Editorial

editorial A su amado dará el sueño

Marzo de 2017 está lleno de diferentes celebraciones y conmemoraciones: El día 1° inició la cuaresma, el 5 es el Día de la Familia, el 8 es el Día Internacional de la Mujer, el 17 fue proclamado Día Mundial del Sueño por la World Association of Sleep Medicine (WASM), el 18 es el Aniversario de la Expropiación Petrolera, el 21 se recuerda el nacimiento del Benemérito de las Américas, el mismo 21 es el Día Internacional pro Eliminación de la Discriminación Racial, también el 21 inicia la Primavera, el 22 es el Día Mundial del Agua, el 23 es el aniversario luctuoso del asesinato de Luis Donaldo Colosio, el 24 es el Día Internacional del Derecho a la Verdad (relacionado con los derechos humanos y la dignidad de las víctimas), el 30 está declarado desde 1988 como Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar, y muchas más.

Permítasenos dedicar este espacio, por esta vez, a la conmemoración del viernes 17 como Día del Sueño, asunto que debe hallar lugar dentro de nuestros temas de la mayordomía cristiana. Los cristianos tenemos los mejores elementos para elaborar una apología del derecho que nuestro cuerpo tiene a recibir un tiempo razonable de descanso mediante el sueño. No nos toca explicar los beneficios que nuestro cerebro y el cuerpo entero reciben mientras estamos en estado de reposo, ni abordar sobre las diferentes enfermedades que desata la falta de descanso. Tampoco nos ocuparemos en recomendar medidas para lograr un sueño más reparador, ya que sobre esto hay mucho material en los sitios web de la Asociación Mundial de Medicina del Sueño. Pero sí necesitamos reconocer que nuestro cuerpo no es nuestro, y que el dueño de él debe ser escuchado cuando nos pide que le demos un trato justo. Fuimos creados con una cualidad que Dios no tiene, pero que nosotros necesitamos para que el ciclo de restauración continua pueda darse. Él no duerme, pero para nosotros diseñó un recurso que es indispensable para que él nos re-componga cada día. Aun Jesús, como verdadero hombre que fue, entendió que debía echar mano de este mecanismo divino para poder rendir en sus tareas (Mt. 8:24).

Para el libro de los Salmos, el sueño es un don de Dios, pues “a su amado dará Dios el sueño” (Sal. 127:2), y se disfruta cuando se acompaña de la certeza de que Dios tiene cuidado de nosotros, y así podamos decir, “En paz me acostaré y así mismo dormiré; porque sólo tú, Jehová, me haces vivir confiado” (Sal. 4:8). Paradójicamente, dormimos mejor sabiendo que Dios no duerme ni se adormece (Sal. 121:4). Hay una explicación médica, biológica y espiritual sobre el propósito del sueño en las palabras de Sal. 3:5, “Yo me acosté y dormí, y desperté, porque Jehová me sustentaba”. Y en otros libros de la Biblia como en Levítico, el sueño es una bendición prometida por Dios, “Y yo daré paz en la tierra, y dormiréis, y no habrá quien os espante…” (26:6). Para Oseas, cuando Jehová renovara el pacto con una nación recobrada por él mismo, habría varias señales, y una de ellas era: “…y te haré dormir segura” (2:16). Y bueno, las Escrituras condenan el sueño excesivo de los perezosos por un lado, y el desentendimiento espiritual que es comparado metafóricamente con un dormir, por otro lado.  

En 1998, Evan Eisenberg publicó su segundo libro, intitulado La Ecología del Edén, en un volumen de 612 páginas. Él es un autor y columnista de identidad judía quien desarrolló una excelente y seria propuesta en favor de la Tierra con una penetrante y contagiosa visión, de modo que ha llamado la atención del mundo hacia sus escritos. Plantea de manera muy documentada y reflexiva lo que estamos haciendo en respuesta a la memoria histórica que tenemos del huerto del que fuimos expulsados. En una parte de su Prólogo dice: “Esta es la forma en que soñamos el Edén. No podemos evitar la sensación de que todavía existe, pero más allá de nuestro alcance, más allá de la pared de fuego misterioso mantenido rugiendo por los querubines del cerebro… En la traducción King James, Dios le dice a Adán: -Maldita será la tierra por tu causa-. Con sólo un poco de estiramiento, las mismas letras hebreas se pueden leer para significar, -Maldita será la tierra por tu paso-. En otras palabras, la tierra no es maldecida de una vez, sino por grados –a través de los seres humanos. Dondequiera que vayan los seres humanos, la tierra es despojada.” Y enseguida comenta que esta historia sigue después de donde John Milton dejó la suya en El Paraíso Perdido. (*)

Basándose en hechos históricos y en los mitos de las culturas antiguas, elabora una de las muchas metáforas que abundan en su libro, la de las culturas de la Montaña y las culturas de la Torre. Según él, las personas añoramos la vida natural que vivieron nuestros abuelos, contra la artificial y dañina, aunque amada por nosotros, vida citadina. Y tiene razón, suspiramos por la naturaleza donde nos sentimos más en nuestro hábitat, y por eso organizamos campamentos y paseos a un bosque, a algún lago, a alguna montaña. Los abuelos de nuestros abuelos vivían una vida natural, se iban a dormir cuando el sol se ocultaba, y despertaban al levantarse el sol. Ese es el ciclo natural creado por Dios, la oscuridad avisaba que era hora de dormir, y el amanecer que era tiempo de reiniciar las labores de un día nuevo. Pero en las ciudades modernas ese ciclo natural no cuenta porque iluminamos la noche de tal forma que la hacemos parecer día. Lo que cuenta es que creemos necesitar producir más, ganar más, gastar y consumir más; y convertimos la noche en día para seguir trabajando. Y las pocas horas de sueño son perturbadas por los ruidos internos y por los externos (sirenas, motores de vehículos, fábricas, fiestas del vecino, por decir algo).

Puesto que, mientras vivamos en grandes ciudades, no podemos regresar al paraíso perdido, necesitamos ser sabios para ordenar nuestra vida bajo los criterios de una mayordomía cristiana. Necesitamos obedecer a Dios en el cuidado del cuerpo que nos prestó, necesitamos reflejar a Cristo también mediante una mayordomía de nuestro cuerpo, y dar lugar a aquel fruto del Espíritu Santo que se llama templanza (Ga. 5:22,23). ¡Quién iba a imaginar que dormir bien fuera una forma de llevar la santidad al terreno práctico, mientras que no hacerlo sería poco más que rebeldía contra el Creador!

 Pbro. Bernabé Rendón M.

 (*) Eisenberg, Evan, La Ecología del Edén, Vintage Books, New York, 1998.  

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