Vida en Comunidad

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(Parte 25)

Proseguimos con la publicación de su obra más conocida entre laicos, pastores y teólogos, VIDA EN COMUNIDAD. Consta de cinco capítulos. Estamos compartiendo parte del capítulo cinco, Confesión y Santa Cena, donde el quinto, sexto y séptimo subcapítulos son El perdón de Dios, Confesión de pecados concretos y Con quién confesarse. 

  1. Confesión y Santa Cena

El perdón de Dios

La confesión hace posible el acceso a la certeza. ¿De dónde viene entonces que nos sea más fácil confesar nuestros pecados a Dios que a nuestros hermanos? ¿No es Dios santo y sin pecado, juez justo del mal y enemigo de toda desobediencia? Nuestros hermanos, en cambio, son pecadores como nosotros y conocen por experiencia la realidad íntima y tenebrosa del mal, ¿no debería sernas más fácil acercamos a ellos que a Dios? Si esto no ocurre así, debemos preguntamos si no nos habremos engañado con frecuencia al confesar nuestros pecados a Dios; si no nos habremos confesado nuestros pecados a nosotros mismos, y si no nos los habremos perdonado también nosotros mismos. ¿No sería posible que nuestras recaídas y la debilidad de nuestra obediencia tuviesen su causa en que vivimos de un perdón ilusorio –de un autoperdón- y no del verdadero perdón de los pecados?

El perdón que nos concedemos a nosotros mismos nunca nos hará capaces de romper con el pecado; únicamente la palabra de Dios, que juzga y perdona en la cruz, podrá hacerlo. ¿Quién nos dará, entonces, la certeza de que la confesión y el perdón de nuestros pecados no ha sido cosa nuestra, sino del Dios vivo? Esta certeza nos la da Dios por medio del hermano que recibe nuestra confesión.

Nuestro hermano rompe el círculo de nuestro autoengaño. El que confiesa sus pecados ante el hermano sabe que ya no está a solas consigo mismo; reconoce en la presencia del otro la presencia misma de Dios. Mientras permanezca a solas conmigo mismo, la confesión de mis pecados sigue siendo equívoca. Es en presencia del hermano como mi pecado debe manifestarse a la luz del día.

Ahora bien, en vista de que siempre llegará el momento en que esto tenga que ocurrir, es mejor que ocurra ahora, entre mi hermano y yo, no en el último día en la claridad del juicio final. La gracia de poder confesar nuestros pecados al hermano nos evita los terrores del juicio final. Por el hermano puedo estar seguro ya en este mundo de la realidad de Dios, de sujuicio y su perdón.

y así como la presencia del hermano garantiza la autenticidad de la confesión de mis pecados, así también la promesa de perdón que él me da en nombre de Dios me da la certeza absoluta de que soy perdonado. Dios nos concedió la gracia de poder confesarnos unos con otros para que estuviésemos seguros de su perdón.

Confesión de pecados concretos

Pero para que esta certeza del perdón sea real, es necesario que nuestra confesión sea concreta. La confesión general no sirve más que para hacer a los hombres más hábiles para justificarse a sí mismos. Yo no puedo conocer toda la perdición y corrupción de la naturaleza humana más que por la experiencia personal, es decir, en la experiencia de sus pecados concretos y precisos. Por eso una confrontación con los diez mandamientos será la mejor preparación para la confesión. Sin esto, corro el peligro de caer en la hipocresía y quedar sin consuelo.

Jesús trataba con los pecadores públicos, publicanos y prostitutas. Ellos sabían para qué tenían necesidad de ser perdonados, y recibían el perdón como algo aplicado a un pecado muy concreto. Al ciego Bartimeo le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?». Deberíamos poder responder claramente a esta pregunta antes de la confesión; ello nos permitirá recibir el perdón de pecados muy concretos que hemos cometido y, al mismo tiempo, el perdón de todos nuestros pecados, conocidos o no.

¿Significa todo esto que la confesión es una ley impuesta por Dios? No, constituye simplemente un medio del que Dios se vale para ofrecer su ayuda al pecador. Puede darse el caso -y es una gracia de Dios- de que alguien acceda a la certeza, a la vida nueva, a la cruz y a la comunidad sin la ayuda de la confesión fraterna. Puede darse el caso de que alguien no dude nunca de su arrepentimiento y perdón personal, y que reciba así, humillándose a solas con Dios, el perdón que éste concede. Pero aquí nos estamos refiriendo a los demás. El mismo Lutero pertenecía a los que no pueden imaginarse la vida cristiana sin la confesión fraterna. Dice en el Catecismo mayor: «Por esto, cuando exhorto a los creyentes a que se confiesen sus pecados unos con otros, les exhorto simplemente a ser cristianos». La ayuda que Dios pone a nuestra disposición por medio de la confesión fraterna es ofrecida a todos los que, pese a su esfuerzo, no consiguen acceder al gozo de la comunidad, de la cruz, de la vida nueva y de la certeza. Ciertamente que la confesión se deja a la libertad de los creyentes, pero ¿se puede rehusar sin perjuicio una ayuda que Dios mismo ha creído necesario ofrecer?

Con quién confesarse

¿A quién debemos confesarnos? De acuerdo con la promesa de Jesús, todo cristiano puede convertirse en confesor de sus hermanos. Pero, ¿nos comprenderá? Puede ser que el hermano que escucha nuestra confesión posea una vida cristiana muy superior a la nuestra. ¿No le incapacitaría precisamente mi pecado personal para comprenderme, y le apartaría de mí? Para el creyente que vive bajo la cruz de Jesús y que ha reconocido en ella el abismo de impiedad del corazón humano y del propio corazón, ningún pecado puede serIe ya extraño; quien se haya horrorizado una sola vez del propio pecado que crucificó a Jesús, ya no puede espantarse ante los pecados de los otros por muy graves que sean.

Por medio de la cruz de Jesús ha llegado a conocer el corazón humano. Conoce la inmensidad de su perdición, envenenada por el vicio y la debilidad, y su extravío por caminos malditos, pero sabe también el precio de la gracia y la misericordia que le ha devuelto a Dios, y también que sólo el creyente que permanece bajo la cruz puede recibir mi confesión. No es la experiencia de la vida sino la experiencia de la cruz la que hace al confesor. El mejor conocedor del hombre sabe infinitamente menos del corazón humano que el creyente que vive simplemente del conocimiento de la cruz de Cristo. Porque existe algo que la mayor agudeza, el mayor talento y la mayor experiencia psicológica, no podrán jamás conseguir: comprender la realidad del pecado. La ciencia psicológica conoce la angustia, la debilidad y la desesperación del hombre, pero no sabe lo que es estar sin Dios. En consecuencia no sabe tampoco que, abandonado a sí mismo, el hombre camina hacia la perdición y que sólo el perdón puede salvarle. Esto sólo lo sabe el cristiano.

Ante el psicólogo yo no soy más que un enfermo, ante el hermano en la fe me está permitido ser un pecador. El psicólogo comenzará por escudriñar mi corazón, pero, pese a todo, no podrá descubrir la verdadera causa del mal; sin embargo, el hermano sabe de antemano cuando acudo a él: aquí viene un pecador como yo, un sin Dios que quiere confesarse y busca el perdón de Dios. El psicólogo me contempla como si para él no existiese Dios; el hermano en la fe me contempla ante Dios que, en la cruz, juzga y perdona. Lo que nos hace tan lamentablemente incapaces de recibir la confesión no es la falta de conocimientos psicológicos, sino simplemente la falta de amor por Cristo crucificado.

El contacto diario y profundo con la cruz de Cristo despoja al cristiano tanto del espíritu humano de juicio como del de indulgencia, dándole en cambio una actitud de severidad y de amor conforme al espíritu de Dios. Diariamente el creyente hace la experiencia de la muerte y resurrección del pecado, justificado por la gracia. De este modo es empujado a amar a sus hermanos con el amor y la misericordia de Dios que, a través de la muerte, conduce al pecador a la vida nueva.

¿Quién puede, entonces, escuchar nuestra confesión? Aquel que vive bajo la cruz. Allí donde se vive de la predicación de la cruz, la confesión fraterna surge por sí misma.

dietrich-bonhoeffer