somos participantes del dolor ajeno. Al interceder pedimos que Dios no deje pasar el sufrir de las víctimas. No se trata de un montaje lejano, de extraños que mueren a causa de las balas. No son desconocidos que corren por sus vidas o meros desadaptados que jalan del gatillo, como si se tratara de una película. Aunque sean historias de todos los días, cuando oramos confesamos que la violencia no es, ni puede ser, normal. No es lo que debiera regir la vida. No negamos su existencia y su amenazante presencia, pero afirmamos que es posible un mundo diferente. Los actos violentos no son montajes con gente anónima: oramos porque son personas que sufren.

Junto con la oración también se nos exige rechazar la entrada de esas imágenes y videos a nuestras pantallas de computadora, teléfonos móviles y televisiones. Al aceptar ese tipo de material participamos del mecanismo de espectáculo que cosifica al ser humano. Tal violencia no debiera entrar a nuestros hogares, no por una actitud moralina en contra de los “horrores del mundo”, sino como una forma de resistir a quienes desean exponer a las víctimas. Ver tales imágenes y compartirlas, aún con la mejor de las intenciones –si es que eso es posible-, es participar en el espectáculo de los hombres y las mujeres que mueren prematuramente. Permitirles el acceso a nuestra mirada es participar del desnudamiento al que se les obliga; es violentarles una vez más: no sólo fue su sufrimiento bajo las balas, sino su exposición pornográfica hacia los voyeurs que potencialmente somos todos.

No somos ajenos a nada de esto. La violencia no es algo extraño que sucede a otros y no a nosotros. Somos parte de esto aun cuando estemos lejos de los ataques armados, de las decapitaciones, de jóvenes que disparan sin razón aparente. Somos también violentos, cómplices y promotores de esto. Lo seremos hasta que empecemos a romper los ciclos de violencia y exposición de las víctimas. En una frase de Abraham Heschel: pocos son culpables, pero todos somos responsables. Pocos son los que jalan el gatillo, torturan y graban las imágenes. Todos somos responsables de que esto continúe.      

Trabajos citados

Chul-Han, Byung. 2013. La sociedad de la transparencia. Barcelona: Herder.

Heschel, Abraham. 2001. The prophets. New York: Harper Perennial.

Marzano, Michela. 2013. La muerte como espectáculo: la difusión de la violencia en

             Internet y sus implicaciones éticas. Ciudad de México: Tusquets.

Sartori, Giovanni. 2006. Homo videns: la sociedad teledirigida. Ciudad de México: Suma     

             de Letras.

Sontag, Susan. 2004. Ante el dolor de los demás. Madrid: Suma de Letras.

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