Editorial

mujeres resurreccionMujeres en la Resurrección 

El autor de la carta anónima, no paulina, que conocemos como Hebreos nos dejó un capítulo que seguramente es una de nuestras lecturas preferidas del Nuevo Testamento, el capítulo 11, que intitulamos simple y directamente como La Fe. Aquí se nos hace un repaso de los personajes del Antiguo Testamento, mencionando los nombres desde Abel en un primer listado, quienes “alcanzaron buen testimonio mediante la fe” (v. 39). Su propósito es mostrar a través de historias, más que con conceptos, cómo se evidencia que hay fe en una persona. Pero al terminar las referencias de personajes con un nombre identificado, luego de mencionar a Samuel en el v. 43, sigue ejemplificando la fe con un segundo listado refiriendo no más los personajes, sino ahora los hechos mismos. El autor confiaría en que sus lectores, la mayoría de ellos de identidad hebrea, podrían relacionar esos hechos enlistados con los nombres correspondientes, dependiendo de sus conocimientos de las escrituras sagradas. Con esta estrategia, comienza su segunda lista diciendo, “por fe conquistaron reinos” (v. 33), y sigue, pero nos llama la atención que en el v. 35 diga que por la fe “las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección”.

¿A quiénes se refería? Esta es la tarea de relacionar hechos con nombres. Bien, indudablemente hacía mención de la viuda sidonia de Sarepta (1° R. 17:23), pues ella recibió a su hijo resucitado por la fe del profeta Elías. Y seguro se refería también a la mujer rica de Sunem quien, igual que la viuda pobre de Sarepta, recibió a su hijo resucitado, esta vez por la fe tanto del profeta Eliseo como de ella misma (2° R. 4:36). Estos dos casos son los únicos mencionados implícitamente por el escritor del tratado a los Hebreos.

Pero nosotros podemos seguir, ya que este escritor anónimo nos ha dado la idea, y nada nos detiene para que la ampliemos con los escritos ahora del Nuevo Testamento. Durante el ministerio terrenal de nuestro Señor se registraron tres resurrecciones operadas por él, y en cada una de ellas, de nuevo las mujeres recibieron a sus muertos mediante resurrección. Citamos los casos de: la viuda de la ciudad norteña de Naín, quien recibió a su hijo resucitado (Lc. 7:15); Marta y María de Betania recibieron también a su hermano Lázaro resucitado (Jn. 11:43,44); y la esposa de Jairo (unida a él) recibió a su hija resucitada (Mr. 5:40-42).

Y podemos seguir hasta llegar a la meta de esta secuencia de historias, destacando que en la mañana del domingo cuando resucitó Jesucristo, varias mujeres, entre las que se dan sólo los nombres de María Magdalena, Juana, Salomé y María la madre de Jacobo (Mr. 16:1; Lc. 24:10) fueron a buscarle al sepulcro. Llevaban especias aromáticas y ungüentos para ungir el cuerpo de su Maestro muerto y sepultado, puesto que no pudieron hacerlo antes debido al día de reposo. Se preguntaban cómo obtendrían ayuda para remover la piedra que tapaba la entrada de la tumba. Grande fue su sorpresa, ellas también recibieron a su muerto mediante resurrección. 

El autor norteamericano Ben Witherington III ha escrito al menos cuatro obras bien razonadas sobre la nueva dimensión que Cristo y la iglesia cristiana original otorgaron a la mujer, para ayudarla a superar los patrones teológicos y tradicionales donde el judaísmo las puso. En la primera de esas obras, La Mujer en el Ministerio de Jesús (*), nos comenta que los doce apóstoles, debido a que abandonaron a su Maestro desde su crucifixión, habían fracasado en el plan de ser los mensajeros del hecho más grandioso de la fe cristiana, como lo es el triunfo del Hijo de Dios sobre la muerte. Amedrentados e incrédulos no imaginaban su escenario con una resurrección triunfal. Por eso, los primeros testigos de la poderosa victoria del Señor, y quienes primero la anunciaron fue un grupo grande de mujeres (Lc. 23:35,36). Witherington sigue comentando que el anuncio de la resurrección de Cristo debió pasarse de aquellas mujeres a los apóstoles debido a que el mensaje no iba a ser creído por los judíos si venía de labios que no fueran de varones. De todos modos, el hecho bíblico está escrito, cuando Jesús cerró sus ojos en la cruz, lo último que vio, y lo primero que vio cuando los abrió en el huerto, fue a mujeres fieles a él (Jn. 19:25; 20:14,15). El más alto tono de la predicación evangélica se alcanza al tocar el tema de la resurrección del Redentor, pero esa cumbre está vinculada de origen con la fe de mujeres valerosas. Agreguemos que la descripción más notable que Jesús hizo de su resurrección fue dada a Marta, siendo mujer (Jn. 11:23-27).

Lo anterior, junto con varias otras conclusiones válidas que hallamos en el Nuevo Testamento, tiene que corregir muchos atavismos respecto a la naturaleza y ministerios de la mujer, lastres que los cristianos no hemos logrado romper; y reconocer que Dios nos llama a valorarlas bajo los criterios de él, bajo los completos beneficios que el Evangelio les provee para redimirlas de su postración social y religiosa. El cristianismo tiene que ir a la vanguardia en la noble tarea de dignificar a las mujeres.

Pbro. Bernabé Rendón M.

(*) Witherington III, Ben, La Mujer en el Ministerio de Jesús, University Cambridge Press, New York, 1984, pág. 9,10.

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