Editorial

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Muy pronto se fue enero y llegamos ya a la mitad de febrero, el mes más corto del año. Cuenta con sólo 28 días (o con 29 en los años bisiestos) debido a los ajustes que los romanos hicieron en el siglo I a. C. a su anterior calendario que sólo tenía 10 meses, comenzando en marzo y terminando en diciembre. Agregaron dos meses nuevos después de diciembre, enero y febrero, y, para ajustar los 12 meses de modo que sumaran 365 días, descontaron dos al último mes, febrero.

A pesar de ser corto, da lugar a varias fechas conmemorativas, entre las cuales comentamos tres:

El día 14 se festeja el amor y la amistad. Es una oportunidad para valorar la importancia que tiene para los humanos que nos amemos y hagamos amistades. Ya sabemos que todos los días hemos de procurar abrirnos a ofrecer y recibir amor, como todo el año recapacitamos en el misterio de la encarnación de Dios y no sólo en Navidad, y todo el año celebramos la Resurrección de Jesucristo y no solamente al final de la Cuaresma. Aquellas personas que no celebran las fechas especiales porque dicen que todos los días deberían celebrarse los asuntos de esas fiestas, parecerían padecer una predisposición hacia las fiestas llamada fobia social, o, si les gusta que les celebren sus cumpleaños en lugar de mantenerse en celebración todo el año, es que no son más que unos “mañosos”. La iglesia primitiva celebraba ágapes (Jud. 12), aunque todos los días practicaban el amor fraternal. Así que podemos tomar a nuestro cónyuge, a nuestros hijos, a nuestros amigos o a alguna persona que nos sea especial, y celebrar un buen ágape cada 14 de febrero.

El día 5 tocó este año celebrar el primer centenario de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917. En un artículo de la Revista Proceso (*) se hace referencia a los planes de los norteamericanos y los japoneses quienes, al principio del siglo XX, planeaban apoderarse del istmo de Tehuantepec con la intención de abrir un canal que uniera a los océanos o de utilizar el ferrocarril que lo recorría de costa a costa, como estrategia militar y comercial. De nuestros vecinos del norte, que ya habían cometido varios abusos contra México, como quitarnos la mitad del territorio mexicano, no dudamos que así lo quisieran. Ese plan ocasionó que el Gral. Manuel Mondragón (de triste memoria en la historia mexicana) creara cañones especiales para la defensa del istmo. Los intentos decayeron cuando los norteamericanos lograron abrir el canal en Panamá. Esta situación, entre varias otras, hizo que se formulara el Art. 27 de la Constitución que dice en uno de sus párrafos: “Sólo los mexicanos por nacimiento o por naturalización y las sociedades mexicanas tienen derecho para adquirir el dominio de las tierras, aguas y sus accesiones o para obtener concesiones de explotación de minas y aguasEn una faja de cien kilómetros a lo largo de las fronteras y de cincuenta en las playas, por ningún motivo podrán los extranjeros adquirir el dominio directo sobre tierras y aguas.” Esperamos que por ningún motivo y en ninguna medida esta restricción sea modificada.

El día 24 es para conmemorar nuestro símbolo patrio más importante, la bandera nacional. Nació con el Plan de Iguala y acompañó al ejército trigarante hasta la consumación de la independencia mexicana, en 1821. Al centro lleva del escudo nacional que conmemora la llegada de los aztecas al Valle de México, en el siglo XIV. Los colores hacen que asociemos ideas: El verde nos lleva a pensar en nuestra independencia y esperanza nacional; el blanco alude a la pureza de nuestra fe y unidad; y el rojo simboliza la sangre derramada de nuestros héroes. De manera reglamentaria debe permanecer en todos los lugares públicos, y por eso debería exhibirse una bandera en todos los templos .

El pensamiento anterior nos trae recuerdos bíblicos, especialmente el hecho de que Dios tenga entre sus nombres compuestos, el de Jehová Nisi, Jehová mi bandera (Ex. 17:15). Así llamó Moisés al altar donde adoró al Dios que le dio la victoria a Israel sobre los amalecitas. Él los defendió por la oración de Moisés sentado y con las manos levantadas, llevándolos a una victoria. La figura de un defensor llamado “bandera nuestra” nos guía hacia la era de la gracia, a través de Is. 11:10, “En aquel día se alzará la raíz de Isaí como estandarte de los pueblos; hacia él correrán las naciones, y glorioso será el lugar donde repose”. Sí, Cristo, la raíz de Isaí o descendiente de David, es nuestra bandera, nuestra defensa y nuestra victoria. Si Moisés sentado en aquella colina consiguió una respuesta segura de Dios, con mayor razón nuestro amado Jesús sentado a la diestra de Dios obtendrá victorias seguras para nosotros. Su sangre vertida y su ascensión nos protegen contra toda condenación, contra toda tentación y contra toda tribulación. Si la victoria contra Amalec fue sólo de Dios, nuestra salvación de principio a fin también es de él; nuestra preparación no se debió a nuestro libre albedrío, sino a su gracia preveniente y convincente; nuestra redención no la obraron nuestros méritos y esfuerzos, sino su gracia salvadora; nuestro progreso subsecuente no vino de nuestra sinceridad y trabajo, sino de su gracia santificadora, fortalecedora, consoladora. Claro que nuestra responsabilidad debe colaborar, pero la obra en sí, toda ella, y todos los triunfos son de aquel quien es nuestra bandera. Entonces, ¿quién o qué nos separará del amor de Cristo? Las circunstancias mundanales no pueden, el diablo no puede, quien podría hacerlo es Cristo mismo, pero en lugar de hacerlo, él ascendió para interceder por nosotros, porque verdaderamente él es nuestra bandera.

Pbro. Bernabé Rendón M.

(*) http://www.proceso.com.mx/161172/carmen-mondragon-1893-1978

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